Eran días de lluvia y verano cuando se empezó a hablar en serio de esa posibilidad. Al principio era un rumor sordo, inconsistente, pero después la paranoia se fue instalando de boca en boca hasta que llegó un punto en el que nadie se hablaba de otra cosa. En el café, en la plaza, en la calle, en la radio todos especulaban con el tiempo que nos quedaba y con las posibilidades, escasas, de salvarnos.
La verdad es que yo no creía en las invasiones. Como eran noches de calor, me paseaba por la ribera oteando el horizonte húmedo del río y me mentía a mí mismo para tranquilizarme. Ahí afuera no había nada y no podía ser que de repente llegaran de la nada. No le daba crédito a lo que decían en los noticieros ni a las influenciables señoras del barrio, que comentaban en la panadería que éste era el fin, que cuando llegaran nos iban a traer la peste, que por más que uno reforzara puertas y ventanas ustedes iban a entrar igual y no iban a tener piedad de nadie, ni de los chicos ni de los viejos.
Casi todo el mundo coincidía en que el primer ataque, que en estos casos es decisivo, iba a ser de noche. Entonces uno escuchaba voces alerta dentro de las casas y veía luces prendidas hasta el alba, como si la luz tuviera algún tipo de poder sobre ustedes, como si los pudiera persuadir de algo.
Muchos creían que todo era culpa de las autoridades. Decían que ellos eran débiles y ustedes fuertes, que ya era tarde, que ahora, por más que se tomaran las medidas necesarias, nadie sería capaz de detener su avance. Poco a poco, las calles de mi pueblo fueron quedando desiertas. Los chicos no salían a jugar y la gente, harta y confundida por el miedo, se encerraba en sus casas a escuchar los informativos en una crispada soledad. Yo también dejé de salir. Las ventanas estaban cerradas, las persianas por lo general bajas y el silencio era un silencio de muerte. El pueblo parecía una gran cárcel en la que cada casa era una celda llena de presos que lo único que hacían era esperar, ya con cierta ansiedad, el día de su ejecución.
Los odiábamos. Odiábamos su fantasma que, antes que ustedes, ya nos había quitado la vida. Pasamos semanas esperando el golpe y, vencidos de antemano por el terror, preparando tristemente nuestra rendición.
Anoche llegaron al pueblo y nadie luchó. Se metieron en las casas, en las iglesias y en los templos. Algunos dicen que hasta los vieron en el cementerio. Atacaron a todos por igual, sin hacer distinciones, sin ningún tipo de reparo ni piedad.
Ahora entraron en mi casa. Uno de ustedes se metió en mi sueño. Lo escuché muy cerca y me sobresalté indefenso en la cama. Sé que él está ahí. Ahora lo veo. La luz de la lámpara proyecta su sombra monstruosa. Cuelga del techo con sus seis piernas y acecha en silencio, inmóvil, sediento de sangre.
De repente, hay más de uno. Allá, agazapados en la pared, y en la ventana y en la mesita de luz. Se que si los mato, vendrán otros y llegarán de a miles. Me cubro con las sábanas inútilmente y dejo de mirar. Pero ustedes siguen esperando con serenidad asesina. Horribles demonios hematófagos, mosquitos infernales, me han elegido como víctima y no puedo escapar.
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