Mi amigo Pierdominichi ha pagado un día de spa en un hotel de lujo y se aproxima a paso firme, pleno de derechos, al jacuzzi donde naufragarán todas sus preocupaciones, se harán, por un mágico momento, etéreas las responsabilidades que lo aplastan y su cuerpo volverá a estar virgen de tensiones. Eso es lo que describe la cartilla, que predica que la vida es, en realidad, un castigo del que sólo se puede escapar momentáneamente estando entre burbujas, algo que Pierdominichi no refuta del todo aunque tenga ciertas dudas.
Sin embargo, al llegar a ese supuesto edén del relax, mi amigo percibe que él no es justamente Adán y que no está solo en el mundo, lo cual agrega una pizca más de estrés a esa espalda ya endurecida por los sinsabores cotidianos. En la olla del jacuzzi, pozo misterioso en el que bullen sales y esencias perfumadas, flotan otros cuatro cuerpos, cuatro hombres gordos y velludos, cuatro seres esencialmente hostiles que ven en el extraño una amenaza a su territorio.
Entonces Pierdominichi, que es muy culto e instruido, asocia y recuerda la trama de un documental sobre el tiempo de sequía en el África profunda. El río Serengueti se ha transformado en un hilo que deja charcos de barro aquí y allá. Los hipopótamos pugnan por ocupar los lodazales y no dejan que ningún otro animal se acerque. En la lucha por quién disfruta de esa precaria pero única fuente de humedad en medio de la tierra árida, todos se juegan la vida.
Acá pasa lo mismo, piensa mi amigo. Los cuatro hipopótamos que hasta hace un momento dormitaban arrullados por el incesante burbujeo abren sus ojos sólo para rechazar al nuevo, para desaprobarlo, para mostrarle los colmillos y darle a entender que sobra.
Entonces Pierdominichi, que percibe que no es bienvenido, disminuye la velocidad de sus pasos, se despoja ceremoniosamente de la toalla y las pantuflas que le han dado y empieza a dar vueltas cautelosamente, como un gato alrededor de su almohadón. Desde adentro, cuatro pares de ojos somnolientos pero alertas escudriñan cada uno de sus movimientos. La tensión se instala, las miradas se cruzan, los músculos se vuelven rígidos y una sensación de agobio y enojo invade la sala y se mezcla con el vapor que sube y vuelve todo difuso.
Los gordos se acomodan para reducir las plazas libres del jacuzzi. Sin embargo, mi amigo Pierdominichi no se rinde. Aunque parezca estar distraído mirando un horrible cuadro en la pared, está agazapado y espera paciente a que el mismo relax que él busca abra una brecha en la férrea defensa del territorio que han montado sus adversarios. Pasan los minutos y mi amigo es un manojo de nervios preparado para la acción inmediata. Finalmente, uno de los cuatro elefantes marinos se deja llevar por las inexplicables corrientes internas de la pileta y se desplaza, sin quererlo, hacia un costado. Ha flaqueado, ha bajado la guardia. A los pocos segundos abre exaltado los ojos e intenta, con manotazos de desesperación, volver a sentarse erguido, pero ya es tarde. Pierdominichi, sagaz como un lobo, se abalanza al agua provocando una inmensa ola con su abultado vientre. Después, de a poco, acomoda su cuerpo, lo impone, y conquista su espacio. Acto seguido, cierra los ojos y empieza a sentirse como un huevo duro cociéndose entre burbujas. Se olvida de todo y de todos y flota en el agua ingrávida y salobre que lo acaricia y lo transporta vaya a saber dónde hasta que algo lo arranca de ese sueño posible y son los pies desnudos de un nuevo sujeto que planea meterse en el jacuzzi, algo que ni él ni sus ahora compañeros de pileta permitirán.
Entonces la relajación queda para otro momento y ahora son cinco los cuerpos dispuestos a la defensa y son cinco los pares de ojos que le advierten al extraño que ni se le ocurra acercarse a esa charca mágica que es de ellos y nada más que de ellos.
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