jueves, 28 de enero de 2010

Calor

En los días de fuego, la fraternidad de padres se reúne en la plaza del barrio. Van llegando desde temprano, con los cochecitos, las lonitas y sus caras de sueño. Intentan, sin demasiada voluntad, disfrutar del aire fresco en medio de las crecientes dagas de Febo (que asoma y lastima) y de la inevitable exposición a la naturaleza maligna de los bichitos colorados.

Una vez más, como en cada uno de estos amaneceres ardientes, los buñuelos han despertado en forma intempestiva y han arruinado, como un huracán imprevisto, los planes matinales de más de uno en aquellas horas en las que todo promete ser quietud y tranquilidad.

Atrás quedó otra noche de sueño interrumpido, de mosquitos y mamaderas tibias tomadas por la mitad. Atrás los arrumacos, las canciones de cuna y por fin el desmayo conciente y alerta. Ahora todos están en la plaza sin querer estar. Con los ojos hinchados que se defienden como pueden de la luz y la mirada perdida que busca algo -algo como una respuesta- en las copas verdes de los árboles podados de Almagro.

Una nena juega con una pelota que pica con fiaca en medio del aire sin viento. Un hombre trasnochado pasa ofreciendo películas infantiles de excelente calidad con los últimos estrenos. Los padres ni lo miran. Como si alguien pudiera retener a los niños dos horas en un lugar encerrado... No en esta semana, no con este calor.

Pienso que deberíamos invocar al mítico Rey momo y decretar (con necesidad y urgencia) el inicio del carnaval. No hay nada más popular que el carnaval, y en este momento en que justamente el pueblo es aplastado por la pegajosa suela de un verano extremo, las bombuchas y los baldazos en medio de la algarabía de un corso callejero serían una solución digna y a la altura de las circunstancias.

Nada se mueve en la plaza. Cada vez hay más chicos, pero no hay bullicio ni corridas. El arenero es un desierto bajo el sol, las hamacas cuelgan inertes. Todo va en camara lenta, incluso el mismísimo tiempo. Son apenas las 9:30 de la mañana. Los minutos parecen de goma, se estiran, se alargan como desprendidos de los famosos relojes derretidos de Dalí.

Los nenes están estáticos, extraviados. La pelota ha quedado sola debajo de un banco y ya nadie juega con ella. Se miran, padres e hijos, buscando una explicación a toda esta irrealidad, a toda esta suspensión en la nada donde la única sensación parece ser la asfixia.

A duras penas, avanza la mañana. El calor se vuelve insoportable y hay que buscar refugio en las casas-horno otra vez. En silencio, como sin quererlo, se van levantando de a uno y empiezan a vaciar la plaza. Una pareja pasa a mi lado empujando un cochecito con un bebé semiadormecido. Ella se queja y pregunta por qué pasa todo esto. Él le responde en un suspiro quedo que el calor no se racionaliza, ni se explica. Se sufre y nada más.

domingo, 24 de enero de 2010

El verano de las salamandras

Que los porteños somos un poco salamandras ya no hay duda. Como esos bichos mitológicos capaces de vivir y reproducirse en el fuego, verano tras verano nosotros nos adaptamos a temperaturas cada vez más infernales y modificamos nuestros sistemas corporales para no sucumbir ante los incendios sin llamas que consumen el asfalto y las casas de Buenos Aires.

Darwinismo puro. Mientras otros dependen del éxodo hacia las costas o a tierras australes, nosotros, los hombres salamandra, desarrollamos la capacidad de resistir al calor e ingerir litros y litros de líquido que luego transpiraremos en el subte, en las salas de espera, en las peluquerías y en los bares a través de nuestras pieles especialmente ajustadas a las brusquedades del cambio climático. Incluso hemos aprendido a regular nuestras tareas diarias para gastar el mínimo indispensable de energía sin atender a los cada vez más airados reclamos acerca de nuestra escasa productividad. Algunos dicen que nos hemos vuelto seres insensibles y parcos, pero qué es la pérdida de la sensibilidad sino un simple detalle al lado de la posibilidad cierta de dejar de existir debido al calor extremo.

Así y todo, la vida de los hombres salamandra no es fácil. Sucede que, en esta tierra hirviente, la demanda de corriente eléctrica excede a la oferta y, cada tanto, en medio de estos veranos abrasadores, la luz se corta. Conclusión: los hombres salamandra debemos arrastrar una y otra vez nuestros chamuscados cuerpos por la escalera a través de una masa de aire quieta y espesa, en medio de una oscuridad apenas violada por una pálida luz de emergencia. En mi caso son 9 pisos, 180 escalones perfumados con el tufo de los desperdicios fermentados de mis vecinos, que civilizadamente han hecho uso del cuartito de la basura que hay en cada pasillo, sin reparar en que nadie se encargará de sacar las bolsas hasta que vuelva la luz, detalle por cierto nimio cuando uno emplea el tiempo en quejarse y proferir que la vida misma es una calamidad.

Quizás no haya sido el edificio otra vez sin luz como un gigante sin sangre. Ni la portera diciendo algo de las fases eléctricas y ensayando una explicación del por qué de ese misterio feliz por el cual algunos departamentos tienen corriente y otros no. Pero el caso es que esta no ha sido la mejor semana del verano. Debo admitir, de todas formas, que en esa lotería de algunos tiene luz y otros no, hemos sido beneficiados. En nuestro living zumban los ventiladores y a Helena se le caen los mocos.

La historia de mi familia salamandra es harto conocida. Mi hija es apenas un pimpollo de un año y meses que evidentemente todavía no se adaptó a nuestra hirviente existencia estival (lo cual, por otro lado es lógico atendiendo a que este es el segundo verano de su vida). Entonces, lisa y llanamente se resfrió. Sabiamente nosotros, papás salamandra, intentamos mantener un equilibrio entre el clima sofocante y el frío inducido, pero esta vez los mocos nos ganaron la partida. Y los mocos -verdes, insidiosos y retobados- traen generalmente malestar y llanto. ¿Qué hacer ante esta acuciante situación? ¿Ir a dar una vuelta? Imposible, el departamento se ha convertido en una mazmorra, en una prisión en lo alto de la torre. Para salir hay que bajar los 9 pisos por la escalera y luego volverlos a subir con beba, cochecito y pelota. Inviable por donde se lo mire. ¿Intentar distraerla de algún modo? Puede ser, pero todo se vuelve cuesta arriba si no eliminamos el problema de raíz –léase los mocos– y entonces no hay upa que alcance ni caricias entre pieles pegajosas que la calmen. Gran paradoja para los hombres salamandra: que la pequeña hijita se les resfríe en medio de un bochorno de 37 grados de sensación térmica.

Al llegar la noche, por supuesto, a todos nos cuesta dormir porque hasta el más salamandra de los seres sufre cuando no tiene un respiro ni una brisa en 24 horas de fuego constante. Entonces el sopor le gana al sueño. Bebé salamandra, léase Helena, da vueltas, se ahoga, se despierta, se vuelve a tumbar entre nosotros, los padres salamandra. La calmamos, el chupete, el noni noni, le limpiamos los mocos, la relajamos, nos relajamos y ya está. La cama es un pequeño horno de tres cuerpos hirvientes porque si bebé salamandra se siente mal mejor que duerma con sus papás que son su mundo, todo su universo de amor y calor. De a poco, nos abandonamos, exhaustos, con los ojos cerrados, a fantasías de hielo y viento. Entonces por fin llega el sueño, pero no la paz. Porque en medio de la noche asfixiante, bebé salamandra se mueve, se desliza hacia los pies de la cama y paf, se cae redonda al suelo. Entonces lágrimas de ella, gritos nuestros, corridas de todos y canciones de cuna hasta que con el amanecer (otra vez el sol hiriente) llega la calma y sólo fue un moretón y un susto y no fue culpa de nadie pero nunca más en la cama grande que es peligroso, y así.

Al otro día, el edificio sigue sin luz y la temperatura parece haber aumentado. Por si fuera poco, no hay cable y tampoco internet. Bebé salamandra ya está bien y juega de nuevo mostrando sus dientes de termita lo cuál es un alivio para nosotros, papás salamandra, que procesamos la culpa y el calor.

A lo lejos una nube perdida esboza algo así como una esperanza de lluvia. En la televisión dicen que hay ciertas probabilidades de tormenta. Nadie les cree. Hasta las paredes parecen transpirar.

Que alguien me diga que estos han sido días fáciles.

viernes, 15 de enero de 2010

Una de piratas

Las reuniones nocturnas en la pizzería Kentucky ya son un clásico del verano. Yo llegué ahí a través de mi fiel amigo Pierdominichi, que conoce a un mozo que antes de caer en la rutina de la bandeja y la rejilla se dedicó a viajar por el mundo. A don Aldo Custuriani le gusta tanto armar las valijas y rajarse como volver y contar, una y otra vez, sus historias plagadas de observaciones sociológicas y antropológicas. Entonces, una vez por semana, Don Aldo nos reúne en la barra y cuando despachó al último cliente, prepara una mesa especial, sirve fugazzeta con vino Toro y desde sus ojos llenitos de ayer nos lleva con él a tierras lejanas y nos desasna sobre los usos y las costumbres de las civilizaciones que brotan en los más remotos lugares del orbe.

El otro día, una nota sobre piratas que había salido en el Diario Popular con el que limpiaba los restos de queso fosilizado de una mesa le trajo a la memoria su paso por Somalia. Se sirvió cuatro dedos de moscato, respiró profundo y pausado y se puso a contar.

Al parecer, en Somalia el deporte nacional es la piratería. Entonces las familias, por lo general numerosas, apuestan a que alguno de los purretes les salga corsario profesional para salvarse. Y por supuesto alientan esa formación. Así, desde chiquitos, los nenes van desarrollando las habilidades pertinentes. Los chiches de bebés consisten en redes y sogas y hay toda una gama de juguetes y artefactos que cumplen con la necesaria socialización primaria para que los chicos aprendan e incorporen en forma natural las técnicas de abordaje, amenaza, control de rehenes y negociación, que son el dos más dos de la piratería ejercida como Dios manda.

Los caseríos pobres de Somalia se extienden a lo largo de la costa del océano Indico y los chicos, casi desnudos, con la piel salobre y curtida por el sol de tanto ejercicio aguas adentro, llegan a los 10 años hechos unos verdaderos azotes del mar. A esa edad, aproximadamente, los padres juntan valor y llevan a sus pichones a probarse en los clubes de piratería. Los exámenes son muy difíciles y sólo unos pocos acceden a uno de los barcos pirata para hacer carrera más allá del horizonte. La gran mayoría fracasa, vuelve a sus chozas para sobrevivir lejos de rumor de las olas y se dedica a engendrar hijos con la secreta esperanza de que alguno les salga derecho, pueda lo que ellos no, se convierta en un filibustero como los de antes y saque a la familia de la miseria segura.

La piratería mueve un férreo universo simbólico en Somalía. Don Aldo Custuriani nos explicó que los piratas ya formados son ídolos nacionales en ese país. Salen álbumes de figuritas para chicos con sus rostros y sus barcos, son invitados a los programas locales de televisión cuando están en tierra y muchos de ellos terminan su carrera en los mares y se dedican a la política, razón por la cual el congreso y varios ministerios están plagados de ex corsarios y así las autoridades nacionales y la clase dirigente en general apoyan el ejercicio del vandalismo marítimo e incluso alientan y financian por lo bajo la formación de nuevos bucaneros.

Todo esto es visto con recelo por las potencias internacionales, pero hasta ahí nomás, porque en política los blancos y los negros siempre son grises y entonces se supo, por ejemplo, que hace algunos años Estados Unidos honró a esas tierras arrasadas por la indigencia con un préstamo espúreo, en principio destinado a paliar el hambre, pero en realidad orientado a solventar la florenciente industria de la piratería. Todo a cambio de la posibilidad de patrullar las aguas alegando prevención, pero con fines tan siniestros como secretos.

Somalía entera está corrompida en torno a la piratería, pero esa corrupción que espanta desde afuera es la base de un sistema que se erige casi como la única posibilidad de supervivencia en un país devastado por las guerras y la miseria.

Por otro lado, la vida profesional de un pirata somalí es corta y dura. Según don Aldo, en la actualidad existen unos 20 barcos, cada uno con su capitán y su tripulación fija. La población sigue sus peripecias desde la tierra e incluso se han formado hinchadas y banderas con los colores distintivos de cada nave. Los chicos que acceden a la formación de piratas van siendo incorporados de a poco en los distintos navíos y reemplazan a los piratas que se retiran cansados de tanto trajín o son devorados por los tiburones.

Es sabido que todo pirata que se precie de tal termina su carrera encallando en un puerto con ojos de mujer. Don Aldo Custuriani nos contó la historia de uno de ellos, a quién había apodado “el palomo” por su asombroso parecido con el ex jugador de independiente Albeiro Usuriaga. El pirata en cuestión ya estaba analizando su retiro porque le dolían las rodillas al subir a los barcos ajenos y las manos se le habían transformado en un callo vivo. Después de años de arduo trabajo, quería irse a vivir en paz, lejos de las redes, del vaivén de las olas y del látigo del sol. En lo que fue su última misión, entró embravecido a un crucero que se mecía inconsciente en las aguas del Mediterráneo. En el medio de la furia del saqueo, conoció a una señora gorda, cuyos ojos le trajeron a la memoria la mirada dulce de su madre, que había muerto en tierra hacía ya muchos años, mientras él fatigaba la mar. El Palomo, piel curtida y músculos tensos, se sacó el cuchillo de entre los pocos dientes que le quedaban y le sonrió torpemente a la gorda, que enseguida quedó cautiva de esos rasgos salvajes y ese cuerpo moreno y torneado. La historia siguió el curso que siguen los amores que se gestan en el medio del mar. El Palomo se retiró de la vida temeraria y encontró reposo en los brazos blancos y blandos de la turista. Ahora es su pirata personal y a pesar del frío le hace intensos abordajes a pedido en una lujosa casa en Canadá.

"Así es la vida de los piratas", reflexionó Don Aldo. Se pasó la rejilla húmeda por la frente, miró el reloj y dijo que ya eran casi las tres de la mañana. Nosotros asentimos en silencio y pensamos en compartir un taxi pero al final optamos por caminar, todavía perplejos, devueltos a la realidad con la brusquedad con la que el mar devuelve sus historias llenas de misterio, de viento y de sal.

martes, 12 de enero de 2010

Espejos

Pasa en todos los barrios, aunque en distintos momentos del año. De repente, aparecen con su carretilla los vendedores ambulantes de espejos. Muchas veces la gente ingenua o desinformada se acerca con curiosidad, pregunta los precios y hasta termina comprando alguno de esos macabros objetos. Los vendedores aceptan todo tipo de regateos, incluso muchas veces los inducen cuando notan cierta chispa de duda en sus eventuales clientes y así van colocando cada uno de los espejos en las casas de los desafortunados vecinos.

Hay pocas cosas más misteriosas y peligrosas que un viejo espejo. Algunos sabios dicen que los espejos tienen memoria y que quien se ha visto reflejado en ellos deja para siempre algo de sí del otro lado. Entonces siempre es preferible tener un espejo nuevo, recién estrenado, para evitar caer en manos de objetos capaces de secuestrar nuestra esencia.

Los vendedores, que muchas veces andan empujando la carretilla harapientos y malnutridos, venden espejos que existen desde hace décadas, altísimos y enmarcados en gruesas maderas. Ellos hacen gala de esas antigüedades, pero nunca revelan su historia. Quienes han comprado estos objetos aseguran que al peinarse o al recortarse el bigote se sintieron observados por unos ojos que no eran los suyos desde el fondo de esos cristales opacos.

Mi fiel amigo Pierdominichi odia a esos siniestros viajantes que pululan por los barrios y muchas veces ocupa su tiempo libre en perseguirlos a paso firme, insultarlos durante largas cuadras y espantarles la clientela. El rechazo que siente por los misteriosos mercaderes es tal, que en ciertas oportunidades se parapeta detrás de algún container de basura o de un puesto de flores en una esquina y ataca el paso de la carretilla a pedradas, actividad doblemente temeraria: uno por la posibilidad de caer preso por andar tirando cascotes a la gente en pleno mediodía en avenida Corrientes y dos por el riesgo de romper un espejo y acarrear con la consabida maldición de 7 años de mala suerte. Pero mi amigo no mide las consecuencias, así de grande es su sentimiento de justicia, civilidad y de amor al prójimo.

Pierdominichi detesta a los vendedores por su vileza, pero también porque, en definitiva, se dedican a vender espejos y él odia -decididamente pero sin un argumento concreto- todos los espejos. De esto se desprende, claro está, que en la casa de mi amigo no hay un solo sitio donde reflejarse. En el botiquín del baño tiene un cuadro con un florero lleno de margaritas y detrás de la puerta del placard sólo cuelgan corbatas que rara vez usa.

Sin embargo, ese odio visceral e irremediable, esa cruel pasión de la que de alguna manera es víctima lo mete en problemas bastante seguido. Es que, en definitiva, los espejos son, de alguna manera, necesarios para la vida en sociedad. Entonces ahí está a veces mi amigo, hablando de temas importantes como el uso de las reservas del Banco Central o el 9 que necesita River, con los ojos llenos de lagañas o un resto de pasta de dientes en la comisura de los labios y sin darse cuenta de nada.

Pero lo peor –y esto admitido por él, que en algunos momentos acepta las nefastas consecuencias de su obcecación– son los días de severa duda, de esos que todos tenemos. Pierdominichi se toma el subte y de repente, entre las estaciones Ángel Gallardo y Medrano advierte que el nene que tiene a su lado ha dejado de jugar con su muñeco del dinosaurio Barnie y lo mira pasmado. Mi fiel amigo intenta ignorar esos ojos reprobatorios, se corre y entonces cae en la cuenta de que la señora que está sentada del otro lado también lo observa con cierta inquietud y que la chica de enfrente baja súbitamente la mirada cuando él le posa la vista. Entonces se activan en la cabeza del gordo los mecanismos de alerta típicos de la situación. Lentamente, Pierdominichi repasa una a una las prendas. Tiene zapatos, tiene pantalón y tiene camisa. Mi amigo respira, no ha salido desnudo a la calle, o al menos eso cree, porque el empirismo a veces es engañoso. Entonces, incapaz de soportar un solo par de ojos más escudriñando su cuerpo, se arroja sobre la puerta ni bien ésta se abre en Pueyrredón, sale expulsado hacia la superficie subiendo las escaleras mecánicas de dos en dos, como huyendo de algo que tal vez es él mismo y busca con desesperación un vidrio o alguna superficie espejada (¡horror!) en donde reflejarse. Finalmente mi amigo nota que efectivamente salió a la calle vestido como dios y la sociedad mandan, se dice a sí mismo que la gente es estúpida, manda a freir churros al nene, a la chica y a la vieja que ya deben ir por el obelisco y baja al andén, esta vez con la frente bien alta, para seguir su camino de anonimato entre las miradas insípidas de los pasajeros del subte.

domingo, 10 de enero de 2010

Fraternidad de un martes a la noche

El pastiche verde, horrorosa presentación de un guacamole picante e irrepetible, desaparecía en el plato a pesar de que habíamos hecho cantidades industriales sólo para dos. Casi evitábamos hablar, cómodos en un silencio de música y maxilares llenos.

En el aire flotaba la infancia, una intimidad de pieza compartida, una percepción del otro como parte fundamental de uno, como espejo vivo que devuelve la esencia, que conoce secretos, que guarda una asombrosa simbiosis en la sangre y en el alma.

El calor apretaba y como casi siempre, al rato llegó la tormenta espamentosa, con toda su batería de truenos, vientos y gotas del tamaño de una moneda.

Hablábamos del futuro, pero en realidad recreábamos el pasado. Las diabluras, los juguetes, los diálogos de cama a cama, las peleas a patadas, los misterios: todo estaba ahí, entre las líneas de esa conversación azarosa en medio de un mar helado de cerveza.

Estábamos solos como entonces. Ahora rara vez estamos solos.

La mirada de mi hermano es una mirada profunda, decidida. Por momentos, me perdí en sus ojos y me encontré a mí mismo como hace mucho tiempo que no me veía. Me gustó esa imagen.

Son pocas las oportunidades en las que, en estos encuentros, se produce una conexión tan sensible. Generalmente estamos demasiado ocupados o enceguecidos para ver o para recordar. Esa noche nos despedimos con un abrazo largo. Y volvimos a saber lo que muchas veces se nos olvida por descuido: que somos inseparables.

jueves, 7 de enero de 2010

Maneras de empezar el año

Siento, en el espesor de la saliva, un sabor dorado, como con un dejo metálico. Abro los ojos, pestañeo con dificultad y en seguida los cierro de nuevo. Creo con mis párpados la noche. Extiendo y me pierdo en una oscuridad ficticia. Para completar la huída, me revuelvo sobre mi mismo, como buscando un refugio al paso de las horas, un alivio al calor del cuerpo en las sábanas frescas. Pero los párpados son apenas débiles cortinas, láminas que se pueden vencer fácilmente y que la luz atraviesa difuminándose en un reflejo opalescente.

Un suave hormigueo en la mano que ha estado en mala posición da cuenta del cuerpo vencido. Entonces llegan los destellos de la memoria. El brindis, el café para seguir brindando. Los besos con Mariana. La casa de Rita y Ariel. Las risas entre los sonidos huecos del descorche burbujeante. Chin chin, feliz año nuevo. La frase que se repetirá hasta el hartazgo vaciada de sentido. La frase que en los próximos días mutará a “buen año”, y después simplemente a “año”, o tal vez a nada, consumida por el fuego de un enero que avanza. Pero por ahora todo es año nuevo, una sensación de redención, un corte, como si estuviéramos cruzando un umbral. Barajar y dar de nuevo, la terca negación de una continuidad evidente.

Después fue el boliche casi al amanecer y el descubrimiento tropical del ananá que un barman negro colmaba una y otra vez de pulpa y de ron. Por momentos, estábamos en el caribe en medio de la pampa. Y el trago se vaciaba y se llenaba de nuevo. Y ya íbamos por el cuarto ananá con Ariel. Y de repente, la lluvia y, detrás, el sol y la palidez de un día gris que tenía el honor de inaugurar el almanaque.

Ahora es Río Cuarto. Vagamente Río Cuarto. En unos días será otra vez Buenos Aires. En soledad por el trabajo. La ciudad en enero, como una cáscara vacía. Los mosquitos en los amaneceres fulgurantes. La casa con su silencio perfumado de verano. La lectura queda. El tedio de desarmar el arbolito, de volver a la rutina y de tirar los turrones que sobraron porque nadie va a comerse un turrón de miel en enero (pero sí en diciembre, en diciembre sí…).

La respiración es lenta, dificultosa, árida. Mariana duerme a mi lado, profundamente. Venzo las ganas de abrazarla por miedo a perturbar ese sueño serio que parece tener, con el seño fruncido, como concentrada en encontrar algo muy adentro suyo. Me llegan los rumores desde la cocina de la casa familiar. Helena se despertó temprano y está con los abuelos. Sigo acostado. Me miro los muslos firmes y más allá los pies desnudos. Juego a mover los dedos. Me río solo. De repente me siento feliz. Floto en una felicidad etérea, cansada, efímera.

En eso alguien grita que en 15 minutos está el almuerzo del primero de año. Andrés, el papá de Mariana, hizo un chivo asado que nadie quiere perderse. Mariana se levanta despacio y está hermosa. Habrá que brindar otra vez. Feliz año nuevo. Esto recién empieza.