De repente, todos en la cubierta se daban cachetazos. No era un homenaje a los tres chiflados ni una intoxicación masiva con algún extraño gas que incitaba a la violencia y a la autoflagelación. El tema, ese día en el barco, eran los mosquitos. Aparecieron de repente, en masa, como una tormenta imprevista. La tripulación estaba sumamente preocupada y los pasajeros, afligidísimos, porque no había forma de hablar o callar, sonreír o gruñir, sin que los hematófagos se posaran en la cara, en los brazos, en las piernas y en los torsos con sus tirabuzones de sangre y atormentaran a todos con sus insistentes y temerarios vuelos.
Pero la misteriosa cuestión era de dónde habían salido. Mar de un lado, mar del otro, la nube chupadora nos había asaltado en plena etapa de navegación, lejos de la tierra donde, en teoría, habitan los mosquitos.
En seguida, cubiertos de toallas y anteojos para no dejar flanco libre a nuestros enemigos, empezamos a elaborar teorías posibles.
Algunos sostenían que los mosquitos surgían de una extraña generación espontánea. Así como Afrodita nació de la fusión de la sangre de Urano y la espuma del mar, tal vez estos miles de soldados que arrasaban la cubierta se hubieran generado de un huevo surgido de la nada, lo cual pondría fin a la eterna y famosa discusión sobre qué fue primero, el huevo o el mosquito.
Otros, claramente más ilustrados, hablaban de una gestación inversa a la que posibilitó la vida en la tierra en los albores del mundo. Los que sostenían esta teoría, explicaban que así como los organismos unicelulares fueron complejizando su existencia hasta devenir en peces, que después sustituyeron aletas por patas y salieron del agua para luego transformarse en reptiles que finalmente se adueñaron del planeta bajo la forma de temibles dinosaurios, así también puede darse que un simple mosquito de mar tenga, en algún momento de su vida mosquita una mutación que le permita cambiar aire por agua y viento por olas y termine siendo el prólogo biológico de los grandes peces espada que dominan las profundidades.
Un grupo menos erudito y más romántico, en el cuál me anoté, sostenía que en realidad estábamos siendo víctimas de una nube de mosquitos pirata, desconocidos en tierra por el simple hecho de que ellos habitan el mar.
Según un pasajero viejo y arrugado que se ufanaba de conocer la Odisea mejor que nadie en este mundo, los mosquitos pirata asolan los mares desde la época de Ulises y su fisonomía es muy distinta de la de sus primos terrestres. Sus alas y su musculatura les permiten vagar durante días sobre el agua sin necesidad de descansar ni posarse en ningún lado.
Encaramado como un cangrejo en lo alto de una reposera y comiendo camarones, el viejo explicó que la nube negra e inmensa erra por los océanos en busca de barcos indefensos a los que atacar. Cuando divisan uno, como el nuestro, sólo tienen que desatar toda su furia sobre marineros y turistas que nada pueden hacer y a ningún lado pueden escapar. Una vez saciada la sed de sangre, abandonan el navío lleno de ronchas y siguen su camino de aire salobre y horizontes inciertos no sin antes dejar la cubierta plagada de huevos que se convertirán en futuros enjambres de mal.
Efectivamente, llegó la noche y los mosquitos desaparecieron. Nadie sabe a dónde fueron, pero todos estuvimos aliviados. Hubo sí un detalle no menor, que sumó intriga al misterio y confirmó la extraña naturaleza de estos malignos bichos de mar. Al otro día llegamos a un puerto y bajamos a tierra. Las ronchas, que hasta ese momento no molestaban, se convirtieron en llagas y muchos de nosotros optamos por volver a los camarotes del barco a bañarnos y llenarnos de cremas.
Fue entonces cuando comprobamos que en el barco, sobre el agua, las picaduras no se sentían, pero en tierra se volvían insoportables. Nadie pudo hasta ahora, explicar ese fenómeno, ni siquiera el viejo sabio, que desapareció con los mosquitos.
Las palabras tienen el poder de llevar pensamientos o ideas. A través de ellas, vamos tratando de explicar el mundo y lo que nos pasa. Este espacio, estas palabras al andar, me acompañan como el curso de un río a lo largo del camino. Con su arrullo, siguen fieles a mis pasos y van reflejando las distintas circunstancias, cotidianas o no, que se van sucediendo. Reflexiones y crónicas acerca de lo que vivimos, como una forma de entender (y de reírnos cuando lo amerita) de qué se trata el juego.
miércoles, 31 de marzo de 2010
lunes, 15 de marzo de 2010
Maneras de relajarse
Mi amigo Pierdominichi ha pagado un día de spa en un hotel de lujo y se aproxima a paso firme, pleno de derechos, al jacuzzi donde naufragarán todas sus preocupaciones, se harán, por un mágico momento, etéreas las responsabilidades que lo aplastan y su cuerpo volverá a estar virgen de tensiones. Eso es lo que describe la cartilla, que predica que la vida es, en realidad, un castigo del que sólo se puede escapar momentáneamente estando entre burbujas, algo que Pierdominichi no refuta del todo aunque tenga ciertas dudas.
Sin embargo, al llegar a ese supuesto edén del relax, mi amigo percibe que él no es justamente Adán y que no está solo en el mundo, lo cual agrega una pizca más de estrés a esa espalda ya endurecida por los sinsabores cotidianos. En la olla del jacuzzi, pozo misterioso en el que bullen sales y esencias perfumadas, flotan otros cuatro cuerpos, cuatro hombres gordos y velludos, cuatro seres esencialmente hostiles que ven en el extraño una amenaza a su territorio.
Entonces Pierdominichi, que es muy culto e instruido, asocia y recuerda la trama de un documental sobre el tiempo de sequía en el África profunda. El río Serengueti se ha transformado en un hilo que deja charcos de barro aquí y allá. Los hipopótamos pugnan por ocupar los lodazales y no dejan que ningún otro animal se acerque. En la lucha por quién disfruta de esa precaria pero única fuente de humedad en medio de la tierra árida, todos se juegan la vida.
Acá pasa lo mismo, piensa mi amigo. Los cuatro hipopótamos que hasta hace un momento dormitaban arrullados por el incesante burbujeo abren sus ojos sólo para rechazar al nuevo, para desaprobarlo, para mostrarle los colmillos y darle a entender que sobra.
Entonces Pierdominichi, que percibe que no es bienvenido, disminuye la velocidad de sus pasos, se despoja ceremoniosamente de la toalla y las pantuflas que le han dado y empieza a dar vueltas cautelosamente, como un gato alrededor de su almohadón. Desde adentro, cuatro pares de ojos somnolientos pero alertas escudriñan cada uno de sus movimientos. La tensión se instala, las miradas se cruzan, los músculos se vuelven rígidos y una sensación de agobio y enojo invade la sala y se mezcla con el vapor que sube y vuelve todo difuso.
Los gordos se acomodan para reducir las plazas libres del jacuzzi. Sin embargo, mi amigo Pierdominichi no se rinde. Aunque parezca estar distraído mirando un horrible cuadro en la pared, está agazapado y espera paciente a que el mismo relax que él busca abra una brecha en la férrea defensa del territorio que han montado sus adversarios. Pasan los minutos y mi amigo es un manojo de nervios preparado para la acción inmediata. Finalmente, uno de los cuatro elefantes marinos se deja llevar por las inexplicables corrientes internas de la pileta y se desplaza, sin quererlo, hacia un costado. Ha flaqueado, ha bajado la guardia. A los pocos segundos abre exaltado los ojos e intenta, con manotazos de desesperación, volver a sentarse erguido, pero ya es tarde. Pierdominichi, sagaz como un lobo, se abalanza al agua provocando una inmensa ola con su abultado vientre. Después, de a poco, acomoda su cuerpo, lo impone, y conquista su espacio. Acto seguido, cierra los ojos y empieza a sentirse como un huevo duro cociéndose entre burbujas. Se olvida de todo y de todos y flota en el agua ingrávida y salobre que lo acaricia y lo transporta vaya a saber dónde hasta que algo lo arranca de ese sueño posible y son los pies desnudos de un nuevo sujeto que planea meterse en el jacuzzi, algo que ni él ni sus ahora compañeros de pileta permitirán.
Entonces la relajación queda para otro momento y ahora son cinco los cuerpos dispuestos a la defensa y son cinco los pares de ojos que le advierten al extraño que ni se le ocurra acercarse a esa charca mágica que es de ellos y nada más que de ellos.
Sin embargo, al llegar a ese supuesto edén del relax, mi amigo percibe que él no es justamente Adán y que no está solo en el mundo, lo cual agrega una pizca más de estrés a esa espalda ya endurecida por los sinsabores cotidianos. En la olla del jacuzzi, pozo misterioso en el que bullen sales y esencias perfumadas, flotan otros cuatro cuerpos, cuatro hombres gordos y velludos, cuatro seres esencialmente hostiles que ven en el extraño una amenaza a su territorio.
Entonces Pierdominichi, que es muy culto e instruido, asocia y recuerda la trama de un documental sobre el tiempo de sequía en el África profunda. El río Serengueti se ha transformado en un hilo que deja charcos de barro aquí y allá. Los hipopótamos pugnan por ocupar los lodazales y no dejan que ningún otro animal se acerque. En la lucha por quién disfruta de esa precaria pero única fuente de humedad en medio de la tierra árida, todos se juegan la vida.
Acá pasa lo mismo, piensa mi amigo. Los cuatro hipopótamos que hasta hace un momento dormitaban arrullados por el incesante burbujeo abren sus ojos sólo para rechazar al nuevo, para desaprobarlo, para mostrarle los colmillos y darle a entender que sobra.
Entonces Pierdominichi, que percibe que no es bienvenido, disminuye la velocidad de sus pasos, se despoja ceremoniosamente de la toalla y las pantuflas que le han dado y empieza a dar vueltas cautelosamente, como un gato alrededor de su almohadón. Desde adentro, cuatro pares de ojos somnolientos pero alertas escudriñan cada uno de sus movimientos. La tensión se instala, las miradas se cruzan, los músculos se vuelven rígidos y una sensación de agobio y enojo invade la sala y se mezcla con el vapor que sube y vuelve todo difuso.
Los gordos se acomodan para reducir las plazas libres del jacuzzi. Sin embargo, mi amigo Pierdominichi no se rinde. Aunque parezca estar distraído mirando un horrible cuadro en la pared, está agazapado y espera paciente a que el mismo relax que él busca abra una brecha en la férrea defensa del territorio que han montado sus adversarios. Pasan los minutos y mi amigo es un manojo de nervios preparado para la acción inmediata. Finalmente, uno de los cuatro elefantes marinos se deja llevar por las inexplicables corrientes internas de la pileta y se desplaza, sin quererlo, hacia un costado. Ha flaqueado, ha bajado la guardia. A los pocos segundos abre exaltado los ojos e intenta, con manotazos de desesperación, volver a sentarse erguido, pero ya es tarde. Pierdominichi, sagaz como un lobo, se abalanza al agua provocando una inmensa ola con su abultado vientre. Después, de a poco, acomoda su cuerpo, lo impone, y conquista su espacio. Acto seguido, cierra los ojos y empieza a sentirse como un huevo duro cociéndose entre burbujas. Se olvida de todo y de todos y flota en el agua ingrávida y salobre que lo acaricia y lo transporta vaya a saber dónde hasta que algo lo arranca de ese sueño posible y son los pies desnudos de un nuevo sujeto que planea meterse en el jacuzzi, algo que ni él ni sus ahora compañeros de pileta permitirán.
Entonces la relajación queda para otro momento y ahora son cinco los cuerpos dispuestos a la defensa y son cinco los pares de ojos que le advierten al extraño que ni se le ocurra acercarse a esa charca mágica que es de ellos y nada más que de ellos.
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