jueves, 18 de febrero de 2010

La tormenta y nosotros

El primer pinchazo lo siento cuando miro la vela, que arde indiferente y lejana en una trémula negación de la oscuridad. Es como caer en un abismo, preso de un silencio que, en su condición de nada, aturde. El fuego despliega sus caricias infernales sobre la cera blanca y la hace retroceder con estocadas indecisas que se proyectan en la pared. La casa sin luz parece vacía, aunque estamos todos. Yo acabo de llegar hecho una sopa. Afuera, la tormenta transforma las calles en ríos y suma una espesa cortina de ruido al escenario de sombras que propone la noche.

Pienso que justamente la oscuridad y el estruendo monótono de la lluvia, que tapa todos los demás sonidos, aplacan los sentidos. Pero el efecto es exactamente el contrario. Al principio no vemos ni escuchamos nada, el departamento parece una cueva apenas agitada por nuestra respiración, pero después las cosas se revelan en esa aparente realidad ciega y sorda y vamos entendiendo. Ellos ya están aquí, agazapados, y entonces siento sus voces y sus pasos tan conocidos y tan aterradores.

El edificio es, otra vez, una mazmorra, una prisión oscura. En este momento no conocemos los alcances del temporal que rebalsa, inunda por todos lados y nos ha jaqueado. Hay barrios enteros sin energía eléctrica, calles sin semáforos y esquinas devoradas por la correntada. Pero nosotros no podemos saberlo porque estamos aislados.

Entonces ellos nos miran, nos desnudan, nos interrogan incesantemente. Y no hay escapatoria posible. Los muebles, los aparatos, las cosas que pueblan la casa pierden sentido en su opacidad. Ahora estamos solos. Solos frente a ellos. Las pantallas, las múltiples pantallas que nos rodean, están muertas y no hay ruidos ni motores que nos rescaten. Nuestros sentidos, que antes creíamos negados, empiezan a transitar un mundo nuevo, se abren camino en la noche como si fuera una peligrosa selva virgen y los descubren.

Es en ese punto cuando nuestros fantasmas atacan. Nos clavan dientes y garras, nos persiguen en medio de esa oscuridad sin salida y nos terminan poniendo frente a frente con nosotros mismos, sin máscaras ni distracciones. El silencio es su aliado. Pensamos en escapar, pero ellos, que en realidad somos nosotros, nos ahogan, nos asfixian.

Apagamos las velas que ya son inútiles, nos tumbamos sin vernos. Ellos, nuestros propios monstruos, juegan con nosotros.

Pasan las horas, el alba se mete por las ventanas. Ya no llueve, pero la quietud es la misma. Con una indignación exagerada resolvemos irnos de la casa hasta que vuelva la luz y todo se normalice. Mentimos excusas y organizamos un exilio apurado. En el fondo, buscamos aturdirnos otra vez. Nos resulta insoportable quedarnos con nosotros mismos y con nuestro silencio.

2 comentarios:

  1. Esta buenisimo y creo que esta bueno tambien en encontrarse con uno mismo, de esas sesiones salen las mejores cosas tanto personales como creativas... mejor vivir sin el ajetreo de la ciudad y el continuo acecho de las distracciones!
    Besos cerdos!

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  2. Negrura, silencio, selva, perico, cachurunga. Quizás en el espíritu de aquellos relatos inventados nacieron los fantasmas, que reaparecieron el 18 de febrero...quizás...

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