viernes, 4 de diciembre de 2009

Pasos

Si me preguntás, te voy a contar que fue un jueves. Y que me esperaste, como un modo de ahuyentar a esos fantasmas que venían aguijoneándome con la idea de que justo cuando vos te decidieras yo iba a estar secuestrado por alguna responsabilidad nimia e insignificante y me iba a perder el acontecimiento del año.

Tal vez por el cansancio acumulado, quizás porque ya estábamos en diciembre, o simplemente por el tedio de la repetición sin sentido que a veces propone la rutina, yo llegué exhausto a casa, con una sensación de debilidad que me subía desde el estómago, con ganas de bajar la persiana y hasta mañana, un tironcito más que ya es viernes, un par de brazadas y llegamos a la orilla, a tierra firme, a una cerveza bien fría, al sueño de los justos, a un fin de semana entero con vos y tus progresos.
Quizás vos intuiste algo de eso. Del desgano, de las exhalaciones profundas con las que se disfraza la queja inconsciente del no paso del tiempo. Entonces me propusiste, sin quererlo, un juego: el juego del revés, en el que vos me enseñás a mí.

Eran casi las 10. Ustedes me habían esperado en la vereda porque la noche invitaba y subimos los tres juntos en el ascensor. La casa olía a hogar y a comida casera, pero todavía faltaba un rato para la cena. Entonces mamá preguntó al pasar, como quien no quiere la cosa, cuándo te ibas a largar. Yo, la mirada puesta en el monitor de la computadora, ausente en esa presencia sin resto que a veces queda después del trabajo, completé la frase con un incentivo de manual que se parecía a un detalle de plazos y obligaciones: “Mirá que en unos días va a venir la abuela de Río Cuarto y vos todavía vas a estar por el piso”. Nadie esperaba que respondieses, ni al incentivo ni a la pregunta más bien retórica de mamá, pero de golpe, tal vez por orgullo, quizás por hartazgo, quisiste contestar.

Mamá te tenía de la mano y en un acto ya mecánico de entrenamiento que no busca resultados te soltó suavemente, como quien echa a rodar una bola de bowling. Entonces, en lugar del stop, las rodillas, las manos y el gateo fueron uno, dos, tres, cuatro pasos. Nos miramos atónitos. Y mamá, cautelosa: “¿otra vez?”. Entonces vos, las rodillas flexionadas, la cintura doblada y las manos apoyadas en el piso como punto de apoyo, de repente erguida de nuevo. Y sonriente, como disfrutando. Uno, dos, tres, cuatro, cinco pasos. Aplausos, gritos y, por supuesto, alguna lágrima. Otra vez al piso, esta vez de culo, con las piernitas rechonchas en forma de C. Y de vuelta arriba, uno, dos, tres, cuatro, cinco, seis. Sin ningún punto de apoyo, haciendo equilibrio con las manos y los brazos, rozando el aire con cierta prudencia, y gritando, también vos. A esa altura la cuenta ya estaba perdida, acompañabas cada paso con una exclamación de triunfo en medio de nuestra perplejidad de padres conmovidos ante el primer aleteo del pichón. Por supuesto, después hubo besos, hurras y video, llamado a los abuelos y felicitaciones mutuas a la distancia. El andador, que hasta ahora había sido tu compañero de proezas, quedó ensombrecido en un rincón, confinado injustamente, como suele pasar, a la senda del olvido.

Esa noche caminaste sola hasta la hora de dormir. Primero en círculos, después en línea recta, y por último con una dirección precisa y voluntaria, yendo hacia donde querías ir. No hubo rincón de la casa que dejaras sin inspeccionar de pie. Y si me preguntás, te voy a decir que con tus pasos, transformaste lo que era un jueves gris en medio de la semana chicle en uno de los días más lindos de nuestra vida. Y por supuesto, uno de los más importantes de la tuya.
Felicitaciones, hija. Acabás de aprender a volar.

2 comentarios:

  1. Fede... hermosas palabras armoniosamente entretejidas en un precioso texto. Como dicen las críticas de cine: CONMOVEDOR - NO PUEDE DEJAR DE LEERLO. ¡¡Y felicitaciones a la pequeña!! Besos a los tres.
    La tía Caro

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  2. Vamos pochi¡¡¡¡ Cómo te vas a emocionar cuando leas estas maravillosas palabras de papá¡¡¡¡¡ Ahora la helenush no para¡¡¡¡
    La mahína Vale.

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