Caminás cada día más rápido, balanceándote a un lado y al otro a cada paso, pingüinita feliz de brazos abiertos que agitan el aire. Avanzás como un esforzado tractorcito señalando todo con manos y gritos y yo te sigo desde atrás, dejándote explorar, zapatillitas rojas que descubren el mundo, ojitos inquietos que ven, que comprenden, que se maravillan con una paloma, con una pelota que pasa, con una bicicleta.
Ya cruzaste toda la plaza y llegaste, vos sola, a la calesita. Entonces nos subimos, vos en el caballito y yo a tu lado, y es como entregarme a un ritual de infancia compartida, un ritual que ahora vivo desde el otro lado, desde el lado de padre.
Intercambiamos gestos de sorpresa, la tuya genuina, la mía alentadora, dulcemente impostada. La calesita empieza a andar y nos embarca en un viaje circular de música y de viento. Nos perdemos en el tiempo y veo agradecido como tu sonrisa crece como la mañana.
Desde el vaivén del caballito blanco y celeste, como flotando en un sueño, me dejás descubrir en tus ojos el secreto íntimo de la inocencia, la infinita sutileza de la que sólo son capaces los niños.Y en esa ternura que apenas dura un segundo, me revelás la felicidad. Una felicidad simple, sencilla, y por eso honda. Indescriptible si no es a través de esa risa poblada de dientes recién nacidos, de esa mirada cómplice llena de luz.
Las palabras tienen el poder de llevar pensamientos o ideas. A través de ellas, vamos tratando de explicar el mundo y lo que nos pasa. Este espacio, estas palabras al andar, me acompañan como el curso de un río a lo largo del camino. Con su arrullo, siguen fieles a mis pasos y van reflejando las distintas circunstancias, cotidianas o no, que se van sucediendo. Reflexiones y crónicas acerca de lo que vivimos, como una forma de entender (y de reírnos cuando lo amerita) de qué se trata el juego.
miércoles, 14 de abril de 2010
viernes, 9 de abril de 2010
Fetiche
No es una contradicción sostener que mi fiel amigo Pierdominici no cree en las brujas, pero sabe que las brujas existen. La no creencia va de la mano de la no comprobación empírica, y la certeza tiene que ver con una intuición, un pálpito que Pierdominichi no puede acallar, algo que le nace en el espíritu y que le dicta que, así como las parcas y los hados decidían devenires en la antigüedad, así también en los vertiginosos tiempos modernos existen, ocultos entre un instante y otro, demonios que tuercen destinos según su caprichosa voluntad.
Mi amigo es, para la gran mayoría de los roles y las máscaras que debe asumir y adoptar en su vida, un hombre estrictamente racional. Varias veces lo hemos escuchado pregonar a viva voz aquello de que “no hay más fuente de conocimiento y verdad que la razón”. Sin embargo, en estas cuestiones, la raíz cartesiana que rige su vida queda aplastada bajo la suela de una inevitable coexistencia de argumentos opuestos.
Por esta razón y por esta no-razón, mi amigo resolvió meditadamente que debía salvaguardarse de posibles influencias malignas del exterior, ya que, según me explicó, bastante ya tiene con las propias miserias como para encima sufrir embates externos. Lo que hizo es lo que haría cualquier persona normal sin darle tanta vuelta al asunto: se compró una cintita roja y se la ató a la muñeca izquierda.
Pero lo que no midió mi amigo en esa entrega, en ese salto mortal al esoterismo en su mínima expresión, fue que la cintita roja, erigida como una muralla contra las malas vibraciones, no constituía sólo un medio, sino que también podía llegar a tener, como tiene, su propia voluntad. La cuestión es que, cada dos por tres, en los lugares y momentos menos indicados, la cintita lo desabrazaba lánguidamente, con una indiferencia fría, distante, y se dejaba caer al suelo arrugada y encorvada, con la triste idea de un suicidio seguro en el olvido del mundo. Pierdominichi la alzaba consternado y volvía a sujetarla como podía, armado literalmente de dientes y uñas porque hay pocas cosas en la vida más difíciles que atarse una cintita solo en la propia muñeca.
Pero el problema principal no estaba en el desapego de la ingrata cintita, sino en sus consecuencias. Muchas veces Pierdominichi, que es afecto a andar por la vida con las manos en los bolsillos, la perdía en el fondo del saco y, sin darse cuenta, vivía horas despojado de toda protección. Durante esos lapsos, a mi amigo le pasaban todo tipo de cosas horribles. Se le desataban los cordones de los zapatos en medio del anden superpoblado del subte D, pisaba baldosas flojas en los días de lluvia, la gente lo malinterpretaba y lo odiaba irremediablemente, perdía las llaves de la casa, se le formaba nata en el café con leche y, por más que las contara antes, nunca llegaba con las monedas para pagar el boleto de colectivo.
Es por eso que mi amigo, que sabe rendirse cuando los hechos lo acorralan, dejó de lado la racionalidad extrema y entendió que todas sus desgracias presentes y futuras estaban atadas, paradójicamente, al afán de desatarse de la cintita, que insistía con su libre albedrío y se volvía sedosa y resbaladiza una y otra vez, en una sutil forma de negar cualquier posibilidad de un nudo duradero.
Pierdominichi entendió, entonces, que se había comprado un gran problema, porque ahora es esclavo de la cintita. Sin ella no puede vivir en paz. Sin su protección está perdido. A partir de entonces, mi amigo vaga como un loco por las calles, afirmando el frágil nudo con los dientes, preocupado ante el menor síntoma de relajo por parte de la cintinta, que lo obsesiona, le ha quitado la tranquilidad y las noches y que parece indecisa entre seguir disfrutando del tormento de mi amigo o soltarse definitivamente y abandonarlo para siempre a una suerte oscura y llena de desgracias.
Los amigos vemos preocupados como el otrora racional Pierdominichi vive sometido, le habla a la cintita roja y le suplica que no lo deje. Ella, sin embargo, brilla silenciosa junto a su reloj pulsera y secretamente le cuenta las horas.
Mi amigo es, para la gran mayoría de los roles y las máscaras que debe asumir y adoptar en su vida, un hombre estrictamente racional. Varias veces lo hemos escuchado pregonar a viva voz aquello de que “no hay más fuente de conocimiento y verdad que la razón”. Sin embargo, en estas cuestiones, la raíz cartesiana que rige su vida queda aplastada bajo la suela de una inevitable coexistencia de argumentos opuestos.
Por esta razón y por esta no-razón, mi amigo resolvió meditadamente que debía salvaguardarse de posibles influencias malignas del exterior, ya que, según me explicó, bastante ya tiene con las propias miserias como para encima sufrir embates externos. Lo que hizo es lo que haría cualquier persona normal sin darle tanta vuelta al asunto: se compró una cintita roja y se la ató a la muñeca izquierda.
Pero lo que no midió mi amigo en esa entrega, en ese salto mortal al esoterismo en su mínima expresión, fue que la cintita roja, erigida como una muralla contra las malas vibraciones, no constituía sólo un medio, sino que también podía llegar a tener, como tiene, su propia voluntad. La cuestión es que, cada dos por tres, en los lugares y momentos menos indicados, la cintita lo desabrazaba lánguidamente, con una indiferencia fría, distante, y se dejaba caer al suelo arrugada y encorvada, con la triste idea de un suicidio seguro en el olvido del mundo. Pierdominichi la alzaba consternado y volvía a sujetarla como podía, armado literalmente de dientes y uñas porque hay pocas cosas en la vida más difíciles que atarse una cintita solo en la propia muñeca.
Pero el problema principal no estaba en el desapego de la ingrata cintita, sino en sus consecuencias. Muchas veces Pierdominichi, que es afecto a andar por la vida con las manos en los bolsillos, la perdía en el fondo del saco y, sin darse cuenta, vivía horas despojado de toda protección. Durante esos lapsos, a mi amigo le pasaban todo tipo de cosas horribles. Se le desataban los cordones de los zapatos en medio del anden superpoblado del subte D, pisaba baldosas flojas en los días de lluvia, la gente lo malinterpretaba y lo odiaba irremediablemente, perdía las llaves de la casa, se le formaba nata en el café con leche y, por más que las contara antes, nunca llegaba con las monedas para pagar el boleto de colectivo.
Es por eso que mi amigo, que sabe rendirse cuando los hechos lo acorralan, dejó de lado la racionalidad extrema y entendió que todas sus desgracias presentes y futuras estaban atadas, paradójicamente, al afán de desatarse de la cintita, que insistía con su libre albedrío y se volvía sedosa y resbaladiza una y otra vez, en una sutil forma de negar cualquier posibilidad de un nudo duradero.
Pierdominichi entendió, entonces, que se había comprado un gran problema, porque ahora es esclavo de la cintita. Sin ella no puede vivir en paz. Sin su protección está perdido. A partir de entonces, mi amigo vaga como un loco por las calles, afirmando el frágil nudo con los dientes, preocupado ante el menor síntoma de relajo por parte de la cintinta, que lo obsesiona, le ha quitado la tranquilidad y las noches y que parece indecisa entre seguir disfrutando del tormento de mi amigo o soltarse definitivamente y abandonarlo para siempre a una suerte oscura y llena de desgracias.
Los amigos vemos preocupados como el otrora racional Pierdominichi vive sometido, le habla a la cintita roja y le suplica que no lo deje. Ella, sin embargo, brilla silenciosa junto a su reloj pulsera y secretamente le cuenta las horas.
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