Que los porteños somos un poco salamandras ya no hay duda. Como esos bichos mitológicos capaces de vivir y reproducirse en el fuego, verano tras verano nosotros nos adaptamos a temperaturas cada vez más infernales y modificamos nuestros sistemas corporales para no sucumbir ante los incendios sin llamas que consumen el asfalto y las casas de Buenos Aires.
Darwinismo puro. Mientras otros dependen del éxodo hacia las costas o a tierras australes, nosotros, los hombres salamandra, desarrollamos la capacidad de resistir al calor e ingerir litros y litros de líquido que luego transpiraremos en el subte, en las salas de espera, en las peluquerías y en los bares a través de nuestras pieles especialmente ajustadas a las brusquedades del cambio climático. Incluso hemos aprendido a regular nuestras tareas diarias para gastar el mínimo indispensable de energía sin atender a los cada vez más airados reclamos acerca de nuestra escasa productividad. Algunos dicen que nos hemos vuelto seres insensibles y parcos, pero qué es la pérdida de la sensibilidad sino un simple detalle al lado de la posibilidad cierta de dejar de existir debido al calor extremo.
Así y todo, la vida de los hombres salamandra no es fácil. Sucede que, en esta tierra hirviente, la demanda de corriente eléctrica excede a la oferta y, cada tanto, en medio de estos veranos abrasadores, la luz se corta. Conclusión: los hombres salamandra debemos arrastrar una y otra vez nuestros chamuscados cuerpos por la escalera a través de una masa de aire quieta y espesa, en medio de una oscuridad apenas violada por una pálida luz de emergencia. En mi caso son 9 pisos, 180 escalones perfumados con el tufo de los desperdicios fermentados de mis vecinos, que civilizadamente han hecho uso del cuartito de la basura que hay en cada pasillo, sin reparar en que nadie se encargará de sacar las bolsas hasta que vuelva la luz, detalle por cierto nimio cuando uno emplea el tiempo en quejarse y proferir que la vida misma es una calamidad.
Quizás no haya sido el edificio otra vez sin luz como un gigante sin sangre. Ni la portera diciendo algo de las fases eléctricas y ensayando una explicación del por qué de ese misterio feliz por el cual algunos departamentos tienen corriente y otros no. Pero el caso es que esta no ha sido la mejor semana del verano. Debo admitir, de todas formas, que en esa lotería de algunos tiene luz y otros no, hemos sido beneficiados. En nuestro living zumban los ventiladores y a Helena se le caen los mocos.
La historia de mi familia salamandra es harto conocida. Mi hija es apenas un pimpollo de un año y meses que evidentemente todavía no se adaptó a nuestra hirviente existencia estival (lo cual, por otro lado es lógico atendiendo a que este es el segundo verano de su vida). Entonces, lisa y llanamente se resfrió. Sabiamente nosotros, papás salamandra, intentamos mantener un equilibrio entre el clima sofocante y el frío inducido, pero esta vez los mocos nos ganaron la partida. Y los mocos -verdes, insidiosos y retobados- traen generalmente malestar y llanto. ¿Qué hacer ante esta acuciante situación? ¿Ir a dar una vuelta? Imposible, el departamento se ha convertido en una mazmorra, en una prisión en lo alto de la torre. Para salir hay que bajar los 9 pisos por la escalera y luego volverlos a subir con beba, cochecito y pelota. Inviable por donde se lo mire. ¿Intentar distraerla de algún modo? Puede ser, pero todo se vuelve cuesta arriba si no eliminamos el problema de raíz –léase los mocos– y entonces no hay upa que alcance ni caricias entre pieles pegajosas que la calmen. Gran paradoja para los hombres salamandra: que la pequeña hijita se les resfríe en medio de un bochorno de 37 grados de sensación térmica.
Al llegar la noche, por supuesto, a todos nos cuesta dormir porque hasta el más salamandra de los seres sufre cuando no tiene un respiro ni una brisa en 24 horas de fuego constante. Entonces el sopor le gana al sueño. Bebé salamandra, léase Helena, da vueltas, se ahoga, se despierta, se vuelve a tumbar entre nosotros, los padres salamandra. La calmamos, el chupete, el noni noni, le limpiamos los mocos, la relajamos, nos relajamos y ya está. La cama es un pequeño horno de tres cuerpos hirvientes porque si bebé salamandra se siente mal mejor que duerma con sus papás que son su mundo, todo su universo de amor y calor. De a poco, nos abandonamos, exhaustos, con los ojos cerrados, a fantasías de hielo y viento. Entonces por fin llega el sueño, pero no la paz. Porque en medio de la noche asfixiante, bebé salamandra se mueve, se desliza hacia los pies de la cama y paf, se cae redonda al suelo. Entonces lágrimas de ella, gritos nuestros, corridas de todos y canciones de cuna hasta que con el amanecer (otra vez el sol hiriente) llega la calma y sólo fue un moretón y un susto y no fue culpa de nadie pero nunca más en la cama grande que es peligroso, y así.
Al otro día, el edificio sigue sin luz y la temperatura parece haber aumentado. Por si fuera poco, no hay cable y tampoco internet. Bebé salamandra ya está bien y juega de nuevo mostrando sus dientes de termita lo cuál es un alivio para nosotros, papás salamandra, que procesamos la culpa y el calor.
A lo lejos una nube perdida esboza algo así como una esperanza de lluvia. En la televisión dicen que hay ciertas probabilidades de tormenta. Nadie les cree. Hasta las paredes parecen transpirar.
Que alguien me diga que estos han sido días fáciles.
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