Desde que Buenos Aires es la reina del plata, cuando los porteños hablan del río hablan, claramente, del Río de la Plata. Sin embargo, existen, como se pudo comprobar en los últimos días, otros ríos que, celosos por las décadas y los siglos de postergación, manifiestan su enojo de distintas maneras.
Estamos hablando, puntualmente, del río que corre por la avenida Juan B. Justo. Se me dirá, desde la empiria más enana, que tal río no existe, y acto seguido se me explicará que lo que en realidad corre por las entrañas de la avenida es el arroyo Maldonado entubado. Pero, como muchas veces sucede, la interpretación apresurada y simple de la realidad no siempre se corresponde con la realidad misma. El mundo tiene misterios que no son tan fáciles de explicar y menos de digerir, y el del río fantasma que fastidia a los porteños que lo han lapidado es claramente uno de ellos.
En efecto, el Maldonado está entubado debajo de la Juan B. Justo. ¿Y qué es un arroyo entubado sino un arroyo muerto? Como el fétido Hades, que transportaba en su oscuridad subterránea a los muertos del antiguo mundo griego, el Maldonado agita su alma desdichada en su sepultura de cemento y, como pasa con muchos célebres muertos olvidados, a veces se escurre de su tumba y manifiesta en forma fantasmal y enojosa.
Es entonces cuando empiezan a experimentarse fenómenos que escapan a la cotidiana realidad de 2 más 2 es 4. Si uno se toma el trabajo de caminar por la Juan B. Justo, notará que hay ciertos indicios que confirman que el arroyo nunca se ha ido del todo y que su espectro, transformado en río, se ha adueñado de la avenida sin que lo veamos.
Lo primero que se siente es la humedad. Las casas de la zona tienen humedad, el musgo crece en el cordón de la vereda e incluso los propios zapatos y las medias de los transeúntes se ponen pesados después de caminar pocas cuadras. Otra prueba irrefutable del extraño carácter fluvial de la avenida son los mejillones que crecen en la base de los semáforos y los caracoles que se adhieren a los postes de alumbrado público, por no hablar de los cangrejos que se han encontrado a la altura de Paraguay.
Por otro lado, un buen observador puede darse cuenta de que la vegetación que crece en las veredas y en los balcones es llamativamente tupida, demasiado para esta Buenos Aires de cemento y humo, sin hablar de lo extraño que resulta ver a las gaviotas posadas en los cables o sobrevolando los techos de los autos. Algunos vecinos cuentan que si uno se queda parado durante un rato en ciertas esquinas, empieza a sentir en las piernas los mordisqueos juguetones de los peces que van y vienen entre la gente que vive ignorando todo.
Donde hay asfalto se debe ver un río, esa es la realidad de Juan B. Justo. El fantasma está ahí y se resiste a morir del todo. En los días de lluvia, el Maldonado aprovecha para tomar cuerpo disimuladamente y volver a ser quien era. Entonces el agua brota de los mismos poros del cemento, sube en cuestión de minutos e inunda gozosa casas y sótanos que alguna vez fueron su lecho. Los vecinos lo saben e incluso algunos, que le vieron la veta comercial a la cuestión, ya están preparados.
El otro día, en pleno diluvio, sorprendió ver a un par de chicos con un gomón en la intersección con Santa Fe. Iban y venían de esquina a esquina cobrando 2 pesos a la gente para cruzarla. Los periodistas, que no conocen la historia del fantasma y trataban de explicar la inundación hablando de los sumideros tapados, mostraban la avivada con indignación. Los chicos tomaron nota de la cantidad de móviles de televisión que los enfocaban y para la próxima ya tienen equipado el bote con un cartel con publicidad. Ellos saben que la historia se repetirá porque conocen la río.
Como en todo, están los que creen en el fantasma y los que no. Yo ahora me voy a caminar por las callecitas de Juan B. Justo para ver si el aire ribereño me inspira o si encuentro una linda valva de caracol para regalarle a mi novia.
Las palabras tienen el poder de llevar pensamientos o ideas. A través de ellas, vamos tratando de explicar el mundo y lo que nos pasa. Este espacio, estas palabras al andar, me acompañan como el curso de un río a lo largo del camino. Con su arrullo, siguen fieles a mis pasos y van reflejando las distintas circunstancias, cotidianas o no, que se van sucediendo. Reflexiones y crónicas acerca de lo que vivimos, como una forma de entender (y de reírnos cuando lo amerita) de qué se trata el juego.
jueves, 25 de febrero de 2010
jueves, 18 de febrero de 2010
La tormenta y nosotros
El primer pinchazo lo siento cuando miro la vela, que arde indiferente y lejana en una trémula negación de la oscuridad. Es como caer en un abismo, preso de un silencio que, en su condición de nada, aturde. El fuego despliega sus caricias infernales sobre la cera blanca y la hace retroceder con estocadas indecisas que se proyectan en la pared. La casa sin luz parece vacía, aunque estamos todos. Yo acabo de llegar hecho una sopa. Afuera, la tormenta transforma las calles en ríos y suma una espesa cortina de ruido al escenario de sombras que propone la noche.
Pienso que justamente la oscuridad y el estruendo monótono de la lluvia, que tapa todos los demás sonidos, aplacan los sentidos. Pero el efecto es exactamente el contrario. Al principio no vemos ni escuchamos nada, el departamento parece una cueva apenas agitada por nuestra respiración, pero después las cosas se revelan en esa aparente realidad ciega y sorda y vamos entendiendo. Ellos ya están aquí, agazapados, y entonces siento sus voces y sus pasos tan conocidos y tan aterradores.
El edificio es, otra vez, una mazmorra, una prisión oscura. En este momento no conocemos los alcances del temporal que rebalsa, inunda por todos lados y nos ha jaqueado. Hay barrios enteros sin energía eléctrica, calles sin semáforos y esquinas devoradas por la correntada. Pero nosotros no podemos saberlo porque estamos aislados.
Entonces ellos nos miran, nos desnudan, nos interrogan incesantemente. Y no hay escapatoria posible. Los muebles, los aparatos, las cosas que pueblan la casa pierden sentido en su opacidad. Ahora estamos solos. Solos frente a ellos. Las pantallas, las múltiples pantallas que nos rodean, están muertas y no hay ruidos ni motores que nos rescaten. Nuestros sentidos, que antes creíamos negados, empiezan a transitar un mundo nuevo, se abren camino en la noche como si fuera una peligrosa selva virgen y los descubren.
Es en ese punto cuando nuestros fantasmas atacan. Nos clavan dientes y garras, nos persiguen en medio de esa oscuridad sin salida y nos terminan poniendo frente a frente con nosotros mismos, sin máscaras ni distracciones. El silencio es su aliado. Pensamos en escapar, pero ellos, que en realidad somos nosotros, nos ahogan, nos asfixian.
Apagamos las velas que ya son inútiles, nos tumbamos sin vernos. Ellos, nuestros propios monstruos, juegan con nosotros.
Pasan las horas, el alba se mete por las ventanas. Ya no llueve, pero la quietud es la misma. Con una indignación exagerada resolvemos irnos de la casa hasta que vuelva la luz y todo se normalice. Mentimos excusas y organizamos un exilio apurado. En el fondo, buscamos aturdirnos otra vez. Nos resulta insoportable quedarnos con nosotros mismos y con nuestro silencio.
Pienso que justamente la oscuridad y el estruendo monótono de la lluvia, que tapa todos los demás sonidos, aplacan los sentidos. Pero el efecto es exactamente el contrario. Al principio no vemos ni escuchamos nada, el departamento parece una cueva apenas agitada por nuestra respiración, pero después las cosas se revelan en esa aparente realidad ciega y sorda y vamos entendiendo. Ellos ya están aquí, agazapados, y entonces siento sus voces y sus pasos tan conocidos y tan aterradores.
El edificio es, otra vez, una mazmorra, una prisión oscura. En este momento no conocemos los alcances del temporal que rebalsa, inunda por todos lados y nos ha jaqueado. Hay barrios enteros sin energía eléctrica, calles sin semáforos y esquinas devoradas por la correntada. Pero nosotros no podemos saberlo porque estamos aislados.
Entonces ellos nos miran, nos desnudan, nos interrogan incesantemente. Y no hay escapatoria posible. Los muebles, los aparatos, las cosas que pueblan la casa pierden sentido en su opacidad. Ahora estamos solos. Solos frente a ellos. Las pantallas, las múltiples pantallas que nos rodean, están muertas y no hay ruidos ni motores que nos rescaten. Nuestros sentidos, que antes creíamos negados, empiezan a transitar un mundo nuevo, se abren camino en la noche como si fuera una peligrosa selva virgen y los descubren.
Es en ese punto cuando nuestros fantasmas atacan. Nos clavan dientes y garras, nos persiguen en medio de esa oscuridad sin salida y nos terminan poniendo frente a frente con nosotros mismos, sin máscaras ni distracciones. El silencio es su aliado. Pensamos en escapar, pero ellos, que en realidad somos nosotros, nos ahogan, nos asfixian.
Apagamos las velas que ya son inútiles, nos tumbamos sin vernos. Ellos, nuestros propios monstruos, juegan con nosotros.
Pasan las horas, el alba se mete por las ventanas. Ya no llueve, pero la quietud es la misma. Con una indignación exagerada resolvemos irnos de la casa hasta que vuelva la luz y todo se normalice. Mentimos excusas y organizamos un exilio apurado. En el fondo, buscamos aturdirnos otra vez. Nos resulta insoportable quedarnos con nosotros mismos y con nuestro silencio.
lunes, 8 de febrero de 2010
Mini - piquete
Elongo en la plaza con la satisfacción del deber cumplido. Las gotas que nacen en la frente resbalan por el tobogán de la nariz y van a estrellarse contra el cemento. Las piernas abiertas forman un triángulo cuyo vértice superior es mi cintura, la cabeza está gacha a la altura de las rodillas, los brazos extendidos tocan el piso. Los músculos se estiran y se relajan. La respiración se hace más profunda. Después de correr hay un momento de paz, de conexión absoluta con uno mismo. No dura mucho, son tan solo unos minutos. Después de eso, de a poco, uno va volviendo a insertarse en el mundo y en sus múltiples demandas.
Cerca veo a una nena jugando con su hermana. No tendrá más de 10 años. Tienen una pelota de tenis y dos paletas, pero parecen aburridas. Su madre está más allá, sentada en un banco, abstraída de todo, fugándose entre las líneas de un libro amarillento. La más grande de las nenas tiene la pelotita en la mano y se dispone a sacar, pero algo la distrae. Son otras dos chicas de su misma edad que van sentadas en un carrito de cuatro ruedas y dos pedales que alquilan del otro lado de la plaza. La nena las mira pasar y se olvida de su hermana, que está esperando que le tire la pelota. Las chicas del carrito se alejan, pero pasan unos minutos y vuelven a aparecer en la esquina. La nena más chiquita le reclama la pelota a su hermana mayor, pero ésta ya ha perdido todo interés en el juego y sólo espera a que el carrito se acerque. Le miro fijamente la cara: está calculando el momento exacto, la distancia correcta. De repente, se cruza en el camino del carrito y obliga a sus conductoras a frenar. Hay un momento de silencio y tensión. Después la nena pregunta amablemente: “¿Puedo dar yo una vuelta?”. Las chicas del carrito no se miran entre ellas, sólo la miran fijo y en silencio. Una de ellas niega con la cabeza. La nena sigue parada sin dejarlas pasar. “Una sola vuelta”, dice, pero recibe otra negativa muda. Finalmente se hace a un lado y las deja avanzar.
Pienso que quizás debería pedirle a su mamá que le alquile una vuelta en el carrito, pero esa opción parece estar descartada de antemano por la nena que ahora busca la pelotita de tenis olvidada en el pasto. La hermanita ya no quiere jugar con ella. Y ella parece no tener ningún interés en la hermanita. Se queda parada y sigue con la mirada el carrito, que ya ha dado otra vuelta y viene, una vez más, en nuestra dirección. Esta vez, la nena parece resignada. Se hace a un lado y deja que el coche avance. Al pasar, una de las chicas se da vuelta y la mira fijo. Entonces la nena toma envión y les tira la pelota de tenis con toda su fuerza. Se escucha un golpe seco y en seguida un grito. El carrito se aleja, pero ya no vuelve a pasar por ahí.
Cerca veo a una nena jugando con su hermana. No tendrá más de 10 años. Tienen una pelota de tenis y dos paletas, pero parecen aburridas. Su madre está más allá, sentada en un banco, abstraída de todo, fugándose entre las líneas de un libro amarillento. La más grande de las nenas tiene la pelotita en la mano y se dispone a sacar, pero algo la distrae. Son otras dos chicas de su misma edad que van sentadas en un carrito de cuatro ruedas y dos pedales que alquilan del otro lado de la plaza. La nena las mira pasar y se olvida de su hermana, que está esperando que le tire la pelota. Las chicas del carrito se alejan, pero pasan unos minutos y vuelven a aparecer en la esquina. La nena más chiquita le reclama la pelota a su hermana mayor, pero ésta ya ha perdido todo interés en el juego y sólo espera a que el carrito se acerque. Le miro fijamente la cara: está calculando el momento exacto, la distancia correcta. De repente, se cruza en el camino del carrito y obliga a sus conductoras a frenar. Hay un momento de silencio y tensión. Después la nena pregunta amablemente: “¿Puedo dar yo una vuelta?”. Las chicas del carrito no se miran entre ellas, sólo la miran fijo y en silencio. Una de ellas niega con la cabeza. La nena sigue parada sin dejarlas pasar. “Una sola vuelta”, dice, pero recibe otra negativa muda. Finalmente se hace a un lado y las deja avanzar.
Pienso que quizás debería pedirle a su mamá que le alquile una vuelta en el carrito, pero esa opción parece estar descartada de antemano por la nena que ahora busca la pelotita de tenis olvidada en el pasto. La hermanita ya no quiere jugar con ella. Y ella parece no tener ningún interés en la hermanita. Se queda parada y sigue con la mirada el carrito, que ya ha dado otra vuelta y viene, una vez más, en nuestra dirección. Esta vez, la nena parece resignada. Se hace a un lado y deja que el coche avance. Al pasar, una de las chicas se da vuelta y la mira fijo. Entonces la nena toma envión y les tira la pelota de tenis con toda su fuerza. Se escucha un golpe seco y en seguida un grito. El carrito se aleja, pero ya no vuelve a pasar por ahí.
domingo, 7 de febrero de 2010
Silvana, Góngora
No. No me olvidé. Anoche puse un papelito con tu nombre en el escritorio pero hoy al despertar no me hizo falta leerlo. Buenos Aires negó por unas horas al verano atroz y nos regaló una mañana fresca, un rapto de otoño que funcionó como un bálsamo para el alma. Y entonces, al ver el cielo gris y escuchar la lluvia como un aplauso uniforme y lejano, al sentir por fin el viento frío que entraba con el alba como una tristeza que se cuela en la mirada, me acordé de vos. De esa melancolía irónica tan tuya, que también es mía. De esas armas sutiles que compartimos y que también nos hieren.
Quizás hasta el cielo se haya acordado, y por eso la lluvia, y por eso el tamiz al sol de febrero. Te cuento esto porque seguramente querrás saber, aunque estés lejos. Atrás debe haber quedado Constantinopla, y tu sueño se habrá visto satisfecho en parte porque, como vos bien decís, los sueños no se cumplen, sino que se persiguen y esa es la esencia de tanto spleen y tanta identidad con nuestro amigo Baudelaire.
Supongo que ahora estarás en Roma, la ciudad de las siete colinas. Y te imagino festejando como se debe, eligiendo el mejor lugar y el mejor vino, recorriendo las calles de la historia y proyectando también tu propia historia, en esos raros momentos en los que la vida se nos revela como un camino fácil. Imagino, entonces, que con el viento te llega el abrazo de estas palabras y el recuerdo tenue de un amigo que te quiere y que te extraña.
Feliz cumpleaños desde esta lluvia porteña.
Quizás hasta el cielo se haya acordado, y por eso la lluvia, y por eso el tamiz al sol de febrero. Te cuento esto porque seguramente querrás saber, aunque estés lejos. Atrás debe haber quedado Constantinopla, y tu sueño se habrá visto satisfecho en parte porque, como vos bien decís, los sueños no se cumplen, sino que se persiguen y esa es la esencia de tanto spleen y tanta identidad con nuestro amigo Baudelaire.
Supongo que ahora estarás en Roma, la ciudad de las siete colinas. Y te imagino festejando como se debe, eligiendo el mejor lugar y el mejor vino, recorriendo las calles de la historia y proyectando también tu propia historia, en esos raros momentos en los que la vida se nos revela como un camino fácil. Imagino, entonces, que con el viento te llega el abrazo de estas palabras y el recuerdo tenue de un amigo que te quiere y que te extraña.
Feliz cumpleaños desde esta lluvia porteña.
viernes, 5 de febrero de 2010
Wendy López y la historia de Don Amilcar Cruz
Hace unos días andaba medio mal de ánimo y decidí ir a tomar una cervecita con ingredientes a un barcito pituco en Av. de Mayo. La tarde pintaba para lluvia, pero igual opté por una mesa en la vereda. Iba por el segundo vaso y ya me había quedado sin palitos cuando de repente vi venir distraídamente a Wendy López, la afamada periodista de la zona sur. Wendy es una hábil pescadora de historias en la ciénaga. Trabajó durante muchos años como corresponsal de la CNN en Guernica, provincia de Buenos Aires, reflejando como nadie el mundo de la marginalidad. Por supuesto, apenas se acordaba de mí. Pero se ve que le dolían mucho los pies de tanto taconear o andaba con sed, porque en seguida aceptó mi invitación y se liquidó lo que quedaba de la Quilmes y los manicitos. Hablamos, como se habla en estas oportunidades, del calor, del cansancio que nunca se cura y de nuestros trabajos, que alguna vez nos cruzaron. Me contó que en sus últimos dos años en la televisión no le pagaron y que trabajó durante meses por el solo hecho de aferrarse a algo que no permitiera que su vida se derrumbara por completo. En el fondo, más allá de los tacos aguja, los vestidos apretados y la boca exageradamente roja, Wendy también pertenece al oscuro mundo que sus crónicas reflejaban. Ahora andaba con ganas de escribir un libro sobre su última investigación, pero la pereza -ay, esa gran enemiga de los talentos que no son- la tenía amordazada y el relato dormía desde hacía meses en algún lugar de su cabeza pelirroja. Con la segunda botella y otro triolet lleno de papitas fritas, palitos y maní le pedí que me revelara de qué se trataba su trabajo y así conocí la historia de Don Amilcar Cruz, el capo del barrio El Durazno.
A decir de Wendy, Don Amilcar era un simple almacenero de barrio. Él solo fue construyendo su éxito y su prosperidad como quien arma un castillo con rastys: uno por uno los ladrillitos insignificantes van conformando las más espectaculares torres. El hombre arrancó con un bolichito en la calle Constantinopla del barrio El Durazno, una geografía llena de carencia, pobreza y resignación. Pero Don Amilcar Cruz no estaba resignado. Silenciosamente, él confiaba en que pronto tendría su oportunidad de dar el zarpazo y se preparaba, día a día, para no dejar pasar la oportunidad.
Como la introspección y el análisis eran su pasatiempo preferido, Don Amilcar no tardó en darse cuenta de que el negocio ahí no estaba en la venta de fideos, arroz o arvejas, sino en el expendio de alcohol, por lejos lo más consumido del almacén. Pero a Cruz no le interesaba el dinero inmediato que le podía dar la venta de vino barato y cerveza, sino el poder que eso le otorgaba por sobre sus desolados clientes. Así, poco a poco, fue introduciendo una modalidad que constituyó la base, el trampolín mediante el cuál empezó su meteórica carrera en el hampa.
Don Amilcar sabía que la mayoría los borrachines del barrio, que eran muchos, no tenía trabajo. Entonces les empezó a proponer un trato. Cinco cartones de vino a cambio de 5 horas de trabajo de sus hijos. Los chicos se dedicarían a tareas de aseo del local y a acomodar mercancías, algo que al viejo Cruz y a su espalda le costaban cada vez más.
Por supuesto, los hombres aceptaron la propuesta y en poco tiempo Don Amilcar Cruz vio que tenía un pequeño batallón de chicos y adolescentes que sabiamente distribuyó a lo largo de los días de la semana teniendo en cuenta la personalidad y el rango de edades.
Don Amilcar se estaba jugando un pleno. Era un rufián meticuloso. Para él, el delito era como una partida de ajedrez. Primero hay que establecer la estrategia, colocar las piezas una a una como corresponde y después atacar y dar la estocada final.
Por esos meses, se volcó enteramente al cuidado de los chicos. El trabajo era una excusa para enseñarles, para darles el afecto que sus padres no les daban, para educarlos y formarlos a su manera. Pronto compró tres mesitas y convirtió el viejo almacén en un bar. Los chicos atendían a los bebedores, que muchas veces eran sus propios padres. Después consiguió un metegol desvencijado y organizó campeonatos nocturnos. El lugar se había transformado en una especie de club adolescente. Todos querían al viejo Cruz y el viejo Cruz, de a poco, iba delineando su plan, eligiendo a los más aptos, colocando las fichas sobre el tablero pacientemente.
Una tarde de verano, cuando consideró que estaban listos, reunió a los mejores y les prometió una vida mucho mejor de la que tenían. A partir de esa noche empezaron a robar, siempre en otros barrios.
Los blancos nunca eran al azar. Don Amilcar escogía los lugares, mandaba a los más pequeños a vigilar los movimientos y después, con información exacta, elegía a un grupo determinado y les decía lo que tenían que hacer. Así, los chicos empezaron a estar estratificados en grupos que iban desde la más eficaz elite hasta los que sólo podían hacer de campana. Sin embargo, el afecto que el viejo había logrado generar en torno a su persona hacía que nadie se quejara. Todos ganaban, él y “sus muchachos”, como le gustaba llamarlos.
Poco a poco, Don Amilcar empezó a amasar una fortuna. Robaban autos, locales de ropa y electrodomésticos, panaderías, kioscos. El almacén se había convertido en una sede criminal desde donde salían permanentemente chicos a robar y a donde llegaban todo tipo de clientes a comprar lo robado. Todos lo sabían en el barrio, pero Don Amilcar estaba arreglado con la policía y, mientras no se metiera con nadie de El Durazno, poco había que temer.
El viejo conocía el equilibrio maquiavélico entre la fuerza y el consenso. Él hacía su negocio, pero les pagaba bien a los chicos, trataba bien a todos, mandaba a asfaltar calles, levantaba paredes en el barrio y ayudaba a los que podía. Eso, de alguna manera, ataba de manos a la policía, que sabía que cualquier intento de detención significaría una pueblada. La política, por otro lado, no hizo mella en su ascendente carrera de chorro. Arreglaba con los punteros y les hacía entender, por las buenas o por las malas, quién mandaba en El Durazno. No le faltaron ofertas para ser candidato, pero su mundo era otro mundo, en su viejo almacén él no le rendía cuentas a nadie.
Una vez algún resentido lo denunció por prostituir a las hijas de sus clientes. Por la gravedad de la acusación fue inevitablemente preso. Pero nadie pudo probar tal cosa. “Con las nenas no se juega”, dijo enojado cuando salió. Durante su estadía en la cárcel, nadie le tocó el negocio. Muchos le tenían miedo, pero muchos más eran los que lo respetaban y lo querían. Él les había dado todo. “Si uno tira una moneda en este barrio siempre sale Cruz”, graficaba un viejo vecino.
Don Amilcar nunca tuvo hijos naturales, pero de alguna forma todos fueron sus hijos en El Durazno. Su fama y su nombre estuvieron presentes en el barrio durante largos años. Pero, como suele pasar, su historia no tiene un final feliz. Alguien lo mató por la espalda en una esquina lejos de sus amadas calles. Algunos dicen que fue un ajuste de cuentas, otros que se trató de un sicario pagado por una mina despechada. Mi amiga Wendy López me dijo que lo más seguro es que a Don Amilcar Cruz lo haya matado un chorro cualquiera, un raterito que lo vio potable como para afanarle el reloj y se le fue la mano. Lo que nadie sabe es por qué Cruz andaba solo por esos lados y ahí Wendy se pone romántica y sostiene que él sabía que el final estaba cerca y de alguna manera lo andaba buscando.
Por supuesto el bar cerró y al poco tiempo los muchachos se dispersaron y muchos cayeron presos. Desde entonces El Durazno ya no es lo que era. Los más viejos, que también son los más melancólicos, dicen que ahora el barrio es tierra de nadie. Una tierra donde ya nadie se acuerda de Don Amilcar Cruz.
A decir de Wendy, Don Amilcar era un simple almacenero de barrio. Él solo fue construyendo su éxito y su prosperidad como quien arma un castillo con rastys: uno por uno los ladrillitos insignificantes van conformando las más espectaculares torres. El hombre arrancó con un bolichito en la calle Constantinopla del barrio El Durazno, una geografía llena de carencia, pobreza y resignación. Pero Don Amilcar Cruz no estaba resignado. Silenciosamente, él confiaba en que pronto tendría su oportunidad de dar el zarpazo y se preparaba, día a día, para no dejar pasar la oportunidad.
Como la introspección y el análisis eran su pasatiempo preferido, Don Amilcar no tardó en darse cuenta de que el negocio ahí no estaba en la venta de fideos, arroz o arvejas, sino en el expendio de alcohol, por lejos lo más consumido del almacén. Pero a Cruz no le interesaba el dinero inmediato que le podía dar la venta de vino barato y cerveza, sino el poder que eso le otorgaba por sobre sus desolados clientes. Así, poco a poco, fue introduciendo una modalidad que constituyó la base, el trampolín mediante el cuál empezó su meteórica carrera en el hampa.
Don Amilcar sabía que la mayoría los borrachines del barrio, que eran muchos, no tenía trabajo. Entonces les empezó a proponer un trato. Cinco cartones de vino a cambio de 5 horas de trabajo de sus hijos. Los chicos se dedicarían a tareas de aseo del local y a acomodar mercancías, algo que al viejo Cruz y a su espalda le costaban cada vez más.
Por supuesto, los hombres aceptaron la propuesta y en poco tiempo Don Amilcar Cruz vio que tenía un pequeño batallón de chicos y adolescentes que sabiamente distribuyó a lo largo de los días de la semana teniendo en cuenta la personalidad y el rango de edades.
Don Amilcar se estaba jugando un pleno. Era un rufián meticuloso. Para él, el delito era como una partida de ajedrez. Primero hay que establecer la estrategia, colocar las piezas una a una como corresponde y después atacar y dar la estocada final.
Por esos meses, se volcó enteramente al cuidado de los chicos. El trabajo era una excusa para enseñarles, para darles el afecto que sus padres no les daban, para educarlos y formarlos a su manera. Pronto compró tres mesitas y convirtió el viejo almacén en un bar. Los chicos atendían a los bebedores, que muchas veces eran sus propios padres. Después consiguió un metegol desvencijado y organizó campeonatos nocturnos. El lugar se había transformado en una especie de club adolescente. Todos querían al viejo Cruz y el viejo Cruz, de a poco, iba delineando su plan, eligiendo a los más aptos, colocando las fichas sobre el tablero pacientemente.
Una tarde de verano, cuando consideró que estaban listos, reunió a los mejores y les prometió una vida mucho mejor de la que tenían. A partir de esa noche empezaron a robar, siempre en otros barrios.
Los blancos nunca eran al azar. Don Amilcar escogía los lugares, mandaba a los más pequeños a vigilar los movimientos y después, con información exacta, elegía a un grupo determinado y les decía lo que tenían que hacer. Así, los chicos empezaron a estar estratificados en grupos que iban desde la más eficaz elite hasta los que sólo podían hacer de campana. Sin embargo, el afecto que el viejo había logrado generar en torno a su persona hacía que nadie se quejara. Todos ganaban, él y “sus muchachos”, como le gustaba llamarlos.
Poco a poco, Don Amilcar empezó a amasar una fortuna. Robaban autos, locales de ropa y electrodomésticos, panaderías, kioscos. El almacén se había convertido en una sede criminal desde donde salían permanentemente chicos a robar y a donde llegaban todo tipo de clientes a comprar lo robado. Todos lo sabían en el barrio, pero Don Amilcar estaba arreglado con la policía y, mientras no se metiera con nadie de El Durazno, poco había que temer.
El viejo conocía el equilibrio maquiavélico entre la fuerza y el consenso. Él hacía su negocio, pero les pagaba bien a los chicos, trataba bien a todos, mandaba a asfaltar calles, levantaba paredes en el barrio y ayudaba a los que podía. Eso, de alguna manera, ataba de manos a la policía, que sabía que cualquier intento de detención significaría una pueblada. La política, por otro lado, no hizo mella en su ascendente carrera de chorro. Arreglaba con los punteros y les hacía entender, por las buenas o por las malas, quién mandaba en El Durazno. No le faltaron ofertas para ser candidato, pero su mundo era otro mundo, en su viejo almacén él no le rendía cuentas a nadie.
Una vez algún resentido lo denunció por prostituir a las hijas de sus clientes. Por la gravedad de la acusación fue inevitablemente preso. Pero nadie pudo probar tal cosa. “Con las nenas no se juega”, dijo enojado cuando salió. Durante su estadía en la cárcel, nadie le tocó el negocio. Muchos le tenían miedo, pero muchos más eran los que lo respetaban y lo querían. Él les había dado todo. “Si uno tira una moneda en este barrio siempre sale Cruz”, graficaba un viejo vecino.
Don Amilcar nunca tuvo hijos naturales, pero de alguna forma todos fueron sus hijos en El Durazno. Su fama y su nombre estuvieron presentes en el barrio durante largos años. Pero, como suele pasar, su historia no tiene un final feliz. Alguien lo mató por la espalda en una esquina lejos de sus amadas calles. Algunos dicen que fue un ajuste de cuentas, otros que se trató de un sicario pagado por una mina despechada. Mi amiga Wendy López me dijo que lo más seguro es que a Don Amilcar Cruz lo haya matado un chorro cualquiera, un raterito que lo vio potable como para afanarle el reloj y se le fue la mano. Lo que nadie sabe es por qué Cruz andaba solo por esos lados y ahí Wendy se pone romántica y sostiene que él sabía que el final estaba cerca y de alguna manera lo andaba buscando.
Por supuesto el bar cerró y al poco tiempo los muchachos se dispersaron y muchos cayeron presos. Desde entonces El Durazno ya no es lo que era. Los más viejos, que también son los más melancólicos, dicen que ahora el barrio es tierra de nadie. Una tierra donde ya nadie se acuerda de Don Amilcar Cruz.
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