martes, 12 de enero de 2010

Espejos

Pasa en todos los barrios, aunque en distintos momentos del año. De repente, aparecen con su carretilla los vendedores ambulantes de espejos. Muchas veces la gente ingenua o desinformada se acerca con curiosidad, pregunta los precios y hasta termina comprando alguno de esos macabros objetos. Los vendedores aceptan todo tipo de regateos, incluso muchas veces los inducen cuando notan cierta chispa de duda en sus eventuales clientes y así van colocando cada uno de los espejos en las casas de los desafortunados vecinos.

Hay pocas cosas más misteriosas y peligrosas que un viejo espejo. Algunos sabios dicen que los espejos tienen memoria y que quien se ha visto reflejado en ellos deja para siempre algo de sí del otro lado. Entonces siempre es preferible tener un espejo nuevo, recién estrenado, para evitar caer en manos de objetos capaces de secuestrar nuestra esencia.

Los vendedores, que muchas veces andan empujando la carretilla harapientos y malnutridos, venden espejos que existen desde hace décadas, altísimos y enmarcados en gruesas maderas. Ellos hacen gala de esas antigüedades, pero nunca revelan su historia. Quienes han comprado estos objetos aseguran que al peinarse o al recortarse el bigote se sintieron observados por unos ojos que no eran los suyos desde el fondo de esos cristales opacos.

Mi fiel amigo Pierdominichi odia a esos siniestros viajantes que pululan por los barrios y muchas veces ocupa su tiempo libre en perseguirlos a paso firme, insultarlos durante largas cuadras y espantarles la clientela. El rechazo que siente por los misteriosos mercaderes es tal, que en ciertas oportunidades se parapeta detrás de algún container de basura o de un puesto de flores en una esquina y ataca el paso de la carretilla a pedradas, actividad doblemente temeraria: uno por la posibilidad de caer preso por andar tirando cascotes a la gente en pleno mediodía en avenida Corrientes y dos por el riesgo de romper un espejo y acarrear con la consabida maldición de 7 años de mala suerte. Pero mi amigo no mide las consecuencias, así de grande es su sentimiento de justicia, civilidad y de amor al prójimo.

Pierdominichi detesta a los vendedores por su vileza, pero también porque, en definitiva, se dedican a vender espejos y él odia -decididamente pero sin un argumento concreto- todos los espejos. De esto se desprende, claro está, que en la casa de mi amigo no hay un solo sitio donde reflejarse. En el botiquín del baño tiene un cuadro con un florero lleno de margaritas y detrás de la puerta del placard sólo cuelgan corbatas que rara vez usa.

Sin embargo, ese odio visceral e irremediable, esa cruel pasión de la que de alguna manera es víctima lo mete en problemas bastante seguido. Es que, en definitiva, los espejos son, de alguna manera, necesarios para la vida en sociedad. Entonces ahí está a veces mi amigo, hablando de temas importantes como el uso de las reservas del Banco Central o el 9 que necesita River, con los ojos llenos de lagañas o un resto de pasta de dientes en la comisura de los labios y sin darse cuenta de nada.

Pero lo peor –y esto admitido por él, que en algunos momentos acepta las nefastas consecuencias de su obcecación– son los días de severa duda, de esos que todos tenemos. Pierdominichi se toma el subte y de repente, entre las estaciones Ángel Gallardo y Medrano advierte que el nene que tiene a su lado ha dejado de jugar con su muñeco del dinosaurio Barnie y lo mira pasmado. Mi fiel amigo intenta ignorar esos ojos reprobatorios, se corre y entonces cae en la cuenta de que la señora que está sentada del otro lado también lo observa con cierta inquietud y que la chica de enfrente baja súbitamente la mirada cuando él le posa la vista. Entonces se activan en la cabeza del gordo los mecanismos de alerta típicos de la situación. Lentamente, Pierdominichi repasa una a una las prendas. Tiene zapatos, tiene pantalón y tiene camisa. Mi amigo respira, no ha salido desnudo a la calle, o al menos eso cree, porque el empirismo a veces es engañoso. Entonces, incapaz de soportar un solo par de ojos más escudriñando su cuerpo, se arroja sobre la puerta ni bien ésta se abre en Pueyrredón, sale expulsado hacia la superficie subiendo las escaleras mecánicas de dos en dos, como huyendo de algo que tal vez es él mismo y busca con desesperación un vidrio o alguna superficie espejada (¡horror!) en donde reflejarse. Finalmente mi amigo nota que efectivamente salió a la calle vestido como dios y la sociedad mandan, se dice a sí mismo que la gente es estúpida, manda a freir churros al nene, a la chica y a la vieja que ya deben ir por el obelisco y baja al andén, esta vez con la frente bien alta, para seguir su camino de anonimato entre las miradas insípidas de los pasajeros del subte.

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