No hay, acaso, una demostración de amor incondicional más plena que la que se da cuando uno abraza a un hijo enfermo. Ahí sí que se pone todo. Porque esa circunstancia es quizás la única en la que verdaderamente uno quiere estar en el lugar del otro, asumir su sufrimiento como propio, liberarlo del dolor. Pero no puede. El dolor no se transfiere por ósmosis. Ahí está la fiebre como frontera tangible, como cruda demostración del abismo que existe entre las pieles que se rozan.
Mi hija Helena sale de un pequeño infierno de tres días con fiebre de 39 grados. Tres días de ojitos vidriosos que miran sin ver, de lágrimas bañando las mejillas ardientes, de silencios mustios mezclados con ibupirac.
Al parecer, fue un simple virus que así como vino se fue. Pero para ella fue como un martirio (nunca había tenido fiebre tan alta) y para nosotros, que sólo podíamos ayudarla desde las caricias, también.
Acaba de terminar la primera lección de una irrefutable verdad. El mayor dolor como padres es no poder evitarles el sufrimiento a nuestros hijos.
Y así vamos creciendo. Todos.
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