martes, 19 de octubre de 2010

Flores en el día de la madre

Tal vez sea demasiado romántico, pero a mi juicio, una flor es uno de los regalos más sutiles que se le pueden hacer a una mujer.

¿Y en qué radica esa sutileza? En su belleza, por supuesto, pero sobre todo en su carácter efímero. Una flor es primero capullo, promesa, esperanza. Después explota, llena a la planta de color, es la expresión máxima de la belleza en esa planta. Pero no dura y eso es lo clave. La belleza es un momento. Un momento exacto. Si se pierde ese momento, la flor se marchita, se corrompe, se muere.

Entonces regalarle a una mujer una flor es regalarle un momento de plenitud, el momento justo en que la belleza se consuma, un momento único por el que se ha esperado largo tiempo y que no volverá. Ese concepto, que por supuesto nunca se enuncia al dar una flor, es lo que encierra toda su delicadeza.

Bien. El domingo fue el día de la madre. Yo, como muchas otras personas del barrio, me levanté y fui caminando hacía el viejo mercado de las flores, donde todavía resisten unos cuantos puestos llenos de ramos, plantitas y arreglos. Fui con la idea de comprar, como muchos otros varones, dos lindos ramos de Lilium: uno para mi madre y otro para mi mujer, también mamá. Pero cuando llegué, toda esa idea de presente sutil, efímero y hermoso que constituye una flor se desvaneció. El mercado estaba atestado de gente que pugnaba por ser atendida, pisoteaba pétalos y hojas en el piso y compraba ramos horrorosos como quien compra hamburguesas y papas fritas. Los vendedores atendían a tres personas a la vez, había regateos, ofertas y desmesuras. La docena de rosas costaba 70 pesos pero eso sí, eran rosas colombianas, con un agregado transgénico que aseguraba que iban a durar más de dos semanas. Hasta había un móvil de televisión en el lugar…

Se me dirá que eso es así desde que el mundo es mundo y que en el día de la madre no es muy original ir a comprar un ramo de flores. Pero lo que me sorprendió es la forma, violentamente capitalista, que había adoptado ese ritual –si se quiere llamarlo de algún modo- de todos los años.

La flor, esa expresión de frescura fugaz, ese momento exacto de belleza como lo pueden ser también una caricia o un beso, estaba convertida, ahora, en una mercancía. Una mercancía por la que se peleaba y hasta se regateaba.

Por supuesto le compré las flores tanto a mi mamá como a mi mujer. Pero me fui caminando por el costado del sendero de baldosas mojadas y capullos pisoteados con la sensación de volver de un supermercado.

Pensaba en Helena, que todavía es muy chiquita para acompañarme a comprarle el regalo a su mamá, en Mariana y en la esencia de ese día y su festejo. Por suerte, a todas las madres les queda la sonrisa de sus hijos. Algo que escapa de toda mercantilización.

domingo, 17 de octubre de 2010

Volvió el Blog!

Todo silencio es frágil. Y quizás en la facilidad de quebrarlo radica también el arte. El arte de romper el silencio con algo digno.

Heráclito decía que un hombre nunca se baña dos veces en un mismo río. Cambian las aguas y también cambia el hombre. Algo así ha pasado conmigo, que hace meses que no bajo a este abrevadero de palabras a tratar de encontrar historias para contar.

En estos largos meses han pasado muchas cosas lindas. Me casé con la mujer que amo, Helena creció, empezó el jardín que es como salir al mundo y por mis ojos y mi alma han pasado músicas, lecturas, miradas que tal vez pudieron haber nutrido este blog.

Algunos dirán que hay momentos que permanecen suspendidos en la memoria, como un viento que se siente pero no se puede tocar, que se sabe, pero no se puede decir porque entonces las palabras lo harían pesado, material y perdería la vaga sutileza que acaso es su esencia. Entonces es mejor guardarlos así, en su naturaleza etérea y multiforme, sin buscar definirlos, sin buscar cómo contarlos.

Otros, entre los que me cuento la mayoría de las veces, creen que todo es discurso. Entonces las palabras cobran un poder esencial, atrapan a los hechos, los definen, los moldean, los hacen reales en el mismo momento de la enunciación. Y ese relato que construye la realidad y la dota de sentido es, además, un modo de reflexión (en ocasiones seria, en otras no tanto) y sobre todo, de expresión.

¿Por qué entonces no escribí durante tanto tiempo? No tengo una respuesta. Creo que a veces el silencio nos envuelve y se torna un lugar cómodo. Y después, como dije antes, es difícil encontrar una forma sutil de quebrarlo sin, paradójicamente, hacer demasiado estruendo.

Lo cierto es que volví con la intención de seguir escribiendo. No sé si todos los días, pero sí al menos todas las semanas. Contar, aunque sea las cosas más triviales, es una forma de pensar. Y esa aventura me encanta.