martes, 29 de septiembre de 2009

UN PASEO POR MI NIÑEZ

Estaba mirando viejas fotos de Helena. Digo viejas cuando en realidad tienen apenas meses, pero ella va creciendo con tanta rapidez que una imagen tomada en el verano parece absolutamente lejana. Hay, entre ellas, una muy especial. Fue en marzo, en la casa de mi abuela en Córdoba, el día que la Lala conoció a su bisnieta. Ahí estamos los tres, mi hija, mi abuela y yo, sentados, como no podía ser de otra manera, en el sillón rojo del living, el mismo sillón donde hace 25 años yo saltaba como un descosido escuchando un disco de vinilo de Los Beatles.

En esa casa estaba mi niñez. Aquella tarde, con mi hija en brazos, la recorrí con la sensación de estar caminando en medio de un sueño. Y a medida que avanzaba, se me fueron revelando, como si hubieran estado dormidas y esperándome, las distintas percepciones del chico que fui.

La casa estaba cambiada, pero ante mis ojos conservaba, todavía, un halo mágico. La escalera, entonces, volvía a ser altísima. En el primer piso, el silencio invitaba a las travesuras, volvía el interminable misterio de las habitaciones cerradas con llave, la avidez por saber qué había en cada cajón, en cada armario, en cada vieja lata ubicada en estantes inalcanzables.

Abajo, el living permanecía fresco y guardado por pesadas cortinas, como si el tiempo no pasara en ese lugar impregnado por el olor dulce de las frutas secas. En el comedor diario, la mesa de siempre me traía a la memoria las fuentes repletas de zapallos y choclos, el té con limón y las cucharadas de miel.

Al fondo me esperaba lo mejor: el patio, escenario de mil guerras, de carnavales de a dos con mi hermano, de terribles naufragios y luchas subacuáticas en una pileta pelopincho que se parecía a un océano. Ahí, en el lugar donde estaba el níspero que ya no está, jugaba el recuerdo de la depredación de las horas en las siestas de verano. Las hormigas y los bichos bolita sacrificados en las trampas que las arañas preparaban en los rincones, el descubrimiento del fuego, los corchos quemados, la capacidad de ser un verdadero querandí con apenas dos plumas y un elástico. Más allá, la tierra, el barro, la savia blanca de las hojas del gomero. Por la noche, los cuentos, los ruidos inexplicables, los títeres que habitaban, como duendes, la pieza donde mi abuela había montado un costurero.

Esa tarde, en Córdoba, le presenté a Helena mi niñez. Pero hubo algo más... Como una especie de círculo que se cierra. A mi juicio, la casa me esperaba y me quiso decir algo. Y creo haber entendido el mensaje. Que no me olvide de la fantasía, que nunca abandone el juego. Que siempre aliente a mi hija a vivir en mundos encantados, que le enseñe a ensuciarse, a investigar, a no temerle a lo desconocido. Que le permita abrir puertas y cajones, descubrir universos impensados, saber que, aunque los grandes le digan que no, ella tiene la capacidad de volar. Para que cada día, al llegar la noche, se rinda exhausta ante un sueño feliz, lleno de anécdotas increíbles, y se duerma acunada por las hadas respirando, a grandes bocanadas, el perfume del misterio.

viernes, 25 de septiembre de 2009

BURBUJAS DE OCIO

Admitámoslo: podemos encontrar los últimos estrenos de cine en una lona a la vuelta de casa, pero es muy probable que los dvd se vayan amontonando en un cajón porque nunca tenemos tiempo para verlos. Podemos bajarnos la discografía completa del artista que más nos gusta, pero es poco factible que vayamos a escucharla toda. Ni hablar de la lectura: en mi caso, me lanzo a conquistar las mañanas, me arranco de la cama como puedo (y cuando puedo) para poder ganar dos horas de tranquilidad y de quietud antes de que empiecen a apretar las obligaciones. Y muchas veces, fracaso en el intento.
El resto del tiempo soy padre y vendo mi fuerza de trabajo. Esto le debe pasar a miles de personas, sobre todo a quienes como yo, tienen hijos chiquitos. Cuando veo venir un cochecito en la calle, enseguida busco la mirada cómplice del padre, intento establecer un puente, un “yo te entiendo, hermano”, porque quienes estamos entregados a la hermosa tarea de criar a un bebé integramos una especie de cofradía secreta que no duerme pero es feliz.
Pero no nos vayamos de tema: decía que nuestros tiempos de ocio están absolutamente fragmentados. Es muy difícil que sobren dos horas seguidas para ver una película o, por lo menos, para verla entera. El otro día un amigo mío me contó que había visto “Historias mínimas” de Sorín, en un mp5 durante sus viajes en colectivo al trabajo. Con eso basta como ejemplo.
Esto viene a cuento porque acaba de salir un libro que aborda puntualmente este tema. Se llama “Burbujas de ocio” y su autor, Roberto Igarza, sostiene que la vida laboral o extralaboral se llenó de pequeñas pausas y que, de a poco, gracias a las tecnologías que permiten el acceso e incluso la producción de contenidos desde un celular o una computadora portátil, todos nos transformamos en consumidores superficiales de... brevedades.
Así, pasamos la vida leyendo blogs como este, chequeando los mails, mirando un video de youtube que nos recomendaron, pispeando alguna nota (una sola) de una revista o echándole el ojo a los titulares del diario en internet sin ahondar demasiado. Todas tareas que no demandan más de 4 o 5 minutos porque, a lo sumo, eso es lo que nos sobra entre tarea y tarea.
Este escenario llevó, según Igarza, a que la oferta de productos culturales y de entretenimiento empezara a mutar, a adoptar estos formatos breves, amoldados al vértigo en el que estamos sumergidos. Se trata, dice el autor, de “una oferta heterogénea de brevedades, cápsulas de ocio que se consumen sin costo de desplazamiento”.
Ahora bien, ¿qué tipo de oferta cultural puede venir en un formato tan pequeño? ¿Dónde queda la complejidad, la trama, el contenido? No digo que no puedan existir excelentes cuentos breves o que dos minutos de imagen no puedan transmitir un mensaje, pero sí que esas son rarezas y que en general, productos tan efímeros no pueden darnos sino una ráfaga, un aspecto fugaz de la esencia que pretenden reflejar. Pero en este punto entra en juego la otra parte del sistema: la demanda. Los consumidores somos adiestrados, nos vamos adaptando a esa oferta pobre y cada vez demandamos menos complejidad, menos texto, menos todo. Cuantas veces leemos sólo el título y la volanta de una noticia y enseguida pasamos a la otra. No nos interesa profundizar, nos interesa conocer todas las noticias del diario. Y entonces yo me pregunto si detrás de esa ilusión de oferta múltiple no se esconde la fragmentación vacía, sin sentido.
De todas formas asumo que los tiempos que corren, y que corren cada vez más rápido, no nos dan mucha alternativa. Uno puede leerse una novela en el subte, pero probablemente tarde dos meses en hacerlo.
Sin embargo, no todo está perdido. Hoy estuve en la plaza. Una pareja de jubilados reía con todo el tiempo del mundo. Ella regaba el piso con migas de pan y un mar de palomas se arremolinaba a sus pies; él le sacaba fotos. Un poco más allá, una mujer tejía sentada en un banco. En el arenero, los chicos jugaban ajenos a todo. A esa hora de la mañana, como un bálsamo, la vida parecía discurrir a paso de hombre en la plaza Almagro. Como si estuviéramos en un oasis, a tan sólo dos cuadras de la estación del subterráneo.

miércoles, 23 de septiembre de 2009

NO TAN LEJOS

A pesar de que por todos lados van pregonando que empezó la primavera, hoy el día amaneció helado y yo ando con una tristeza de otoño.
No sé si será justamente por el frío diáfano de esta mañana, pero tengo el alma suspendida, como en silencio.
Anoche estuve con mis amigos. Tomamos vino y comimos empanadas para agasajar a El Chacha, que nos visita por esta semana. La reunión claramente tenía como finalidad que él nos contara en vivo y en directo todo aquello que siempre queda afuera de los mails. Sin embargo, tal vez por un exceso de expectativas de nuestra parte, pronto caímos en la cuenta de que no había mucho más detrás de las tres palabras clave de un joven autoexiliado en Estados Unidos: trabajo, esfuerzo y sacrificio.
El Chacha nos contó de sus logros, de lo que todavía le falta, de lo duro que es a veces remarla solo. También nos trajo a la mesa la experiencia de unos amigos argentinos que se hizo en Boston. Ellos están casados, tuvieron un bebé y se enfrentaron al gran dilema: o se quedaban allá, y le daban a su hijo una calidad de vida que en nuestro país no pueden darle, o se volvían a la Argentina y priorizaban el afecto de la familia, de los tíos y los abuelos que allá no tienen. Ellos eligieron seguir en Estados Unidos, y según El Chacha lo padecen.
Como era lógico, en seguida cayó la bomba: "¿Y vos qué harías en esa situación?". Pero El Chacha no dudó. Coherente con la historia de esfuerzo y dedicación que nos había relatado minutos antes, nos dijo que no piensa volver. Tal vez porque ya invirtió demasiado en ganarse un lugar allá, pero fundamentalmente porque las expectativas de una buena vida acá son casi nulas. Como una esperanza débil, quedó flotando en el aire la posibilidad de que el amor de una argentina lo haga cambiar de idea, pero por ahora esa argentina no existe y ese regreso para quedarse parece muy lejano.
Joni, otro de los amigos que estaba en la reunión, escuchaba atento. Él también está evaluando irse. Justamente ayer contó que por la tarde un grupo de ladrones armados había asaltado una oficina donde estaban su novia y sus suegros. Dijo que nada lo ata al país y que están charlando la posibilidad de probar suerte en otros lados, sobre todo por sucesos como ese.
Yo me quedé callado. Me dio tristeza -tal vez la tristeza con la que amanecí hoy- saber que dos amigos míos, dos personas muy capaces, no ven futuro en el país. Y lo peor es que esa visión es más común de lo que parece entre las personas de mi generación.
Hoy amanecí callado, el sol frío inundaba el living. Y mientras pensaba en lo de anoche, me vino a la mente la hermosa letra de "Serenata para la tierra de uno". Allí María Elena Walsh escribió: "Porque me duele si me quedo, pero me muero si me voy". Y esa es la sensación.
La primavera acaba de empezar. Buenos Aires es un lindo lugar para vivir. Sé que los voy a extrañar.

lunes, 21 de septiembre de 2009

Y TAN TEMPRANO, EL TIEMPO...

A veces, pequeños detalles dan cuenta de grandes cosas. Hoy Helena y yo nos quedamos solos. Yo estaba trabajando en la computadora y ella jugaba en el piso del living. A pesar de que tiene un sector de la casa sembrado de juguetes, había elegido entretenerse con el cronómetro que yo uso para correr. Lo examinaba, lo giraba entre sus manitos y le llamaban la atención los botones rojos. De repente, sacó los ojos del reloj y se dio cuenta de que yo la estaba mirando con cara de embobado. Sonrió con la inocencia que sólo tienen los bebés y sin soltar el cronómetro me extendió los brazos. Entonces dejé lo que estaba haciendo, la alcé y la puse en mi falda. Por un instante, los dos nos concentramos en los segundos y las centésimas que avanzaban como suele avanzar el tiempo: sin parar.
Como ya balbucea y yo estoy embarcado en la feliz y difícil tarea de explicarle el mundo, empecé a hablar: "Este es un reloj. Marca el tiempo. Pero vos no te preocupes por el tiempo ahora. Vos jugá", le dije. Me reí con ella, pero en realidad me reí solo.
Después volví a lo que estaba haciendo en la máquina, pero a los pocos minutos tuve que suspender la lectura porque tenía cosas que hacer. Me tenía que bañar y tenía que preparar unos papeles antes de salir hacia el trabajo, así que fui hasta donde estaba Helena jugando y la arranqué de su mundo de juguetes para ponerla en su sillita a ver un video para bebés. Ella me miró como diciéndome: "papá, no quiero ver el video, quiero jugar en el piso", pero yo tenía que entrar al baño y no podía dejarla sola y "suelta" por la casa. Definitivamente, en estos casos, la sillita es el lugar más seguro.
Entonces, entendí que Helena, por más que tenga apenas un año y un mes, no está exenta de los tiránicos amarres del tiempo. A través de nuestras urgencias y de nuestras responsabilidades, ella ya va entendiendo, va sufriendo y va interiorizando ese concepto clave para el éxito, la eficacia y la productividad en la vida moderna.
Tal vez todavía no entienda lo que significan esos números avanzando en la pantalla del cronómetro, pero ya va percibiendo que se trata de algo que se nos impone con una fuerza inapelable. Algo que nos vuelve irreflexivos, algo que nunca alcanza y que nos hace correr como locos de un lado para el otro.
Helena, sin saberlo, de a poco va siendo despojada de la felicidad que supone vivir sin noción del tiempo. Y esa es una felicidad inalienable, que todos nos merecemos, aunque sea por unos años, cuando todavía somos niños.

domingo, 20 de septiembre de 2009

LOS CARNAVALES DE "EL TEMIBLE EL CHACHA"

Hoy ha llegado al país mi entrañable amigo El Temible El Chacha. La historia de El Chacha se remonta a nuestra juventud. Ariel empezó a ser El Chacha cuando todavía estábamos en la secundaria. Y el mito fue creciendo con los años hasta transformarse en leyenda.
Seamos claros de entrada: El Chacha es un gran tipo. Pero su obsesión, su tendencia a la perfección sin admitir (ni admitirse) falencias, su carácter gruñón y metódico y sus pequeños fetiches de hombre con poder lo transformaron en una persona pasible de ser reflejada en una caricatura. Y los amigos, que lo queremos pero somos malos, empezamos a construir esa caricatura con una serie de anécdotas exageradas cuyo límite entre ficción y realidad se fue desdibujando con el tiempo en el imaginario. Así nació El Temible El Chacha, bestia casi mitológica de fauces fétidas, fabuloso ermitaño que desde la soledad de su poder natural desprecia a los hombres, deidad pagana caracterizada por una única y terrible pasión: la ira.
En años tempranos, obligado por circunstancias ajenas, El Chacha migró a otro continente. Allí se formó como sociólogo del primer mundo y luego de algunos periplos recaló en el país donde siempre supo que iba a terminar: Estados Unidos. Acá nos quedamos huérfanos de ese amigo incondicional, extrañando sus filosas observaciones, sus terribles exigencias y sobre todo, sus memorables puteadas.
Sin embargo, una vez por año, como la primavera (o mejor aún, como la tormenta de Santa Rosa) El Chacha emprendía su largo camino de regreso a casa. El mito cuenta que, cíclicamente, durante una determinada mañana del incipiente otoño estadounidense la oscuridad le ganaba al sol, el cielo del hemisferio Norte se enrarecía, había truenos precedidos por rayos furiosos, el aire se enfriaba de golpe y entonces se escuchaba un rugido que definitivamente no es de este mundo. Después de eso, como las bestias que obedecen ciegamente al mandato del instinto, la magistral criatura se ponía en movimiento y descendía por el continente americano hasta llegar a las pampas que lo vieron nacer.
En ese momento, acá todo era fiesta. Para esa fecha, cada año, empezaban lo que podría denominarse como los carnavales chachianos. No importaban las actividades diarias, las responsabilidades ni los horarios laborales o de estudios. Como sacerdotes entregados a su culto, sus amigos dejábamos todo de lado por una semana y nos dedicábamos a organizar diferentes celebraciones. Entonces no faltaban los juegos en honor a El Chacha, como por ejemplo los partidos de fútbol cinco. Ni los sacrificios, la media res sabiamente asada para ser servida en un banquete dionisíaco. Ni el poder de los ritos, con habanos, whisky y coñac (cuando nosotros no salimos de la cerveza y el vino) ni por supuesto las ninfas que alguna vez han sido entregadas como ofrendas en los altares de nuestra deidad.
Si El Chacha quedaba conforme, volvía tranquilo a sus tierras y no había víctimas. Nosotros, por otra parte, nos asegurábamos un año de prosperidad bajo la protección de su enorme poder.
Sin embargo, el año pasado El Chacha faltó a la cita. Los más fatalistas temblamos. Frente a sus altares vacíos, caímos presas de los más oscuros pensamientos. Creímos, sin razón, que como toda deidad de antaño, El Temible había sido víctima de los estragos de la modernidad y su grandeza había declinado para siempre. Sin embargo, el oráculo no miente y una llama de esperanza todavía ardía junto al incienso ritual.
Hoy efectivamente, hemos tenido que sacar las togas ceremoniales. Los amigos nos hemos reunido bajo un mismo y añorado llamado. El Chacha ha vuelto, hoy es su cumpleaños y la ingeniería de la celebración ya está en marcha. Como primera ofrenda, valen estas líneas. Salud amigo mío. Bienvenido a la fiesta.

viernes, 18 de septiembre de 2009

NOSTALGIAS DE CELULAR

(Nota: este texto fue escrito hace más de un mes. El problema se solucionó y ya tengo nuevo celular, pero los sentimientos que inspiraron las siguientes líneas bien pueden ser universales)

Señoras, señores, soy un hombre sin celular. He sido víctima de un hurto simple, silencioso, preciso, en medio de la anónima multitud de un shopping cualquiera. Víctima, bien digo, de unos dedos escurridizos que aprovechando alguna distracción, se deslizaron sutiles dentro del bolsillo de mi campera y se hicieron del preciado botín en lo que dura un suspiro. Ahí tienen: un lindo teléfono con cámara de fotos, mp3 y línea fija que debe cotizar a 500 pesos y puede ser revendido por menos de la mitad en cualquier esquina de Buenos Aires.
Y bueno… ahora, por más duro que sea, tengo que asumirme así, liviano, etéreo, casi desnudo. Un hombre sin celular... Hace algunos años (no muchos) esta afirmación podía resultar irrelevante pero, si lo piensan, hoy por hoy cobra un sentido casi ontológico. Ser un hombre sin celular equivale a no estar ubicable o llanamente a no estar. En una sociedad atravesada por la comunicación, donde todos somos visibles y todos somos rápidamente localizables, no poder satisfacer el cada vez más básico requisito de la omnipresencia significa, prácticamente, no ser, no formar parte. Hoy me pienso inhallable y eso me da pánico.
Y como suele pasar en estos momentos, el duelo me lleva a recordar. Y recuerdo, por ejemplo, mi primer celular. Yo tendría 15 años. En aquel entonces, sólo los grandes tenían un "movicom". Mi papá me compró uno. Era gris, del tamaño de un ladrillo, con dos baterías que se recargaban todas las noches en un cargador con base que estaba en la mesita de luz. Al principio fue una novedad, un símbolo de status. No todo el mundo tenía un movicom. Eras importante. Pero después, justamente como nadie tenía un movicom, el teléfono pasó a ser una cadena, un lastre, una correa. Me acuerdo que cuando me lo regaló, mi papá fue claro: esto es para que lo lleves siempre con vos, para que me puedas llamar. En ese entonces sólo se podía hacer llamadas, pero como era tan caro, vos no llamabas, nadie te llamaba y todavía no existían ni en sueños los mensajes de texto. Desde entonces, estar ubicable pasó a ser una especie de “deber ser” directamente asociado al celular.
Hoy mucha gente que debe haber pasado experiencias similares considera una aberración que el otro no tenga un celular donde poder ser encontrado. Los teléfonos de línea son obsoletos, inútiles como estacas en una sociedad dinámica, donde todo se mueve constantemente y donde la mayoría de las veces lo que se quiere decir no es tan importante. En ese sentido, los mensajitos de texto han sido un gran paso para la humanidad porque permiten comunicar sin hablar y nos eximen de las ceremonias de una conversación hecha y derecha.
Para muchos, no tener celular hoy en día es una declaración de principios propia de un ermitaño, es como desconectar el timbre de tu casa. Y esa convención social presiona y se internaliza a tal punto que uno, al perder su telefonito, pasa a sentirse como se sentiría un condenado a Siberia. Algo muy alejado de la sensación de libertad que podría experimentarse cuando se deja de estar permanentemente ligado a los demás. Para redondear la idea llamemos a la metáfora: sin celular, uno pasa a ser como un náufrago que una imprevista tormenta ha dejado flotando a la deriva en algún lugar periférico del entretejido social.
Una persona inteligente, menos acomplejada y con el coraje que quizás los hábitos domesticadores de la modernidad nos han quitado, podría desdramatizar la cuestión e intentar llevar la vida del buen salvaje de Rousseau, pero en tiempos digitales. Esto es: ensayar el sano ejercicio de vivir sin estar pendiente de un ringtone. Pero es muy fácil decirlo y muy difícil hacerlo.
Yo por lo pronto, porque soy medio tanguero y muy melancólico, me quedo mirando el cargador inútil como quien mira la pilcha de la mina que se fue para no volver. Y en medio de esa cavilación, me acuerdo de un cuento que escribió Cortazar cuando el celular, como invento, todavía era una utopía. Un hombre recibe un reloj de regalo. El reloj es hermoso, pero pronto se convierte en una obsesión. El hombre lo consulta a cada rato, le da cuerda, lo cuida, no puede dejar de mirarlo. Entonces se da cuenta que las mallas del reloj en realidad son brazos y que el reloj no fue un regalo para él, sino que él es el regalo para el reloj, que ahora se niega a soltarlo. El sujeto pasa a ser objeto. Los roles se invierten dramáticamente. Y es duro darse cuenta de eso en soledad y no poder llamar a nadie para contárselo.

SIN PARTIDA NO HAY PARTIDA

La del viernes fue una tarde rara. Yo tenía, para esa tarde, un sueño simple, pequeño, burgués: salir temprano del trabajo con mi familia, subirme a un barquito, cruzar el charco, llegar, como se dice, a buen puerto, y, por dos días, relajarme. Disfrutar de las instalaciones de un hotel que seguramente jamás pagaría por mi cuenta, dormir en un buen colchón, pasear, jugar con mi hija, comer rico. Al atardecer, mirarme en los hermosos ojos de mi mujer en una playa junto al río: cuentan que el crepúsculo es un momento mágico, en el que los dioses descienden a la tierra. Es decir, y en una palabra, abandonarme. Sentirme liviano por un rato, ajeno a las responsabilidades.
Era un sueño simple, sobre todo porque tenía la estadía en el hotel, tenía los pasajes y ya estaba en la terminal de Buquebús. Pero en ese momento aprendí mi primera lección: si los sueños figuran en un papel, todavía no son realidad y a veces se necesita de otro papel para llevar a cabo el proceso alquímico que hace que dos hojitas en un sobre se conviertan en un lindo fin de semana en Colonia.
Con la suave ilusión a cuestas (porque, seamos claros, tampoco nos estábamos yendo a Europa), llegamos al check in y cuando entregamos la documentación nos explicaron, correctamente, que sin la partida de nacimiento de nuestra hija Helena, no podíamos sacarla del país. Nosotros teníamos su DNI, pero la respuesta era implacable. Corrí de un lado a otro: ventanilla del check in, migraciones, gerencia de Buquebús, y en todos lados obtuve la misma mueca de resignación. Era imposible, no se podía. Incluso un vendedor indignado me preguntó si no me habían informado sobre la documentación cuando saqué los pasajes. No tuve ni ganas de explicarle que los pasajes eran un regalo.
Como todo padre primerizo, me desconcerté. Mariana me dio ánimo, todavía quedaban 40 minutos hasta que partiera el buque. Me convencí de que aún se podía. Iba a luchar por mi pequeño sueño. Entonces empezó la carrera contrarreloj.
Con los músculos tensos, muy lejos del ansiado relax, salí como una flecha hacia el lugar donde esperaban los taxis. A la carrera, uno que leyó la desesperación en mis pasos me preguntó que pasaba. “Tengo que ir y venir en 40 minutos, Corrientes y Salguero”, dije como enunciando la consigna de un desafío. El hombre entendió y, desde lejos, llamó a uno de los tacheros que charlaban contra uno de los autos. “José, llevalo al pibe que está apurado”. Y José casi de un salto se subió a su coche y me dijo: “sentante adelante y ponete el cinturón”.
José resultó ser un desquiciado. Arrancado del letargo y del tedio, entendió que se entregaba a una misión contra el mismísimo tiempo. Iba por Libertador pisando el acelerador y esquivando autos en zig zag como si estuviera jugando a un videojuego. Pero nada parecía alcanzar. Al tomar Coronel Díaz, se me vino a la cabeza ese videograph que pone TN y que a mí me hace tanta gracia: “Tránsito de viernes”. La gesta heróica esta vez tenía un final mundano. Incluso José, haciendo bandera de mi causa, golpeaba el volante con bronca. En una de las últimas maniobras temerarias, dejó encerrada a una camioneta al doblar y cuando recibió la lógica puteada sacó la cabeza por la ventanilla y espetó sin razón un “chupala, gil” que no era otra cosa que impotencia. A las 18:34, atascado en un semáforo de Medrano, dejé ir la ilusión. Pegamos la vuelta sin siquiera llegar a casa.

No hay nada más metafórico del fracaso que quedarse en tierra mientras el barco se va. Con Mariana volvimos en silencio en un taxi un poco más normal que el de José. Sólo se escuchaban las medias palabras de Helena, jugando con sus manos en el vidrio de la ventanilla del auto, ajena a todo. El tránsito había dejado de ser un infierno. Al llegar, ella subió primero porque no entrábamos con todo en el ascensor. Yo me quedé abajo, pensando en las vueltas del destino. En eso, apareció la portera, que sabía que nos íbamos y me interrogó con la mirada. Cuando le conté, se rió y me dijo: “le vas a tener que comprar un buen regalo a tu mujer”. Me sentí miserable. Después, ya en el departamento, nos dedicamos en silencio a desarmar la valija y a hacer dormir su siesta a Helena.
Ninguno de los dos quería hablar. La noche pintaba terrible. Sin embargo, cuando a eso de las 9 Helena se despertó y la llevamos a nuestra cama, todo cambió. En uno de esos juegos que le encantan, Mariana le empezó a hacer cosquillas. Helena se desgañitaba de la risa. Y en ese momento, casi como un milagro, se borraron todos los nubarrones. Colonia era cosa del pasado. Ahí estábamos los tres, riéndonos a carcajadas en la cama, con todo el fin de semana por delante. Juntos.

EL DÍA EN QUE NACISTE

El día en que naciste fue martes. Era un clásico día de fines de Agosto, como los que me gustan a mí. El cielo estaba limpio y había un sol hermoso que inundaba la mañana. Me acuerdo que mamá se había dormido tarde la noche anterior porque vos no parabas de moverte. La fecha estimada por el médico para que llegaras al mundo era el jueves 28, pero las contracciones preanunciaban otra cosa. El parto se podía adelantar. Eran horas decisivas.
Ese martes, mamá se despertó temprano. A las ocho de la mañana me dijo entre sonrisas que tal vez me tenía que quedar con ella y no ir a trabajar. A eso de las nueve me pidió el teléfono celular para empezar a tomar el tiempo de las contracciones. No habían desaparecido en toda la noche, pero ahora se habían vuelto más seguidas y cada vez más fuertes. Los dos en la cama, mirando un programa que se llamaba “Mañanas Informales”, tratamos de mantener la calma y esperar. Teníamos que tomar el tiempo de las contracciones durante dos horas. Si aparecían cada cinco minutos y duraban un minuto cada una, entonces teníamos que llamar a la partera. Fueron dos horas larguísimas. Por la ansiedad, por los nervios, por la felicidad. A las diez de la mañana yo llamé al trabajo para decir que no iba a ir al canal porque probablemente ese era el día que todos estábamos esperando. A las once de la mañana llamamos a la partera y quedamos en encontrarnos en la clínica.
Despacio a pesar de tanta emoción, mamá se vistió, preparamos el bolso que ya estaba casi listo para el día del parto y nos tomamos un taxi. Me acuerdo que durante el viaje íbamos tomados de la mano y en silencio. Pero era un silencio triunfal, lleno de felicidad, como un grito callado por la expectativa. Durante nueve meses habíamos estado juntos en cada análisis y cada consulta al médico y ahora estábamos por dar el último paso, el paso crucial: ayudarte a nacer, conocerte. Era, sin ninguna duda, el día más importante de nuestras vidas.
Desde el taxi le avisamos a la abuela Ilda, que se había venido especialmente de Río Cuarto para estar el día que vos llegaras y a la abuela Hebe, que estaba trabajando. Después nos encontramos con la partera, que revisó a mamá y nos dijo que todavía no era hora. Todos dudamos. Mamá tenía cada vez más contracciones, pero vos todavía no habías bajado lo suficiente como para nacer. La partera nos dijo que tal vez era cuestión de tiempo y nos pidió que fuéramos a caminar durante, al menos, dos horas, para ver si vos descendías los centímetros que faltaban para que mamá estuviera lista para ayudarte a nacer. Ya eran casi las doce del mediodía del 26 de agosto de 2008.
Lejos de sentirnos desconcertados, salimos de la clínica y empezamos a caminar. Fue la marcha más amorosa del mundo. Íbamos como dos viejitos, caminando muy despacito, algunas cuadras en silencio, otras hablando de tu llegada. Mamá estaba cansada, nerviosa y con los dolores típicos del parto, pero seguía adelante porque sabía que cada paso que daba estaba más cerca de tu nacimiento. Yo la acompañaba, la esperaba cuando la ansiedad me ganaba de mano, la ayudaba cuando venían las contracciones cada vez más fuertes y mamá se paraba en el medio de la calle con la panzota y cerraba los ojos y resistía. Era gracioso ver como la gente que pasaba nos miraba como diciendo: “esta chica va a parir en el medio de la calle”. Pero seguimos y seguimos. Me acuerdo que paramos en una panadería para comprar tres sanguches de miga y la chica que nos atendió le preguntó a mamá para cuándo esperaba y ella la miró y le dijo: “para ahora”.
Lentamente pero sin pausa, caminamos aproximadamente sesenta minutos. Y llegamos a un shopping que estaba a unas veinticinco cuadras de la clínica. Como era martes al mediodía, no había casi nadie. Estuvimos dando vueltas y mirando vidrieras para distraernos un poco e incluso te compramos un osito blanco y negro que a mamá le encantaba en una casa que se llama Grisino. En uno de los pasillos del shopping nos encontramos con María Laura Santillán, la conductora del noticiero donde trabaja papá, que estaba haciendo compras. Mamá no la conocía personalmente, así que papá las presentó y le contamos que estábamos caminando para que vos pudieras nacer. Me acuerdo que se rió y nos alentó. Ya eran como las dos de la tarde y decidimos volver.
El camino de vuelta fue un tanto más complicado porque mamá sentía cada vez más dolor por las contracciones. Caminaba tan despacio que al cruzar la última avenida antes de llegar a la clínica el semáforo se puso en verde cuando todavía estábamos a la mitad de la calle y tuvimos que hacerle señas a los autos para que nos esperaran a llegar a la vereda.
Cuando por fin volvimos a la clínica, a eso de las tres de la tarde, vos estabas lista para nacer. Nos llevaron a la sala de pre-parto, donde mamá se cambió y se puso la cofia que después iba a usar en el quirófano. Fueron momentos difíciles. El anestesista tardó como una hora en llegar y mamá literalmente se retorcía de dolor en la camilla por las contracciones. Yo trataba de calmarla, la tomaba de la mano y le decía que se distrajera. Ese es un momento donde los hombres sólo pueden acompañar a las mujeres en una tarea y una sensación que ni siquiera son capaces de imaginar: la de traer un bebé al mundo. Me acuerdo incluso de que ella tenía mucha sed, pero la enfermera nos dijo que no podía tomar nada hasta después del parto. Mamá se quejaba y yo la acompañaba, sólo había que esperar. Finalmente, el anestesista llegó y las cosas se calmaron. Sedó a mamá para que no sintiera tanto las contracciones y nos dijo que nos preparáramos. Era la última etapa, la recta final. Ya venías.
A las cinco de la tarde nos llevaron a la sala de parto. La abuela Ilda ya estaba instalada en la sala de espera de la clínica junto a su hermana Nelly, y los abuelos Hebe y Roberto estaban saliendo de sus trabajos para ir a conocerte. Los amigos y los compañeros de papá y mamá ya estaban todos avisados y a la espera del mensaje con la gran noticia.
Yo tuve que cambiarme y ponerme un mameluco amarillo, unas pantuflas descartables y una gorra para entrar esterilizado al quirófano. Ahí estaba mamá, con la partera y una asistente. Mientras esperábamos que llegara el obstetra de mamá –el médico que siguió todo el embarazo y te hizo nacer–, nos dejaron solos. Me acuerdo que miré a mamá en silencio. Los dos sonreímos y se nos llenaron los ojos de lágrimas. La acaricié despacio. Estaba tan linda… como florecida. Irradiaba luz. Fue un momento mágico, con un silencio de esos que preceden a los grandes acontecimientos.
Enseguida llegó el médico. Gustavo Arrosagaray se llamaba. Revisó a mamá y le dijo que todo estaba bien, que pujara con fuerza y que estuviera tranquila. Yo estaba al costado de la camilla, pegadito a ella. A la primera contracción, me asusté un poco. Mamá hizo fuerza y lanzó un grito seco y desgarrado. El doctor la calmó, le repitió que se serenara y le contó que había tocado tus cabellos. “En el próximo pujo sale, vos tranquilizate y mirala nacer. Disfrutalo”, le dijo. Sabias palabras. La siguiente contracción llegó rápido, la partera me avisó que venías y yo me paré para ver mejor. Fue increíble. De repente saliste, hermosa, con un llanto tierno, como un bálsamo. El médico te giró en sus manos y te vimos por primera vez. Eran las 17:46. Nunca me voy a olvidar ese momento.
Te pusieron en el pecho de mamá para que te tranquilizaras. Mamá repetía entre lágrimas: “hola mi amor” y te acariciaba con la delicadeza que sólo una madre puede tener con un hijo. Después una enfermera te llevó a bañarte y yo fui con ella. Te limpió toda, te puso dos vacunas importantes que siempre les ponen a los recién nacidos, llenó un acta con tu nombre y tu peso – 2,945 Kg. –, estampó la huella de tu piecito, me hizo firmar y me dijo que ya te podía llevar de nuevo con mamá. Ahí te alcé por primera vez. Eras tan chiquita… Te habían puesto un osito de algodón blanco y un gorrito que casi te tapaba los ojos. Te puse contra mi pecho y te abracé como nunca había abrazado a nadie en mi vida, con un amor que no se puede decir en palabras. Después te llevé a la sala de parto, donde mamá ya estaba repuesta del esfuerzo y te puse con ella en la camilla. Las enfermeras dejaron que la reconocieras. Apenas abrías los ojitos, pero el contacto con la piel de mamá, el sonido de los latidos de su corazón, te tranquilizaban.
La cama donde habías nacido tenía rueditas, así que ahí mismo nos llevaron a la habitación 307 de la maternidad. Entonces yo fui a avisarle a la abuela Ilda que ya estabas con nosotros y ella subió como loca a conocerte. Al rato también llegó la abuela Hebe y el tío Ale. Y un poco después el abuelo Roberto y la madrina Vale y el padrino Eche. Ya eras famosa: si hasta en la tele, los conductores de Telenoche –el noticiero donde trabaja papá– dijeron que habías llegado, te mandaron saludos y te dieron la bienvenida al mundo. Incluso María Laura contó que se había encontrado con nosotros esa misma tarde en un shopping. Ese saludo lo vio todo el país.
Caía la noche del martes 26 de agosto de 2008. Vos dormías tu primera siestita en una cunita junto a la cama de mamá y nosotros no lo podíamos creer. Susurrábamos, en parte para no despertarte y en parte porque ese es el leguaje de la felicidad. Había sido un largo día. El día más feliz de mi vida y de la vida de mamá. Un día que no vamos a olvidar nunca porque nos llenó la vida de sol.

AJEDREZ

La luz del amanecer se filtra a través de las cortinas y te acaricia el pelo. En la habitación todo es quietud y el mundo gira manso al ritmo de tu respiración pausada y profunda. Yo simplemente te miro. Sé que he cometido un error. Todo podía haber terminado anoche, pero hubo algo, un destello en tu mirada, una invitación de tu sonrisa, que hizo que las cosas cambiaran bruscamente. Sabía lo que tenía que hacer, pero no lo hice. He flaqueado en pos de una promesa, de un instante de amor efímero. He desviado el rumbo, pero aún puedo corregirlo.
Te das vuelta lentamente, sin abrir los ojos, sonriendo desde un mundo inalcanzable para mí, te estirás con el placer con el que se estiran los gatos, rodeás mi cuello con tus brazos y buscás mi boca con tu boca, en un encuentro suave y seguro, como si los labios tuvieran una memoria que nosotros olvidamos.
Los besos fueron ciertos, eso está claro. El trabajo había sido limpio hasta anoche, pero mi flaqueza, tu piel, el desvío. Ahora mi plazo está por cumplirse, pero los besos fueron ciertos.

Quizás una vez que hayas ingerido el veneno, cuando las piernas y los brazos empiecen a adormecerse, la garganta se te empiece a cerrar y cada bocanada de aire se vuelva un triunfo cada vez más difícil de alcanzar, quizás en ese momento te lo explique. Que mi trabajo es cumplir las órdenes de Elías, que vos estabas en la lista y yo no tenía más remedio. Que acaso somos peones en un juego de ajedrez que nos excede, que no podemos cuestionar. Y que esta vez la jugada fatal nos puso frente a frente. Entonces vos te vas a ir a otro lado, tal vez a un lugar más justo, y yo me quedaré en este mundo de infierno, y la verdad es que no estoy seguro de quién saldrá ganando, porque así como a mi me toca ejecutar órdenes y ser un peón de un juego que juegan otros, así también hay otros peones y otros alfiles que defienden a otro rey y estarán esperando un mal movimiento, una jugada errada para sacarme del tablero como yo debo sacarte hoy a vos. Tal vez entonces te revele mi verdadero nombre. Te explique que los pasaportes eran falsos, que mi vida no es la que te conté, que Elías es mi única opción para sobrevivir, que es el único camino para dejar atrás un pasado que vuelve cada noche a torturar mi conciencia. Quizás, mientras los ojos se te nublen, te diga que la reserva del hotel está a nombre de alguien que no existe y que no quedarán rastros de mí ni de nosotros porque hasta mi rostro cambiará en algunas horas y el hombre que tenés enfrente nunca habrá existido y yo estaré ya muy lejos de aquí.

Entonces me arranco suavemente de tu abrazo y levanto despacio. Mientras me visto, te contemplo con un amor liviano, con una ligera compasión que no debo permitirme pero que no controlo. Miro el reloj: el tiempo empieza a apretar. Vos ya estás despierta, pero todavía hecha un ovillo entre las sábanas. Voy hasta la cocina y preparo café. El peón avanza en el tablero. Deslizo unas gotas del veneno en tu taza y me deshago rápidamente del frasco. En unas horas estarás muerta y Elías me dará otra misión, tal vez la última, la que me de la libertad que me ha prometido. Revuelvo lentamente con una cucharita y el tintineo se mezcla con el ruido del silenciador calzando en tu arma. Entonces siento la bala. Me disparás por la espalda, tal vez porque para vos también significó algo esa noche. Quizá porque también para vos los besos fueron ciertos. Caigo de rodillas, aún de espaldas. Paso la mano por la herida, la sangre tibia se me escurre entre los dedos y me empapa la camisa. Alcanzo a darme vuelta, a mirarte a los ojos. Entonces los dos sabemos, instrumentos de voluntades ajenas, que estábamos allí para eliminarnos el uno al otro. Durante unos segundos la verdad flota, por primera vez, entre nosotros. Uno ha de ganar y el otro perderá. Sin embargo, este caso es especial. Yo he perdido, pero siento que aún puedo ganar si te salvo. Miro la taza de café sobre la mesada y trato de hablarte en medio de un charco de sangre que cada vez es más grande. Pero ya has cargado el arma otra vez. Lo último que veo, como en una niebla, es el caño del silenciador que prolonga el revolver. El segundo tiro no falla.

Ella mira el cadáver a sus pies. Una sensación de angustia le sube desde el estómago y le oprime la garganta. Sacude la cabeza y se recompone. Guarda el arma en el bolso junto al pasaje de avión que la sacará del país en unas horas. Toma el teléfono celular e informa secamente que el trabajo está terminado. El sol de la mañana inunda la habitación. Hace frío. Antes de partir, camina al lado del cuerpo que yace con los ojos abiertos, un balazo en la espalda y otro en el pecho. Lo mira, toma la taza que ha quedado en la mesada y bebe el café que ya está un poco frío. El ajedrez prosigue, ellos han quedado afuera del tablero.

PLANEANDO UN ASADO EN PLENO PARO DEL CAMPO (MARZO 2009)

No es que me haya vuelto menos cronopio y más fama, pero por un rato (porque la racionalidad viene así, de a ráfagas) vamos a admitir que, en la mayoría de los casos, el éxito, la eficacia en términos productivos, viene de la mano de la planificación o -para que no se asusten las almas sensibles ante el uso de una palabra tan dura-, la visión de los escenarios posibles ante una situación dada.

En este caso hablamos del asado de sábado. Hoy recién es miércoles, 10.30 de la mañana, el sol brilla, el día es hermoso y nos distancian unas 80 horas de la noche del sábado en Castelar. Lo que propongo es, simplemente, considerar algunas variables en un cálculo que puede hacer la diferencia entre un banquete memorable o una noche perdida en el arcón el olvido.

Hay varios conjuntos de variables a tener en cuenta. A saber:

1) Las variables fijas, paradójicamente constantes, que a menos que suceda un hecho fuera de lo común, como un meteorito o un terremoto, seguirán así. Entre ellas se pueden contar, por ejemplo, que la tierra gira sobre su eje durante un período de 24 horas, que la noche le sigue al día, que el fuego asa y que, por lo general, la carne se deja asar. Dado este conjunto de elementos, cabe esperar que todo siga su curso normal, que los días pasen sin mayores sobresaltos, que nuestro tedio a la redacción y a la oficina vayan en incremento hasta que llegue el sábado y que, a causa de la alarmante situación ecológica del planeta, siga haciendo 30 grados de calor sin lluvias, lo que no va a impedir que el otoño avance en nuestros predispuestos corazones, cosa excelente para el alma ya reseca de tanta sensación térmica de horno de pizzería.

2) Hay un segundo tipo de variables, más volátiles por así decir, a las que sí le tenemos que prestar atención, que son aquellas referidas a la vaca en sí. Aquí hay considerar si la vaca que nos toque en suerte tuvo una buena infancia, si fue una vaca amada, si se crió con buenas pasturas o el campo donde vino a vivir y de donde se fue a morir cayó bajo la inclemencia de la sequía, etc. También hay que tener en cuenta si de grande la vaca fue correspondida en el amor, si encontró el toro de sus sueños y fue feliz con él, porque todos sabemos que el desamor no solo hace mal al corazón sino que también acúa la sangre. Y finalmente, saber si murió feliz, satisfecha con lo que hizo en su vida, o si algún remordimiento, alguna deuda afectiva, alguna palabra no dicha le tensaron los músculos antes del martillazo final en Liniers.

Y hablando de Liniers, llegamos al quid de la cuestión. Veamos: para llegar a Liniers hay que recorrer una distancia X. Supongamos que se trata de una recta conformada por los puntos (A) y (B). A través del tiempo (T) y la distancia (X), podemos calcular la velocidad (V) con la que nuestra vaca (AU, de Aurora) va a llegar a destino. También podemos atender a la aceleración incorporando la variable de la masa (M), el peso del camión que la transporta.

Pero lo que no podemos calcular, y esto es lo que me preocupa, es el avance del camión si hay una cosechadora atravesada en la ruta. Como sabemos, la masa es impenetrable, así que a menos que el camión sepa volar, cosa que aún no sucede, se va a topar con esa cosechadora que está hoy perpendicular a la línea de asfalto. Tampoco podemos calcular qué pasa por la cabeza del dueño de la cosechadora, un productor autoconvocado que cree estar haciendo una epopeya y no piensa liberar la ruta hasta pasado el fin de semana.

Pero a no alarmarse señores. La buena noticia es que ya no estamos en la época de la colonia. El charqui y el tasajo ya no corren y la carne se conserva a través del frío intenso de los modernos freezers. Entonces, teniendo una visión precisa de la situación y sus posibles derivaciones, considero que lo más sensato es comprar el asado antes del fin de semana y gambetear hábilmente al desabastecimiento total de carne que gente sin corazón como Bonelli anuncian como quien comenta lo lindo que está el cielo.