viernes, 15 de enero de 2010

Una de piratas

Las reuniones nocturnas en la pizzería Kentucky ya son un clásico del verano. Yo llegué ahí a través de mi fiel amigo Pierdominichi, que conoce a un mozo que antes de caer en la rutina de la bandeja y la rejilla se dedicó a viajar por el mundo. A don Aldo Custuriani le gusta tanto armar las valijas y rajarse como volver y contar, una y otra vez, sus historias plagadas de observaciones sociológicas y antropológicas. Entonces, una vez por semana, Don Aldo nos reúne en la barra y cuando despachó al último cliente, prepara una mesa especial, sirve fugazzeta con vino Toro y desde sus ojos llenitos de ayer nos lleva con él a tierras lejanas y nos desasna sobre los usos y las costumbres de las civilizaciones que brotan en los más remotos lugares del orbe.

El otro día, una nota sobre piratas que había salido en el Diario Popular con el que limpiaba los restos de queso fosilizado de una mesa le trajo a la memoria su paso por Somalia. Se sirvió cuatro dedos de moscato, respiró profundo y pausado y se puso a contar.

Al parecer, en Somalia el deporte nacional es la piratería. Entonces las familias, por lo general numerosas, apuestan a que alguno de los purretes les salga corsario profesional para salvarse. Y por supuesto alientan esa formación. Así, desde chiquitos, los nenes van desarrollando las habilidades pertinentes. Los chiches de bebés consisten en redes y sogas y hay toda una gama de juguetes y artefactos que cumplen con la necesaria socialización primaria para que los chicos aprendan e incorporen en forma natural las técnicas de abordaje, amenaza, control de rehenes y negociación, que son el dos más dos de la piratería ejercida como Dios manda.

Los caseríos pobres de Somalia se extienden a lo largo de la costa del océano Indico y los chicos, casi desnudos, con la piel salobre y curtida por el sol de tanto ejercicio aguas adentro, llegan a los 10 años hechos unos verdaderos azotes del mar. A esa edad, aproximadamente, los padres juntan valor y llevan a sus pichones a probarse en los clubes de piratería. Los exámenes son muy difíciles y sólo unos pocos acceden a uno de los barcos pirata para hacer carrera más allá del horizonte. La gran mayoría fracasa, vuelve a sus chozas para sobrevivir lejos de rumor de las olas y se dedica a engendrar hijos con la secreta esperanza de que alguno les salga derecho, pueda lo que ellos no, se convierta en un filibustero como los de antes y saque a la familia de la miseria segura.

La piratería mueve un férreo universo simbólico en Somalía. Don Aldo Custuriani nos explicó que los piratas ya formados son ídolos nacionales en ese país. Salen álbumes de figuritas para chicos con sus rostros y sus barcos, son invitados a los programas locales de televisión cuando están en tierra y muchos de ellos terminan su carrera en los mares y se dedican a la política, razón por la cual el congreso y varios ministerios están plagados de ex corsarios y así las autoridades nacionales y la clase dirigente en general apoyan el ejercicio del vandalismo marítimo e incluso alientan y financian por lo bajo la formación de nuevos bucaneros.

Todo esto es visto con recelo por las potencias internacionales, pero hasta ahí nomás, porque en política los blancos y los negros siempre son grises y entonces se supo, por ejemplo, que hace algunos años Estados Unidos honró a esas tierras arrasadas por la indigencia con un préstamo espúreo, en principio destinado a paliar el hambre, pero en realidad orientado a solventar la florenciente industria de la piratería. Todo a cambio de la posibilidad de patrullar las aguas alegando prevención, pero con fines tan siniestros como secretos.

Somalía entera está corrompida en torno a la piratería, pero esa corrupción que espanta desde afuera es la base de un sistema que se erige casi como la única posibilidad de supervivencia en un país devastado por las guerras y la miseria.

Por otro lado, la vida profesional de un pirata somalí es corta y dura. Según don Aldo, en la actualidad existen unos 20 barcos, cada uno con su capitán y su tripulación fija. La población sigue sus peripecias desde la tierra e incluso se han formado hinchadas y banderas con los colores distintivos de cada nave. Los chicos que acceden a la formación de piratas van siendo incorporados de a poco en los distintos navíos y reemplazan a los piratas que se retiran cansados de tanto trajín o son devorados por los tiburones.

Es sabido que todo pirata que se precie de tal termina su carrera encallando en un puerto con ojos de mujer. Don Aldo Custuriani nos contó la historia de uno de ellos, a quién había apodado “el palomo” por su asombroso parecido con el ex jugador de independiente Albeiro Usuriaga. El pirata en cuestión ya estaba analizando su retiro porque le dolían las rodillas al subir a los barcos ajenos y las manos se le habían transformado en un callo vivo. Después de años de arduo trabajo, quería irse a vivir en paz, lejos de las redes, del vaivén de las olas y del látigo del sol. En lo que fue su última misión, entró embravecido a un crucero que se mecía inconsciente en las aguas del Mediterráneo. En el medio de la furia del saqueo, conoció a una señora gorda, cuyos ojos le trajeron a la memoria la mirada dulce de su madre, que había muerto en tierra hacía ya muchos años, mientras él fatigaba la mar. El Palomo, piel curtida y músculos tensos, se sacó el cuchillo de entre los pocos dientes que le quedaban y le sonrió torpemente a la gorda, que enseguida quedó cautiva de esos rasgos salvajes y ese cuerpo moreno y torneado. La historia siguió el curso que siguen los amores que se gestan en el medio del mar. El Palomo se retiró de la vida temeraria y encontró reposo en los brazos blancos y blandos de la turista. Ahora es su pirata personal y a pesar del frío le hace intensos abordajes a pedido en una lujosa casa en Canadá.

"Así es la vida de los piratas", reflexionó Don Aldo. Se pasó la rejilla húmeda por la frente, miró el reloj y dijo que ya eran casi las tres de la mañana. Nosotros asentimos en silencio y pensamos en compartir un taxi pero al final optamos por caminar, todavía perplejos, devueltos a la realidad con la brusquedad con la que el mar devuelve sus historias llenas de misterio, de viento y de sal.

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