lunes, 8 de febrero de 2010

Mini - piquete

Elongo en la plaza con la satisfacción del deber cumplido. Las gotas que nacen en la frente resbalan por el tobogán de la nariz y van a estrellarse contra el cemento. Las piernas abiertas forman un triángulo cuyo vértice superior es mi cintura, la cabeza está gacha a la altura de las rodillas, los brazos extendidos tocan el piso. Los músculos se estiran y se relajan. La respiración se hace más profunda. Después de correr hay un momento de paz, de conexión absoluta con uno mismo. No dura mucho, son tan solo unos minutos. Después de eso, de a poco, uno va volviendo a insertarse en el mundo y en sus múltiples demandas.

Cerca veo a una nena jugando con su hermana. No tendrá más de 10 años. Tienen una pelota de tenis y dos paletas, pero parecen aburridas. Su madre está más allá, sentada en un banco, abstraída de todo, fugándose entre las líneas de un libro amarillento. La más grande de las nenas tiene la pelotita en la mano y se dispone a sacar, pero algo la distrae. Son otras dos chicas de su misma edad que van sentadas en un carrito de cuatro ruedas y dos pedales que alquilan del otro lado de la plaza. La nena las mira pasar y se olvida de su hermana, que está esperando que le tire la pelota. Las chicas del carrito se alejan, pero pasan unos minutos y vuelven a aparecer en la esquina. La nena más chiquita le reclama la pelota a su hermana mayor, pero ésta ya ha perdido todo interés en el juego y sólo espera a que el carrito se acerque. Le miro fijamente la cara: está calculando el momento exacto, la distancia correcta. De repente, se cruza en el camino del carrito y obliga a sus conductoras a frenar. Hay un momento de silencio y tensión. Después la nena pregunta amablemente: “¿Puedo dar yo una vuelta?”. Las chicas del carrito no se miran entre ellas, sólo la miran fijo y en silencio. Una de ellas niega con la cabeza. La nena sigue parada sin dejarlas pasar. “Una sola vuelta”, dice, pero recibe otra negativa muda. Finalmente se hace a un lado y las deja avanzar.

Pienso que quizás debería pedirle a su mamá que le alquile una vuelta en el carrito, pero esa opción parece estar descartada de antemano por la nena que ahora busca la pelotita de tenis olvidada en el pasto. La hermanita ya no quiere jugar con ella. Y ella parece no tener ningún interés en la hermanita. Se queda parada y sigue con la mirada el carrito, que ya ha dado otra vuelta y viene, una vez más, en nuestra dirección. Esta vez, la nena parece resignada. Se hace a un lado y deja que el coche avance. Al pasar, una de las chicas se da vuelta y la mira fijo. Entonces la nena toma envión y les tira la pelota de tenis con toda su fuerza. Se escucha un golpe seco y en seguida un grito. El carrito se aleja, pero ya no vuelve a pasar por ahí.

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