Buenos Aires tiene varias entradas al averno. Y en Almagro todos saben que una de ellas es, aunque parezca obvio, la boca del subte en la estación Medrano. Hay varios indicios para darse cuenta de que uno puede descender al infierno a través de esas escaleras. El primer elemento de prueba son las fétidas ráfagas que suben desde las entrañas del lugar, una clara señal de que el Cancerbero, el perro de tres cabezas que custodia las puertas del inframundo, anda paseando y dejando el rastro de sus babas pestilentes por los túneles cercanos. Otra férrea evidencia es el ciego que está apostado al final de los escalones y que, como el viejo Tiresias, ve mucho más allá de lo que las cosas muestran. El ciego es un vidente que se ocupa de cosas superfluas, no predice grandes acontecimientos, pero cada tanto, si tiene ganas, ensaya alguna profecía menor. “Hoy no va a ser posible terminar el capítulo del libro que lleva en la valija. El subte va a venir lleno”, dice mientras extiende su mano sucia para recibir una moneda. “Ojo en la estación Pasteur que va a subir un tipo que le va a querer robar la billetera”, comenta cuando uno pasa apurado. El ciego ve el futuro y lo murmura para quien lo quiera escuchar. Y lo peor es que, efectivamente, después esas cosas suceden.
En el andén de la estación también hay un kiosco. La mujer que lo atiende su ufana de vender las golosinas más extrañas del mundo. El que come uno de esos caramelos experimenta una felicidad abrumadora, pero cuando el dulce se termina, la dicha da paso a una profunda amargura que dura hasta el momento en que el desafortunado sujeto abandona los infectos pasillos del averno. Por último, hay un puesto de diarios cuya dueña se limita al engaño. Vende publicaciones con novedades ilusorias, que confunden a los lectores. Incluso si uno compra un diario allí se puede topar con la noticia de su propia muerte.
Sin embargo, esto no es nada. Como pasa en todos los descensos al infierno, lo peor viene cuando uno de adentra en las tinieblas. Allí sí esperan los verdaderos monstruos, rodeados por suciedades nauseabundas y charcos que reflejan espejismos. En las profundidades del averno los pasajeros son obligados a fundirse en otros cuerpos formando una masa homogénea e inerte, despojada de la voluntad de movimiento. Hay trenes que dejan ver sus luces desde el túnel, pero que nunca llegan al andén. Mujeres hermosas que, hipnotizadas por la oscuridad que se sucede sin pausa por la ventanilla, jamás vuelven la mirada. Ventiladores que sólo distribuyen calor. Carteles con indicaciones que se contradicen y pasillos que encierran a la eternidad, en los que uno se puede perder durante siglos. También entre las sombras pululan chicos que reparten el diario de ayer, mendigos ricos que sólo piden volver a ver el sol y violinistas que dibujan con su música la tristeza en el aire a cambio de una limosna. En los rincones aguardan escaleras mecánicas que no andan, escaleras fijas que no llevan a ninguna parte y puertas que tal vez nunca se abrieron. Las paredes, bañadas por putrefactas filtraciones, ostentan publicidades que ofrecen el amor eterno en mágicas uniones de pareja y cartelitos que anuncian clases de ruso y trabajos de mecánica dental.
El infierno es horrible pero -ahora viene la aseveración polémica- el infierno es necesario. Ayer quedó demostrado, cuando ese mundo subterráneo afloró a la superficie. Por un paro de los trabajadores del subte, los trenes sucios y oxidados dejaron de fatigar los túneles con su trajín cansado. Entonces las criaturas acostumbradas a vagar por las tinieblas fueron expulsadas hacia la gran ciudad.
Como hormigueros gigantes, las bocas del subte escupían miles de demonios y en seguida las calles se llenaron de almas desdichadas que arrastraban todavía en sus ropas la fetidez que despiden las paredes en las profundidades.
Las multitudes irritadas se agolpaban en las paradas de colectivos maldiciendo su tormento en medio de un calor que se podía palpar en el aire. El tránsito se volvió lento, plagado de insultos bajo un atardecer sin luna. De repente, como si tuviera que intervenir para tratar de restaurar el orden alterado, el cielo empezó a tronar.
Por un momento creí que, como lo viene anunciando Crónica TV, el mundo se acababa. Pero después, como una tempestad que se disipa en el horizonte, todo fue volviendo a la normalidad.
Con la llegada de la noche, los demonios desaparecieron en esquinas y zaguanes. En el aire todavía flotaban efluvios de maldad. Entonces, los que aún estábamos en la calle a esa hora comprendimos que todo tiene una razón de ser, incluso el abismo más oscuro.
Los trenes no volvieron a correr por sus pasillos de sombra. El paro se consumó con éxito y en las cabeceras de las líneas hubo festejos que, definitivamente, no eran de este mundo.
Apabullados por el horror y el espanto, esa noche nos limitamos a rezar. Y rezamos, paradójicamente, para que no nos vuelvan a cerrar nunca más las puertas del infierno.
Las palabras tienen el poder de llevar pensamientos o ideas. A través de ellas, vamos tratando de explicar el mundo y lo que nos pasa. Este espacio, estas palabras al andar, me acompañan como el curso de un río a lo largo del camino. Con su arrullo, siguen fieles a mis pasos y van reflejando las distintas circunstancias, cotidianas o no, que se van sucediendo. Reflexiones y crónicas acerca de lo que vivimos, como una forma de entender (y de reírnos cuando lo amerita) de qué se trata el juego.
viernes, 30 de octubre de 2009
miércoles, 28 de octubre de 2009
Los otros hermanos
Hay también oasis en el tiempo. Momentos donde la linealidad cede, instantes en los que lo que debe acontecer no sucede. Borges dice que el porvenir es inevitable pero no preciso, porque Dios aguarda en los intervalos.
Anoche rompimos con esa linealidad que supone la rutina. Nos salimos de lo cotidiano con un movimiento imprevisto, un gesto de rebeldía mínima pero eficaz para sacudir un poco la modorra de nuestras estructuradas vidas. Algo simple que, tal vez por su sencillez, resultó perfecto: martes a la noche, después del trabajo, asado y reunión.
Surgió espontáneamente, nos organizamos rápido y antes de las 9 las brasas ya ardían en la parrilla. La noche invitaba a la liviandad. Hacía calor. Éramos solo Diego, Eche y yo, tres amigos de hace casi 20 años. Hermanos elegidos rememorando un tiempo en el que habíamos sido inseparables.
Por ese entonces, día a día y durante años, construimos un mundo de cotidianeidad donde la vida era la vida juntos: en el colegio, en las pasiones, en los intereses comunes y también en las dificultades. Habíamos transitado los últimos años de la infancia en la calidez de invernadero por la que pasa la mayoría de los chicos, y de repente nos vimos en medio del mundo adulto y nos unimos desesperadamente entre nosotros para poder dar nuestros primeros pasos en un terreno desconocido y difícil, en el que nos sentíamos demasiado frágiles.
Ahora todo eso volvía con un perfume de antes... Parecíamos viajeros cansados, compañeros de ruta que se reencuentran en un alto del camino, muy lejos de ese punto de partida conjunto tras el salto mortal que supone el abandono de la infancia.
Las palabras se doraban al fuego del vino. Hablábamos de otros temas, pero éramos los mismos chicos que se juntaban a merendar después de un partido de fútbol sin final. Habíamos cambiado, pero cada uno conocía exactamente la esencia del otro, lo había visto nacer como persona.
Un bullicio entraba por la ventana desde algún lugar lejano. Alguien dijo que hacía años que no escuchaba el disco que estaba sonando. Todos nos reímos.
La noche avanzaba, pero el tiempo flotaba entre nosotros como algo estático, suspendido en un presente teñido de ayeres.
Cuando nos despedimos, pasada la medianoche, admitimos que había sido un encuentro distinto, con una química del pasado que resultaba embriagadora. Entre abrazos, nos prometimos repetir la reunión, y poco a poco fuimos abandonando el oasis en el que habíamos caído, sin saber a ciencia cierta cómo volver a encontrarlo.
Anoche rompimos con esa linealidad que supone la rutina. Nos salimos de lo cotidiano con un movimiento imprevisto, un gesto de rebeldía mínima pero eficaz para sacudir un poco la modorra de nuestras estructuradas vidas. Algo simple que, tal vez por su sencillez, resultó perfecto: martes a la noche, después del trabajo, asado y reunión.
Surgió espontáneamente, nos organizamos rápido y antes de las 9 las brasas ya ardían en la parrilla. La noche invitaba a la liviandad. Hacía calor. Éramos solo Diego, Eche y yo, tres amigos de hace casi 20 años. Hermanos elegidos rememorando un tiempo en el que habíamos sido inseparables.
Por ese entonces, día a día y durante años, construimos un mundo de cotidianeidad donde la vida era la vida juntos: en el colegio, en las pasiones, en los intereses comunes y también en las dificultades. Habíamos transitado los últimos años de la infancia en la calidez de invernadero por la que pasa la mayoría de los chicos, y de repente nos vimos en medio del mundo adulto y nos unimos desesperadamente entre nosotros para poder dar nuestros primeros pasos en un terreno desconocido y difícil, en el que nos sentíamos demasiado frágiles.
Ahora todo eso volvía con un perfume de antes... Parecíamos viajeros cansados, compañeros de ruta que se reencuentran en un alto del camino, muy lejos de ese punto de partida conjunto tras el salto mortal que supone el abandono de la infancia.
Las palabras se doraban al fuego del vino. Hablábamos de otros temas, pero éramos los mismos chicos que se juntaban a merendar después de un partido de fútbol sin final. Habíamos cambiado, pero cada uno conocía exactamente la esencia del otro, lo había visto nacer como persona.
Un bullicio entraba por la ventana desde algún lugar lejano. Alguien dijo que hacía años que no escuchaba el disco que estaba sonando. Todos nos reímos.
La noche avanzaba, pero el tiempo flotaba entre nosotros como algo estático, suspendido en un presente teñido de ayeres.
Cuando nos despedimos, pasada la medianoche, admitimos que había sido un encuentro distinto, con una química del pasado que resultaba embriagadora. Entre abrazos, nos prometimos repetir la reunión, y poco a poco fuimos abandonando el oasis en el que habíamos caído, sin saber a ciencia cierta cómo volver a encontrarlo.
lunes, 26 de octubre de 2009
Había sangre en la vereda
Baldosas rotas y un gran espejo de sangre en medio de la vereda. Tanta sangre que, salvo por los bordes que ya se habían secado, el charco parecía recién provocado y tenía un color rojo intenso, vivo.
Eso fue lo que contemplé con una curiosidad estremecida al llegar al edificio donde viven mis amigos Vale y el Negro. Me habían invitado a ver el partido entre River y Boca. Y mientras esperaba a que bajaran, me dejé llevar por el horror. La gente pasaba como si la sangre no existiera, pero el charco estaba ahí, con su color rubí, fresco todavía, inmenso y espantoso. Cuando el Negro me abrió la puerta, le mostré la escena consternado. Juntos seguimos con la vista el rastro de gotas y pisadas que se perdía en la esquina. No nos animamos a más. Subimos, vimos el partido y nos olvidamos del tema.
A la noche fui de visita a la casa de mi mamá. Y, por una casualidad pasmosa, mi hermano comentó antes de la cena que esa tarde había pasado junto a un gran charco de sangre y a una baldosa rota. Lo miré con incredulidad y le conté que yo había visto lo mismo. Cotejamos la ubicación y los horarios y sacamos cuentas. Los dos habíamos caminado por el mismo lugar con una diferencia de una hora. Él a las tres, yo a las cuatro. Los dos habíamos reflejado nuestro asombro en ese charco rojizo que a esa altura de la noche ya debía estar seco. Los dos nos habíamos preguntado qué pudo haber pasado. Y ninguno tenía una respuesta.
El episodio, para nada agradable pero real, me hizo acordar a “Crónica de una muerte anunciada”, la novela donde García Márquez narra el crimen de Santiago Nasar desde las diferentes ópticas de la gente del pueblo. Todos los testimonios giran en torno a un hecho, nadie sabe la verdad, pero todos contribuyen en parte a formarla.
Muy lejos de nuestras casas, mi hermano y yo habíamos visto el mismo horror en circunstancias fortuitas. A diferencia de la ficción de García Márquez, nosotros no podíamos reconstruir la historia, pero la imagen nos quedó grabada y, por la noche, el destino nos unió en un mismo relato y mil conjeturas.
Hoy busqué con ansiedad alguna noticia que me aclarara lo sucedido. ¿Quién era el herido? ¿Había sido un robo, una pelea o un accidente? ¿Estaba todavía vivo? Lamentablemente no encontré nada en los diarios y tampoco tuve suerte en Internet.
Estamos acostumbrados a este tipo de acontecimientos. Pero una cosa es verlos por la televisión y otra cosa es tener la sangre ahí, frente a la propia nariz. Ya ha pasado casi un día y todavía no me puedo sacar de la cabeza esa imagen y la increíble coincidencia de que mi hermano también la viera.
Pienso, dentro de esa intrincada red de azares que es el destino, que se trató de un episodio más de esta Buenos Aires violenta. Una ciudad que juega con nosotros mientras teje su trama. Nos abraza y nos repele. Nos muestra sus diferentes facetas y nos involucra como actores de una memoria compartida que refleja a veces su majestuosa luminosidad y otras veces sus más oscuras tinieblas.
Eso fue lo que contemplé con una curiosidad estremecida al llegar al edificio donde viven mis amigos Vale y el Negro. Me habían invitado a ver el partido entre River y Boca. Y mientras esperaba a que bajaran, me dejé llevar por el horror. La gente pasaba como si la sangre no existiera, pero el charco estaba ahí, con su color rubí, fresco todavía, inmenso y espantoso. Cuando el Negro me abrió la puerta, le mostré la escena consternado. Juntos seguimos con la vista el rastro de gotas y pisadas que se perdía en la esquina. No nos animamos a más. Subimos, vimos el partido y nos olvidamos del tema.
A la noche fui de visita a la casa de mi mamá. Y, por una casualidad pasmosa, mi hermano comentó antes de la cena que esa tarde había pasado junto a un gran charco de sangre y a una baldosa rota. Lo miré con incredulidad y le conté que yo había visto lo mismo. Cotejamos la ubicación y los horarios y sacamos cuentas. Los dos habíamos caminado por el mismo lugar con una diferencia de una hora. Él a las tres, yo a las cuatro. Los dos habíamos reflejado nuestro asombro en ese charco rojizo que a esa altura de la noche ya debía estar seco. Los dos nos habíamos preguntado qué pudo haber pasado. Y ninguno tenía una respuesta.
El episodio, para nada agradable pero real, me hizo acordar a “Crónica de una muerte anunciada”, la novela donde García Márquez narra el crimen de Santiago Nasar desde las diferentes ópticas de la gente del pueblo. Todos los testimonios giran en torno a un hecho, nadie sabe la verdad, pero todos contribuyen en parte a formarla.
Muy lejos de nuestras casas, mi hermano y yo habíamos visto el mismo horror en circunstancias fortuitas. A diferencia de la ficción de García Márquez, nosotros no podíamos reconstruir la historia, pero la imagen nos quedó grabada y, por la noche, el destino nos unió en un mismo relato y mil conjeturas.
Hoy busqué con ansiedad alguna noticia que me aclarara lo sucedido. ¿Quién era el herido? ¿Había sido un robo, una pelea o un accidente? ¿Estaba todavía vivo? Lamentablemente no encontré nada en los diarios y tampoco tuve suerte en Internet.
Estamos acostumbrados a este tipo de acontecimientos. Pero una cosa es verlos por la televisión y otra cosa es tener la sangre ahí, frente a la propia nariz. Ya ha pasado casi un día y todavía no me puedo sacar de la cabeza esa imagen y la increíble coincidencia de que mi hermano también la viera.
Pienso, dentro de esa intrincada red de azares que es el destino, que se trató de un episodio más de esta Buenos Aires violenta. Una ciudad que juega con nosotros mientras teje su trama. Nos abraza y nos repele. Nos muestra sus diferentes facetas y nos involucra como actores de una memoria compartida que refleja a veces su majestuosa luminosidad y otras veces sus más oscuras tinieblas.
sábado, 24 de octubre de 2009
EL EJÉRCITO ROJO
Llegaban de todas partes. En subte, en colectivo, en auto, caminando. Algunos mostraban el uniforme con orgullo, otros lo reservaban para el momento de la acción y lo ocultaban detrás de alguna campera o algún buzo. El lugar de concentración era el puerto. Cuando uno desandaba el camino, podía verlos aquí y allá, solos o en pequeños grupos, todos de rojo. Así, de a poco, la masa se fue formando. Ese cuerpo plural, opresivo, hormigueaba impaciente entre vallas y edificios y guardaba sus fuerzas para cuando le dieran la señal. Entonces -todos lo sabíamos- se lanzaría por calles y avenidas como un río descontrolado, devorando su cause de asfalto con una furia inusitada, a toda velocidad.
Eran las cuatro de la tarde cuando dieron la señal. Un pájaro blanco surcó el cielo como un buen augurio y pasó frente a los miles de rostros que ya transpiraban al sol. Se escucharon bramidos, gritos de batalla y la masa, lentamente, empezó a moverse, a alargar su cuerpo rojo ganando metros sin perder su consistencia homogénea, su identidad guerrera.
Con clamores desbocados, los adelantados que también eran los más experimentados, pusieron firme dirección hacia la CGT de la calle Azopardo. La turba los siguió embravecida. Temblaron los llamados “gordos”, acostumbrados a manipular multitudes. Temían que esta vez ese ejército rojo, que corría como en tiempos de la era medieval, arrasara con ellos y con su historia de cooptación y negocios. Sin embargo, a metros del edificio sindical, la marea humana empezó a recular, viró repentinamente y ahora sin titubear enfiló hacia el casco histórico de la ciudad por Av. Belgrano. Los gremialistas y los navíos del puerto quedaron lentamente atrás. Iban por el corazón del poder.
A medida que avanzaba, la criatura monstruosa estiraba sus tentáculos y ya ocupaba todo el largo de los primeros 3 kilómetros de recorrido. Los edificios del microcentro despertaban alterados de su letargo de fin de semana: una caravana bulliciosa se diseminaba a sus pies.
Al llegar al monumento a Roca hubo otro violento cambio de rumbo. Las falanges parecían descontroladas, pero en el interior de ese magnífico cuerpo colectivo había seguridad, había adrenalina y sobre todo había una voluntad férrea. La muchedumbre volvió por Diagonal Sur hacia el Cabildo. Se escucharon alaridos de furia al pasar por el Indec y se inundó de color rojo una esquina que parecía dibujada. Metros después, la Plaza de Mayo tembló como pocas veces ante el estrépito de miles de pies y la llama eterna de la Catedral se conmovió y amagó con apagarse. Entonces, la masa puso rumbo por Diagonal Norte hacia el monumento que es símbolo de la ciudad. Poco antes de llegar a la 9 de julio, la gente que admiraba el paso furioso del misterioso ejército quiso ayudar con agua y las calles se volvieron un carnaval. Sin embargo, no había dique de contención posible para ese tropel enloquecido.
Nunca antes el Obelisco se pareció tanto a un puñal clavado en el corazón de Buenos Aires como cuando lo azotó el excitado batallón. Un torrente rojo, compuesto por miles de camisetas, manaba de él y bajaba por Corrientes hacia el emblemático edificio del Correo Central y de allí otra vez hacia el puerto.
Desde los aristocráticos edificios de Puerto Madero los observaban con temor. Recorrieron entonces últimos dos mil metros sin decaer ni un instante. Había jadeos, había gritos de aliento, había solidaridad. Finalmente, al llegar a la meta, el río rojo desembocó en un mar de aplausos.
Yo fui parte de esos legionarios que corrieron los 10 kilómetros de la carrera de Nike. Guerreros, al fin, de los tiempos modernos. Vencedores del sedentarismo.
La Maratón nació como tal en el 490 AC con una fenomenal corrida del soldado griego Filípides, que cubrió al trote los 42 kilómetros que separaban Maratón de Atenas para comunicar la victoria sobre Persia. Años después, los soldados de las falanges romanas eran capaces de correr 42 kilómetros a diario con el peso de sus escudos y sus armaduras a cuestas. Pero eso es otra historia.
El ejército rojo de hoy corrió apenas 10 kilómetros. Sin embargo, bajo el sol primaveral se podía ver el orgullo en cada uno de los rostros exhaustos y felices. Porque, en mayor o menor medida, todos nos habíamos trazado como meta vencer esta tarde. Y vencimos.
Eran las cuatro de la tarde cuando dieron la señal. Un pájaro blanco surcó el cielo como un buen augurio y pasó frente a los miles de rostros que ya transpiraban al sol. Se escucharon bramidos, gritos de batalla y la masa, lentamente, empezó a moverse, a alargar su cuerpo rojo ganando metros sin perder su consistencia homogénea, su identidad guerrera.
Con clamores desbocados, los adelantados que también eran los más experimentados, pusieron firme dirección hacia la CGT de la calle Azopardo. La turba los siguió embravecida. Temblaron los llamados “gordos”, acostumbrados a manipular multitudes. Temían que esta vez ese ejército rojo, que corría como en tiempos de la era medieval, arrasara con ellos y con su historia de cooptación y negocios. Sin embargo, a metros del edificio sindical, la marea humana empezó a recular, viró repentinamente y ahora sin titubear enfiló hacia el casco histórico de la ciudad por Av. Belgrano. Los gremialistas y los navíos del puerto quedaron lentamente atrás. Iban por el corazón del poder.
A medida que avanzaba, la criatura monstruosa estiraba sus tentáculos y ya ocupaba todo el largo de los primeros 3 kilómetros de recorrido. Los edificios del microcentro despertaban alterados de su letargo de fin de semana: una caravana bulliciosa se diseminaba a sus pies.
Al llegar al monumento a Roca hubo otro violento cambio de rumbo. Las falanges parecían descontroladas, pero en el interior de ese magnífico cuerpo colectivo había seguridad, había adrenalina y sobre todo había una voluntad férrea. La muchedumbre volvió por Diagonal Sur hacia el Cabildo. Se escucharon alaridos de furia al pasar por el Indec y se inundó de color rojo una esquina que parecía dibujada. Metros después, la Plaza de Mayo tembló como pocas veces ante el estrépito de miles de pies y la llama eterna de la Catedral se conmovió y amagó con apagarse. Entonces, la masa puso rumbo por Diagonal Norte hacia el monumento que es símbolo de la ciudad. Poco antes de llegar a la 9 de julio, la gente que admiraba el paso furioso del misterioso ejército quiso ayudar con agua y las calles se volvieron un carnaval. Sin embargo, no había dique de contención posible para ese tropel enloquecido.
Nunca antes el Obelisco se pareció tanto a un puñal clavado en el corazón de Buenos Aires como cuando lo azotó el excitado batallón. Un torrente rojo, compuesto por miles de camisetas, manaba de él y bajaba por Corrientes hacia el emblemático edificio del Correo Central y de allí otra vez hacia el puerto.
Desde los aristocráticos edificios de Puerto Madero los observaban con temor. Recorrieron entonces últimos dos mil metros sin decaer ni un instante. Había jadeos, había gritos de aliento, había solidaridad. Finalmente, al llegar a la meta, el río rojo desembocó en un mar de aplausos.
Yo fui parte de esos legionarios que corrieron los 10 kilómetros de la carrera de Nike. Guerreros, al fin, de los tiempos modernos. Vencedores del sedentarismo.
La Maratón nació como tal en el 490 AC con una fenomenal corrida del soldado griego Filípides, que cubrió al trote los 42 kilómetros que separaban Maratón de Atenas para comunicar la victoria sobre Persia. Años después, los soldados de las falanges romanas eran capaces de correr 42 kilómetros a diario con el peso de sus escudos y sus armaduras a cuestas. Pero eso es otra historia.
El ejército rojo de hoy corrió apenas 10 kilómetros. Sin embargo, bajo el sol primaveral se podía ver el orgullo en cada uno de los rostros exhaustos y felices. Porque, en mayor o menor medida, todos nos habíamos trazado como meta vencer esta tarde. Y vencimos.
viernes, 23 de octubre de 2009
UNA GOTERA
Estoy solo. Mariana y Helena están en Río Cuarto. Yo, por cuestiones de trabajo, en Buenos Aires. Y la casa, a pesar mío, está vacía. Cuando llego, ya de noche, las cosas no ocultan su tristeza en medio de la penumbra. Parecen acostumbradas a otro ritmo, a las luces encendidas, a las voces, a la música, a la tele. Pero ahora todo es silencio, sombras y quietud. Los juguetes de Helena duermen amontonados sobre una mesita ratona, hace días que el cochecito no se mueve de su rincón, unas anotaciones que Mariana dejó siguen ahí sobre el escritorio. Todo está intacto, como si los muebles y los objetos estuvieran esperando que las chicas vuelvan y con ellas vuelva el torrente de vida que ahora parece seco.
Hay, sin embargo, un signo vital mínimo, imperceptible a lo lejos, que marca el pulso de la casa. Una gotera que es como un latido, constante, exacto. Tac, tac, tac. Los golpecitos son como un destello de luz en medio de la oscuridad que propone el silencio. Tac, tac, tac.
Escuché por primera vez los ruidos mientras leía un libro en el living. Al principio no me molestaron demasiado, pero después el sonido, como la gota que horada una piedra, se me reveló perpetuo. Tac, tac, tac... La lectura se volvió indecisa, mi mirada empezó a resbalar por los renglones de la novela y la atención pasó a concentrarse solamente, y cada vez más, en el ruido monótono que venía del baño. En ese momento entendí que tenía que hacer algo al respecto. A pesar del fatalismo del destino, a veces los hombres pueden torcer el curso de los acontecimientos. Éste, tal vez, era uno de esos casos. Seguí el latido con cautela y comprobé que era la ducha. Tanteé la llave de la canilla y caí en la cuenta, con una leve desesperación, de que estaba bien cerrada. No era ese el problema. Era, definitivamente, el famoso cuerito.
Quiero hacer público un grave defecto: soy absolutamente incapaz de resolver problemas como este. Tal vez sea bueno para llevar a cabo otros menesteres, pero no puedo con este tipo de tareas. Una caja de herramientas es un objeto indescifrable y misterioso. Una ferretería es un lugar extraño, casi hostil.
Solo, en medio de la noche ya avanzada, decidí ignorar la situación, escapar de ella, negarla. Terminé de comer y me acosté como si nada ocurriera. Pero el sonido me perseguía y pronto se fijó en mi mente. En medio de la oscuridad, podía imaginarme el incesante ciclo de las gotas que nacían en el borde plateado de la regadera de la ducha, crecían con rapidez, engordaban hasta el vértigo y luego, como en un suicidio inevitable, se soltaban y se estrellaban en la loza de la bañera con un estrépito de muerte.
Todos sabemos que el agua potable es uno de los recursos más escasos del planeta. La mismísima ONU reveló que en 2050 habrá 700 millones de personas sin acceso al agua potable. Tumbado en la cama, con el constante tac, tac, tac de fondo, podía imaginarme países enteros arrasados por la sequía y la desertificación, la vida marchitándose en todo el planeta, las lluvias ácidas, los ríos contaminados, los campos y los cultivos arruinados. Y luego, las guerras. Las contiendas anunciadas por emisarios apocalípticos que suenan cada vez más reales, las batallas por la posesión de ese bien cada día más escaso y más preciado que es el agua, los humedales, las reservas acuíferas que valdrán más que el oro porque preservarán la vida. Entonces cada gota que caía desde esa maldita ducha se transformaba en un martillazo en mi conciencia. Mi incapacidad para arreglar un miserable cuerito estaba contribuyendo a la condena de la humanidad.
Como una burla del destino, me dio sed. Estaba claro que estaba somatizando. Me levanté de la cama atormentado. Tomé un vaso de agua con vergüenza, como si no lo mereciera después de lo que estaba pasando. Me asomé al baño y durante un rato contemplé pasmado la incesante hemorragia. Una a una, sin apuro, incluso con un ritmo que parecía hasta buscado, las gotas se sucedían en su salto al abismo. Probé poniendo un tacho abajo, pero el ruido que denunciaba la gotera se volvía aún peor.
Estaba por rendirme. Sin embargo comprobé que siempre, aún en las circunstancias más adversas, hay una salida. Buscando algún adminículo, algo que pudiera servirme para tratar de resolver precariamente el problema, encontré la llave de paso del agua detrás del inodoro. Y fue como una revelación. Me apuré a cerrar la llave. La ducha escupió un chorro fino, como especie de queja amarga y después las gotas, mágicamente, cesaron.
Esa noche soñé con mares, con ríos y con lagos. Me desperté bañado en un sudor frío. Afuera diluviaba. Había llovido durante horas, pero en la casa reinaba un confortable silencio seco. Reabrí el agua para poder ducharme. Desayuné apurado y salí sin paraguas. Cuando llegué al subte estaba empapado. Y mientras eludía los charcos y las cataratas que se filtraban en las paredes del andén, me di cuenta de que, como una fatalidad, había olvidado volver a cerrar la llave de paso del agua en el baño.
Tac, tac, tac. La gotera me esperaba en casa como un latido o mejor: como el sonido de un reloj que está marcando nuestra hora.
Hay, sin embargo, un signo vital mínimo, imperceptible a lo lejos, que marca el pulso de la casa. Una gotera que es como un latido, constante, exacto. Tac, tac, tac. Los golpecitos son como un destello de luz en medio de la oscuridad que propone el silencio. Tac, tac, tac.
Escuché por primera vez los ruidos mientras leía un libro en el living. Al principio no me molestaron demasiado, pero después el sonido, como la gota que horada una piedra, se me reveló perpetuo. Tac, tac, tac... La lectura se volvió indecisa, mi mirada empezó a resbalar por los renglones de la novela y la atención pasó a concentrarse solamente, y cada vez más, en el ruido monótono que venía del baño. En ese momento entendí que tenía que hacer algo al respecto. A pesar del fatalismo del destino, a veces los hombres pueden torcer el curso de los acontecimientos. Éste, tal vez, era uno de esos casos. Seguí el latido con cautela y comprobé que era la ducha. Tanteé la llave de la canilla y caí en la cuenta, con una leve desesperación, de que estaba bien cerrada. No era ese el problema. Era, definitivamente, el famoso cuerito.
Quiero hacer público un grave defecto: soy absolutamente incapaz de resolver problemas como este. Tal vez sea bueno para llevar a cabo otros menesteres, pero no puedo con este tipo de tareas. Una caja de herramientas es un objeto indescifrable y misterioso. Una ferretería es un lugar extraño, casi hostil.
Solo, en medio de la noche ya avanzada, decidí ignorar la situación, escapar de ella, negarla. Terminé de comer y me acosté como si nada ocurriera. Pero el sonido me perseguía y pronto se fijó en mi mente. En medio de la oscuridad, podía imaginarme el incesante ciclo de las gotas que nacían en el borde plateado de la regadera de la ducha, crecían con rapidez, engordaban hasta el vértigo y luego, como en un suicidio inevitable, se soltaban y se estrellaban en la loza de la bañera con un estrépito de muerte.
Todos sabemos que el agua potable es uno de los recursos más escasos del planeta. La mismísima ONU reveló que en 2050 habrá 700 millones de personas sin acceso al agua potable. Tumbado en la cama, con el constante tac, tac, tac de fondo, podía imaginarme países enteros arrasados por la sequía y la desertificación, la vida marchitándose en todo el planeta, las lluvias ácidas, los ríos contaminados, los campos y los cultivos arruinados. Y luego, las guerras. Las contiendas anunciadas por emisarios apocalípticos que suenan cada vez más reales, las batallas por la posesión de ese bien cada día más escaso y más preciado que es el agua, los humedales, las reservas acuíferas que valdrán más que el oro porque preservarán la vida. Entonces cada gota que caía desde esa maldita ducha se transformaba en un martillazo en mi conciencia. Mi incapacidad para arreglar un miserable cuerito estaba contribuyendo a la condena de la humanidad.
Como una burla del destino, me dio sed. Estaba claro que estaba somatizando. Me levanté de la cama atormentado. Tomé un vaso de agua con vergüenza, como si no lo mereciera después de lo que estaba pasando. Me asomé al baño y durante un rato contemplé pasmado la incesante hemorragia. Una a una, sin apuro, incluso con un ritmo que parecía hasta buscado, las gotas se sucedían en su salto al abismo. Probé poniendo un tacho abajo, pero el ruido que denunciaba la gotera se volvía aún peor.
Estaba por rendirme. Sin embargo comprobé que siempre, aún en las circunstancias más adversas, hay una salida. Buscando algún adminículo, algo que pudiera servirme para tratar de resolver precariamente el problema, encontré la llave de paso del agua detrás del inodoro. Y fue como una revelación. Me apuré a cerrar la llave. La ducha escupió un chorro fino, como especie de queja amarga y después las gotas, mágicamente, cesaron.
Esa noche soñé con mares, con ríos y con lagos. Me desperté bañado en un sudor frío. Afuera diluviaba. Había llovido durante horas, pero en la casa reinaba un confortable silencio seco. Reabrí el agua para poder ducharme. Desayuné apurado y salí sin paraguas. Cuando llegué al subte estaba empapado. Y mientras eludía los charcos y las cataratas que se filtraban en las paredes del andén, me di cuenta de que, como una fatalidad, había olvidado volver a cerrar la llave de paso del agua en el baño.
Tac, tac, tac. La gotera me esperaba en casa como un latido o mejor: como el sonido de un reloj que está marcando nuestra hora.
miércoles, 21 de octubre de 2009
CHINOS DE BARRIO
El otro día me enteré que al chino de la cuadra le robaron una horma de queso. Sí, como lo escuchan: un forajido aprovechó el descuido del esforzado oriental y salió corriendo desde el fondo del supermercado con un pedazo de reggianito como botín. Cuando me lo contaron, lo primero que me vino a la cabeza fue la cara de desesperación del famoso chino Wan al ver que le saqueaban el supermercado en 2001 y le llevaban hasta el arbolito de navidad. Comparado con aquel, este fue un saqueo a escala, un robo menor, pero conociendo al pobre chino de mi cuadra, la debe haber pasado mal.
Todos tenemos un chino. Así como hay una comisaría y un CGP, hay un chino. Y no uno por barrio, sino decenas de chinos. Como una pared que tiene una mancha de humedad y de repente se llena de pintitas, así llegaron ellos. Silenciosos, sigilosos, fueron ocupando cada hueco que se abría en la gran ciudad, y de repente vimos minadas las cuadras de pequeños mercaditos con rejas celestes, todos indefectiblemente con un chino en la puerta, como un soldado de guardia. Hay quienes ven esto como un alarmante signo de colonización, pero para mí son inofensivos. Es más, si no estuviera tan avanzada la ciencia avalaría la teoría de la generación espontánea. Algo tiene Buenos Aires que hace brotar chinos por aquí y por allá. Porque no pasa en Córdoba ni pasa en Rosario, pasa sólo en Buenos Aires.
No. Los chinos no vienen a colonizarnos, es más ni siquiera vienen a integrarse. No hablan castellano ni les interesa. Apenas balbucean un saludo con esfuerzo cuando les toca estar en la caja y después se dedican a tener largos diálogos en chino en los que uno creería que le están sacando el cuero a cuanto argentino pasa por sus góndolas. Creanmé, no hay cosa más sucia y olorosa para un chino que un occidental de clase media.
Extraña otredad la de los chinos. Austeros, silenciosos, con gesto adusto y mirada rasgada, trabajan como chinos todo el día. No saben lo que es un feriado, no saben lo que es un domingo, abren a las 8 de la mañana y cierran a las 10 de la noche, así siempre, de lunes a lunes. En mi caso, yo terminé adoptando al chino de mi cuadra como propio. El chino tiene hijos y nietos y vive arriba del supermercado, pero las horas de toda la familia transcurren entre las góndolas. Allí están todo el día, como si fuera un gran living compartido con los vecinos. Las mujeres atienden la caja, el hijo mayor hace tareas administrativas y los chicos juegan y se crían entre latas de arvejas y paquetes de fideos. La vida del chino se consume bajo esas luces que, como no podía ser de otra forma, son más bien amarillas y tristes.
El barrio pasa ante sus ojos, pero ellos, serviciales y ubicados, se limitan a su trabajo. La gente los desprecia porque no hablan, no hacen comentarios sobre el clima y desconectan las heladeras a la noche. Pero yo creo que ya no podríamos vivir sin ellos.
Hoy, como todos los días de su vida, el chino languidece en la puerta de su local. Fuma y proyecta, hace números y seguramente reza para que su imperio sobre la cuadra perdure más allá de su propia vida y su hijo, el heredero, pueda seguir con el negocio cuando él se vaya al cielo de los chinos. Claro que eso es difícil de planear en este país. Ellos lo saben, pero dan su vida por nosotros. ¿Y nosotros cómo les pagamos? Robándoles el reggianito.
Todos tenemos un chino. Así como hay una comisaría y un CGP, hay un chino. Y no uno por barrio, sino decenas de chinos. Como una pared que tiene una mancha de humedad y de repente se llena de pintitas, así llegaron ellos. Silenciosos, sigilosos, fueron ocupando cada hueco que se abría en la gran ciudad, y de repente vimos minadas las cuadras de pequeños mercaditos con rejas celestes, todos indefectiblemente con un chino en la puerta, como un soldado de guardia. Hay quienes ven esto como un alarmante signo de colonización, pero para mí son inofensivos. Es más, si no estuviera tan avanzada la ciencia avalaría la teoría de la generación espontánea. Algo tiene Buenos Aires que hace brotar chinos por aquí y por allá. Porque no pasa en Córdoba ni pasa en Rosario, pasa sólo en Buenos Aires.
No. Los chinos no vienen a colonizarnos, es más ni siquiera vienen a integrarse. No hablan castellano ni les interesa. Apenas balbucean un saludo con esfuerzo cuando les toca estar en la caja y después se dedican a tener largos diálogos en chino en los que uno creería que le están sacando el cuero a cuanto argentino pasa por sus góndolas. Creanmé, no hay cosa más sucia y olorosa para un chino que un occidental de clase media.
Extraña otredad la de los chinos. Austeros, silenciosos, con gesto adusto y mirada rasgada, trabajan como chinos todo el día. No saben lo que es un feriado, no saben lo que es un domingo, abren a las 8 de la mañana y cierran a las 10 de la noche, así siempre, de lunes a lunes. En mi caso, yo terminé adoptando al chino de mi cuadra como propio. El chino tiene hijos y nietos y vive arriba del supermercado, pero las horas de toda la familia transcurren entre las góndolas. Allí están todo el día, como si fuera un gran living compartido con los vecinos. Las mujeres atienden la caja, el hijo mayor hace tareas administrativas y los chicos juegan y se crían entre latas de arvejas y paquetes de fideos. La vida del chino se consume bajo esas luces que, como no podía ser de otra forma, son más bien amarillas y tristes.
El barrio pasa ante sus ojos, pero ellos, serviciales y ubicados, se limitan a su trabajo. La gente los desprecia porque no hablan, no hacen comentarios sobre el clima y desconectan las heladeras a la noche. Pero yo creo que ya no podríamos vivir sin ellos.
Hoy, como todos los días de su vida, el chino languidece en la puerta de su local. Fuma y proyecta, hace números y seguramente reza para que su imperio sobre la cuadra perdure más allá de su propia vida y su hijo, el heredero, pueda seguir con el negocio cuando él se vaya al cielo de los chinos. Claro que eso es difícil de planear en este país. Ellos lo saben, pero dan su vida por nosotros. ¿Y nosotros cómo les pagamos? Robándoles el reggianito.
jueves, 15 de octubre de 2009
EL NUDO GORDIANO
A finales del año 334 antes de Cristo, Alejandro Magno llegó con su ejército a Gordión, antigua capital de Frigias. Allí se encontraba un famoso carro real, sujeto a un nudo complicadísimo, que no dejaba ver sus puntas. El oráculo del lugar había profetizado que quien desatara el nudo, se convertiría en el rey de Asia.
Alejandro aceptó el desafío. Frente a la mirada expectante de los habitantes del lugar y de sus propias tropas, intentó soltar el carro con sus propias manos. Pero el nudo no cedía. Entonces, apremiado por las circunstancias, aplicó lo que desde ese momento se llama la “solución alejandrina”: desenvainó su espada y cortó el nudo por el medio con un golpe seco. Instantes después, una feroz tormenta azotó a Gordión y fue interpretada como un claro signo de aprobación por parte de Zeus.
Imaginando los detalles de esta historia, puedo vislumbrar la mirada desafiante de Alejandro después de blandir su espada sobre el célebre nudo. Tal vez sea la misma mirada que tenía Maradona anoche en la conferencia de prensa en Montevideo, donde invitó a sus detractores a practicarle sexo oral.
Maradona acaba de cortar el nudo gordiano. Sin merecerlo demasiado, sin demostrar nada de lo que se esperaba, la selección está en el mundial. No importa cómo, lo importante es que está adentro. Punto.
Respira aliviado el gobierno porque habrá circo, aunque no se sabe si habrá pan. Respiran aliviados los empresarios porque habrá promociones y fiebre de consumo mundialista, desde chupetines celeste y blanco hasta plasmas 42 pulgadas acompañados por gorritos de arlequines con los colores patrios. Respiramos aliviados todos nosotros porque habrá, una vez más, ilusión.
2010, año del bicentenario. Banderas argentinas en mayo, por la revolución; banderas argentinas en junio, por la esperanza de la hazaña. Chauvinismo asegurado. Ahora que lo pienso, era una cuestión de Estado que ayer lográramos la victoria en Uruguay.
Los sabios y los oráculos de a pie dicen que cuanto más agónica es la clasificación, mejor nos va en el mundial. Habrá que creerles. En este momento de vigilia tras el triunfo, cuando el sol difumina la niebla de la noche y uno empieza a ver con más claridad, se es optimista por naturaleza.
Tal vez estamos acostumbrados a apelar a la tradición futbolera y a los nombres propios como factores decisivos para una batalla. Y quizás, como lo entendió Alejandro y como quedó demostrado anoche, basta con ser osados, aún sin estar del todo preparados, para conquistar a la Diosa Fortuna.
Poco tiempo después de la demostración de poder en Frigia, Alejandro derrotó al rey Darío y conquistó Asia. Se convirtió entonces, en el hombre más poderoso del mundo.
Maradona tiene algo de Alejandro. Creer o reventar. Sudáfrica, allá vamos.
Alejandro aceptó el desafío. Frente a la mirada expectante de los habitantes del lugar y de sus propias tropas, intentó soltar el carro con sus propias manos. Pero el nudo no cedía. Entonces, apremiado por las circunstancias, aplicó lo que desde ese momento se llama la “solución alejandrina”: desenvainó su espada y cortó el nudo por el medio con un golpe seco. Instantes después, una feroz tormenta azotó a Gordión y fue interpretada como un claro signo de aprobación por parte de Zeus.
Imaginando los detalles de esta historia, puedo vislumbrar la mirada desafiante de Alejandro después de blandir su espada sobre el célebre nudo. Tal vez sea la misma mirada que tenía Maradona anoche en la conferencia de prensa en Montevideo, donde invitó a sus detractores a practicarle sexo oral.
Maradona acaba de cortar el nudo gordiano. Sin merecerlo demasiado, sin demostrar nada de lo que se esperaba, la selección está en el mundial. No importa cómo, lo importante es que está adentro. Punto.
Respira aliviado el gobierno porque habrá circo, aunque no se sabe si habrá pan. Respiran aliviados los empresarios porque habrá promociones y fiebre de consumo mundialista, desde chupetines celeste y blanco hasta plasmas 42 pulgadas acompañados por gorritos de arlequines con los colores patrios. Respiramos aliviados todos nosotros porque habrá, una vez más, ilusión.
2010, año del bicentenario. Banderas argentinas en mayo, por la revolución; banderas argentinas en junio, por la esperanza de la hazaña. Chauvinismo asegurado. Ahora que lo pienso, era una cuestión de Estado que ayer lográramos la victoria en Uruguay.
Los sabios y los oráculos de a pie dicen que cuanto más agónica es la clasificación, mejor nos va en el mundial. Habrá que creerles. En este momento de vigilia tras el triunfo, cuando el sol difumina la niebla de la noche y uno empieza a ver con más claridad, se es optimista por naturaleza.
Tal vez estamos acostumbrados a apelar a la tradición futbolera y a los nombres propios como factores decisivos para una batalla. Y quizás, como lo entendió Alejandro y como quedó demostrado anoche, basta con ser osados, aún sin estar del todo preparados, para conquistar a la Diosa Fortuna.
Poco tiempo después de la demostración de poder en Frigia, Alejandro derrotó al rey Darío y conquistó Asia. Se convirtió entonces, en el hombre más poderoso del mundo.
Maradona tiene algo de Alejandro. Creer o reventar. Sudáfrica, allá vamos.
miércoles, 14 de octubre de 2009
PIES DESCALZOS
No hay caso. Helena se resiste a todo tipo de calzado. Uno pone todo su empeño en civilizarla, pero ella espera cualquier descuido para volver a la naturalidad de los pies desnudos.
Probamos con todo tipo de zapatillas: con cordones, con abrojo, con elástico, pero ella siempre encuentra la forma de sacárselas. Y después le siguen las medias. Hay que ver el empeño, la dedicación que pone en sacarse las medias. Una vez que liberó a sus pies de las prisiones acordonadas, los junta y con una concentración admirable, como quien busca hacer fuego a través de la fricción, empieza a frotar las plantas a toda velocidad una con otra. Lógicamente, las medias empiezan a ceder, y cuando ya asoman sus puntas vacías, remata la operación sacándoselas de un tirón con las manitos.
Una vez descalza, el mundo es suyo. Yo lo sufro, pero también lo veo como un hermoso signo de rebeldía. ¿Para qué las zapatillas si yo todavía no camino? Para caminar, mi amor. El huevo o la gallina.
Le encanta. Ahora anda por ahí, exhibiendo con orgullo esas dos empanaditas de copetín que tiene por pies. Tal vez sepa que no hay nada más lindo que los pies de bebé y por eso presume. ¿Es posible que siendo tan chiquita ya sea presumida? Como padre se me cae la baba pensando en eso.
Pero claro, en este mundo todo tiene su precio. Y, en este caso, el precio de la libertad son los mocos. Si anda todo el día descalza, no hay forma de que no se resfríe. Sin embargo, ella paga ese precio orgullosa. No le importan los mocos, o le importan menos que las zapatillas.
Seguramente, cuando sea adolescente se va a dejar fascinar como cualquier mujer por el mundo de los zapatos. Pero ese momento (por suerte) todavía no llegó. Por ahora anda por la vida con las patas al aire, como un manifiesto de libertad. Y se la ve feliz.
Probamos con todo tipo de zapatillas: con cordones, con abrojo, con elástico, pero ella siempre encuentra la forma de sacárselas. Y después le siguen las medias. Hay que ver el empeño, la dedicación que pone en sacarse las medias. Una vez que liberó a sus pies de las prisiones acordonadas, los junta y con una concentración admirable, como quien busca hacer fuego a través de la fricción, empieza a frotar las plantas a toda velocidad una con otra. Lógicamente, las medias empiezan a ceder, y cuando ya asoman sus puntas vacías, remata la operación sacándoselas de un tirón con las manitos.
Una vez descalza, el mundo es suyo. Yo lo sufro, pero también lo veo como un hermoso signo de rebeldía. ¿Para qué las zapatillas si yo todavía no camino? Para caminar, mi amor. El huevo o la gallina.
Le encanta. Ahora anda por ahí, exhibiendo con orgullo esas dos empanaditas de copetín que tiene por pies. Tal vez sepa que no hay nada más lindo que los pies de bebé y por eso presume. ¿Es posible que siendo tan chiquita ya sea presumida? Como padre se me cae la baba pensando en eso.
Pero claro, en este mundo todo tiene su precio. Y, en este caso, el precio de la libertad son los mocos. Si anda todo el día descalza, no hay forma de que no se resfríe. Sin embargo, ella paga ese precio orgullosa. No le importan los mocos, o le importan menos que las zapatillas.
Seguramente, cuando sea adolescente se va a dejar fascinar como cualquier mujer por el mundo de los zapatos. Pero ese momento (por suerte) todavía no llegó. Por ahora anda por la vida con las patas al aire, como un manifiesto de libertad. Y se la ve feliz.
domingo, 11 de octubre de 2009
GRITOS EN LA NOCHE
Los héroes muchas veces cuentan con la bendición de los dioses. Y el tiempo divino no es el mismo tiempo que percibimos los mortales.
Anoche, en medio de un diluvio trágico, la esperanza se nos moría en el barro. Éramos miles, millones los que la veíamos luchar denodadamente por una bocanada de aire, por un resquicio de luz, en medio de una oscuridad cada vez más densa. Yacía boca abajo, derrotada, resoplando entre las gotas sucias. No hay postal más triste que la esperanza apaleada. Ella, que nos enseñó a volar, no podía levantarse del suelo.
Nada parecía poder detener la desgracia. Cronos, el dios del tiempo, ese que devora a sus propios hijos, abría una vez más sus grandes fauces.
Los silbidos bajaban, crueles como dagas, y un hombre otrora poderoso, aquel en el que habíamos depositado toda la confianza para que cuidara de nuestra esperanza, movía la cabeza horrorizado, como César que advierte entre sus asesinos a Bruto, deja de pelear y se entrega manso a la muerte.
Estábamos perdidos.
Sin embargo, cuando ya sólo quedaban segundos, cuando todos, resignados, esperábamos el final, apareció el salvador. Y en medio de la tormenta, fue como un fulgor. Aquel viejo titán, relegado en tantas contiendas, irrumpió detrás del telón de agua y con una estocada precisa, en el lugar indicado, dio paradójica muerte a nuestros verdugos. Entonces mil voces acallaron el ulular tétrico del viento. Palermo, el héroe, exhibía su pecho tatuado de heridas y batallas al cielo. Maradona, preso del delirio, aterrizaba de panza en el césped. La esperanza se levantaba y volvía a nacer.
El silbato hizo estallar la fiesta. Los protagonistas estrecharon la ilusión en un abrazo interminable bajo la lluvia. Pero en medio de los festejos alocados, como si se tratara del final de una película con saga, un dato heló la sangre de más de uno: cruzando el río, en la otra orilla, también festejaban. Uruguay, que empataba, había ganado su partido en la altura de Quito. Y ahora para ir al mundial tenía que derrotarnos a nosotros en Montevideo.
Las luces del monumental se apagaban. La alegría por mantener viva a la esperanza se quedaba a mitad de camino ante lo decisivo del duelo que espera en el horizonte.
La batalla final será entre los hermanos del río. El que gane, cruzará el océano en 2010 en busca de la gloria; el otro se las verá con sus propios fantasmas.
Pero ese, ese es otro capítulo.
Anoche, en medio de un diluvio trágico, la esperanza se nos moría en el barro. Éramos miles, millones los que la veíamos luchar denodadamente por una bocanada de aire, por un resquicio de luz, en medio de una oscuridad cada vez más densa. Yacía boca abajo, derrotada, resoplando entre las gotas sucias. No hay postal más triste que la esperanza apaleada. Ella, que nos enseñó a volar, no podía levantarse del suelo.
Nada parecía poder detener la desgracia. Cronos, el dios del tiempo, ese que devora a sus propios hijos, abría una vez más sus grandes fauces.
Los silbidos bajaban, crueles como dagas, y un hombre otrora poderoso, aquel en el que habíamos depositado toda la confianza para que cuidara de nuestra esperanza, movía la cabeza horrorizado, como César que advierte entre sus asesinos a Bruto, deja de pelear y se entrega manso a la muerte.
Estábamos perdidos.
Sin embargo, cuando ya sólo quedaban segundos, cuando todos, resignados, esperábamos el final, apareció el salvador. Y en medio de la tormenta, fue como un fulgor. Aquel viejo titán, relegado en tantas contiendas, irrumpió detrás del telón de agua y con una estocada precisa, en el lugar indicado, dio paradójica muerte a nuestros verdugos. Entonces mil voces acallaron el ulular tétrico del viento. Palermo, el héroe, exhibía su pecho tatuado de heridas y batallas al cielo. Maradona, preso del delirio, aterrizaba de panza en el césped. La esperanza se levantaba y volvía a nacer.
El silbato hizo estallar la fiesta. Los protagonistas estrecharon la ilusión en un abrazo interminable bajo la lluvia. Pero en medio de los festejos alocados, como si se tratara del final de una película con saga, un dato heló la sangre de más de uno: cruzando el río, en la otra orilla, también festejaban. Uruguay, que empataba, había ganado su partido en la altura de Quito. Y ahora para ir al mundial tenía que derrotarnos a nosotros en Montevideo.
Las luces del monumental se apagaban. La alegría por mantener viva a la esperanza se quedaba a mitad de camino ante lo decisivo del duelo que espera en el horizonte.
La batalla final será entre los hermanos del río. El que gane, cruzará el océano en 2010 en busca de la gloria; el otro se las verá con sus propios fantasmas.
Pero ese, ese es otro capítulo.
sábado, 10 de octubre de 2009
CHICOS, FRENTE A SU DESTINO
La toma del Colegio Nacional de Buenos Aires atrajo la atención de gran parte de los medios de comunicación esta semana. Los chicos protestaban porque 12 de ellos fueron sancionados por retirarse de clases para ir a una marcha por el 33 aniversario de la Noche de los lápices. Al principio el Centro de Estudiantes pidió la anulación del castigo y, agotadas las instancias de negociación, los alumnos resolvieron ocupar el colegio y suspender las clases.
Lógicamente el enfoque periodístico se centró en la falta de límites de los estudiantes, en la decisión de unos pocos de imponer una medida de fuerza que afecta a todos, en la falta de respeto a la autoridad y en el derecho o no de los jóvenes a desconocer las disposiciones del Colegio y retirarse a una marcha.
Sin embargo, puertas adentro, mientras la toma seguía, los chicos hablaban de decisiones democráticas, hacían asambleas e intentaban demostrar que el curso de los acontecimientos tenía que ver con la voluntad de la mayoría, por lo menos de la mayoría que estaba presente en la protesta.
Hay que decir que estaban bastante organizados. Tenían un sistema de reglas de convivencia para evitar que la protesta se salga de cause, voceros ante los medios, una comisión de limpieza, un fondo común para comprar comida y una comisión de cocina que se encargaba de alimentar a los casi 100 alumnos que pasaban las noches en los claustros.
Estos días, viendo las imágenes por televisión y leyendo algunas crónicas en los diarios, tuve varias sensaciones. La primera es una sensación de nostalgia, muy personal, que tiene que ver con que soy egresado del colegio, amo al colegio, conservo muchos amigos que hice allí y creo que fue un pilar fundamental para mi formación como persona. Esa nostalgia y este presente me llevaron a evocar mi participación en una toma como ésta. Creo que fue en 1993 o 1994, en contra de la Ley Federal de Educación que impulsaba el gobierno de Menem. Es cierto que la protesta fue mucho menos furibunda y que se enmarcaba dentro de una lucha orgánica de varios colegios y fundamentalmente de las facultades. No se peleaba por una reivindicación doméstica como puede ser el retiro de las sanciones sino por una causa que intentaba defender el futuro de la educación a nivel nacional. Sin embargo, más allá de la causa en sí, lo que recuerdo es la sensación de adrenalina, el saberse protagonista de una ruptura del orden para luchar por un derecho, la excitación juvenil de participar de una toma, de sentir el poder de la multitud, la identidad colectiva, la empatía, la solidaridad. En resumen, de sentirse parte de algo grande.
La ley salió y no conseguimos nada, pero hoy, a más de 15 años, todavía sonrío cuando evoco esas tardes de marchas, asambleas y debates en el colegio.
Ahora, volviendo al presente, trataré de poner en palabras la segunda sensación que me causó la noticia y su cobertura. Creo que hubo una lectura soberbia, sobre todo desde algunos medios, que mostró la medida como si no tuviera contenido. El diario Crítica, por ejemplo, hablaba de que afuera de las asambleas los chicos no hacían más que bostezar y sostenía, con una sorna inocultable, que los dirigentes ensayaban la retórica e intentaban hablar como estadistas, cuando en realidad son unos revolucionarios lampiños sin la posibilidad biológica de una barba.
A mi juicio, lo que hicieron los chicos del Buenos Aires es cumplir con una suerte de tradición no manifiesta. Una pulsión que late en los claustros y que no figura en ningún programa de estudios, pero está. El colegio, como lo llamamos los egresados, tiene ese tipo de condimentos. Sus pasillos alientan, de alguna manera, el compromiso, el interés político, las ganas de ser protagonistas. Y eso es indiscutible.
Yo no sé si los chicos que llevaron a cabo esta toma tienen razón, pero me parece que la discusión no pasa por allí. Ellos, como nosotros y como muchas generaciones del Nacional Buenos Aires, se animan, aún con sus caras lampiñas y su retórica impostada, a pelear por lo que quieren y consideran justo. Son jóvenes, son chicos, pero están haciendo su experiencia. Tal vez no sea la forma, tal vez no sean los medios, pero yo rescato la acción, la rebeldía con argumento, la organización, que también constituyen un aprendizaje para el futuro.
En una sociedad individualista, crispada por las protestas e inmersa en una crisis de representación, toda forma de organización y lucha colectiva se ve desprestigiada.
Se dijo que los rebeldes eran apenas 100 y que impusieron al resto una medida que la mayoría no compartía. Eso también es aprendizaje para los que no participaron de la toma. Ellos también están atravesados por el conflicto y deben pensar cómo pararse frente a él y qué posición tomar. De alguna manera, los que repudiaban la toma y querían volver a clase también forman parte del debate, no son ajenos, tienen también un compromiso como lo van a tener en el futuro en otros ámbitos de su vida. El mundo, afuera del colegio, está lleno de situaciones como las que viven ahora.
La toma duró 9 días, las clases volvieron y las negociaciones siguen. No voy a aplaudir la revuelta, pero me parece, aunque sea difícil de entender, que es algo normal y positivo en el contexto de formación del Nacional Buenos Aires. Y celebro los ensayos de retórica y las asambleas. Celebro que, a su edad, estos chicos se den cuenta de que pueden pensar, debatir y actuar. Ese es un plus, es parte de la construcción de una subjetividad especial. Por más que se equivoquen, están creciendo y tal vez sea el único momento de sus vidas donde puedan llevar adelante este tipo de ensayo y error sin correr riesgos mayores.
Conociendo la historia del colegio, probablemente alguno de los chicos que hoy hablan en la puerta termine siendo dirigente político, pero la gran mayoría serán ciudadanos de a pie. Y, si me dan a elegir, prefiero mil veces un ciudadano pensante, crítico y resuelto a uno manso, sumiso y temeroso.
Lógicamente el enfoque periodístico se centró en la falta de límites de los estudiantes, en la decisión de unos pocos de imponer una medida de fuerza que afecta a todos, en la falta de respeto a la autoridad y en el derecho o no de los jóvenes a desconocer las disposiciones del Colegio y retirarse a una marcha.
Sin embargo, puertas adentro, mientras la toma seguía, los chicos hablaban de decisiones democráticas, hacían asambleas e intentaban demostrar que el curso de los acontecimientos tenía que ver con la voluntad de la mayoría, por lo menos de la mayoría que estaba presente en la protesta.
Hay que decir que estaban bastante organizados. Tenían un sistema de reglas de convivencia para evitar que la protesta se salga de cause, voceros ante los medios, una comisión de limpieza, un fondo común para comprar comida y una comisión de cocina que se encargaba de alimentar a los casi 100 alumnos que pasaban las noches en los claustros.
Estos días, viendo las imágenes por televisión y leyendo algunas crónicas en los diarios, tuve varias sensaciones. La primera es una sensación de nostalgia, muy personal, que tiene que ver con que soy egresado del colegio, amo al colegio, conservo muchos amigos que hice allí y creo que fue un pilar fundamental para mi formación como persona. Esa nostalgia y este presente me llevaron a evocar mi participación en una toma como ésta. Creo que fue en 1993 o 1994, en contra de la Ley Federal de Educación que impulsaba el gobierno de Menem. Es cierto que la protesta fue mucho menos furibunda y que se enmarcaba dentro de una lucha orgánica de varios colegios y fundamentalmente de las facultades. No se peleaba por una reivindicación doméstica como puede ser el retiro de las sanciones sino por una causa que intentaba defender el futuro de la educación a nivel nacional. Sin embargo, más allá de la causa en sí, lo que recuerdo es la sensación de adrenalina, el saberse protagonista de una ruptura del orden para luchar por un derecho, la excitación juvenil de participar de una toma, de sentir el poder de la multitud, la identidad colectiva, la empatía, la solidaridad. En resumen, de sentirse parte de algo grande.
La ley salió y no conseguimos nada, pero hoy, a más de 15 años, todavía sonrío cuando evoco esas tardes de marchas, asambleas y debates en el colegio.
Ahora, volviendo al presente, trataré de poner en palabras la segunda sensación que me causó la noticia y su cobertura. Creo que hubo una lectura soberbia, sobre todo desde algunos medios, que mostró la medida como si no tuviera contenido. El diario Crítica, por ejemplo, hablaba de que afuera de las asambleas los chicos no hacían más que bostezar y sostenía, con una sorna inocultable, que los dirigentes ensayaban la retórica e intentaban hablar como estadistas, cuando en realidad son unos revolucionarios lampiños sin la posibilidad biológica de una barba.
A mi juicio, lo que hicieron los chicos del Buenos Aires es cumplir con una suerte de tradición no manifiesta. Una pulsión que late en los claustros y que no figura en ningún programa de estudios, pero está. El colegio, como lo llamamos los egresados, tiene ese tipo de condimentos. Sus pasillos alientan, de alguna manera, el compromiso, el interés político, las ganas de ser protagonistas. Y eso es indiscutible.
Yo no sé si los chicos que llevaron a cabo esta toma tienen razón, pero me parece que la discusión no pasa por allí. Ellos, como nosotros y como muchas generaciones del Nacional Buenos Aires, se animan, aún con sus caras lampiñas y su retórica impostada, a pelear por lo que quieren y consideran justo. Son jóvenes, son chicos, pero están haciendo su experiencia. Tal vez no sea la forma, tal vez no sean los medios, pero yo rescato la acción, la rebeldía con argumento, la organización, que también constituyen un aprendizaje para el futuro.
En una sociedad individualista, crispada por las protestas e inmersa en una crisis de representación, toda forma de organización y lucha colectiva se ve desprestigiada.
Se dijo que los rebeldes eran apenas 100 y que impusieron al resto una medida que la mayoría no compartía. Eso también es aprendizaje para los que no participaron de la toma. Ellos también están atravesados por el conflicto y deben pensar cómo pararse frente a él y qué posición tomar. De alguna manera, los que repudiaban la toma y querían volver a clase también forman parte del debate, no son ajenos, tienen también un compromiso como lo van a tener en el futuro en otros ámbitos de su vida. El mundo, afuera del colegio, está lleno de situaciones como las que viven ahora.
La toma duró 9 días, las clases volvieron y las negociaciones siguen. No voy a aplaudir la revuelta, pero me parece, aunque sea difícil de entender, que es algo normal y positivo en el contexto de formación del Nacional Buenos Aires. Y celebro los ensayos de retórica y las asambleas. Celebro que, a su edad, estos chicos se den cuenta de que pueden pensar, debatir y actuar. Ese es un plus, es parte de la construcción de una subjetividad especial. Por más que se equivoquen, están creciendo y tal vez sea el único momento de sus vidas donde puedan llevar adelante este tipo de ensayo y error sin correr riesgos mayores.
Conociendo la historia del colegio, probablemente alguno de los chicos que hoy hablan en la puerta termine siendo dirigente político, pero la gran mayoría serán ciudadanos de a pie. Y, si me dan a elegir, prefiero mil veces un ciudadano pensante, crítico y resuelto a uno manso, sumiso y temeroso.
miércoles, 7 de octubre de 2009
COLONIA, ENTRE PERFUMES IMPORTADOS
El fin de semana estuvimos, finalmente, en Colonia. Esta vez llevamos la partida de nacimiento con nosotros, como se lleva el alma prendida al cuerpo, y pudimos cruzar el charco con Helena sin problemas.
El viaje fue un regalo del Canal, con estadía en un hotel cinco estrellas súper lujoso, carísimo y con spa. Un hotel por el que la gente que estaba ahí como nosotros había pagado 230 dólares la noche. Y no es un prejuicio de clase (esta vez a la inversa) pero ese punto fue, quizá, la razón para la única y mínima mueca de incomodidad que pude haber tenido durante esos dos días.
Los distinguidos huéspedes del Park Colony Plaza eran esos hombres y mujeres que, billetera en mano, pretenden llevarse el mundo por delante y muchas veces lo logran. Hombres de negocios entrenados para lidiar en varios frentes a la vez, amigos del éxito y aliados de la prepotencia. Altos ejecutivos que colgaron por una vez la corbata y ahora se paseaban por el lobby con unas zapatillas Nike blanquísimas, acompañados de mujeres color caramelo, saqueadoras de freeshop aburridas, tal vez, en el ejercicio de tener todo lo que quieren. Y con ellos, adolescentes que se van criando rodeados de ese tipo de lujo y de exigencias para con el mundo que los rodea. Eso veía y eso pensaba yo en el desayuno mientras, como una oportuna flor que crece en el pantano, leía un artículo sobre Evita y su desprecio por la oligarquía.
Más allá de esa sensación de extravío social, la pasamos muy bien. Hubo, acaso, dos momentos perfectos. El primero fue personal, ni bien llegamos, en un paseo por las calles de piedra y tierra que rodean al hotel, a una cuadra de la costanera. El río nos traía un aire limpio y frío, la noche nos envolvía en un silencio redentor. Lo único que se escuchaba era el sonido de las ruedas del cochecito de Helena avanzando sobre el sendero pedregoso. En ese momento, producto de un estado casi mágico de la mente, me sentí liviano, etéreo, liberado.
El segundo momento fue cuando nos metimos en la pileta con Helena. Nunca me voy a olvidar de esa sonrisa, de esos ojos iluminados, desbordados de felicidad, que descubrían un mundo nuevo. Estaba fascinada. La llevábamos de acá para allá y ella pataleaba, se reía, chapoteaba. Después nos abrazamos, la pusimos en el medio y empezamos a girar como una calesita. Así nos quedamos durante un largo rato, aislados de todo, en un rincón que era nuestro rincón, nuestro universo, con todo lo que necesitábamos, puro amor.
La pasamos bien en Colonia. Descansamos, disfrutamos de las bondades del confort y a mí me sirvió como estudio sociológico de campo. Ahora que lo pienso, todos nosotros estamos acostumbrados a tratar con gente con plata y poder, pero en este caso tal vez lo chocante fue compartir el tiempo de ocio, el tiempo de relax con esa gente. Es ahí, y no en una empresa, donde se ponen de manifiesto las diferentes percepciones del mundo.
Y como estábamos en Uruguay, me viene a la memoria un poema de Benedetti que es ideal para poner fin a esta pequeña reflexión sobre las clases y los estilos de vida. Se llama “Ustedes y nosotros” y refleja, de alguna manera, las distintas cosmovisiones de una pintura social que no pierde vigencia.
Dice así:
ustedes cuando aman
exigen bienestar
una cama de cedro
y un colchón especial
nosotros cuando amamos
es fácil de arreglar
con sábanas qué bueno
sin sábanas da igual.
El viaje fue un regalo del Canal, con estadía en un hotel cinco estrellas súper lujoso, carísimo y con spa. Un hotel por el que la gente que estaba ahí como nosotros había pagado 230 dólares la noche. Y no es un prejuicio de clase (esta vez a la inversa) pero ese punto fue, quizá, la razón para la única y mínima mueca de incomodidad que pude haber tenido durante esos dos días.
Los distinguidos huéspedes del Park Colony Plaza eran esos hombres y mujeres que, billetera en mano, pretenden llevarse el mundo por delante y muchas veces lo logran. Hombres de negocios entrenados para lidiar en varios frentes a la vez, amigos del éxito y aliados de la prepotencia. Altos ejecutivos que colgaron por una vez la corbata y ahora se paseaban por el lobby con unas zapatillas Nike blanquísimas, acompañados de mujeres color caramelo, saqueadoras de freeshop aburridas, tal vez, en el ejercicio de tener todo lo que quieren. Y con ellos, adolescentes que se van criando rodeados de ese tipo de lujo y de exigencias para con el mundo que los rodea. Eso veía y eso pensaba yo en el desayuno mientras, como una oportuna flor que crece en el pantano, leía un artículo sobre Evita y su desprecio por la oligarquía.
Más allá de esa sensación de extravío social, la pasamos muy bien. Hubo, acaso, dos momentos perfectos. El primero fue personal, ni bien llegamos, en un paseo por las calles de piedra y tierra que rodean al hotel, a una cuadra de la costanera. El río nos traía un aire limpio y frío, la noche nos envolvía en un silencio redentor. Lo único que se escuchaba era el sonido de las ruedas del cochecito de Helena avanzando sobre el sendero pedregoso. En ese momento, producto de un estado casi mágico de la mente, me sentí liviano, etéreo, liberado.
El segundo momento fue cuando nos metimos en la pileta con Helena. Nunca me voy a olvidar de esa sonrisa, de esos ojos iluminados, desbordados de felicidad, que descubrían un mundo nuevo. Estaba fascinada. La llevábamos de acá para allá y ella pataleaba, se reía, chapoteaba. Después nos abrazamos, la pusimos en el medio y empezamos a girar como una calesita. Así nos quedamos durante un largo rato, aislados de todo, en un rincón que era nuestro rincón, nuestro universo, con todo lo que necesitábamos, puro amor.
La pasamos bien en Colonia. Descansamos, disfrutamos de las bondades del confort y a mí me sirvió como estudio sociológico de campo. Ahora que lo pienso, todos nosotros estamos acostumbrados a tratar con gente con plata y poder, pero en este caso tal vez lo chocante fue compartir el tiempo de ocio, el tiempo de relax con esa gente. Es ahí, y no en una empresa, donde se ponen de manifiesto las diferentes percepciones del mundo.
Y como estábamos en Uruguay, me viene a la memoria un poema de Benedetti que es ideal para poner fin a esta pequeña reflexión sobre las clases y los estilos de vida. Se llama “Ustedes y nosotros” y refleja, de alguna manera, las distintas cosmovisiones de una pintura social que no pierde vigencia.
Dice así:
ustedes cuando aman
exigen bienestar
una cama de cedro
y un colchón especial
nosotros cuando amamos
es fácil de arreglar
con sábanas qué bueno
sin sábanas da igual.
lunes, 5 de octubre de 2009
MERCEDES
Ayer se nos murió Mercedes Sosa. Y digo se nos murió porque ya era parte de todos nosotros, de los jóvenes y de los viejos, de los que disfrutábamos su arte y de los que no.
Como bien titulaban algunos diarios anoche, se fue un símbolo. Un símbolo de nuestra cultura y nuestra historia, un símbolo de las raíces más profundas de la Argentina y también, en cierta medida, de Latinoamérica. Porque estuvo siempre y porque a través de su voz nos llegaron el amor, la sencillez de la tierra, la poesía y los versos de rebeldía, de compromiso, de libertad.
Tal vez sin proponérselo, a lo largo de los años, ella nos cantó como pueblo. Ese es su legado.
Emocionaba ver a toda esa gente haciendo cola en el Congreso, resignada ante la muerte, cada uno con sus flores y sus recuerdos, cada uno con una canción en la memoria, con un pedacito de vida compartido con su voz.
Hoy es uno de esos días tristes. Y por más que uno racionalice, por más que esto ya se veía venir, a veces no se puede eludir la tristeza.
Hablaron muchos, se dijeron muchas cosas. Yo me quedo con una frase de Serrat. “La negra cantaba maravillosamente porque su voz no pasaba solamente por la garganta, sino también por su corazón”.
Como bien titulaban algunos diarios anoche, se fue un símbolo. Un símbolo de nuestra cultura y nuestra historia, un símbolo de las raíces más profundas de la Argentina y también, en cierta medida, de Latinoamérica. Porque estuvo siempre y porque a través de su voz nos llegaron el amor, la sencillez de la tierra, la poesía y los versos de rebeldía, de compromiso, de libertad.
Tal vez sin proponérselo, a lo largo de los años, ella nos cantó como pueblo. Ese es su legado.
Emocionaba ver a toda esa gente haciendo cola en el Congreso, resignada ante la muerte, cada uno con sus flores y sus recuerdos, cada uno con una canción en la memoria, con un pedacito de vida compartido con su voz.
Hoy es uno de esos días tristes. Y por más que uno racionalice, por más que esto ya se veía venir, a veces no se puede eludir la tristeza.
Hablaron muchos, se dijeron muchas cosas. Yo me quedo con una frase de Serrat. “La negra cantaba maravillosamente porque su voz no pasaba solamente por la garganta, sino también por su corazón”.
jueves, 1 de octubre de 2009
LEVANTAMIENTO EN LA NOCHE
Han sido días turbulentos. La casa, definitivamente, no está en orden. Hoy amanecí a las 11 y está claro que a las 11 no se amanece. En el espejo, las ojeras y la mirada desangelada daban claro testimonio de lo dura que fue la batalla. El cochecito de Helena atravesado en el living, nuestros abrigos, la manta de ella sobre las sillas y dos mamaderas vacías y sucias representaban algo así como los restos del naufragio.
Unos mocos, unos simples mocos, han puesto en jaque el orden establecido. Verdes, prosaicos, revolucionarios, se movieron con sigilo, pero con un objetivo claro. Ayudados, tal vez, por el frío polar de esta primavera inexplicable –eso todavía es materia de investigación– tomaron a mi hija por sorpresa, le ganaron las fosas nasales y aguardaron en silencio la llegada de la noche.
El primer golpe fue después de la leche de las 12. En un admirable ejercicio combinado, cerraron abruptamente la nariz de Helena justo cuando nosotros la acostábamos en la cuna. Ella, como era de esperar, pidió auxilio de la única forma que sabe hacerlo: con un llanto agudo y desesperado. Ese sonido desgarrador, que aún resuena en mi memoria, fue el inicio de un largo e impensado combate.
Todavía sorprendidos por el estado de situación, dudamos. ¿Qué fuerzas debíamos mandar a apagar la revuelta? ¿Hacía falta pedir ayuda? ¿Cuántos eran los facinerosos? En eso, debo admitirlo, me equivoqué. Subestimé a los insurrectos y pensé que se trataba apenas de un berrinche de mi hija por falta de sueño. Pero era el sueño, justamente, lo que ellos tenían en mente. Mariana, que es mucho más resuelta que yo en estos casos, apeló a su mejor arma: el amor. Con caricias y canciones de cuna, le devolvió a Helena la tranquilidad que le habían quitado. Por un momento, los doblegó. La paciencia estaba intacta: era apenas la una de la mañana.
Ya en la cama, nos miramos como preguntándonos de dónde había venido el levantamiento. Mariana repasaba en la oscuridad la lista de grupos críticos a nuestra administración. Yo la tranquilicé: “siempre hay oposición, son unos loquitos”, le dije. La acaricié y le pedí que durmiera un poco. El ejercicio del poder consume y siempre hay que estar preparados.
Pero el supuesto repliegue de las verdes fuerzas rojas fue apenas una táctica. Puro foquismo, como en Cuba. Los rebeldes volvieron a atacar, esta vez con más fuerza, ya pasada la 1:30. Helena volvió a llorar desesperada, los dos saltamos de la cama y acudimos a su ayuda. La situación estaba desbordada. No exigían nada sensato, lo único que querían era maniatar el sueño de mi hija, secuestrarlo, y de esa manera vulnerar la paz y la tranquilidad de la casa. En un gesto de debilidad que espero nunca salga a la luz, le confesé a Mariana que tenía miedo.
El enfrentamiento fue duro. Resolvimos apelar al cochecito para tratar de apagar tanto llanto. El imponente carro llegó al lugar abriéndose paso entre juguetes y sillas y empezó su tarea disuasiva. Poco a poco, recuperamos el orden. Pero la situación social estaba en llamas. La inseguridad había tomado cada una de las habitaciones de la casa. Habíamos ganado esa batalla, pero la crispación era evidente. Nos reunimos en comité de crisis. Pensamos en nebulizaciones y descartamos, por considerarlo un suicidio, al sacamocos. También evaluamos la posibilidad de pedir ayuda internacional: al otro día tal vez nos podían mandar apoyo de otras casas para poder dormir un poco. De todas formas había que estar preparado para un nuevo golpe esa misma noche. La amenaza del peligro es peor que el peligro mismo. Declaramos el estado de sitio y nos metimos en la cama que, para ese entonces, estaba tan desordenada como nuestras cabezas. Dormimos tensionados, sin poder relajar un músculo, con el oído atento al menor ruido, al mínimo cambio en la respiración de nuestra hija que en su cuarto libraba su propia batalla y resoplaba cada tanto para no ahogarse.
A las 4:30 de la mañana, tal vez por falta de previsión o ineptitud propia, nos despertamos con la casa en llamas. Los rebeldes se habían propagado y dieron un golpe perfecto. Intentamos negociar llevando a Helena a nuestra cama, pero ellos tenían el control de la situación, se sabían poderosos y su intransigencia iba en aumento. La crisis institucional se evidenció cuando se prendieron las primeras luces en las piezas. Esa fue la inequívoca señal de que nuestras fuerzas habían perdido la lucha para volver a dormirla.
No hubo mamadera ni canción de cuna que pudiera calmar a Helena. Después de más de una hora de intentos fallidos, Mariana retiró su columna y se refugió en nuestro cuarto, acaso la única fortaleza que nos quedaba, a tratar de pensar en frío la situación. Yo me quedé en el campo de batalla, confiando la última esperanza al paso del tiempo. Me sentía como un bombero que espera que llueva porque se sabe derrotado. Cuando amaneció, el quiebre psicológico fue total. Los teóricos de la guerra como Carl Von Clausewitz hablan de la reserva moral como un factor decisivo, acaso tan o más importante que la táctica o el número de soldados. Nosotros teníamos el aparato represivo y el monopolio de la violencia legítima. Ellos eran claramente menos, eran débiles, eran verdes. Pero así y todo, lograron doblegar a toda nuestra estructura institucional y pusieron de rodillas a la casa.
Finalmente, Mariana volvió a la carga. La pálida claridad de la mañana fue testigo de la última batalla. Con el paso de las horas a nuestro favor, Helena se durmió. Pero la revolución había triunfado.
Esa noche demostraron que podían y, lo peor de todo, nos dijeron que volverán.
Unos mocos, unos simples mocos, han puesto en jaque el orden establecido. Verdes, prosaicos, revolucionarios, se movieron con sigilo, pero con un objetivo claro. Ayudados, tal vez, por el frío polar de esta primavera inexplicable –eso todavía es materia de investigación– tomaron a mi hija por sorpresa, le ganaron las fosas nasales y aguardaron en silencio la llegada de la noche.
El primer golpe fue después de la leche de las 12. En un admirable ejercicio combinado, cerraron abruptamente la nariz de Helena justo cuando nosotros la acostábamos en la cuna. Ella, como era de esperar, pidió auxilio de la única forma que sabe hacerlo: con un llanto agudo y desesperado. Ese sonido desgarrador, que aún resuena en mi memoria, fue el inicio de un largo e impensado combate.
Todavía sorprendidos por el estado de situación, dudamos. ¿Qué fuerzas debíamos mandar a apagar la revuelta? ¿Hacía falta pedir ayuda? ¿Cuántos eran los facinerosos? En eso, debo admitirlo, me equivoqué. Subestimé a los insurrectos y pensé que se trataba apenas de un berrinche de mi hija por falta de sueño. Pero era el sueño, justamente, lo que ellos tenían en mente. Mariana, que es mucho más resuelta que yo en estos casos, apeló a su mejor arma: el amor. Con caricias y canciones de cuna, le devolvió a Helena la tranquilidad que le habían quitado. Por un momento, los doblegó. La paciencia estaba intacta: era apenas la una de la mañana.
Ya en la cama, nos miramos como preguntándonos de dónde había venido el levantamiento. Mariana repasaba en la oscuridad la lista de grupos críticos a nuestra administración. Yo la tranquilicé: “siempre hay oposición, son unos loquitos”, le dije. La acaricié y le pedí que durmiera un poco. El ejercicio del poder consume y siempre hay que estar preparados.
Pero el supuesto repliegue de las verdes fuerzas rojas fue apenas una táctica. Puro foquismo, como en Cuba. Los rebeldes volvieron a atacar, esta vez con más fuerza, ya pasada la 1:30. Helena volvió a llorar desesperada, los dos saltamos de la cama y acudimos a su ayuda. La situación estaba desbordada. No exigían nada sensato, lo único que querían era maniatar el sueño de mi hija, secuestrarlo, y de esa manera vulnerar la paz y la tranquilidad de la casa. En un gesto de debilidad que espero nunca salga a la luz, le confesé a Mariana que tenía miedo.
El enfrentamiento fue duro. Resolvimos apelar al cochecito para tratar de apagar tanto llanto. El imponente carro llegó al lugar abriéndose paso entre juguetes y sillas y empezó su tarea disuasiva. Poco a poco, recuperamos el orden. Pero la situación social estaba en llamas. La inseguridad había tomado cada una de las habitaciones de la casa. Habíamos ganado esa batalla, pero la crispación era evidente. Nos reunimos en comité de crisis. Pensamos en nebulizaciones y descartamos, por considerarlo un suicidio, al sacamocos. También evaluamos la posibilidad de pedir ayuda internacional: al otro día tal vez nos podían mandar apoyo de otras casas para poder dormir un poco. De todas formas había que estar preparado para un nuevo golpe esa misma noche. La amenaza del peligro es peor que el peligro mismo. Declaramos el estado de sitio y nos metimos en la cama que, para ese entonces, estaba tan desordenada como nuestras cabezas. Dormimos tensionados, sin poder relajar un músculo, con el oído atento al menor ruido, al mínimo cambio en la respiración de nuestra hija que en su cuarto libraba su propia batalla y resoplaba cada tanto para no ahogarse.
A las 4:30 de la mañana, tal vez por falta de previsión o ineptitud propia, nos despertamos con la casa en llamas. Los rebeldes se habían propagado y dieron un golpe perfecto. Intentamos negociar llevando a Helena a nuestra cama, pero ellos tenían el control de la situación, se sabían poderosos y su intransigencia iba en aumento. La crisis institucional se evidenció cuando se prendieron las primeras luces en las piezas. Esa fue la inequívoca señal de que nuestras fuerzas habían perdido la lucha para volver a dormirla.
No hubo mamadera ni canción de cuna que pudiera calmar a Helena. Después de más de una hora de intentos fallidos, Mariana retiró su columna y se refugió en nuestro cuarto, acaso la única fortaleza que nos quedaba, a tratar de pensar en frío la situación. Yo me quedé en el campo de batalla, confiando la última esperanza al paso del tiempo. Me sentía como un bombero que espera que llueva porque se sabe derrotado. Cuando amaneció, el quiebre psicológico fue total. Los teóricos de la guerra como Carl Von Clausewitz hablan de la reserva moral como un factor decisivo, acaso tan o más importante que la táctica o el número de soldados. Nosotros teníamos el aparato represivo y el monopolio de la violencia legítima. Ellos eran claramente menos, eran débiles, eran verdes. Pero así y todo, lograron doblegar a toda nuestra estructura institucional y pusieron de rodillas a la casa.
Finalmente, Mariana volvió a la carga. La pálida claridad de la mañana fue testigo de la última batalla. Con el paso de las horas a nuestro favor, Helena se durmió. Pero la revolución había triunfado.
Esa noche demostraron que podían y, lo peor de todo, nos dijeron que volverán.
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