domingo, 10 de enero de 2010

Fraternidad de un martes a la noche

El pastiche verde, horrorosa presentación de un guacamole picante e irrepetible, desaparecía en el plato a pesar de que habíamos hecho cantidades industriales sólo para dos. Casi evitábamos hablar, cómodos en un silencio de música y maxilares llenos.

En el aire flotaba la infancia, una intimidad de pieza compartida, una percepción del otro como parte fundamental de uno, como espejo vivo que devuelve la esencia, que conoce secretos, que guarda una asombrosa simbiosis en la sangre y en el alma.

El calor apretaba y como casi siempre, al rato llegó la tormenta espamentosa, con toda su batería de truenos, vientos y gotas del tamaño de una moneda.

Hablábamos del futuro, pero en realidad recreábamos el pasado. Las diabluras, los juguetes, los diálogos de cama a cama, las peleas a patadas, los misterios: todo estaba ahí, entre las líneas de esa conversación azarosa en medio de un mar helado de cerveza.

Estábamos solos como entonces. Ahora rara vez estamos solos.

La mirada de mi hermano es una mirada profunda, decidida. Por momentos, me perdí en sus ojos y me encontré a mí mismo como hace mucho tiempo que no me veía. Me gustó esa imagen.

Son pocas las oportunidades en las que, en estos encuentros, se produce una conexión tan sensible. Generalmente estamos demasiado ocupados o enceguecidos para ver o para recordar. Esa noche nos despedimos con un abrazo largo. Y volvimos a saber lo que muchas veces se nos olvida por descuido: que somos inseparables.

1 comentario:

  1. Te quiero con toda mi alma!!
    Hermosa noche. Ojala pronto se repita!
    Tu hermano
    Ale

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