Hace unos días andaba medio mal de ánimo y decidí ir a tomar una cervecita con ingredientes a un barcito pituco en Av. de Mayo. La tarde pintaba para lluvia, pero igual opté por una mesa en la vereda. Iba por el segundo vaso y ya me había quedado sin palitos cuando de repente vi venir distraídamente a Wendy López, la afamada periodista de la zona sur. Wendy es una hábil pescadora de historias en la ciénaga. Trabajó durante muchos años como corresponsal de la CNN en Guernica, provincia de Buenos Aires, reflejando como nadie el mundo de la marginalidad. Por supuesto, apenas se acordaba de mí. Pero se ve que le dolían mucho los pies de tanto taconear o andaba con sed, porque en seguida aceptó mi invitación y se liquidó lo que quedaba de la Quilmes y los manicitos. Hablamos, como se habla en estas oportunidades, del calor, del cansancio que nunca se cura y de nuestros trabajos, que alguna vez nos cruzaron. Me contó que en sus últimos dos años en la televisión no le pagaron y que trabajó durante meses por el solo hecho de aferrarse a algo que no permitiera que su vida se derrumbara por completo. En el fondo, más allá de los tacos aguja, los vestidos apretados y la boca exageradamente roja, Wendy también pertenece al oscuro mundo que sus crónicas reflejaban. Ahora andaba con ganas de escribir un libro sobre su última investigación, pero la pereza -ay, esa gran enemiga de los talentos que no son- la tenía amordazada y el relato dormía desde hacía meses en algún lugar de su cabeza pelirroja. Con la segunda botella y otro triolet lleno de papitas fritas, palitos y maní le pedí que me revelara de qué se trataba su trabajo y así conocí la historia de Don Amilcar Cruz, el capo del barrio El Durazno.
A decir de Wendy, Don Amilcar era un simple almacenero de barrio. Él solo fue construyendo su éxito y su prosperidad como quien arma un castillo con rastys: uno por uno los ladrillitos insignificantes van conformando las más espectaculares torres. El hombre arrancó con un bolichito en la calle Constantinopla del barrio El Durazno, una geografía llena de carencia, pobreza y resignación. Pero Don Amilcar Cruz no estaba resignado. Silenciosamente, él confiaba en que pronto tendría su oportunidad de dar el zarpazo y se preparaba, día a día, para no dejar pasar la oportunidad.
Como la introspección y el análisis eran su pasatiempo preferido, Don Amilcar no tardó en darse cuenta de que el negocio ahí no estaba en la venta de fideos, arroz o arvejas, sino en el expendio de alcohol, por lejos lo más consumido del almacén. Pero a Cruz no le interesaba el dinero inmediato que le podía dar la venta de vino barato y cerveza, sino el poder que eso le otorgaba por sobre sus desolados clientes. Así, poco a poco, fue introduciendo una modalidad que constituyó la base, el trampolín mediante el cuál empezó su meteórica carrera en el hampa.
Don Amilcar sabía que la mayoría los borrachines del barrio, que eran muchos, no tenía trabajo. Entonces les empezó a proponer un trato. Cinco cartones de vino a cambio de 5 horas de trabajo de sus hijos. Los chicos se dedicarían a tareas de aseo del local y a acomodar mercancías, algo que al viejo Cruz y a su espalda le costaban cada vez más.
Por supuesto, los hombres aceptaron la propuesta y en poco tiempo Don Amilcar Cruz vio que tenía un pequeño batallón de chicos y adolescentes que sabiamente distribuyó a lo largo de los días de la semana teniendo en cuenta la personalidad y el rango de edades.
Don Amilcar se estaba jugando un pleno. Era un rufián meticuloso. Para él, el delito era como una partida de ajedrez. Primero hay que establecer la estrategia, colocar las piezas una a una como corresponde y después atacar y dar la estocada final.
Por esos meses, se volcó enteramente al cuidado de los chicos. El trabajo era una excusa para enseñarles, para darles el afecto que sus padres no les daban, para educarlos y formarlos a su manera. Pronto compró tres mesitas y convirtió el viejo almacén en un bar. Los chicos atendían a los bebedores, que muchas veces eran sus propios padres. Después consiguió un metegol desvencijado y organizó campeonatos nocturnos. El lugar se había transformado en una especie de club adolescente. Todos querían al viejo Cruz y el viejo Cruz, de a poco, iba delineando su plan, eligiendo a los más aptos, colocando las fichas sobre el tablero pacientemente.
Una tarde de verano, cuando consideró que estaban listos, reunió a los mejores y les prometió una vida mucho mejor de la que tenían. A partir de esa noche empezaron a robar, siempre en otros barrios.
Los blancos nunca eran al azar. Don Amilcar escogía los lugares, mandaba a los más pequeños a vigilar los movimientos y después, con información exacta, elegía a un grupo determinado y les decía lo que tenían que hacer. Así, los chicos empezaron a estar estratificados en grupos que iban desde la más eficaz elite hasta los que sólo podían hacer de campana. Sin embargo, el afecto que el viejo había logrado generar en torno a su persona hacía que nadie se quejara. Todos ganaban, él y “sus muchachos”, como le gustaba llamarlos.
Poco a poco, Don Amilcar empezó a amasar una fortuna. Robaban autos, locales de ropa y electrodomésticos, panaderías, kioscos. El almacén se había convertido en una sede criminal desde donde salían permanentemente chicos a robar y a donde llegaban todo tipo de clientes a comprar lo robado. Todos lo sabían en el barrio, pero Don Amilcar estaba arreglado con la policía y, mientras no se metiera con nadie de El Durazno, poco había que temer.
El viejo conocía el equilibrio maquiavélico entre la fuerza y el consenso. Él hacía su negocio, pero les pagaba bien a los chicos, trataba bien a todos, mandaba a asfaltar calles, levantaba paredes en el barrio y ayudaba a los que podía. Eso, de alguna manera, ataba de manos a la policía, que sabía que cualquier intento de detención significaría una pueblada. La política, por otro lado, no hizo mella en su ascendente carrera de chorro. Arreglaba con los punteros y les hacía entender, por las buenas o por las malas, quién mandaba en El Durazno. No le faltaron ofertas para ser candidato, pero su mundo era otro mundo, en su viejo almacén él no le rendía cuentas a nadie.
Una vez algún resentido lo denunció por prostituir a las hijas de sus clientes. Por la gravedad de la acusación fue inevitablemente preso. Pero nadie pudo probar tal cosa. “Con las nenas no se juega”, dijo enojado cuando salió. Durante su estadía en la cárcel, nadie le tocó el negocio. Muchos le tenían miedo, pero muchos más eran los que lo respetaban y lo querían. Él les había dado todo. “Si uno tira una moneda en este barrio siempre sale Cruz”, graficaba un viejo vecino.
Don Amilcar nunca tuvo hijos naturales, pero de alguna forma todos fueron sus hijos en El Durazno. Su fama y su nombre estuvieron presentes en el barrio durante largos años. Pero, como suele pasar, su historia no tiene un final feliz. Alguien lo mató por la espalda en una esquina lejos de sus amadas calles. Algunos dicen que fue un ajuste de cuentas, otros que se trató de un sicario pagado por una mina despechada. Mi amiga Wendy López me dijo que lo más seguro es que a Don Amilcar Cruz lo haya matado un chorro cualquiera, un raterito que lo vio potable como para afanarle el reloj y se le fue la mano. Lo que nadie sabe es por qué Cruz andaba solo por esos lados y ahí Wendy se pone romántica y sostiene que él sabía que el final estaba cerca y de alguna manera lo andaba buscando.
Por supuesto el bar cerró y al poco tiempo los muchachos se dispersaron y muchos cayeron presos. Desde entonces El Durazno ya no es lo que era. Los más viejos, que también son los más melancólicos, dicen que ahora el barrio es tierra de nadie. Una tierra donde ya nadie se acuerda de Don Amilcar Cruz.
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