En los días de fuego, la fraternidad de padres se reúne en la plaza del barrio. Van llegando desde temprano, con los cochecitos, las lonitas y sus caras de sueño. Intentan, sin demasiada voluntad, disfrutar del aire fresco en medio de las crecientes dagas de Febo (que asoma y lastima) y de la inevitable exposición a la naturaleza maligna de los bichitos colorados.
Una vez más, como en cada uno de estos amaneceres ardientes, los buñuelos han despertado en forma intempestiva y han arruinado, como un huracán imprevisto, los planes matinales de más de uno en aquellas horas en las que todo promete ser quietud y tranquilidad.
Atrás quedó otra noche de sueño interrumpido, de mosquitos y mamaderas tibias tomadas por la mitad. Atrás los arrumacos, las canciones de cuna y por fin el desmayo conciente y alerta. Ahora todos están en la plaza sin querer estar. Con los ojos hinchados que se defienden como pueden de la luz y la mirada perdida que busca algo -algo como una respuesta- en las copas verdes de los árboles podados de Almagro.
Una nena juega con una pelota que pica con fiaca en medio del aire sin viento. Un hombre trasnochado pasa ofreciendo películas infantiles de excelente calidad con los últimos estrenos. Los padres ni lo miran. Como si alguien pudiera retener a los niños dos horas en un lugar encerrado... No en esta semana, no con este calor.
Pienso que deberíamos invocar al mítico Rey momo y decretar (con necesidad y urgencia) el inicio del carnaval. No hay nada más popular que el carnaval, y en este momento en que justamente el pueblo es aplastado por la pegajosa suela de un verano extremo, las bombuchas y los baldazos en medio de la algarabía de un corso callejero serían una solución digna y a la altura de las circunstancias.
Nada se mueve en la plaza. Cada vez hay más chicos, pero no hay bullicio ni corridas. El arenero es un desierto bajo el sol, las hamacas cuelgan inertes. Todo va en camara lenta, incluso el mismísimo tiempo. Son apenas las 9:30 de la mañana. Los minutos parecen de goma, se estiran, se alargan como desprendidos de los famosos relojes derretidos de Dalí.
Los nenes están estáticos, extraviados. La pelota ha quedado sola debajo de un banco y ya nadie juega con ella. Se miran, padres e hijos, buscando una explicación a toda esta irrealidad, a toda esta suspensión en la nada donde la única sensación parece ser la asfixia.
A duras penas, avanza la mañana. El calor se vuelve insoportable y hay que buscar refugio en las casas-horno otra vez. En silencio, como sin quererlo, se van levantando de a uno y empiezan a vaciar la plaza. Una pareja pasa a mi lado empujando un cochecito con un bebé semiadormecido. Ella se queja y pregunta por qué pasa todo esto. Él le responde en un suspiro quedo que el calor no se racionaliza, ni se explica. Se sufre y nada más.
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