miércoles, 23 de diciembre de 2009

Insomne

Mi amigo Pierdominichi sufre de insomnio. No importa lo cansado que esté, cuando llega la noche, el sueño lo elude como a un poste. Por una cuestión de formas, mi amigo se pone el pijama y deja un vasito de agua a la mesa de luz, pero después todo es una interminable sucesión de pensamientos, recuerdos y frases no dichas que, lejos de conducirlo a territorios más amenos, no hace más que alejarlo del sutil mundo de Morfeo.

Mi amigo ha llegado a pensar que las noches son terreno fértil para la creación y la emancipación personales pero, por más que se esfuerza, no logra ver -como dice Cacho Castaña que es natural hacerlo- a los duendes y los fantasmas de la inspiración. Él más bien ve una pared blanca, algo sucia y con una mancha de humedad. Y además escucha. Escucha jadeos permanentemente, noche a noche, hasta las 6 de la mañana. Son sus vecinos que -según me explicó con cierta preocupación- tienen un afán procreativo descontrolado, un deseo que, evidentemente, trasciende los muros y las cañerías.

Varias veces mi amigo ha estado a punto de golpearles la pared. Pero un instante antes se detiene. Ensaya un enroque, un ponete vos en mi lugar, se sonroja y todavía con el puño apretado, se aleja como pidiendo disculpas hasta salir de la habitación.

Pierdominichi es abstemio, así que sólo toma agua y muerde una raíz de valeriana, pero nada logra hundirlo en ese estado de semiinconsciencia que precede al sueño profundo. Entonces, para evadirse de los ruidos de al lado, pone música y baila solo. A mi amigo le gustan muchos los valses y no le importa no tener compañera. Gira y gira entre los muebles del living como si fuera una de las tazas locas del juego del Italpark hasta que el calor lo agobia, el cansancio lo engaña y decide volver -inútilmente- a la cama.

Mi amigo cree que la causa de su repetido calvario nocturno puede ser el amor. Otra vez tumbado sobre las sábanas revueltas por el desvelo, piensa largas horas en una chica que conoció en la feria de Plaza Francia. Ella los fines de semana vende unas artesanías de alambre y cuentas facetadas que Pierdominichi compra y colecciona como si fueran objetos de arte. Él cree sinceramente que tiene grandes posibilidades de construir un romance y todas las noches piensa que debería animarse a llevarle flores. Pero después los jadeos de al lado rompen el hechizo y la sonrisa juvenil de la artesana se diluye en la cabeza de mi amigo conforme en el departamento de al lado se agitan los cuerpos.

A eso de las 6 y 20, cuando el día arroja sus primeras luces cenicientas, vuelve el silencio. Pierdominichi piensa que sus vecinos deben estar exhaustos y seguramente podrán conciliar sin dificultades un sueño pesado y lleno de abrazos. Mi amigo mira el despertador que está puesto a las 7 para ir a trabajar, lo apaga antes de que suene, se lava la cara y decide prender la radio mientras se hace el café. El locutor anuncia que hoy va a ser un día agobiante de calor.

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