martes, 29 de diciembre de 2009

Entre la lumbalgia y el amor

Y de repente me agaché para bañar a Helena y no me pude levantar más. Un dolor punzante, lleno de embates inmisericordes rodeó mi cintura por la espalda, me abrazó con fuerza y me dejó prácticamente inservible, absolutamente sedentario, involuntariamente saco de papas, bicho quejoso que mueve las extremidades pero no puede avanzar, hombre postrado que mira sus piernas aún fuertes y falla una y otra vez en el intento de ponerse en pie.

Y el dolor indescriptible, la lente invisible a través de la que ahora se ve el mundo. Un dolor sin llagas ni heridas, un dolor limpio, que toma a los músculos y los retuerce, los comprime, los fustiga con mil agujas, todo en silencio, todo sin pausa.

Después de eso, el viaje a la guardia, los pasos vacilantes para llegar al ascensor, el chofer del taxi que mira extrañado a través del espejo los innumerables movimientos hasta poder depositar el propio cuerpo en el asiento, la mano del médico en la espalda, la irremediable inyección en el culo, el miorrelajante que se esparce rápido por el cuerpo, la sensación de mareo, el aturdimiento y el sueño.

Han pasado ya tres días desde ese momento. He experimentado situaciones difíciles, como por ejemplo comprobar desde la impotencia como mi hija de apenas un año y cuatro meses camina más rápido que yo. Vivo desde hace unas 70 horas en una nube de Diclofenac que hace que mi cuerpo flote en una blandura perpetua. La vida es sueño, decía don Pedro Calderón de la Barca. Pero el dolor sigue ahí, acechando detrás de los calmantes, tomándome de la cintura e insinuándome que no me dejará ir tan fácil, aunque el tiempo le juegue en contra.

Sólo una cosa rescato de todo esto. Con Mariana siempre decimos que queremos llegar juntos a viejos, y recorrer ese último tramo tomados de la mano, con mañanitas de lana abrigándonos los hombros y un amor manso, sin prisa.

El sábado a la mañana, cuando íbamos para la clínica, diluviaba. Y así nos veíamos los dos en medio de la emergencia. Ella sostenía un paraguas abierto y yo me sostenía en ella. Caminábamos muy despacio entre los charcos, las cabezas casi juntas, los brazos entrelazados, como los viejos sin tiempo que alguna vez anhelamos ser. Entonces nos acordamos de nuestro sueño de las mañanitas, y nos reímos y nos besamos pese a todo.

La lumbalgia va pasando, el año que viene –que empieza en apenas unos días– nos vamos a casar. Qué lindo es saber que ahí, por más que haya tormenta, está el otro y que con sólo mirarlo sabemos que siempre va a estar.

miércoles, 23 de diciembre de 2009

Insomne

Mi amigo Pierdominichi sufre de insomnio. No importa lo cansado que esté, cuando llega la noche, el sueño lo elude como a un poste. Por una cuestión de formas, mi amigo se pone el pijama y deja un vasito de agua a la mesa de luz, pero después todo es una interminable sucesión de pensamientos, recuerdos y frases no dichas que, lejos de conducirlo a territorios más amenos, no hace más que alejarlo del sutil mundo de Morfeo.

Mi amigo ha llegado a pensar que las noches son terreno fértil para la creación y la emancipación personales pero, por más que se esfuerza, no logra ver -como dice Cacho Castaña que es natural hacerlo- a los duendes y los fantasmas de la inspiración. Él más bien ve una pared blanca, algo sucia y con una mancha de humedad. Y además escucha. Escucha jadeos permanentemente, noche a noche, hasta las 6 de la mañana. Son sus vecinos que -según me explicó con cierta preocupación- tienen un afán procreativo descontrolado, un deseo que, evidentemente, trasciende los muros y las cañerías.

Varias veces mi amigo ha estado a punto de golpearles la pared. Pero un instante antes se detiene. Ensaya un enroque, un ponete vos en mi lugar, se sonroja y todavía con el puño apretado, se aleja como pidiendo disculpas hasta salir de la habitación.

Pierdominichi es abstemio, así que sólo toma agua y muerde una raíz de valeriana, pero nada logra hundirlo en ese estado de semiinconsciencia que precede al sueño profundo. Entonces, para evadirse de los ruidos de al lado, pone música y baila solo. A mi amigo le gustan muchos los valses y no le importa no tener compañera. Gira y gira entre los muebles del living como si fuera una de las tazas locas del juego del Italpark hasta que el calor lo agobia, el cansancio lo engaña y decide volver -inútilmente- a la cama.

Mi amigo cree que la causa de su repetido calvario nocturno puede ser el amor. Otra vez tumbado sobre las sábanas revueltas por el desvelo, piensa largas horas en una chica que conoció en la feria de Plaza Francia. Ella los fines de semana vende unas artesanías de alambre y cuentas facetadas que Pierdominichi compra y colecciona como si fueran objetos de arte. Él cree sinceramente que tiene grandes posibilidades de construir un romance y todas las noches piensa que debería animarse a llevarle flores. Pero después los jadeos de al lado rompen el hechizo y la sonrisa juvenil de la artesana se diluye en la cabeza de mi amigo conforme en el departamento de al lado se agitan los cuerpos.

A eso de las 6 y 20, cuando el día arroja sus primeras luces cenicientas, vuelve el silencio. Pierdominichi piensa que sus vecinos deben estar exhaustos y seguramente podrán conciliar sin dificultades un sueño pesado y lleno de abrazos. Mi amigo mira el despertador que está puesto a las 7 para ir a trabajar, lo apaga antes de que suene, se lava la cara y decide prender la radio mientras se hace el café. El locutor anuncia que hoy va a ser un día agobiante de calor.

lunes, 21 de diciembre de 2009

La sensibilidad de las cucharas

Cualquiera sabe, hasta el ignorante más supino, que las cucharas son seres muy especiales, orgullosas y extremadamente sensibles. Por eso a mí me extrañó, y mucho, cuando empezaron a desaparecer de casa.

A diferencia de los cuchillos y los tenedores, las cucharas no nacieron para pinchar o mutilar. Aristocráticas en su perfecta pequeñez, ellas están acostumbradas a hundirse en la dulzura de algún postre, a agitar los fondos de un mar de té con limón, a llevar helados como un néctar divino a la boca o a vagar por las superficies aterciopeladas de las tortas. No están hechas para desgarrar, sino para servir, escindir con suavidad o transportar dosis exactas de canela, azúcar y miel.

Son, además, obsesivas, narcisistas, sumamente pulcras y, por supuesto, no permiten que nadie haga sus tareas, ni siquiera sus primas soperas – grandes y torpes–, por temor al qué dirán.

Hace algunas semanas, empecé a advertir que las cucharas de casa aparecían en los lugares más recónditos: debajo de los muebles, enterradas en una maceta del balcón, entre dos tomos de la enciclopedia Salvat o en el vaso del dentífrico en el baño.

Como un científico encubierto, me dispuse a observar disimuladamente su comportamiento. Fueron días extenuantes. Analíticamente fui descartando, una a una, las teorías más descabelladas. No había ratas en el departamento ni entraba ningún gato por la noche. Pensé en Helena, pero ella no las mudaba de lugar. Menos todavía Mariana y por supuesto, tampoco el viento. Ansioso y derrotado por la incógnita, estuve a punto de abandonar la empresa, hasta que una madrugada, hace no mucho, descubrí cómo ellas solitas, en una especie de lenta marcha desesperada, van reptando –orugueando es la palabra correcta – sobre su barriga de metal hasta alcanzar los distintos escondites, donde se quedan inmóviles, sufriendo y penando su propio exilio hasta que lleguen tiempos mejores.

Lógicamente, me extrañó esa conducta y pensé en un interrogatorio exhaustivo, pero después entendí que esa maniobra iba a ser estéril e incluso me iba a alejar aún más de la verdad, porque las cucharas son tan orgullosas que prefieren retorcerse y aplanarse antes de delatarse o traicionar a sus hermanas. El método debía ser el mismo que hasta el momento: la observación objetiva.

Fueron largas semanas de silencio hasta que mi atento seguimiento del comportamiento de las cucharas empezó a arrojar sus frutos. La investigación dio un giro inesperado un sábado al mediodía, cuando le estaba dando de comer a Helena. Las cucharas tienen activa participación en la alimentación de mi hija y eso es, justamente, lo que ha vuelto su vida un verdadero calvario. Helena comía su puré con carne con una cuchara y jugaba con otras cinco o seis hasta que en determinado momento del almuerzo se cansó, como suele hacerlo, y las cucharas empezaron a volar por los aires. Mi vasta experiencia como estudioso de la vida de las cucharas me permitió observar con ojo científico cómo una de ellas caía al piso con estrépito y, después de rebotar varias veces, reptaba herida en su orgullo y su ser, hasta meterse debajo de la biblioteca. Otra directamente escapaba de la segura caída al abismo, y bajaba por uno de los parantes de la silla de comer de Helena como si fuera un gusanito de metal. Las demás no tuvieron suerte y fueron catapultadas, una a una, al vacío.

Ahora que lo pienso, las cucharas tenían razón. Mancilladas en su honor, afrontaron su destino con la dignidad que les demandaba su historia. Pero ya nada quedaba de esas hermosas veladas de té y masas. Su existencia ahora estaba al servicio del puré y la papilla y si a eso se le sumaban los constantes desprecios y las estruendosas caídas desde la encumbrada sillita de bebé, la situación, claramente, no tenía retorno.

Intenté hablarles, las masajeaba con abundante detergente y las guardaba envueltas en un paño afelpado, pero no hubo caso. No me escuchaban, hacían cucharita entre ellas y cada vez que podían, se escapaban y se quedaban debajo de la heladera o detrás del lavarropas.

Hoy me levanté temprano. Como ya es habitual, cuando quise revolver el café no encontré ninguna cuchara. Casi mecánicamente las rastreé por los escondites de siempre, pero tampoco estaban ahí. Poco a poco, la desesperación y los malos presentimientos me ganaron el alma. Yo mismo las había guardado anoche después de acostar a Helena y nadie había vuelto a abrir ese cajón. Busqué por toda la casa: arriba de las mesadas, detrás de las cortinas, entre los almohadones del sillón, entre los discos, sobre el televisor… nada.

Con la angustia oprimiéndome la garganta, salí con la taza de café sin azúcar a tomar un poco de aire a la terraza. Aunque hacía calor, un escalofrío me sacudió el cuerpo. Llevado por un inexplicable instinto, me asomé por la baranda. El corazón me latía fuerte, atizado por el espanto. De repente, al mirar para abajo, mis ojos se llenaron de horror. Allí estaban: 8 pequeños cadáveres de metal estrellados junto a una maceta gris, en el patio sucio de hojas secas que está en la planta baja.

jueves, 17 de diciembre de 2009

Monstruos

Eran días de lluvia y verano cuando se empezó a hablar en serio de esa posibilidad. Al principio era un rumor sordo, inconsistente, pero después la paranoia se fue instalando de boca en boca hasta que llegó un punto en el que nadie se hablaba de otra cosa. En el café, en la plaza, en la calle, en la radio todos especulaban con el tiempo que nos quedaba y con las posibilidades, escasas, de salvarnos.

La verdad es que yo no creía en las invasiones. Como eran noches de calor, me paseaba por la ribera oteando el horizonte húmedo del río y me mentía a mí mismo para tranquilizarme. Ahí afuera no había nada y no podía ser que de repente llegaran de la nada. No le daba crédito a lo que decían en los noticieros ni a las influenciables señoras del barrio, que comentaban en la panadería que éste era el fin, que cuando llegaran nos iban a traer la peste, que por más que uno reforzara puertas y ventanas ustedes iban a entrar igual y no iban a tener piedad de nadie, ni de los chicos ni de los viejos.

Casi todo el mundo coincidía en que el primer ataque, que en estos casos es decisivo, iba a ser de noche. Entonces uno escuchaba voces alerta dentro de las casas y veía luces prendidas hasta el alba, como si la luz tuviera algún tipo de poder sobre ustedes, como si los pudiera persuadir de algo.

Muchos creían que todo era culpa de las autoridades. Decían que ellos eran débiles y ustedes fuertes, que ya era tarde, que ahora, por más que se tomaran las medidas necesarias, nadie sería capaz de detener su avance. Poco a poco, las calles de mi pueblo fueron quedando desiertas. Los chicos no salían a jugar y la gente, harta y confundida por el miedo, se encerraba en sus casas a escuchar los informativos en una crispada soledad. Yo también dejé de salir. Las ventanas estaban cerradas, las persianas por lo general bajas y el silencio era un silencio de muerte. El pueblo parecía una gran cárcel en la que cada casa era una celda llena de presos que lo único que hacían era esperar, ya con cierta ansiedad, el día de su ejecución.

Los odiábamos. Odiábamos su fantasma que, antes que ustedes, ya nos había quitado la vida. Pasamos semanas esperando el golpe y, vencidos de antemano por el terror, preparando tristemente nuestra rendición.

Anoche llegaron al pueblo y nadie luchó. Se metieron en las casas, en las iglesias y en los templos. Algunos dicen que hasta los vieron en el cementerio. Atacaron a todos por igual, sin hacer distinciones, sin ningún tipo de reparo ni piedad.

Ahora entraron en mi casa. Uno de ustedes se metió en mi sueño. Lo escuché muy cerca y me sobresalté indefenso en la cama. Sé que él está ahí. Ahora lo veo. La luz de la lámpara proyecta su sombra monstruosa. Cuelga del techo con sus seis piernas y acecha en silencio, inmóvil, sediento de sangre.

De repente, hay más de uno. Allá, agazapados en la pared, y en la ventana y en la mesita de luz. Se que si los mato, vendrán otros y llegarán de a miles. Me cubro con las sábanas inútilmente y dejo de mirar. Pero ustedes siguen esperando con serenidad asesina. Horribles demonios hematófagos, mosquitos infernales, me han elegido como víctima y no puedo escapar.

lunes, 14 de diciembre de 2009

Padres e hijos

No hay, acaso, una demostración de amor incondicional más plena que la que se da cuando uno abraza a un hijo enfermo. Ahí sí que se pone todo. Porque esa circunstancia es quizás la única en la que verdaderamente uno quiere estar en el lugar del otro, asumir su sufrimiento como propio, liberarlo del dolor. Pero no puede. El dolor no se transfiere por ósmosis. Ahí está la fiebre como frontera tangible, como cruda demostración del abismo que existe entre las pieles que se rozan.

Mi hija Helena sale de un pequeño infierno de tres días con fiebre de 39 grados. Tres días de ojitos vidriosos que miran sin ver, de lágrimas bañando las mejillas ardientes, de silencios mustios mezclados con ibupirac.

Al parecer, fue un simple virus que así como vino se fue. Pero para ella fue como un martirio (nunca había tenido fiebre tan alta) y para nosotros, que sólo podíamos ayudarla desde las caricias, también.

Acaba de terminar la primera lección de una irrefutable verdad. El mayor dolor como padres es no poder evitarles el sufrimiento a nuestros hijos.
Y así vamos creciendo. Todos.

jueves, 10 de diciembre de 2009

Tigres en Navidad

Martes feriado. Mi fiel amigo Pierdominichi se levantó temprano, pispeó por la ventana la mañana de sol y resolvió entregarse a la voluntad de sus pies y salir sin rumbo por la ciudad. Los negocios parecían haberse olvidado de que era un día no laborable, pero mi amigo, que de zonzo no tiene nada, entendió que estamos en diciembre, que se acercan las fiestas y que no hay oportunidad más clara para vender que un feriado de entre semana, con los sueldos recién cobrados y la navidad a la vista.

Así Pierdominichi se perdió a paso lánguido por las calles de Belgrano, pasó por puente Pacífico y no sabe bien cómo terminó parado en la rotonda de Plaza Italia. Entonces a mi amigo lo asaltaron los fantasmas de la infancia (que son buenos fantasmas) y por un momento se quedó mirando alelado el arco que alguna vez fue la entrada del zoológico municipal al que iba casi religiosamente con su padre, cada domingo antes de almorzar. El gordo se preguntó cómo estaría el zoo ahora, privatizado, limpio y seguramente con un montón de nuevas especies por conocer, bestias traídas de las más remotas regiones del orbe y exhibidas en fastuosos espacios que reproducen su hábitat natural: selvas, desiertos, estepas y montañas. Pierdominichi no dudó. Hurgó en sus bolsillos hasta sacar un bollo de billetes y monedas, contó aplicadamente cuánto había y se dejó llevar de la mano por el niño que alguna vez fue hasta la entrada del parque, que está un poco más allá del arco que servía de umbral en los tiempos de su infancia.

Una vez adentro, Pierdominichi quedó pasmado en medio del juego de las diferencias. Sí, era el mismo lugar, el mismo espacio físico que él había recorrido una y mil veces bolsita de galletitas con forma de animales en mano. Pero ahora todo había cambiado. Hasta los árboles, que incluso sobreviven a los hombres.

Mi amigo estaba extasiado. Recorrió con un horror morboso el reptilario, lo fascinó el acuario, se asombró con los camellos y vio por primera vez en su vida a un chita. Todo era limpieza, orden, quietud. El acrílico había reemplazado a los barrotes y alambrados y hasta las bestias parecían más felices en medio de su cadena perpetua en la ciudad.

Pierdominichi sonreía para sí y miraba los carteles indicadores con cierta ansiedad infantil, como buscando algo. De repente, aceleró la marcha. Después los pasos dieron lugar a pequeños saltitos y por fin, a un trote desmemoriado. Unos minutos más tarde, entre jadeos y un sudor incipiente que le manchaba la camisa, mi amigo estuvo cara a cara con su animal preferido, ese que sólo había admirado en fotos y documentales: el majestuoso tigre blanco.

Todo discurría en una pulcra perfección, pero -es sabido- muchas veces las cosas no son como esperamos que sean. De un momento a otro, la sonrisa trocó a mueca y la admiración idealizada quedó hecha trizas, lapidada por el sordo estruendo de la decepción. La esplendorosa bestia, digna de su identificación con la realeza, desplegaba su cadencioso andar señorial alrededor de un patético arbolito de navidad que no sólo obstruía su espacio vital, sino que además opacaba su sublime belleza y ponía en ridículo a su poderío ancestral.

Pierdominichi no se agarró de las rejas porque no había, pero descargó toda su furia con un puntapié a una pequeña piedra que salió volando para chocar justamente contra el acrílico de la prisión del tigre. El animal por un momento desvió la mirada hacia el exterior, pero después volvió ocuparse de tironear una manta que habían puesto debajo de unos supuestos regalos-adorno, en una mansa resignación que a mi amigo le partió el alma.

Pierdominichi buscó un asiento frente a la jaula y se perdió en cavilaciones. El tigre blanco es oriundo de la India. Un animal magnífico por donde se lo mire, mucho más grande que sus hermanos naranjas, una bestia solemne, distinguida, destinada a la grandeza. Sin embargo ahí -pensaba mi amigo- parecían no darse cuenta de todo eso. Lo habían despojado de sus dioses. Lo habían encerrado y le habían tirado 2 mil años de cristianismo por la cabeza.

Pierdominichi buscó en vano los ojos de agua de la fiera con la esperanza de hallar un gesto cómplice, un destello de rebeldía, pero sus miradas nunca se cruzaron. Quería consolarlo, quería decirle que él sí sabía de su estirpe y de su pasado, que quería liberarlo del yugo de la iglesia de los hombres, de la humillación de ser despojado de la tradición, de su culto. Qué él entendía la deshonra que significaba ser encerrado en una prisión y tener que aceptar un dogma por la fuerza.

Mi amigo Pierdominichi siempre me dice que en el único lugar donde se es verdaderamente libre es en la mente, pero el tigre parecía vencido y tiraba mecánicamente de la punta de la manta sin siquiera poner el suficiente empeño como para arrancarla del suelo y hacer volar por los aires esas patéticas cajas envueltas en colores de mal gusto. De repente, en un acto lleno de desgano, hizo rodar con la pata uno de los paquetes y descubrió que en su interior había comida, acaso una ración suficiente -pensó Pierdominichi- para sobrevivir un día más en esa celda llena de ofrendas a un dios que no es el dios de los tigres.

Mi amigo no se despidió de la triste bestia y volvió a su casa pensando en esos ojos vacíos que una vez más habían demostrado, como en tantas otras oportunidades en la historia, que la potencia física no sirve de nada si el espíritu está quebrado.

A las pocas cuadras, pasó por un bazar que vendía todo lo imaginable para la navidad. Miró las luces, las estrellitas y los papá noeles y con un gesto de resignación metió la mano en el bolsillo. Por un momento aceptó que él también era un viejo tigre derrotado. Por suerte, después de haber pagado la entrada al zoológico, la plata no le alcanzó para un arbolito.

viernes, 4 de diciembre de 2009

Pasos

Si me preguntás, te voy a contar que fue un jueves. Y que me esperaste, como un modo de ahuyentar a esos fantasmas que venían aguijoneándome con la idea de que justo cuando vos te decidieras yo iba a estar secuestrado por alguna responsabilidad nimia e insignificante y me iba a perder el acontecimiento del año.

Tal vez por el cansancio acumulado, quizás porque ya estábamos en diciembre, o simplemente por el tedio de la repetición sin sentido que a veces propone la rutina, yo llegué exhausto a casa, con una sensación de debilidad que me subía desde el estómago, con ganas de bajar la persiana y hasta mañana, un tironcito más que ya es viernes, un par de brazadas y llegamos a la orilla, a tierra firme, a una cerveza bien fría, al sueño de los justos, a un fin de semana entero con vos y tus progresos.
Quizás vos intuiste algo de eso. Del desgano, de las exhalaciones profundas con las que se disfraza la queja inconsciente del no paso del tiempo. Entonces me propusiste, sin quererlo, un juego: el juego del revés, en el que vos me enseñás a mí.

Eran casi las 10. Ustedes me habían esperado en la vereda porque la noche invitaba y subimos los tres juntos en el ascensor. La casa olía a hogar y a comida casera, pero todavía faltaba un rato para la cena. Entonces mamá preguntó al pasar, como quien no quiere la cosa, cuándo te ibas a largar. Yo, la mirada puesta en el monitor de la computadora, ausente en esa presencia sin resto que a veces queda después del trabajo, completé la frase con un incentivo de manual que se parecía a un detalle de plazos y obligaciones: “Mirá que en unos días va a venir la abuela de Río Cuarto y vos todavía vas a estar por el piso”. Nadie esperaba que respondieses, ni al incentivo ni a la pregunta más bien retórica de mamá, pero de golpe, tal vez por orgullo, quizás por hartazgo, quisiste contestar.

Mamá te tenía de la mano y en un acto ya mecánico de entrenamiento que no busca resultados te soltó suavemente, como quien echa a rodar una bola de bowling. Entonces, en lugar del stop, las rodillas, las manos y el gateo fueron uno, dos, tres, cuatro pasos. Nos miramos atónitos. Y mamá, cautelosa: “¿otra vez?”. Entonces vos, las rodillas flexionadas, la cintura doblada y las manos apoyadas en el piso como punto de apoyo, de repente erguida de nuevo. Y sonriente, como disfrutando. Uno, dos, tres, cuatro, cinco pasos. Aplausos, gritos y, por supuesto, alguna lágrima. Otra vez al piso, esta vez de culo, con las piernitas rechonchas en forma de C. Y de vuelta arriba, uno, dos, tres, cuatro, cinco, seis. Sin ningún punto de apoyo, haciendo equilibrio con las manos y los brazos, rozando el aire con cierta prudencia, y gritando, también vos. A esa altura la cuenta ya estaba perdida, acompañabas cada paso con una exclamación de triunfo en medio de nuestra perplejidad de padres conmovidos ante el primer aleteo del pichón. Por supuesto, después hubo besos, hurras y video, llamado a los abuelos y felicitaciones mutuas a la distancia. El andador, que hasta ahora había sido tu compañero de proezas, quedó ensombrecido en un rincón, confinado injustamente, como suele pasar, a la senda del olvido.

Esa noche caminaste sola hasta la hora de dormir. Primero en círculos, después en línea recta, y por último con una dirección precisa y voluntaria, yendo hacia donde querías ir. No hubo rincón de la casa que dejaras sin inspeccionar de pie. Y si me preguntás, te voy a decir que con tus pasos, transformaste lo que era un jueves gris en medio de la semana chicle en uno de los días más lindos de nuestra vida. Y por supuesto, uno de los más importantes de la tuya.
Felicitaciones, hija. Acabás de aprender a volar.

miércoles, 2 de diciembre de 2009

El ejército perdido

Mi amigo Pierdominichi es un atolondrado de las buenas noticias. Siempre irrumpe, papel en mano, agitando los brazos y gritando una media verdad que después revela su lado oscuro y no tan cierto. Pero no es culpa del gordo Pierdominichi, un optimista patológico de esos que hacen falta en el mundo sino de las noticias, que nunca terminan de ser del todo buenas.

Pierdominichi cae siempre con primicias literalmente increíbles, como que Obama va a cerrar Guantánamo, o que Maradona evalúa renunciar a la selección o que el fin de semana no va a llover. Puras mentiras que él, que es un hombre bueno y confianzudo, cree y quiere distribuir por el mundo para que la gente sea un poquito más feliz. Porque lo que en el fondo le importa al gordo es hacer feliz a la gente y desde ese ángulo sí se podría decir que el fin justifica los medios.

El otro día llegó agitado hasta mi computadora, se paró a mi lado con aire solemne, respiró profundo y después soltó sólo dos palabras: “Lo encontraron”. Mi fiel amigo Pierdominichi sabe manejar el misterio y, después de un breve juego de miradas, cuando ya me tenía enteramente a su disposición, siguió. “Un ejército entero, compuesto por 50 mil hombres y enterrado por una tormenta de arena hace 25 siglos en el Sahara. Soldados, camellos, caballos, estandartes, armas. Todo desapareció sin dejar rastros. Ahora los encontraron”.

La historia del ejército de Cambises es conocida y fue documentada por el historiador Heródoto. Se trata, efectivamente, de una tropa de 50 mil hombres que el rey persa Cambises II mandó en el 525 antes de Cristo para vencer a los amonios que ocupaban el oasis de Siwa, donde está uno de los más célebres oráculos del mundo antiguo, justamente el que en el año 331 AC designó a Alejandro Magno como hijo del dios Amón y legitimó todas sus conquistas.

La fastuosa expedición partió pero nunca llegó y desde ese momento, a lo largo de las arenas del tiempo, se tejieron todo tipo de teorías sobre su misteriosa desaparición. Según Heródoto, las falanges persas salieron de Tebas, pero no siguieron el itinerario lógico sino que, para sorprender a los amonios, se internaron profundamente en la meseta de Gilf Kebir y allí fueron devorados por el mar de arena. Incluso hubo innumerables campañas para tratar de dar con el ejército, pero todas fracasaron. Al menos todas menos una.

Pierdominichi que, se sabe, es un romántico, me contó que un equipo científico italiano que se fue guiando por viejas historias beduinas acaba de encontrar lo que sería la gran tumba de arena de los persas enviados por Cambises. Aros, un brazalete de plata, puntas de flecha y dagas de bronce que, según los expertos, tienen una irrefutable marca aqueménida dan testimonio del descubrimiento. Pero lo mejor es que cerca de ahí encontraron también un gran valle sembrado de huesos blanqueados por un sol de siglos.

Lo que mi gran amigo Pierdominichi me contó después es lo que le sigue a cada una de sus buenas noticias a medias. Las autoridades de Egipto salieron a desmentir que se tratara del ejército de Cambises y tildaron el hallazgo de “infundado y engañoso”. Sin embargo, en esta yo estoy con mi amigo. Me imagino las inmensas columnas de guerreros, cortando la monotonía del desierto con sus bestias y sus estandartes. Me imagino el ejército innumerable sorprendido de repente por el inclemente soplido del qibli, el temible viento caliente del sur, y literalmente tragado por las enormes fauces rojas y amarillas del Sahara.

El ejército se convirtió en leyenda. Y durante siglos la leyenda alimentó el misterio. Hoy en algunos lugares del mundo se habla del mayor espectáculo arqueológico de la antigüedad. Pero para mí es, por sobre todas las cosas, una hermosa historia que le debo a mi amigo Pierdominichi. Una historia que por un momento nos arrancó de la tarde gris de asfalto porteño y nos llevó a lugares insospechados, donde nos perdimos en la inmensidad y sentimos en la nuca el roce de la daga caliente del viento sobre un océano de arenas y enigmas.