Domingo 7 AM. El cielo era nube, sobre nube, sobre nube. La calle, una postal del desencanto. Si por alguna curiosa casualidad alguien estaba despierto a esa hora, era para cruzarse a la panadería, aprovisionarse de facturas, masas y todo tipo de hidratos de carbono y volver rápido a la cama, como los bichos que llenan su madriguera de comida para subsistir largo tiempo a salvo de las inclemencias climáticas del exterior. Pero no había nadie, ni siquiera el viento balanceando las hojas con su mano invisible. Todo era como una mancha gris en la que el único que desentonaba era yo con mi remera naranja y mis pantalones cortos que parecían un osado desafío al cielo encapotado.
Paré un taxi y le indiqué con voz decidida que enfilara hacia los bosques de Palermo. Al llegar a Figueroa Alcorta y Sarmiento no me sentí tan solo. Eran cientos, miles las almas de color naranja que se movían de acá para allá como escapándole al gris de esa mañana que anochecía. Desde un palco que se replicaba en los altoparlantes, Julián Weich arengaba y exageraba que eran más de 8 mil los corredores que se preparaban para la carrera por equipos.
Entonces me encontré con los míos: Julián, Cata y David. La primera vez para los tres. Entrenamiento, poco. Fuerza de voluntad, infinita. La música y la masa hormigueante que iba y venía, elongaba y saltaba nos despabiló. Los mosquitos se encargaron de sacarnos el poco sueño que a esa altura nos quedaba. La carrera era por postas, Julián iba primero.
Cuando a las 8:30 sonó la señal de largada y los corredores de la primera fase avanzaban en una columna de soplidos y pasitos cortos, el cielo empezó a deshacerse a pedazos sobre nuestras cabezas. Cuando los perdimos de vista, la lluvia ya caía a baldazos. La gente corría bajo los árboles, pero sólo quedaba esperar. Los que iban segundos en las postas sabían que tarde o temprano se iban a mojar y salían de los improvisados refugios para calentar y estirar. Por momentos, la tormenta era tan intensa que la cortina de agua no dejaba ver lo que pasaba a 100 metros.
Sin embargo, nadie se fue. Ya estábamos ahí y había que correr. Llegó Julián, ahogándose en el agua de la lluvia y en el esfuerzo, y salió Catalina, que a pesar de no haber corrido nada durante las últimas semanas no desentonó. Después fuimos David y yo juntos, dimos las dos vueltas que quedaban a la par y terminamos exhaustos. Otra vez Von Clausewitz: la reserva moral de un ejército es casi tan importante como su número y su fuerza. Nosotros no estábamos entrenados, pero lo hicimos bien porque había un compromiso con el otro, porque sabíamos que pese a todos los obstáculos que el clima, la lluvia y el propio cuerpo nos podían poner, había que cruzar la meta.
Después de la hazaña, todo fue fraternidad. Festejamos en la carpa de prensa entre sanguchitos de miga y gatoreid, en un estado confuso de falta de sueño y cansancio físico que no nos dejaba comprender del todo nuestro logro en medio del vendaval.
Al rato, empapados de pies a cabeza, arrastrando los pies embarrados, volvimos todos juntos hasta Av. Santa Fe. Contentos, felices por haber cumplido, por haber resistido y haber conseguido el objetivo en esa mañana con tintes épicos. Ya no llovía. Nos despedimos entre felicitaciones mutuas. Eran las 11 de la mañana.
Después de eso, llegué a casa donde me esperaba la familia y el merecido relajo: el placer del agua caliente sobre los músculos todavía tensos, un plato de ñoquis del 29 y dos copas de vino para desmayarme en una siesta que duró, sin ningún tipo de reparo, 3 largas horas. El cielo seguía gris y cada tanto descargaba un baldazo de lluvia sobre la tarde desangelada.
A eso de las 7 vinieron Eche y Daniela a ver a Helena. Merendamos masas, sanguches de miga y tortas y, entre charlas, proyectos de asado y comentarios de vacaciones por venir, nos sorprendió la noche.
Ellos se fueron, nosotros comimos, y antes de dormir, salimos a dar un paseo por las calles del barrio. Hacía frío y el cielo por fin se estaba despejando. Al volver, Mariana se ocupó de lavar, esterilizar y llenar las mamaderas y yo me acosté un rato en la cama y la llevé a Helena para que jugara conmigo. La luz estaba apagada y los dos estábamos cansados. Poco a poco, nos fuimos dejando vencer por el sueño. Ella gateó hasta donde estaba yo, apoyó su cabecita en mi pecho y así nos quedamos, los dos en la penumbra, con los ojos cerrados, hundiéndonos en respiraciones cada vez más profundas y pensamientos cada vez más difusos, después de un domingo de proezas, amigos, familia y lluvia. Lo que se dice, un domingo cualquiera.
Las palabras tienen el poder de llevar pensamientos o ideas. A través de ellas, vamos tratando de explicar el mundo y lo que nos pasa. Este espacio, estas palabras al andar, me acompañan como el curso de un río a lo largo del camino. Con su arrullo, siguen fieles a mis pasos y van reflejando las distintas circunstancias, cotidianas o no, que se van sucediendo. Reflexiones y crónicas acerca de lo que vivimos, como una forma de entender (y de reírnos cuando lo amerita) de qué se trata el juego.
lunes, 30 de noviembre de 2009
miércoles, 25 de noviembre de 2009
Tempestades nocturnas
Ahora que descubriste el jabón es más difícil bañarte. Pececito lila que se te escurre entre las manos y en su fuga hacia las profundidades deja una estela cremosa en el agua. A vos no te molesta esa marea blanca y espumosa que impide ver, incluso parece que te gusta. La cargás en uno de los juguetitos con forma de cilindro que flotan y te la tomás de a sorbitos, -¡qué asco!– como si fuera un vasito de anís. Después lo volvés a llenar, me mirás y extendés el brazo ofreciéndome un trago que acepto con gusto, hago que tomo y te devuelvo. Entonces, te reís y chapoteás entre el Nemo naranja y blanco que se quedó sin cola y las piezas geométricas de colores que no tienen voluntad propia y van y vienen en la danza que les propone el oleaje.
El ritual siempre es de noche. Cerca de las doce, si es posible, para que después sólo quede la mamadera y un poco de juego hasta ir resbalando lentamente hacia el sueño profundo. Yo soy el encargado de la sección espumas y mundo submarino. Primero el champú mezclado con chorros de agua tibia que caen como cataratas y que vos recibís con los brazos levantados y la boca y las manos abiertas. Después la esponja en todo el cuerpo, los masajes en las rodillas que cada día están más negras y las incursiones entre los dedos de los pies que te hacen cosquillas.
Una vez cumplida la elemental tarea de la limpieza, queda ante nosotros el mar y sus infinitas posibilidades. Entonces desatamos la tempestad. Las aguas se agitan, chocan contra los bordes amarillos de la bañera que ya te queda medio chica. Hay corrientes submarinas, remolinos, olas gigantes y feroces estruendos. Los triángulos, los rectángulos y los hexágonos pugnan por salir a la superficie, pero una mano que bien podría ser la de Poseidón, los hunde una y otra vez en un chapoteo incesante que salpica todo el baño de agua y risas.
Después aplaudimos, los dos aplaudimos como si hubiera sido la mejor tormenta de la historia de los siete mares. Las balsas, hechas con dos partes de una jabonera, flotan heridas a la deriva. El pececito lila se ha salvado. Yace inmóvil, muerto de miedo, en las profundidades. Pero enseguida sumergís la mano en la masa blanca que no deja ver nada y lo arrancás de su refugio. Ya está blando, se te deshace entre los dedos y se te escapa. Te enojás, protestás contra su naturaleza resbaladiza y lo volvés a buscar. De repente te cansás, entonces viene la etapa de limpiar la superficie del océano. Uno por uno, vas sacando los restos anónimos del naufragio y los vas tirando afuera de la bañera. Ahí van el Nemo sin cola, la estrella azul, el rectángulo verde, un muñequito de Winie Pooh y por supuesto, el jabón lila.
En eso llega mamá, que se ocupa de la sección secado, entalque y ropa limpia. Entonces, como una Venus que emerge del océano de Chipre, salís hermosa y chorreante entre mis brazos y aterrizas suavemente en la toalla que ella puso sobre su falda.
Ahora viene la fase dos del operativo: las manos de mamá, eternas dispensadoras de caricias y amor, te recorren todo el cuerpo con un paño seco, te sacuden la cabeza hasta erizarte los pelos, te frotan los bracitos, las piernas y el pecho desnudo. Después, el juego del talco. Mamá se ocupa del cuello y las axilas y vos solita, ay, en uno de tus innumerables ensayos diarios, te lo ponés en los pies. Acto seguido, la remera limpia, el pañal y las manitos que ya empiezan a frotar los ojos porque el día ha sido largo papá y son muchos los avances que estoy haciendo y ahora viene lo mejor, los brazos de mamá, los mimos, los arrumacos, la leche tibia y por fin el sueño feliz.
El ritual termina y el océano recupera la calma. Las aguas se retiran de a poco, los juguetes vuelven a descansar en tierra y el vapor se condensa en finas gotas que por la madrugada parodiarán una pequeña lluvia entre los azulejos.
Hay un momento de quietud y silencio. Pero es sólo una pausa en medio del juego.
El ritual siempre es de noche. Cerca de las doce, si es posible, para que después sólo quede la mamadera y un poco de juego hasta ir resbalando lentamente hacia el sueño profundo. Yo soy el encargado de la sección espumas y mundo submarino. Primero el champú mezclado con chorros de agua tibia que caen como cataratas y que vos recibís con los brazos levantados y la boca y las manos abiertas. Después la esponja en todo el cuerpo, los masajes en las rodillas que cada día están más negras y las incursiones entre los dedos de los pies que te hacen cosquillas.
Una vez cumplida la elemental tarea de la limpieza, queda ante nosotros el mar y sus infinitas posibilidades. Entonces desatamos la tempestad. Las aguas se agitan, chocan contra los bordes amarillos de la bañera que ya te queda medio chica. Hay corrientes submarinas, remolinos, olas gigantes y feroces estruendos. Los triángulos, los rectángulos y los hexágonos pugnan por salir a la superficie, pero una mano que bien podría ser la de Poseidón, los hunde una y otra vez en un chapoteo incesante que salpica todo el baño de agua y risas.
Después aplaudimos, los dos aplaudimos como si hubiera sido la mejor tormenta de la historia de los siete mares. Las balsas, hechas con dos partes de una jabonera, flotan heridas a la deriva. El pececito lila se ha salvado. Yace inmóvil, muerto de miedo, en las profundidades. Pero enseguida sumergís la mano en la masa blanca que no deja ver nada y lo arrancás de su refugio. Ya está blando, se te deshace entre los dedos y se te escapa. Te enojás, protestás contra su naturaleza resbaladiza y lo volvés a buscar. De repente te cansás, entonces viene la etapa de limpiar la superficie del océano. Uno por uno, vas sacando los restos anónimos del naufragio y los vas tirando afuera de la bañera. Ahí van el Nemo sin cola, la estrella azul, el rectángulo verde, un muñequito de Winie Pooh y por supuesto, el jabón lila.
En eso llega mamá, que se ocupa de la sección secado, entalque y ropa limpia. Entonces, como una Venus que emerge del océano de Chipre, salís hermosa y chorreante entre mis brazos y aterrizas suavemente en la toalla que ella puso sobre su falda.
Ahora viene la fase dos del operativo: las manos de mamá, eternas dispensadoras de caricias y amor, te recorren todo el cuerpo con un paño seco, te sacuden la cabeza hasta erizarte los pelos, te frotan los bracitos, las piernas y el pecho desnudo. Después, el juego del talco. Mamá se ocupa del cuello y las axilas y vos solita, ay, en uno de tus innumerables ensayos diarios, te lo ponés en los pies. Acto seguido, la remera limpia, el pañal y las manitos que ya empiezan a frotar los ojos porque el día ha sido largo papá y son muchos los avances que estoy haciendo y ahora viene lo mejor, los brazos de mamá, los mimos, los arrumacos, la leche tibia y por fin el sueño feliz.
El ritual termina y el océano recupera la calma. Las aguas se retiran de a poco, los juguetes vuelven a descansar en tierra y el vapor se condensa en finas gotas que por la madrugada parodiarán una pequeña lluvia entre los azulejos.
Hay un momento de quietud y silencio. Pero es sólo una pausa en medio del juego.
sábado, 21 de noviembre de 2009
Desenchufados
Viernes. Sofocados de tanto encierro, pantalla de televisión y computadora, nos miramos con Mariana y decidimos ir a dar una vuelta por el barrio. Rozaba la medianoche. Bajamos con Helena, que al parecer se había olvidado completamente del sueño y vociferaba, con grandes ademanes, un extenso relato en su idioma mezcla de ruso y japonés. Queríamos caminar, quizás tomar un helado, cansar un poco más el cuerpo y airear la mente antes de la cama, la inevitable pastilla para los mosquitos, la respiración pausada y la inconciencia onírica.
Pero cuando empezamos a avanzar hacia la esquina, todo se apagó. Un corte de luz puso un velo negro sobre varias manzanas, entre las que estaba, por supuesto, la nuestra. La calle se transformó en el centro mismo de las tinieblas. Con los carteles y los semáforos envueltos en sombras, la cuadra adquirió un aire abandonado, casi siniestro, así que empujamos el cochecito hacia las luces del horizonte e intentamos salir de la desolación.
Recorrimos algunas calles en completa oscuridad. Es raro cuando se corta la luz. Los departamentos se transforman en antros inhabitables, la gente sale y hay como una fraternidad en ese no hacer nada en la vereda. Nos mirábamos todos, algunos le sonreían en la penumbra a Helena que seguía ensimismada en sus propios ensayos de retórica, otros explicaban que el transformador, que Edenor o el calor.
Pero no hacía calor. Corría un viento agradable. Era una noche blanda. Había una humedad palpable, soportable, un prólogo de esas lloviznas que acarician. Los pasos se volvieron un poco más lentos. Decidimos volver porque la oscuridad siempre trae incertidumbre, pero podríamos habernos quedado un rato más.
Entonces pegamos la vuelta y al cabo de dos cuadras de luz, entramos nuevamente en territorio de sombras, donde la gente seguía comentando y las llamas indecisas de algunas velas ya temblaban detrás de los vidrios de las confiterías. Al llegar a casa, tuvimos que subir los nueve pisos por la escalera con Helena y el cochecito a cuestas.
Tal vez fue el ahogo por la falta de ascensor, pero después de haber atravesado el viento silvestre que recorre las calles, nos pareció que en el departamento el aire estaba estancado desde hacía siglos. Mariana registró minuciosamente los lugares donde podía haber velas y descubrió que sólo había tres, y encima de las chinas, esas redondas que ponen de centro de mesa en los bares y duran, a lo sumo, media hora.
Las llamas titilaban en el silencio. Nos fuimos a la terraza y nos quedamos los tres ahí. Una luna incierta, oculta tras las nubes, iluminaba el cielo. Por suerte quedaba una cerveza todavía fría en la heladera apagada. Helena jugó un rato con una pelota azul. De a poco, los ojos se habían ido adaptando a la oscuridad y las palabras de alguna forma también. Uno habla con cierto sigilo en la penumbra, como si temiera chocarse con algo. Los susurros y las velas se fueron apagando en un lento hundirse en la bruma de la modorra. El tiempo parecía haber quedado atrapado en la telaraña de la noche. Calentamos la mamadera en una ollita y después del ritual de los pañales, nos acostamos todos en la cama grande.
Tal vez pasaron horas. De repente se escuchó el motor de la heladera y la casa se inundó de luces. Mariana se levantó con una exclamación y las fue apagando una a una. Después volvió feliz, tanteando la oscuridad. Allí la esperábamos con Helena para soñar de a tres. Afuera diluviaba.
Pero cuando empezamos a avanzar hacia la esquina, todo se apagó. Un corte de luz puso un velo negro sobre varias manzanas, entre las que estaba, por supuesto, la nuestra. La calle se transformó en el centro mismo de las tinieblas. Con los carteles y los semáforos envueltos en sombras, la cuadra adquirió un aire abandonado, casi siniestro, así que empujamos el cochecito hacia las luces del horizonte e intentamos salir de la desolación.
Recorrimos algunas calles en completa oscuridad. Es raro cuando se corta la luz. Los departamentos se transforman en antros inhabitables, la gente sale y hay como una fraternidad en ese no hacer nada en la vereda. Nos mirábamos todos, algunos le sonreían en la penumbra a Helena que seguía ensimismada en sus propios ensayos de retórica, otros explicaban que el transformador, que Edenor o el calor.
Pero no hacía calor. Corría un viento agradable. Era una noche blanda. Había una humedad palpable, soportable, un prólogo de esas lloviznas que acarician. Los pasos se volvieron un poco más lentos. Decidimos volver porque la oscuridad siempre trae incertidumbre, pero podríamos habernos quedado un rato más.
Entonces pegamos la vuelta y al cabo de dos cuadras de luz, entramos nuevamente en territorio de sombras, donde la gente seguía comentando y las llamas indecisas de algunas velas ya temblaban detrás de los vidrios de las confiterías. Al llegar a casa, tuvimos que subir los nueve pisos por la escalera con Helena y el cochecito a cuestas.
Tal vez fue el ahogo por la falta de ascensor, pero después de haber atravesado el viento silvestre que recorre las calles, nos pareció que en el departamento el aire estaba estancado desde hacía siglos. Mariana registró minuciosamente los lugares donde podía haber velas y descubrió que sólo había tres, y encima de las chinas, esas redondas que ponen de centro de mesa en los bares y duran, a lo sumo, media hora.
Las llamas titilaban en el silencio. Nos fuimos a la terraza y nos quedamos los tres ahí. Una luna incierta, oculta tras las nubes, iluminaba el cielo. Por suerte quedaba una cerveza todavía fría en la heladera apagada. Helena jugó un rato con una pelota azul. De a poco, los ojos se habían ido adaptando a la oscuridad y las palabras de alguna forma también. Uno habla con cierto sigilo en la penumbra, como si temiera chocarse con algo. Los susurros y las velas se fueron apagando en un lento hundirse en la bruma de la modorra. El tiempo parecía haber quedado atrapado en la telaraña de la noche. Calentamos la mamadera en una ollita y después del ritual de los pañales, nos acostamos todos en la cama grande.
Tal vez pasaron horas. De repente se escuchó el motor de la heladera y la casa se inundó de luces. Mariana se levantó con una exclamación y las fue apagando una a una. Después volvió feliz, tanteando la oscuridad. Allí la esperábamos con Helena para soñar de a tres. Afuera diluviaba.
jueves, 19 de noviembre de 2009
En el cielo, las hormigas
Una de las noticias más impactantes de los últimos tiempos ha sido sin duda el descubrimiento de importantes cantidades de agua en la Luna. Incluso la Nasa se encargó de explicar que se trata de un hallazgo que cambia la historia y abre muchas perspectivas. Pero como siempre, entre palabra y palabra del comunicado oficial quedaron verdades ocultas que tal vez la agencia norteamericana se guarda para cuando el mundo esté más preparado. Porque no sólo hay agua en esa masa blanca que cuelga del cielo. También, señores, hay vida.
Para empezar a explicarnos, vamos a afirmar que la Luna es, en algunos aspectos, como un espejo hacia adelante. Esto quiere decir que está poblada por seres que están en una escala evolutiva superior a la de los que habitan nuestro mundo. Se trata, simplemente, de hormigas. Pero no cualquier tipo de hormigas: son hormigas lunares.
Según parece, todo comenzó hace muchos años en la tierra. Ya en aquel entonces, una reina muy poderosa empezó a percibir en su hormiguero eso que ahora se llama “sensación de inseguridad”. En los túneles se escuchaban voces de complot, había crispación, choques permanentes, riñas, robos de comida y castigos mortales a la ostentación. Incluso los rumores que corrían en hormigueros vecinos indicaban que ya había habido varios crímenes por terrones de azúcar y migajas de galletitas dulces y que la represión a los pedidos de seguridad había sido cruenta en repetidas ocasiones.
En una sociedad como esa generalmente hay suficiente para todos, pero algo había cambiado en las profundidades del hormiguero. El pacto social se había roto y era la lucha entre las propias hermanas lo que estaba socavando las bases de la colonia. “La hormiga es el lobo de la hormiga”, predicaban por lo bajo los sombríos agoreros y la reina, jaqueada por las acuciantes circunstancias y debilitada por las demostraciones de un poder estéril y errático, tomó una decisión drástica sin saber que, a la larga, ese mismo plan también la llevaría a su propio fin.
Según ella, los efluvios de maldad de este mundo eran los que corrompían el ánimo de sus millones de hijas. Entonces la solución pasaba simplemente por abandonar la tierra. Se me dirá que es una locura, pero nada es imposible para esas criaturas enérgicas, que pueden levantar varias veces su peso y son capaces de construir verdaderos imperios subterráneos.
En medio de un revuelo que hacía temblar los cimientos mismos de la comunidad, la hormiga reina instruyó a sus fieles lacayos y se conformó una comitiva especializada que durante años llevó adelante experimentos y proyectos secretos en un hormiguero base en medio del desierto, cerca de Cabo Cañaveral. El objetivo era uno solo: fomentar la carrera espacial. En ese tiempo, espiaron a los hombres, consiguieron hacer un vacío de gravedad con un frasco de mermelada, descubrieron como alimentarse en la superficie lunar y conocieron todo lo relativo a las leyes físicas lejos de la tierra.
Cuando estuvieron listas, pusieron en marcha la misión más ambiciosa de la historia de la hormiguedad: el viaje a las estrellas. Con una técnica que todavía es un misterio, lograron colarse en las diversas sondas que el hombre enviaba a la Luna y así fueron poblando el satélite natural de forma pausada, silenciosa pero efectiva. Viajaron hormigas de todas las castas. La reina, por supuesto, fue en la primera tanda junto con varios machos reproductores y miles de obreras.
A los pocos meses, ya se habían habituado a la superficie cenicienta de la Luna y entre veranos ardientes e inviernos helados fue creciendo una sociedad nueva, poblada de hormigas extraterrestres. Atrás quedaban los malos aires de los que hablaba la reina en sus delirios nocturnos y la sensación de pelea de todos contra todos que amenazaba a la comunidad. Su proyecto había sido un éxito, había salvado a la colonia.
Sin embargo, las cosas no eran en realidad como la reina pensaba. Durante los años en los que ella había estado abocada a su ambicioso plan de conquistar el cielo, algo había cambiado en el hormiguero. Y el germen de ese cambio, que se había gestado en la tierra, había viajado con ella a la Luna. Las hormigas obreras, que constituyen las grandes masas en las sociedades subterráneas, se fueron dando cuenta de que el verdadero mal de la colonia radicaba en la falta de estamentos de poder compartido. La monarquía estaba agotada desde el momento en que la reina no podía garantizarles la seguridad que ellas necesitaban. Además, durante los últimos tiempos había estado extraviada en su sueño de llegar a la Luna y había descuidado los reclamos del hormiguero, aplacando las voces contrarias al régimen con represión y destierro. En los túneles se empezó a agitar entonces la idea de una revolución.
Según se sabe, hace algún tiempo, la reina, que embelezada por su propio éxito ya no salía de sus aposentos lunares, fue rodeada por una sublevación que no tiene antecedentes en la historia de las hormigas. Miles de antenitas anónimas que se habían dado cuenta de que las formas de organización popular eran más efectivas para gobernar y que el verdadero poder lo tenían ellas y no la hormiga real, clamaban por su cabeza en medio de los despoblados cráteres de Selene. De inmediato, la reina dispuso buscar ayuda en las monarquías amigas, pero enseguida reparó en que estaba sola en esa vasta llanura blanca, a millones de kilómetros de la tierra. Su final se acercaba, el pueblo había dictado la sentencia.
Fueron los propios machos reproductores, sus custodios de antaño, los que le asestaron el golpe final. Con los despojos afilados del palito de un helado que había servido de reserva alimenticia durante uno de los viajes espaciales, la reina fue decapitada en su recámara. Ese día será recordado por todas como “la toma de la astilla”, el día en que la monarquía cedió para dar paso a una república donde todos son verdaderamente libres e iguales.
Créase o no, a partir de ese momento la nueva sociedad de las hormigas lunares prosperó a pasos agigantados en sus nuevos túneles subcraterianos. Hubo problemas y todavía los hay, pero las dificultades que padecen no se comparan con las que afrontan las atrasadas monarquías que se quedaron en la tierra. La Nasa lo sabe y por eso oculta la información. Nunca es bueno para los poderosos que se difundan los detalles de una revolución como esta. Sin embargo, las voces corren y yo ya he visto muchas hormiguitas luchadoras que no se rinden, trabajan día a día por un hormiguero mejor y cada tanto miran al cielo y sueñan.
Para empezar a explicarnos, vamos a afirmar que la Luna es, en algunos aspectos, como un espejo hacia adelante. Esto quiere decir que está poblada por seres que están en una escala evolutiva superior a la de los que habitan nuestro mundo. Se trata, simplemente, de hormigas. Pero no cualquier tipo de hormigas: son hormigas lunares.
Según parece, todo comenzó hace muchos años en la tierra. Ya en aquel entonces, una reina muy poderosa empezó a percibir en su hormiguero eso que ahora se llama “sensación de inseguridad”. En los túneles se escuchaban voces de complot, había crispación, choques permanentes, riñas, robos de comida y castigos mortales a la ostentación. Incluso los rumores que corrían en hormigueros vecinos indicaban que ya había habido varios crímenes por terrones de azúcar y migajas de galletitas dulces y que la represión a los pedidos de seguridad había sido cruenta en repetidas ocasiones.
En una sociedad como esa generalmente hay suficiente para todos, pero algo había cambiado en las profundidades del hormiguero. El pacto social se había roto y era la lucha entre las propias hermanas lo que estaba socavando las bases de la colonia. “La hormiga es el lobo de la hormiga”, predicaban por lo bajo los sombríos agoreros y la reina, jaqueada por las acuciantes circunstancias y debilitada por las demostraciones de un poder estéril y errático, tomó una decisión drástica sin saber que, a la larga, ese mismo plan también la llevaría a su propio fin.
Según ella, los efluvios de maldad de este mundo eran los que corrompían el ánimo de sus millones de hijas. Entonces la solución pasaba simplemente por abandonar la tierra. Se me dirá que es una locura, pero nada es imposible para esas criaturas enérgicas, que pueden levantar varias veces su peso y son capaces de construir verdaderos imperios subterráneos.
En medio de un revuelo que hacía temblar los cimientos mismos de la comunidad, la hormiga reina instruyó a sus fieles lacayos y se conformó una comitiva especializada que durante años llevó adelante experimentos y proyectos secretos en un hormiguero base en medio del desierto, cerca de Cabo Cañaveral. El objetivo era uno solo: fomentar la carrera espacial. En ese tiempo, espiaron a los hombres, consiguieron hacer un vacío de gravedad con un frasco de mermelada, descubrieron como alimentarse en la superficie lunar y conocieron todo lo relativo a las leyes físicas lejos de la tierra.
Cuando estuvieron listas, pusieron en marcha la misión más ambiciosa de la historia de la hormiguedad: el viaje a las estrellas. Con una técnica que todavía es un misterio, lograron colarse en las diversas sondas que el hombre enviaba a la Luna y así fueron poblando el satélite natural de forma pausada, silenciosa pero efectiva. Viajaron hormigas de todas las castas. La reina, por supuesto, fue en la primera tanda junto con varios machos reproductores y miles de obreras.
A los pocos meses, ya se habían habituado a la superficie cenicienta de la Luna y entre veranos ardientes e inviernos helados fue creciendo una sociedad nueva, poblada de hormigas extraterrestres. Atrás quedaban los malos aires de los que hablaba la reina en sus delirios nocturnos y la sensación de pelea de todos contra todos que amenazaba a la comunidad. Su proyecto había sido un éxito, había salvado a la colonia.
Sin embargo, las cosas no eran en realidad como la reina pensaba. Durante los años en los que ella había estado abocada a su ambicioso plan de conquistar el cielo, algo había cambiado en el hormiguero. Y el germen de ese cambio, que se había gestado en la tierra, había viajado con ella a la Luna. Las hormigas obreras, que constituyen las grandes masas en las sociedades subterráneas, se fueron dando cuenta de que el verdadero mal de la colonia radicaba en la falta de estamentos de poder compartido. La monarquía estaba agotada desde el momento en que la reina no podía garantizarles la seguridad que ellas necesitaban. Además, durante los últimos tiempos había estado extraviada en su sueño de llegar a la Luna y había descuidado los reclamos del hormiguero, aplacando las voces contrarias al régimen con represión y destierro. En los túneles se empezó a agitar entonces la idea de una revolución.
Según se sabe, hace algún tiempo, la reina, que embelezada por su propio éxito ya no salía de sus aposentos lunares, fue rodeada por una sublevación que no tiene antecedentes en la historia de las hormigas. Miles de antenitas anónimas que se habían dado cuenta de que las formas de organización popular eran más efectivas para gobernar y que el verdadero poder lo tenían ellas y no la hormiga real, clamaban por su cabeza en medio de los despoblados cráteres de Selene. De inmediato, la reina dispuso buscar ayuda en las monarquías amigas, pero enseguida reparó en que estaba sola en esa vasta llanura blanca, a millones de kilómetros de la tierra. Su final se acercaba, el pueblo había dictado la sentencia.
Fueron los propios machos reproductores, sus custodios de antaño, los que le asestaron el golpe final. Con los despojos afilados del palito de un helado que había servido de reserva alimenticia durante uno de los viajes espaciales, la reina fue decapitada en su recámara. Ese día será recordado por todas como “la toma de la astilla”, el día en que la monarquía cedió para dar paso a una república donde todos son verdaderamente libres e iguales.
Créase o no, a partir de ese momento la nueva sociedad de las hormigas lunares prosperó a pasos agigantados en sus nuevos túneles subcraterianos. Hubo problemas y todavía los hay, pero las dificultades que padecen no se comparan con las que afrontan las atrasadas monarquías que se quedaron en la tierra. La Nasa lo sabe y por eso oculta la información. Nunca es bueno para los poderosos que se difundan los detalles de una revolución como esta. Sin embargo, las voces corren y yo ya he visto muchas hormiguitas luchadoras que no se rinden, trabajan día a día por un hormiguero mejor y cada tanto miran al cielo y sueñan.
lunes, 16 de noviembre de 2009
Rutina
Lunes. El calor empieza a fermentar en el aire y no hay ventana a dónde escaparse. Un ventilador gira asmático. Pero nada se mueve. Todo permanece congelado en el instante del café, del inicio del día y de la semana. Un empezar de nuevo lleno de otros comienzos acumulados, con el cuerpo exhausto de la semana que se fue sin darnos tregua.
Todavía no es verano, pero el verano ya llegó. Al menos el viejo verano, el de los 30 grados por la mañana temprano. Y lo peor es que no sabemos si éste verano no oficial, esta generosa muestra gratis que ya se insinúa como insufrible, será igual al verano real, al que viene en unas semanas. Desconocemos lo que ese verano con todas las letras, sazonado con un poco de cambio climático, nos puede estar preparando en su horizonte de tiempo: un cóctel fatal de amaneceres sofocantes, mediodías infernales y atardeceres de aguacero.
De todas formas, y a pesar del carácter estival de esta mañana chicle, mi sentimiento en este momento (y hablo de algo no racional, algo como el instinto, algo que el cuerpo me pide) es un profundo deseo de hibernar. Hibernar como los osos. Llenarme de pan dulce de navidad y meterme en la cama durante dos o tres meses simplemente a dormir. Me pueden decir que el biorritmo en verano se acelera, pero lo único que yo quiero es descansar, descender los niveles de actividad hasta casi cero, reponerme seriamente de este año feliz, pero agotador. Que no me mientan: el calor no alienta la energía vital, la arrasa, la asfixia lentamente, ayudado por la humedad.
La taza de café ya está vacía. A su lado, el agua transpira en un vaso. Desde el balcón se cuelan los sonidos de la ciudad, que ya retumba y se agita en su multitud de pasos y bocinas. En un par de horas ese mar anónimo también me tragará a mí, que sigo buscando sin suerte un poco de aire en esta penumbra artificial.
Noviembre. Estiro los brazos y las piernas para desentumecerlos. Cierro los ojos y me abandono en el respaldo de la silla por un instante. Pasan varios minutos sin que pase nada. La mente opera para que el cuerpo reaccione y se aliste una vez más. Los quejidos quedan sepultados por inútiles, lapidados por la razón. Pienso que en esas pequeñas y maquinales operaciones radica la fuerza indestructible de la rutina.
Afuera, Buenos Aires me espera con las fauces abiertas. Empieza la semana. El calor sigue aumentando.
Todavía no es verano, pero el verano ya llegó. Al menos el viejo verano, el de los 30 grados por la mañana temprano. Y lo peor es que no sabemos si éste verano no oficial, esta generosa muestra gratis que ya se insinúa como insufrible, será igual al verano real, al que viene en unas semanas. Desconocemos lo que ese verano con todas las letras, sazonado con un poco de cambio climático, nos puede estar preparando en su horizonte de tiempo: un cóctel fatal de amaneceres sofocantes, mediodías infernales y atardeceres de aguacero.
De todas formas, y a pesar del carácter estival de esta mañana chicle, mi sentimiento en este momento (y hablo de algo no racional, algo como el instinto, algo que el cuerpo me pide) es un profundo deseo de hibernar. Hibernar como los osos. Llenarme de pan dulce de navidad y meterme en la cama durante dos o tres meses simplemente a dormir. Me pueden decir que el biorritmo en verano se acelera, pero lo único que yo quiero es descansar, descender los niveles de actividad hasta casi cero, reponerme seriamente de este año feliz, pero agotador. Que no me mientan: el calor no alienta la energía vital, la arrasa, la asfixia lentamente, ayudado por la humedad.
La taza de café ya está vacía. A su lado, el agua transpira en un vaso. Desde el balcón se cuelan los sonidos de la ciudad, que ya retumba y se agita en su multitud de pasos y bocinas. En un par de horas ese mar anónimo también me tragará a mí, que sigo buscando sin suerte un poco de aire en esta penumbra artificial.
Noviembre. Estiro los brazos y las piernas para desentumecerlos. Cierro los ojos y me abandono en el respaldo de la silla por un instante. Pasan varios minutos sin que pase nada. La mente opera para que el cuerpo reaccione y se aliste una vez más. Los quejidos quedan sepultados por inútiles, lapidados por la razón. Pienso que en esas pequeñas y maquinales operaciones radica la fuerza indestructible de la rutina.
Afuera, Buenos Aires me espera con las fauces abiertas. Empieza la semana. El calor sigue aumentando.
sábado, 14 de noviembre de 2009
La barrera del sonido
Hágase el siguiente ejercicio: vivir durante tres días con dos tapones, uno en cada oído. Eso es lo que me pasa a mí de manera natural cada 5 o 6 meses. Mis oídos, por vaya a saber qué vuelta del destino, tienden a acumular cera en forma recurrente. No se trata de una cuestión de falta de higiene. Es, según me explican repetidamente los médicos, una propiedad especial de la piel. Inevitable, como la noche. Entonces prosperan mundos ahí dentro. Se construyen castillos, caminos, represas y de repente todo llega a un estado tal de evolución, que yo me quedo sordo.
A mi me gusta pensar que cada uno de esos universos sutiles se forman moldeados con las palabras y los sonidos que entran por mi oído. Entonces, si durante ese semestre escuché principalmente banalidades y presencié agresiones, la civilización que aflorará en las cavidades vecinas a mis tímpanos será más bien ruin. En cambio, si me entregué a las palabras dulces y a la música, probablemente nazca en mi interior una sociedad fabulosa, creativa, única. El problema pasa porque, tarde o temprano, a esos mundos signados por el bien o por el mal les llega el trágico final en forma de un diluvio de gotas (unas gotas especiales que debo usar cuando no escucho más nada) y después una violenta inundación que los arrasa (que es la parte que le toca a los médicos que utilizan agua tibia mezclada con alcohol y barren con todo lo que se ha formado en mis orejas).
En este momento estoy sordo. Y la sordera parcial tiene consecuencias de tipo físico y también, por supuesto, de tipo social.
La parte física es evidente. Uno se siente aislado, como lejano a la realidad que transita. Las cosas sin sonido parecen apagadas, menos importantes de lo que son o de lo que generalmente percibimos que son. De alguna manera, este estado de sombras auditivas contribuye a la introspección, al ensimismamiento. Basta con bajar un poco la cabeza, de modo que la vista también quede anulada, para perder casi todo contacto sensorial con el mundo que nos rodea. Lo mismo ocurre si decidimos perdernos en algún libro: al no escuchar nada, todo nuestro ser deambula por entre los renglones del texto sin ningún otro estímulo externo que no sea el que entra por nuestros ojos.
Pero los principales trastornos son, claramente, los sociales. Nosotros, como sujetos insertos en una sociedad dada, hemos internalizado determinadas pautas de conducta que hacen que nuestras reacciones en ciertas circunstancias sean, más o menos, predecibles. Eso, que casi es el pilar del lo que se llama sistema cultural, hace que la sociedad funcione. Ahora bien, si un individuo no responde a esas pautas, se produce el quiebre y empiezan los problemas. Y una de las causas de que eso suceda es, por ejemplo, la sordera. Involuntariamente, uno empieza a actuar de forma incomprensible para los demás. Asiente cuando alguien le pregunta qué pasó en determinado momento, se queda callado cuando debe contestar “si” o “no”, se acerca demasiado a otras personas, al punto de violar la distancia más o menos prudencial en el trato con los otros, con el único objetivo de transformar el susurro que llega a sus oídos en una frase coherente.
En definitiva, estar sordo y participar de la interacción diaria es difícil e irritante. Encerrado en una burbuja blanca, preso en un exilio sonoro que devuelve una realidad anestesiada, uno termina siendo víctima de los embates del disimulo y los otros directamente no entienden qué es lo que pasa. En estos casos, a mi juicio, lo mejor que se puede hacer es evitar todo tipo de intercambio social, aislarse como si se padeciera una verdadera peste y esperar a que todo pase.
A veces, incluso, en este estado de aislamiento sonoro escucho voces. Pero sé que se trata de los mundos sutiles que se edifican en mis oídos. Verdaderos universos de cera que crecen hasta agotar su propio espacio vital y entonces colapsan. Por las noches, en medio de la oscuridad, agudizo al máximo mi sentido auditivo e intento dilucidar en qué etapa de su evolución están. Son civilizaciones con un devenir cíclico: nacen de la nada y se van desarrollando hasta construir gigantescas ciudades, metrópolis llenas de vida y cultura pero con un defecto fatal: su propia tendencia a expandirse es el germen de su propia destrucción. Entonces llega la sordera total, las gotas, el médico y el cataclismo. Sin embargo, al poco tiempo renacen. La ciencia humana no las aniquila. Yo creo que es porque en el fondo, siempre queda un resabio de esos mundos que escapa a la acción de los tratamientos.
Alejados de los grandes centros urbanos que crecen en mis orejas, ocupando las cavidades más recónditas de mis oídos y a salvo de los alcances del exterminio, viven los pilares de esa sociedad de cera. Ermitaños que hace mucho tiempo se retiraron a meditar en cuevas y conocen los inevitables ciclos de prosperidad y devastación a los que está condenada su raza. Son ellos los que, como dioses terrenales dentro de mis oídos, se encargan de poner en funcionamiento, una y otra vez, un mundo que queda en ruinas después de las intervenciones médicas. Borges no dudaría en llamarlos los inmortales. Sabios que me susurran cada tanto y, como demonios de cera, me dictan el silencio.
A mi me gusta pensar que cada uno de esos universos sutiles se forman moldeados con las palabras y los sonidos que entran por mi oído. Entonces, si durante ese semestre escuché principalmente banalidades y presencié agresiones, la civilización que aflorará en las cavidades vecinas a mis tímpanos será más bien ruin. En cambio, si me entregué a las palabras dulces y a la música, probablemente nazca en mi interior una sociedad fabulosa, creativa, única. El problema pasa porque, tarde o temprano, a esos mundos signados por el bien o por el mal les llega el trágico final en forma de un diluvio de gotas (unas gotas especiales que debo usar cuando no escucho más nada) y después una violenta inundación que los arrasa (que es la parte que le toca a los médicos que utilizan agua tibia mezclada con alcohol y barren con todo lo que se ha formado en mis orejas).
En este momento estoy sordo. Y la sordera parcial tiene consecuencias de tipo físico y también, por supuesto, de tipo social.
La parte física es evidente. Uno se siente aislado, como lejano a la realidad que transita. Las cosas sin sonido parecen apagadas, menos importantes de lo que son o de lo que generalmente percibimos que son. De alguna manera, este estado de sombras auditivas contribuye a la introspección, al ensimismamiento. Basta con bajar un poco la cabeza, de modo que la vista también quede anulada, para perder casi todo contacto sensorial con el mundo que nos rodea. Lo mismo ocurre si decidimos perdernos en algún libro: al no escuchar nada, todo nuestro ser deambula por entre los renglones del texto sin ningún otro estímulo externo que no sea el que entra por nuestros ojos.
Pero los principales trastornos son, claramente, los sociales. Nosotros, como sujetos insertos en una sociedad dada, hemos internalizado determinadas pautas de conducta que hacen que nuestras reacciones en ciertas circunstancias sean, más o menos, predecibles. Eso, que casi es el pilar del lo que se llama sistema cultural, hace que la sociedad funcione. Ahora bien, si un individuo no responde a esas pautas, se produce el quiebre y empiezan los problemas. Y una de las causas de que eso suceda es, por ejemplo, la sordera. Involuntariamente, uno empieza a actuar de forma incomprensible para los demás. Asiente cuando alguien le pregunta qué pasó en determinado momento, se queda callado cuando debe contestar “si” o “no”, se acerca demasiado a otras personas, al punto de violar la distancia más o menos prudencial en el trato con los otros, con el único objetivo de transformar el susurro que llega a sus oídos en una frase coherente.
En definitiva, estar sordo y participar de la interacción diaria es difícil e irritante. Encerrado en una burbuja blanca, preso en un exilio sonoro que devuelve una realidad anestesiada, uno termina siendo víctima de los embates del disimulo y los otros directamente no entienden qué es lo que pasa. En estos casos, a mi juicio, lo mejor que se puede hacer es evitar todo tipo de intercambio social, aislarse como si se padeciera una verdadera peste y esperar a que todo pase.
A veces, incluso, en este estado de aislamiento sonoro escucho voces. Pero sé que se trata de los mundos sutiles que se edifican en mis oídos. Verdaderos universos de cera que crecen hasta agotar su propio espacio vital y entonces colapsan. Por las noches, en medio de la oscuridad, agudizo al máximo mi sentido auditivo e intento dilucidar en qué etapa de su evolución están. Son civilizaciones con un devenir cíclico: nacen de la nada y se van desarrollando hasta construir gigantescas ciudades, metrópolis llenas de vida y cultura pero con un defecto fatal: su propia tendencia a expandirse es el germen de su propia destrucción. Entonces llega la sordera total, las gotas, el médico y el cataclismo. Sin embargo, al poco tiempo renacen. La ciencia humana no las aniquila. Yo creo que es porque en el fondo, siempre queda un resabio de esos mundos que escapa a la acción de los tratamientos.
Alejados de los grandes centros urbanos que crecen en mis orejas, ocupando las cavidades más recónditas de mis oídos y a salvo de los alcances del exterminio, viven los pilares de esa sociedad de cera. Ermitaños que hace mucho tiempo se retiraron a meditar en cuevas y conocen los inevitables ciclos de prosperidad y devastación a los que está condenada su raza. Son ellos los que, como dioses terrenales dentro de mis oídos, se encargan de poner en funcionamiento, una y otra vez, un mundo que queda en ruinas después de las intervenciones médicas. Borges no dudaría en llamarlos los inmortales. Sabios que me susurran cada tanto y, como demonios de cera, me dictan el silencio.
jueves, 12 de noviembre de 2009
No resuciten al Che
La ciudad amaneció callada. El silencio se contrapone al mar de bocinas que se escuchaba ayer en todos lados. En el aire todavía flota el polvo del revuelo que vivimos todos con las nuevas 24 horas de paro de los subtes, que volvieron a poner a Buenos Aires patas para arriba.
Nadie es indiferente a esta situación. Todos opinan. El remisero, el taxista, la chica del supermercado. Todos tienen algo para decir porque la protesta, la protesta universal, el modo de protesta que se repite sistemáticamente ya sea con un fin o con otro, caló hondo en la sociedad porteña. Entonces están los que avalan el derecho a huelga, los que sólo lo defienden de la boca para afuera y cuando la calle cortada no les toca a ellos, los que ya están hartos, los que escuchan lo que Susana Giménez tiene para decir sobre los piquetes, los que se alinean al discurso del gobierno y creen que todo reclamo busca, en el fondo, desestabilizar al ejecutivo, los que se dejan llevar por una memoria sensorial e identifican –a mi juicio erróneamente- esta situación de evidente crispación social con la ocurrida 8 años atrás en este país que entonces no era el mismo, que intentó cambiar y que ahora parece tropezar y enredarse en sus propias contradicciones.
Así estamos, y en medio de todo este lío, ayer hicimos un ejercicio de imaginación con mis compañeros de redacción. La noticia era que en Chascomús habían logrado clonar una vaca campeona muerta. Ante este impresionante salto científico, nos preguntábamos a nosotros mismos a quiénes clonaríamos. Entonces empezaron a surgir decenas de nombres como John Lennon, el Che Guevara, Julio Cortázar, etc.
Pero a medida que avanzábamos en nuestro camino de delirio, nos dimos cuenta de que en realidad eso de la clonación de los seres humanos encierra un engaño terrible: la persona es la misma, pero tal vez no tenga la misma personalidad, ni las mismas cualidades. Es decir, los hombres son producto de un sutil entramado de condiciones sociales, un producto histórico-cultural. Y clonar a Juan Perón no nos garantiza que el hombre, con los mismos rasgos físicos que el viejo líder, llegue a concebir una doctrina medianamente parecida. ¿Qué pasaría, entonces, si clonamos al Che y resulta que le encantan las hamburguesas de McDonalds? ¿O si nuestro nuevo Cortázar tiende a ser matemático, realista y no puede concebir un párrafo y menos aún un cronopio?
Entonces nos dimos cuenta de que en realidad no son los hombres lo que quisiéramos clonar, sino sus ideas, su legado. Y ahí llegamos a la conclusión de que las ideas y los legados están, y que lo que falta son personas que se pongan a trabajar con ellos como bandera.
Afuera seguían sonando las bocinas. Bajo tierra, ardía la interna del subte que paralizaba a la ciudad. Había que volver al trabajo. Pero en medio del caos, de los miedos y de la sensación de ir adentrándonos en un camino sin salida, nuestro pequeño juego nos dejó pensando. Las ideas sobreviven a los hombres. La sociedad, por más anómica y atomizada que parezca, tiene reflejos.
No hace falta que vuelva San Martín para soñar con un país mejor y más justo.
Nadie es indiferente a esta situación. Todos opinan. El remisero, el taxista, la chica del supermercado. Todos tienen algo para decir porque la protesta, la protesta universal, el modo de protesta que se repite sistemáticamente ya sea con un fin o con otro, caló hondo en la sociedad porteña. Entonces están los que avalan el derecho a huelga, los que sólo lo defienden de la boca para afuera y cuando la calle cortada no les toca a ellos, los que ya están hartos, los que escuchan lo que Susana Giménez tiene para decir sobre los piquetes, los que se alinean al discurso del gobierno y creen que todo reclamo busca, en el fondo, desestabilizar al ejecutivo, los que se dejan llevar por una memoria sensorial e identifican –a mi juicio erróneamente- esta situación de evidente crispación social con la ocurrida 8 años atrás en este país que entonces no era el mismo, que intentó cambiar y que ahora parece tropezar y enredarse en sus propias contradicciones.
Así estamos, y en medio de todo este lío, ayer hicimos un ejercicio de imaginación con mis compañeros de redacción. La noticia era que en Chascomús habían logrado clonar una vaca campeona muerta. Ante este impresionante salto científico, nos preguntábamos a nosotros mismos a quiénes clonaríamos. Entonces empezaron a surgir decenas de nombres como John Lennon, el Che Guevara, Julio Cortázar, etc.
Pero a medida que avanzábamos en nuestro camino de delirio, nos dimos cuenta de que en realidad eso de la clonación de los seres humanos encierra un engaño terrible: la persona es la misma, pero tal vez no tenga la misma personalidad, ni las mismas cualidades. Es decir, los hombres son producto de un sutil entramado de condiciones sociales, un producto histórico-cultural. Y clonar a Juan Perón no nos garantiza que el hombre, con los mismos rasgos físicos que el viejo líder, llegue a concebir una doctrina medianamente parecida. ¿Qué pasaría, entonces, si clonamos al Che y resulta que le encantan las hamburguesas de McDonalds? ¿O si nuestro nuevo Cortázar tiende a ser matemático, realista y no puede concebir un párrafo y menos aún un cronopio?
Entonces nos dimos cuenta de que en realidad no son los hombres lo que quisiéramos clonar, sino sus ideas, su legado. Y ahí llegamos a la conclusión de que las ideas y los legados están, y que lo que falta son personas que se pongan a trabajar con ellos como bandera.
Afuera seguían sonando las bocinas. Bajo tierra, ardía la interna del subte que paralizaba a la ciudad. Había que volver al trabajo. Pero en medio del caos, de los miedos y de la sensación de ir adentrándonos en un camino sin salida, nuestro pequeño juego nos dejó pensando. Las ideas sobreviven a los hombres. La sociedad, por más anómica y atomizada que parezca, tiene reflejos.
No hace falta que vuelva San Martín para soñar con un país mejor y más justo.
martes, 10 de noviembre de 2009
Vamos a andar...
Las manos abiertas que dibujan círculos, los dedos que palpan el aire, la sonrisa inocultable. En tus ojos destella el orgullo y chispea el asombro. Por un momento titubeás, te ponés seria. Oscilás entre levantar la cabeza y examinar tus propios pies, como si no creyeras que estén tan bien plantados, tan firmes. Las rodillas permanecen un poco flexionadas, la cintura se balancea levemente hacia adelante y hacia atrás. Parece que en cualquier momento te caés, pero no. Ahí estás, erguida, ensayando el equilibrio esencial y conquistando tu propia confianza con cada segundo que pasa y te encuentra de pie.
Entonces me mirás, la cara se te llena de alegría y te decidís, vos solita, a avanzar. Las manitos que giraban como locas a los costados ahora se concentran en el frente. Los dedos se aferran a la baranda del andador. De repente, como alguien que sin demasiados preámbulos se lanza al abismo, movés un pie hacia adelante y das un paso y después otro y otro. Las pisadas son al principio vacilantes y después atolondradas. A medida que lo empujás, el juguete deja una estela de música chillona e insoportable que para mí es la melodía más dulce del mundo. Tal vez por mi expresión de sorpresa, quizás porque sabés que acabamos de tender un puente indestructible, te reís, pero no dejás de zapatear para adelante y vas ganando metros a los tumbos y sin caerte, feliz en medio de la algarabía que ya inunda toda nuestra casa porque mis gritos atrajeron a mamá, que también llegó al living para verte.
Descubrimos que sos un poco chueca. Las zapatillitas rojas derrapan hacia los costados, las rodillas tiemblan un poco, pero la marcha no se detiene. Por momentos, el andador se te va demasiado adelante. Entonces parece que te vas a frenar, pero ganás centímetros con pasitos cortos y apurados y de nuevo recuperás la postura firme y el dominio de tu cuerpo.
Ahora hacés una pausa y antes de retomar empezás a vociferar. Canturreás vaya a saber qué cosas en tu idioma de múltiples tonos. Definitivamente estás disfrutando de esa gran hazaña que se traduce en una pequeña independencia. Tu feliz esfuerzo reluce en la nuca empapada. Pero el ímpetu no cesa. Chocás con las paredes y esperás ahí parada a que alguien te corrija el rumbo y vuelva a darte metros de pista. Con mamá nos entregamos a un aliento cálido, lleno de cuidado. Ella te espera en la otra punta de la habitación, yo te sigo desde atrás.
Despacio, pero cada vez más segura, vas caminando. Acabás de aprender a hacerlo.
Mientras miro como de a poco vas perfeccionando tu propio andar, como te fijás en levantar bien la pierna, en mantener firme el tobillo al pisar, pienso en el salto enorme que estás dando. El mundo empieza a cambiar para vos y para nosotros porque ya estás de pie, que es casi como volar.
Entonces, lo único que deseo es que esos pasos que ahora asoman ante nuestros ojos se vuelvan firmes y te lleven siempre a donde quieras llegar. El camino ya empezó.
Entonces me mirás, la cara se te llena de alegría y te decidís, vos solita, a avanzar. Las manitos que giraban como locas a los costados ahora se concentran en el frente. Los dedos se aferran a la baranda del andador. De repente, como alguien que sin demasiados preámbulos se lanza al abismo, movés un pie hacia adelante y das un paso y después otro y otro. Las pisadas son al principio vacilantes y después atolondradas. A medida que lo empujás, el juguete deja una estela de música chillona e insoportable que para mí es la melodía más dulce del mundo. Tal vez por mi expresión de sorpresa, quizás porque sabés que acabamos de tender un puente indestructible, te reís, pero no dejás de zapatear para adelante y vas ganando metros a los tumbos y sin caerte, feliz en medio de la algarabía que ya inunda toda nuestra casa porque mis gritos atrajeron a mamá, que también llegó al living para verte.
Descubrimos que sos un poco chueca. Las zapatillitas rojas derrapan hacia los costados, las rodillas tiemblan un poco, pero la marcha no se detiene. Por momentos, el andador se te va demasiado adelante. Entonces parece que te vas a frenar, pero ganás centímetros con pasitos cortos y apurados y de nuevo recuperás la postura firme y el dominio de tu cuerpo.
Ahora hacés una pausa y antes de retomar empezás a vociferar. Canturreás vaya a saber qué cosas en tu idioma de múltiples tonos. Definitivamente estás disfrutando de esa gran hazaña que se traduce en una pequeña independencia. Tu feliz esfuerzo reluce en la nuca empapada. Pero el ímpetu no cesa. Chocás con las paredes y esperás ahí parada a que alguien te corrija el rumbo y vuelva a darte metros de pista. Con mamá nos entregamos a un aliento cálido, lleno de cuidado. Ella te espera en la otra punta de la habitación, yo te sigo desde atrás.
Despacio, pero cada vez más segura, vas caminando. Acabás de aprender a hacerlo.
Mientras miro como de a poco vas perfeccionando tu propio andar, como te fijás en levantar bien la pierna, en mantener firme el tobillo al pisar, pienso en el salto enorme que estás dando. El mundo empieza a cambiar para vos y para nosotros porque ya estás de pie, que es casi como volar.
Entonces, lo único que deseo es que esos pasos que ahora asoman ante nuestros ojos se vuelvan firmes y te lleven siempre a donde quieras llegar. El camino ya empezó.
sábado, 7 de noviembre de 2009
Contra viento y marea
Mi amigo Echenausi es un excelente médico que labura como un perro todo el día. Si se pudieran clonar personas, yo propondría que lo clonen a él, y que repartan sus copias en todos los hospitales del país. Pero además de ser un muy buen doctor, mi amigo es, por sobre todas las cosas, una gran persona. Tanto, que no dudé un instante cuando tuve que pensar en el padrino para mi hija y por supuesto lo elegí a él. Y como si fuera poco, además de ser un eximio profesional y uno de los mejores amigos que uno puede tener, mi amigo Echenausi es el tipo ideal para muchas mujeres. Su novia Dani lo sabe, y por eso lo cuida y lo mima como debe. Hace poco le regaló un viaje a Puerto Madryn para ver a las ballenas y para enamorarse todavía más, enfundados en chalecos salvavidas, acunados por un barco que se mece con el oleaje y arrullados por el viento sureño que les trae en su caricia invisible las canciones que arrastra del mar.
Allá fue mi amigo Echenausi, atravesando el cielo junto a su amor y con una esperanza prendida en el alma: ver a los gigantes de las profundidades.
Pero, como suele pasar en el mundo natural, a veces la aventura tiene su precio y ese precio es la espera. Al llegar, los guías de la excursión les informaron que el puerto estaba cerrado por el viento y les dijeron debidamente que el encuentro con las ballenas no sería el sábado sino el domingo. Para ese día, les habían programado una excursión a Punta Tombo, la mayor reserva de pingüinos magallánicos de Sudamérica.
Mi amigo Echenausi, que ante todo es un caballero, entendió que las condiciones naturales eran algo que se debía respetar y, renegando por los bajo, aceptó atravesar la estepa patagónica para ir a ver cómo los pingüinos machos cavan cuevas para atraer a las hembras y luego se dedican a nidificar y a cuidar de sus huevos mientras mandan a las mujeres a buscar comida al mar.
Sí. El tipo quería ver las ballenas y terminó viendo pingüinos… Mi amigo Echenausi escuchaba como el guía exaltaba el espíritu monógamo de los palmípedos y contemplaba absorto el pulular cadencioso de los bichos que se esparcían por toda la playa. Cientos, miles de pingüinos que cada año llegaban a la costa y buscaban a través de su graznido a su único amor. Si lo encontraban, se apareaban, criaban a sus polluelos y se separaban para volver a juntarse el año siguiente. Si no, se quedaban solos hasta la próxima temporada, donde volvían a buscar a la misma pareja. Un modo de vida loable, pero poca cosa al lado de la majestuosidad de la Ballena Franca Austral, que será un poco más lujuriosa y desordenada en su modo de vida, pero a la vista, con sus formas y su cola al viento, es mucho más atractiva para un hombre como Echenausi, harto ya del deber ser, que viajó más de mil kilómetros y ahora está viendo cómo un pingüino confundido arrastra una bufanda que alguien dejó tirada para llevársela a su nido.
Después de eso, y como para que haga algo más, los guías mandaron a mi amigo a tomar un tecito con torta a la ventosa colonia de Gaiman. Aunque sea galletitas con forma de ballena le hubieran dado, como esas que venden en el zoológico. Pero ni siquiera. Té galés, como un señorito, cuando lo que él buscaba era la aventura, los lomos irrumpiendo en el oleaje movido, las exhalaciones monstruosas que provocaban al mismísimo cielo...
Mi amigo Echenausi, que sabe esperar, se comió la torta que no tenía forma de cetáceo y se fue a dormir ilusionado esa noche. Su novia Dani lo consoló, le explicó que las ballenas seguían ahí, que no se iban, y le aseguró que el día siguiente sería "el" día.
Sin embargo, eso no ocurrió. El domingo el viento agitaba todo a su paso: cosas, personas y ánimos. Desde la agencia de turismo les informaron que, lamentablemente, el puerto seguía cerrado y que no podían embarcarse. Imponderables de la naturaleza, contra los que no hay nada que hacer. La excursión que iba a ser en barco a ver a las ballenas terminó siendo por vía terrestre a ver a los elefantes marinos, moles gigantescas que permanecen postradas en la playa y dedican su tiempo a provocarse, a bufar y a intentar aparearse con poca o ninguna fortuna, al menos a la vista de los turistas.
Mi amigo Echenausi era pura decepción. Fue en el camioncito con otros frustrados viajeros hasta una playa cerrada, desde donde se podía ver a los elefantes marinos. El viento los azotaba como una burla. Allí estaban esos cuerpos deformes tumbados, comiendo y bramando. Echenausi recordó algunos viejos que él siempre veía en el bar donde pasaban los partidos, cuya única actividad era levantar la mano cansada en forma de reproche y lanzar una puteada al aire. Estos bichos eran iguales. Echados como bolsas de papas, apenas levantaban un poco la cabeza para emitir un quejido sordo y volvían a tumbarse de fauces en la arena. Parecía que lo único que hacían era protestar resignados. Echenausi miró su propia panza, pensó en él mismo en algunos años y logró cierta empatía con los elefantes y su modo de vida, pero la tímida sonrisa que le nació no pudo borrar la sensación de frustración que se incrementaba cada vez más con el martilleo del oleaje que venía del mar.
Todo era resignación, hasta que alguien comentó que ese espectáculo no tenía comparación con el de las ballenas del día anterior. En ese momento, mi amigo volvió la cabeza indignado. Algunos de sus compañeros de excursión habían salido del puerto a ver a las ballenas el sábado y a él lo habían mandado a ver a los pingüinos diciéndole que el puerto estaba cerrado. Creo que en ese momento, hasta los inertes elefantes marinos advirtieron que una inconmensurable furia se desataba en la costa.
Como dije, Echenausi es un gran tipo, pero su ánimo experimentó una brusca mutación al estilo de Jekyll y Hide que dejó pasmados a propios y ajenos. A los gritos, le exigió explicaciones a la pobre muchacha que oficiaba de guía. Y cómo no las obtuvo, comandó una rebelión que desembocó en la oficina de la agencia de turismo.
Era un azote de cólera, un huracán de ira. En la agencia le terminaron admitiendo que, como no les alcanza la infraestructura para tantos turistas, a veces dicen que el puerto está cerrado para mandar a algunos a ver a las ballenas y a otros a ver otro tipo de atracciones naturales. La calentura le subía a Echenausi con la fuerza de toda la energía eólica contenida en la provincia de Chubut. Él había comprado la excursión el sábado, le habían mentido que por el viento el puerto estaba cerrado. El domingo efectivamente el puerto estaba cerrado por el viento. El lunes se volvía a Buenos Aires sin ver a las ballenas. Dani, que asistía a mi amigo desde la calma y la racionalidad, le propuso cambiar el pasaje para la noche del lunes, sacrificando incluso un día de trabajo en pos de la esperanza. Finalmente, la revolución de los estafados triunfó en esa oficina resguardada del viento y en la empresa –acorralados- accedieron a llevar a los que podían quedarse a ver a las ballenas el lunes. Soplaban vientos de cambio.
Mi amigo volvió feliz al hotel, pero en el camino escuchó a una pobre vieja que se lamentaba. Ya no iba a poder ver a las ballenas porque no podía extender su estadía en Madryn y tampoco la podía extender en la vida, como para volver pronto a ese paraíso natural. Todavía sorprendido por la inusitada vehemencia de su propio reclamo, mi amigo Echenausi, que tiene un corazón noble, se conmovió con la pobre jubilada y odió aún más a los que comercian con las ilusiones de la gente.
Al otro día, al parecer como todos los días, el viento sacudía hasta a las almas. Sin embargo, el puerto estaba abierto y mi amigo y su novia pudieron vestirse con los chalecos salvavidas como habían soñado, subirse al barquito y entregarse a una experiencia que no tiene sentido describir con palabras. Las ballenas brindaron su espectáculo como estaba previsto y ellos las vieron de cerca, se dieron besos con gusto a salitre marino y comieron pescado, que es como comer perdices, pero en Puerto Madryn.
Final feliz para una odisea de tres días que mi amigo Echenausi me contó con gran detalle y que consideré lo suficientemente interesante como para reproducir en estas líneas.
Allá fue mi amigo Echenausi, atravesando el cielo junto a su amor y con una esperanza prendida en el alma: ver a los gigantes de las profundidades.
Pero, como suele pasar en el mundo natural, a veces la aventura tiene su precio y ese precio es la espera. Al llegar, los guías de la excursión les informaron que el puerto estaba cerrado por el viento y les dijeron debidamente que el encuentro con las ballenas no sería el sábado sino el domingo. Para ese día, les habían programado una excursión a Punta Tombo, la mayor reserva de pingüinos magallánicos de Sudamérica.
Mi amigo Echenausi, que ante todo es un caballero, entendió que las condiciones naturales eran algo que se debía respetar y, renegando por los bajo, aceptó atravesar la estepa patagónica para ir a ver cómo los pingüinos machos cavan cuevas para atraer a las hembras y luego se dedican a nidificar y a cuidar de sus huevos mientras mandan a las mujeres a buscar comida al mar.
Sí. El tipo quería ver las ballenas y terminó viendo pingüinos… Mi amigo Echenausi escuchaba como el guía exaltaba el espíritu monógamo de los palmípedos y contemplaba absorto el pulular cadencioso de los bichos que se esparcían por toda la playa. Cientos, miles de pingüinos que cada año llegaban a la costa y buscaban a través de su graznido a su único amor. Si lo encontraban, se apareaban, criaban a sus polluelos y se separaban para volver a juntarse el año siguiente. Si no, se quedaban solos hasta la próxima temporada, donde volvían a buscar a la misma pareja. Un modo de vida loable, pero poca cosa al lado de la majestuosidad de la Ballena Franca Austral, que será un poco más lujuriosa y desordenada en su modo de vida, pero a la vista, con sus formas y su cola al viento, es mucho más atractiva para un hombre como Echenausi, harto ya del deber ser, que viajó más de mil kilómetros y ahora está viendo cómo un pingüino confundido arrastra una bufanda que alguien dejó tirada para llevársela a su nido.
Después de eso, y como para que haga algo más, los guías mandaron a mi amigo a tomar un tecito con torta a la ventosa colonia de Gaiman. Aunque sea galletitas con forma de ballena le hubieran dado, como esas que venden en el zoológico. Pero ni siquiera. Té galés, como un señorito, cuando lo que él buscaba era la aventura, los lomos irrumpiendo en el oleaje movido, las exhalaciones monstruosas que provocaban al mismísimo cielo...
Mi amigo Echenausi, que sabe esperar, se comió la torta que no tenía forma de cetáceo y se fue a dormir ilusionado esa noche. Su novia Dani lo consoló, le explicó que las ballenas seguían ahí, que no se iban, y le aseguró que el día siguiente sería "el" día.
Sin embargo, eso no ocurrió. El domingo el viento agitaba todo a su paso: cosas, personas y ánimos. Desde la agencia de turismo les informaron que, lamentablemente, el puerto seguía cerrado y que no podían embarcarse. Imponderables de la naturaleza, contra los que no hay nada que hacer. La excursión que iba a ser en barco a ver a las ballenas terminó siendo por vía terrestre a ver a los elefantes marinos, moles gigantescas que permanecen postradas en la playa y dedican su tiempo a provocarse, a bufar y a intentar aparearse con poca o ninguna fortuna, al menos a la vista de los turistas.
Mi amigo Echenausi era pura decepción. Fue en el camioncito con otros frustrados viajeros hasta una playa cerrada, desde donde se podía ver a los elefantes marinos. El viento los azotaba como una burla. Allí estaban esos cuerpos deformes tumbados, comiendo y bramando. Echenausi recordó algunos viejos que él siempre veía en el bar donde pasaban los partidos, cuya única actividad era levantar la mano cansada en forma de reproche y lanzar una puteada al aire. Estos bichos eran iguales. Echados como bolsas de papas, apenas levantaban un poco la cabeza para emitir un quejido sordo y volvían a tumbarse de fauces en la arena. Parecía que lo único que hacían era protestar resignados. Echenausi miró su propia panza, pensó en él mismo en algunos años y logró cierta empatía con los elefantes y su modo de vida, pero la tímida sonrisa que le nació no pudo borrar la sensación de frustración que se incrementaba cada vez más con el martilleo del oleaje que venía del mar.
Todo era resignación, hasta que alguien comentó que ese espectáculo no tenía comparación con el de las ballenas del día anterior. En ese momento, mi amigo volvió la cabeza indignado. Algunos de sus compañeros de excursión habían salido del puerto a ver a las ballenas el sábado y a él lo habían mandado a ver a los pingüinos diciéndole que el puerto estaba cerrado. Creo que en ese momento, hasta los inertes elefantes marinos advirtieron que una inconmensurable furia se desataba en la costa.
Como dije, Echenausi es un gran tipo, pero su ánimo experimentó una brusca mutación al estilo de Jekyll y Hide que dejó pasmados a propios y ajenos. A los gritos, le exigió explicaciones a la pobre muchacha que oficiaba de guía. Y cómo no las obtuvo, comandó una rebelión que desembocó en la oficina de la agencia de turismo.
Era un azote de cólera, un huracán de ira. En la agencia le terminaron admitiendo que, como no les alcanza la infraestructura para tantos turistas, a veces dicen que el puerto está cerrado para mandar a algunos a ver a las ballenas y a otros a ver otro tipo de atracciones naturales. La calentura le subía a Echenausi con la fuerza de toda la energía eólica contenida en la provincia de Chubut. Él había comprado la excursión el sábado, le habían mentido que por el viento el puerto estaba cerrado. El domingo efectivamente el puerto estaba cerrado por el viento. El lunes se volvía a Buenos Aires sin ver a las ballenas. Dani, que asistía a mi amigo desde la calma y la racionalidad, le propuso cambiar el pasaje para la noche del lunes, sacrificando incluso un día de trabajo en pos de la esperanza. Finalmente, la revolución de los estafados triunfó en esa oficina resguardada del viento y en la empresa –acorralados- accedieron a llevar a los que podían quedarse a ver a las ballenas el lunes. Soplaban vientos de cambio.
Mi amigo volvió feliz al hotel, pero en el camino escuchó a una pobre vieja que se lamentaba. Ya no iba a poder ver a las ballenas porque no podía extender su estadía en Madryn y tampoco la podía extender en la vida, como para volver pronto a ese paraíso natural. Todavía sorprendido por la inusitada vehemencia de su propio reclamo, mi amigo Echenausi, que tiene un corazón noble, se conmovió con la pobre jubilada y odió aún más a los que comercian con las ilusiones de la gente.
Al otro día, al parecer como todos los días, el viento sacudía hasta a las almas. Sin embargo, el puerto estaba abierto y mi amigo y su novia pudieron vestirse con los chalecos salvavidas como habían soñado, subirse al barquito y entregarse a una experiencia que no tiene sentido describir con palabras. Las ballenas brindaron su espectáculo como estaba previsto y ellos las vieron de cerca, se dieron besos con gusto a salitre marino y comieron pescado, que es como comer perdices, pero en Puerto Madryn.
Final feliz para una odisea de tres días que mi amigo Echenausi me contó con gran detalle y que consideré lo suficientemente interesante como para reproducir en estas líneas.
miércoles, 4 de noviembre de 2009
Cotidianeidades
Volvieron las chicas. Después de 15 días de estadía en Río Cuarto, Helena y Mariana ya están de nuevo en casa. Y las cosas volvieron a tomar un ímpetu vital arrollador. Es como si de repente, la primavera hubiera irrumpido por la puerta. Porque la casa parece florecida, llena de luz, de aire.
Los juguetes, que estaban todos amontonados sobre una mesita ratona, tardaron apenas horas en tomar posiciones. Ya están desperdigados en cada rincón, como si estuvieran apostados con un objetivo preciso y misterioso. La soledad se escurrió de las camas, que ahora ostentan con orgullo la calidez de las sábanas revueltas. La cocina se llenó de mamaderas y chupetes, en la heladera crecieron tapers de distintos colores y las alacenas rebozan de paquetes y comida.
Ayer me tocó salir antes del trabajo y pasamos la tarde juntos. No hicimos nada especial, simplemente jugamos. Cuando las fui a buscar a Córdoba el fin de semana me di cuenta de que en dos semanas Helena creció dos meses y pasó de ser una bebé a ser una nena. Parece exagerado pero no lo es. Anoche estaba sentado en el living, ella se acercó gateando, se paró ayudada por el sillón y se quedó mirándome con la cara apoyada en el almohadón como diciéndome “viste papá, ya no me cuesta nada pararme y en cualquier momento me largo a caminar”.
Volvieron los ruidos, las voces y el alegre desorden. Volvió la vida a nuestra casa. Durante los 15 días que estuve solo en Buenos Aires tuve tiempo para mí, para leer, para dormir, para tirarme a ver televisión durante horas si tenía ganas sin que nadie me necesitara. Sin embargo, cambio toda esa paz por este dulce terremoto donde no sé si voy a poder escribir la próxima oración.
Porque, a mi entender, la felicidad aguarda en las cosas simples: en caminar juntos y sin apuro por el barrio, en escuchar las carcajadas de Helena cuando un títere le come la panza, en verla crecer, y por la noche, al acostarme junto a mi mujer, tal vez exhaustos por el trajín de padres, soñar que la vida es, en esencia, sólo eso: juegos, sonrisas y pequeños momentos compartidos.
Los juguetes, que estaban todos amontonados sobre una mesita ratona, tardaron apenas horas en tomar posiciones. Ya están desperdigados en cada rincón, como si estuvieran apostados con un objetivo preciso y misterioso. La soledad se escurrió de las camas, que ahora ostentan con orgullo la calidez de las sábanas revueltas. La cocina se llenó de mamaderas y chupetes, en la heladera crecieron tapers de distintos colores y las alacenas rebozan de paquetes y comida.
Ayer me tocó salir antes del trabajo y pasamos la tarde juntos. No hicimos nada especial, simplemente jugamos. Cuando las fui a buscar a Córdoba el fin de semana me di cuenta de que en dos semanas Helena creció dos meses y pasó de ser una bebé a ser una nena. Parece exagerado pero no lo es. Anoche estaba sentado en el living, ella se acercó gateando, se paró ayudada por el sillón y se quedó mirándome con la cara apoyada en el almohadón como diciéndome “viste papá, ya no me cuesta nada pararme y en cualquier momento me largo a caminar”.
Volvieron los ruidos, las voces y el alegre desorden. Volvió la vida a nuestra casa. Durante los 15 días que estuve solo en Buenos Aires tuve tiempo para mí, para leer, para dormir, para tirarme a ver televisión durante horas si tenía ganas sin que nadie me necesitara. Sin embargo, cambio toda esa paz por este dulce terremoto donde no sé si voy a poder escribir la próxima oración.
Porque, a mi entender, la felicidad aguarda en las cosas simples: en caminar juntos y sin apuro por el barrio, en escuchar las carcajadas de Helena cuando un títere le come la panza, en verla crecer, y por la noche, al acostarme junto a mi mujer, tal vez exhaustos por el trajín de padres, soñar que la vida es, en esencia, sólo eso: juegos, sonrisas y pequeños momentos compartidos.
Suscribirse a:
Entradas (Atom)