Mi amigo Pierdominichi es un atolondrado de las buenas noticias. Siempre irrumpe, papel en mano, agitando los brazos y gritando una media verdad que después revela su lado oscuro y no tan cierto. Pero no es culpa del gordo Pierdominichi, un optimista patológico de esos que hacen falta en el mundo sino de las noticias, que nunca terminan de ser del todo buenas.
Pierdominichi cae siempre con primicias literalmente increíbles, como que Obama va a cerrar Guantánamo, o que Maradona evalúa renunciar a la selección o que el fin de semana no va a llover. Puras mentiras que él, que es un hombre bueno y confianzudo, cree y quiere distribuir por el mundo para que la gente sea un poquito más feliz. Porque lo que en el fondo le importa al gordo es hacer feliz a la gente y desde ese ángulo sí se podría decir que el fin justifica los medios.
El otro día llegó agitado hasta mi computadora, se paró a mi lado con aire solemne, respiró profundo y después soltó sólo dos palabras: “Lo encontraron”. Mi fiel amigo Pierdominichi sabe manejar el misterio y, después de un breve juego de miradas, cuando ya me tenía enteramente a su disposición, siguió. “Un ejército entero, compuesto por 50 mil hombres y enterrado por una tormenta de arena hace 25 siglos en el Sahara. Soldados, camellos, caballos, estandartes, armas. Todo desapareció sin dejar rastros. Ahora los encontraron”.
La historia del ejército de Cambises es conocida y fue documentada por el historiador Heródoto. Se trata, efectivamente, de una tropa de 50 mil hombres que el rey persa Cambises II mandó en el 525 antes de Cristo para vencer a los amonios que ocupaban el oasis de Siwa, donde está uno de los más célebres oráculos del mundo antiguo, justamente el que en el año 331 AC designó a Alejandro Magno como hijo del dios Amón y legitimó todas sus conquistas.
La fastuosa expedición partió pero nunca llegó y desde ese momento, a lo largo de las arenas del tiempo, se tejieron todo tipo de teorías sobre su misteriosa desaparición. Según Heródoto, las falanges persas salieron de Tebas, pero no siguieron el itinerario lógico sino que, para sorprender a los amonios, se internaron profundamente en la meseta de Gilf Kebir y allí fueron devorados por el mar de arena. Incluso hubo innumerables campañas para tratar de dar con el ejército, pero todas fracasaron. Al menos todas menos una.
Pierdominichi que, se sabe, es un romántico, me contó que un equipo científico italiano que se fue guiando por viejas historias beduinas acaba de encontrar lo que sería la gran tumba de arena de los persas enviados por Cambises. Aros, un brazalete de plata, puntas de flecha y dagas de bronce que, según los expertos, tienen una irrefutable marca aqueménida dan testimonio del descubrimiento. Pero lo mejor es que cerca de ahí encontraron también un gran valle sembrado de huesos blanqueados por un sol de siglos.
Lo que mi gran amigo Pierdominichi me contó después es lo que le sigue a cada una de sus buenas noticias a medias. Las autoridades de Egipto salieron a desmentir que se tratara del ejército de Cambises y tildaron el hallazgo de “infundado y engañoso”. Sin embargo, en esta yo estoy con mi amigo. Me imagino las inmensas columnas de guerreros, cortando la monotonía del desierto con sus bestias y sus estandartes. Me imagino el ejército innumerable sorprendido de repente por el inclemente soplido del qibli, el temible viento caliente del sur, y literalmente tragado por las enormes fauces rojas y amarillas del Sahara.
El ejército se convirtió en leyenda. Y durante siglos la leyenda alimentó el misterio. Hoy en algunos lugares del mundo se habla del mayor espectáculo arqueológico de la antigüedad. Pero para mí es, por sobre todas las cosas, una hermosa historia que le debo a mi amigo Pierdominichi. Una historia que por un momento nos arrancó de la tarde gris de asfalto porteño y nos llevó a lugares insospechados, donde nos perdimos en la inmensidad y sentimos en la nuca el roce de la daga caliente del viento sobre un océano de arenas y enigmas.
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