lunes, 21 de diciembre de 2009

La sensibilidad de las cucharas

Cualquiera sabe, hasta el ignorante más supino, que las cucharas son seres muy especiales, orgullosas y extremadamente sensibles. Por eso a mí me extrañó, y mucho, cuando empezaron a desaparecer de casa.

A diferencia de los cuchillos y los tenedores, las cucharas no nacieron para pinchar o mutilar. Aristocráticas en su perfecta pequeñez, ellas están acostumbradas a hundirse en la dulzura de algún postre, a agitar los fondos de un mar de té con limón, a llevar helados como un néctar divino a la boca o a vagar por las superficies aterciopeladas de las tortas. No están hechas para desgarrar, sino para servir, escindir con suavidad o transportar dosis exactas de canela, azúcar y miel.

Son, además, obsesivas, narcisistas, sumamente pulcras y, por supuesto, no permiten que nadie haga sus tareas, ni siquiera sus primas soperas – grandes y torpes–, por temor al qué dirán.

Hace algunas semanas, empecé a advertir que las cucharas de casa aparecían en los lugares más recónditos: debajo de los muebles, enterradas en una maceta del balcón, entre dos tomos de la enciclopedia Salvat o en el vaso del dentífrico en el baño.

Como un científico encubierto, me dispuse a observar disimuladamente su comportamiento. Fueron días extenuantes. Analíticamente fui descartando, una a una, las teorías más descabelladas. No había ratas en el departamento ni entraba ningún gato por la noche. Pensé en Helena, pero ella no las mudaba de lugar. Menos todavía Mariana y por supuesto, tampoco el viento. Ansioso y derrotado por la incógnita, estuve a punto de abandonar la empresa, hasta que una madrugada, hace no mucho, descubrí cómo ellas solitas, en una especie de lenta marcha desesperada, van reptando –orugueando es la palabra correcta – sobre su barriga de metal hasta alcanzar los distintos escondites, donde se quedan inmóviles, sufriendo y penando su propio exilio hasta que lleguen tiempos mejores.

Lógicamente, me extrañó esa conducta y pensé en un interrogatorio exhaustivo, pero después entendí que esa maniobra iba a ser estéril e incluso me iba a alejar aún más de la verdad, porque las cucharas son tan orgullosas que prefieren retorcerse y aplanarse antes de delatarse o traicionar a sus hermanas. El método debía ser el mismo que hasta el momento: la observación objetiva.

Fueron largas semanas de silencio hasta que mi atento seguimiento del comportamiento de las cucharas empezó a arrojar sus frutos. La investigación dio un giro inesperado un sábado al mediodía, cuando le estaba dando de comer a Helena. Las cucharas tienen activa participación en la alimentación de mi hija y eso es, justamente, lo que ha vuelto su vida un verdadero calvario. Helena comía su puré con carne con una cuchara y jugaba con otras cinco o seis hasta que en determinado momento del almuerzo se cansó, como suele hacerlo, y las cucharas empezaron a volar por los aires. Mi vasta experiencia como estudioso de la vida de las cucharas me permitió observar con ojo científico cómo una de ellas caía al piso con estrépito y, después de rebotar varias veces, reptaba herida en su orgullo y su ser, hasta meterse debajo de la biblioteca. Otra directamente escapaba de la segura caída al abismo, y bajaba por uno de los parantes de la silla de comer de Helena como si fuera un gusanito de metal. Las demás no tuvieron suerte y fueron catapultadas, una a una, al vacío.

Ahora que lo pienso, las cucharas tenían razón. Mancilladas en su honor, afrontaron su destino con la dignidad que les demandaba su historia. Pero ya nada quedaba de esas hermosas veladas de té y masas. Su existencia ahora estaba al servicio del puré y la papilla y si a eso se le sumaban los constantes desprecios y las estruendosas caídas desde la encumbrada sillita de bebé, la situación, claramente, no tenía retorno.

Intenté hablarles, las masajeaba con abundante detergente y las guardaba envueltas en un paño afelpado, pero no hubo caso. No me escuchaban, hacían cucharita entre ellas y cada vez que podían, se escapaban y se quedaban debajo de la heladera o detrás del lavarropas.

Hoy me levanté temprano. Como ya es habitual, cuando quise revolver el café no encontré ninguna cuchara. Casi mecánicamente las rastreé por los escondites de siempre, pero tampoco estaban ahí. Poco a poco, la desesperación y los malos presentimientos me ganaron el alma. Yo mismo las había guardado anoche después de acostar a Helena y nadie había vuelto a abrir ese cajón. Busqué por toda la casa: arriba de las mesadas, detrás de las cortinas, entre los almohadones del sillón, entre los discos, sobre el televisor… nada.

Con la angustia oprimiéndome la garganta, salí con la taza de café sin azúcar a tomar un poco de aire a la terraza. Aunque hacía calor, un escalofrío me sacudió el cuerpo. Llevado por un inexplicable instinto, me asomé por la baranda. El corazón me latía fuerte, atizado por el espanto. De repente, al mirar para abajo, mis ojos se llenaron de horror. Allí estaban: 8 pequeños cadáveres de metal estrellados junto a una maceta gris, en el patio sucio de hojas secas que está en la planta baja.

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