Domingo 7 AM. El cielo era nube, sobre nube, sobre nube. La calle, una postal del desencanto. Si por alguna curiosa casualidad alguien estaba despierto a esa hora, era para cruzarse a la panadería, aprovisionarse de facturas, masas y todo tipo de hidratos de carbono y volver rápido a la cama, como los bichos que llenan su madriguera de comida para subsistir largo tiempo a salvo de las inclemencias climáticas del exterior. Pero no había nadie, ni siquiera el viento balanceando las hojas con su mano invisible. Todo era como una mancha gris en la que el único que desentonaba era yo con mi remera naranja y mis pantalones cortos que parecían un osado desafío al cielo encapotado.
Paré un taxi y le indiqué con voz decidida que enfilara hacia los bosques de Palermo. Al llegar a Figueroa Alcorta y Sarmiento no me sentí tan solo. Eran cientos, miles las almas de color naranja que se movían de acá para allá como escapándole al gris de esa mañana que anochecía. Desde un palco que se replicaba en los altoparlantes, Julián Weich arengaba y exageraba que eran más de 8 mil los corredores que se preparaban para la carrera por equipos.
Entonces me encontré con los míos: Julián, Cata y David. La primera vez para los tres. Entrenamiento, poco. Fuerza de voluntad, infinita. La música y la masa hormigueante que iba y venía, elongaba y saltaba nos despabiló. Los mosquitos se encargaron de sacarnos el poco sueño que a esa altura nos quedaba. La carrera era por postas, Julián iba primero.
Cuando a las 8:30 sonó la señal de largada y los corredores de la primera fase avanzaban en una columna de soplidos y pasitos cortos, el cielo empezó a deshacerse a pedazos sobre nuestras cabezas. Cuando los perdimos de vista, la lluvia ya caía a baldazos. La gente corría bajo los árboles, pero sólo quedaba esperar. Los que iban segundos en las postas sabían que tarde o temprano se iban a mojar y salían de los improvisados refugios para calentar y estirar. Por momentos, la tormenta era tan intensa que la cortina de agua no dejaba ver lo que pasaba a 100 metros.
Sin embargo, nadie se fue. Ya estábamos ahí y había que correr. Llegó Julián, ahogándose en el agua de la lluvia y en el esfuerzo, y salió Catalina, que a pesar de no haber corrido nada durante las últimas semanas no desentonó. Después fuimos David y yo juntos, dimos las dos vueltas que quedaban a la par y terminamos exhaustos. Otra vez Von Clausewitz: la reserva moral de un ejército es casi tan importante como su número y su fuerza. Nosotros no estábamos entrenados, pero lo hicimos bien porque había un compromiso con el otro, porque sabíamos que pese a todos los obstáculos que el clima, la lluvia y el propio cuerpo nos podían poner, había que cruzar la meta.
Después de la hazaña, todo fue fraternidad. Festejamos en la carpa de prensa entre sanguchitos de miga y gatoreid, en un estado confuso de falta de sueño y cansancio físico que no nos dejaba comprender del todo nuestro logro en medio del vendaval.
Al rato, empapados de pies a cabeza, arrastrando los pies embarrados, volvimos todos juntos hasta Av. Santa Fe. Contentos, felices por haber cumplido, por haber resistido y haber conseguido el objetivo en esa mañana con tintes épicos. Ya no llovía. Nos despedimos entre felicitaciones mutuas. Eran las 11 de la mañana.
Después de eso, llegué a casa donde me esperaba la familia y el merecido relajo: el placer del agua caliente sobre los músculos todavía tensos, un plato de ñoquis del 29 y dos copas de vino para desmayarme en una siesta que duró, sin ningún tipo de reparo, 3 largas horas. El cielo seguía gris y cada tanto descargaba un baldazo de lluvia sobre la tarde desangelada.
A eso de las 7 vinieron Eche y Daniela a ver a Helena. Merendamos masas, sanguches de miga y tortas y, entre charlas, proyectos de asado y comentarios de vacaciones por venir, nos sorprendió la noche.
Ellos se fueron, nosotros comimos, y antes de dormir, salimos a dar un paseo por las calles del barrio. Hacía frío y el cielo por fin se estaba despejando. Al volver, Mariana se ocupó de lavar, esterilizar y llenar las mamaderas y yo me acosté un rato en la cama y la llevé a Helena para que jugara conmigo. La luz estaba apagada y los dos estábamos cansados. Poco a poco, nos fuimos dejando vencer por el sueño. Ella gateó hasta donde estaba yo, apoyó su cabecita en mi pecho y así nos quedamos, los dos en la penumbra, con los ojos cerrados, hundiéndonos en respiraciones cada vez más profundas y pensamientos cada vez más difusos, después de un domingo de proezas, amigos, familia y lluvia. Lo que se dice, un domingo cualquiera.
No hay comentarios:
Publicar un comentario