jueves, 7 de enero de 2010

Maneras de empezar el año

Siento, en el espesor de la saliva, un sabor dorado, como con un dejo metálico. Abro los ojos, pestañeo con dificultad y en seguida los cierro de nuevo. Creo con mis párpados la noche. Extiendo y me pierdo en una oscuridad ficticia. Para completar la huída, me revuelvo sobre mi mismo, como buscando un refugio al paso de las horas, un alivio al calor del cuerpo en las sábanas frescas. Pero los párpados son apenas débiles cortinas, láminas que se pueden vencer fácilmente y que la luz atraviesa difuminándose en un reflejo opalescente.

Un suave hormigueo en la mano que ha estado en mala posición da cuenta del cuerpo vencido. Entonces llegan los destellos de la memoria. El brindis, el café para seguir brindando. Los besos con Mariana. La casa de Rita y Ariel. Las risas entre los sonidos huecos del descorche burbujeante. Chin chin, feliz año nuevo. La frase que se repetirá hasta el hartazgo vaciada de sentido. La frase que en los próximos días mutará a “buen año”, y después simplemente a “año”, o tal vez a nada, consumida por el fuego de un enero que avanza. Pero por ahora todo es año nuevo, una sensación de redención, un corte, como si estuviéramos cruzando un umbral. Barajar y dar de nuevo, la terca negación de una continuidad evidente.

Después fue el boliche casi al amanecer y el descubrimiento tropical del ananá que un barman negro colmaba una y otra vez de pulpa y de ron. Por momentos, estábamos en el caribe en medio de la pampa. Y el trago se vaciaba y se llenaba de nuevo. Y ya íbamos por el cuarto ananá con Ariel. Y de repente, la lluvia y, detrás, el sol y la palidez de un día gris que tenía el honor de inaugurar el almanaque.

Ahora es Río Cuarto. Vagamente Río Cuarto. En unos días será otra vez Buenos Aires. En soledad por el trabajo. La ciudad en enero, como una cáscara vacía. Los mosquitos en los amaneceres fulgurantes. La casa con su silencio perfumado de verano. La lectura queda. El tedio de desarmar el arbolito, de volver a la rutina y de tirar los turrones que sobraron porque nadie va a comerse un turrón de miel en enero (pero sí en diciembre, en diciembre sí…).

La respiración es lenta, dificultosa, árida. Mariana duerme a mi lado, profundamente. Venzo las ganas de abrazarla por miedo a perturbar ese sueño serio que parece tener, con el seño fruncido, como concentrada en encontrar algo muy adentro suyo. Me llegan los rumores desde la cocina de la casa familiar. Helena se despertó temprano y está con los abuelos. Sigo acostado. Me miro los muslos firmes y más allá los pies desnudos. Juego a mover los dedos. Me río solo. De repente me siento feliz. Floto en una felicidad etérea, cansada, efímera.

En eso alguien grita que en 15 minutos está el almuerzo del primero de año. Andrés, el papá de Mariana, hizo un chivo asado que nadie quiere perderse. Mariana se levanta despacio y está hermosa. Habrá que brindar otra vez. Feliz año nuevo. Esto recién empieza.

No hay comentarios:

Publicar un comentario