jueves, 10 de diciembre de 2009

Tigres en Navidad

Martes feriado. Mi fiel amigo Pierdominichi se levantó temprano, pispeó por la ventana la mañana de sol y resolvió entregarse a la voluntad de sus pies y salir sin rumbo por la ciudad. Los negocios parecían haberse olvidado de que era un día no laborable, pero mi amigo, que de zonzo no tiene nada, entendió que estamos en diciembre, que se acercan las fiestas y que no hay oportunidad más clara para vender que un feriado de entre semana, con los sueldos recién cobrados y la navidad a la vista.

Así Pierdominichi se perdió a paso lánguido por las calles de Belgrano, pasó por puente Pacífico y no sabe bien cómo terminó parado en la rotonda de Plaza Italia. Entonces a mi amigo lo asaltaron los fantasmas de la infancia (que son buenos fantasmas) y por un momento se quedó mirando alelado el arco que alguna vez fue la entrada del zoológico municipal al que iba casi religiosamente con su padre, cada domingo antes de almorzar. El gordo se preguntó cómo estaría el zoo ahora, privatizado, limpio y seguramente con un montón de nuevas especies por conocer, bestias traídas de las más remotas regiones del orbe y exhibidas en fastuosos espacios que reproducen su hábitat natural: selvas, desiertos, estepas y montañas. Pierdominichi no dudó. Hurgó en sus bolsillos hasta sacar un bollo de billetes y monedas, contó aplicadamente cuánto había y se dejó llevar de la mano por el niño que alguna vez fue hasta la entrada del parque, que está un poco más allá del arco que servía de umbral en los tiempos de su infancia.

Una vez adentro, Pierdominichi quedó pasmado en medio del juego de las diferencias. Sí, era el mismo lugar, el mismo espacio físico que él había recorrido una y mil veces bolsita de galletitas con forma de animales en mano. Pero ahora todo había cambiado. Hasta los árboles, que incluso sobreviven a los hombres.

Mi amigo estaba extasiado. Recorrió con un horror morboso el reptilario, lo fascinó el acuario, se asombró con los camellos y vio por primera vez en su vida a un chita. Todo era limpieza, orden, quietud. El acrílico había reemplazado a los barrotes y alambrados y hasta las bestias parecían más felices en medio de su cadena perpetua en la ciudad.

Pierdominichi sonreía para sí y miraba los carteles indicadores con cierta ansiedad infantil, como buscando algo. De repente, aceleró la marcha. Después los pasos dieron lugar a pequeños saltitos y por fin, a un trote desmemoriado. Unos minutos más tarde, entre jadeos y un sudor incipiente que le manchaba la camisa, mi amigo estuvo cara a cara con su animal preferido, ese que sólo había admirado en fotos y documentales: el majestuoso tigre blanco.

Todo discurría en una pulcra perfección, pero -es sabido- muchas veces las cosas no son como esperamos que sean. De un momento a otro, la sonrisa trocó a mueca y la admiración idealizada quedó hecha trizas, lapidada por el sordo estruendo de la decepción. La esplendorosa bestia, digna de su identificación con la realeza, desplegaba su cadencioso andar señorial alrededor de un patético arbolito de navidad que no sólo obstruía su espacio vital, sino que además opacaba su sublime belleza y ponía en ridículo a su poderío ancestral.

Pierdominichi no se agarró de las rejas porque no había, pero descargó toda su furia con un puntapié a una pequeña piedra que salió volando para chocar justamente contra el acrílico de la prisión del tigre. El animal por un momento desvió la mirada hacia el exterior, pero después volvió ocuparse de tironear una manta que habían puesto debajo de unos supuestos regalos-adorno, en una mansa resignación que a mi amigo le partió el alma.

Pierdominichi buscó un asiento frente a la jaula y se perdió en cavilaciones. El tigre blanco es oriundo de la India. Un animal magnífico por donde se lo mire, mucho más grande que sus hermanos naranjas, una bestia solemne, distinguida, destinada a la grandeza. Sin embargo ahí -pensaba mi amigo- parecían no darse cuenta de todo eso. Lo habían despojado de sus dioses. Lo habían encerrado y le habían tirado 2 mil años de cristianismo por la cabeza.

Pierdominichi buscó en vano los ojos de agua de la fiera con la esperanza de hallar un gesto cómplice, un destello de rebeldía, pero sus miradas nunca se cruzaron. Quería consolarlo, quería decirle que él sí sabía de su estirpe y de su pasado, que quería liberarlo del yugo de la iglesia de los hombres, de la humillación de ser despojado de la tradición, de su culto. Qué él entendía la deshonra que significaba ser encerrado en una prisión y tener que aceptar un dogma por la fuerza.

Mi amigo Pierdominichi siempre me dice que en el único lugar donde se es verdaderamente libre es en la mente, pero el tigre parecía vencido y tiraba mecánicamente de la punta de la manta sin siquiera poner el suficiente empeño como para arrancarla del suelo y hacer volar por los aires esas patéticas cajas envueltas en colores de mal gusto. De repente, en un acto lleno de desgano, hizo rodar con la pata uno de los paquetes y descubrió que en su interior había comida, acaso una ración suficiente -pensó Pierdominichi- para sobrevivir un día más en esa celda llena de ofrendas a un dios que no es el dios de los tigres.

Mi amigo no se despidió de la triste bestia y volvió a su casa pensando en esos ojos vacíos que una vez más habían demostrado, como en tantas otras oportunidades en la historia, que la potencia física no sirve de nada si el espíritu está quebrado.

A las pocas cuadras, pasó por un bazar que vendía todo lo imaginable para la navidad. Miró las luces, las estrellitas y los papá noeles y con un gesto de resignación metió la mano en el bolsillo. Por un momento aceptó que él también era un viejo tigre derrotado. Por suerte, después de haber pagado la entrada al zoológico, la plata no le alcanzó para un arbolito.

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