Lunes. El calor empieza a fermentar en el aire y no hay ventana a dónde escaparse. Un ventilador gira asmático. Pero nada se mueve. Todo permanece congelado en el instante del café, del inicio del día y de la semana. Un empezar de nuevo lleno de otros comienzos acumulados, con el cuerpo exhausto de la semana que se fue sin darnos tregua.
Todavía no es verano, pero el verano ya llegó. Al menos el viejo verano, el de los 30 grados por la mañana temprano. Y lo peor es que no sabemos si éste verano no oficial, esta generosa muestra gratis que ya se insinúa como insufrible, será igual al verano real, al que viene en unas semanas. Desconocemos lo que ese verano con todas las letras, sazonado con un poco de cambio climático, nos puede estar preparando en su horizonte de tiempo: un cóctel fatal de amaneceres sofocantes, mediodías infernales y atardeceres de aguacero.
De todas formas, y a pesar del carácter estival de esta mañana chicle, mi sentimiento en este momento (y hablo de algo no racional, algo como el instinto, algo que el cuerpo me pide) es un profundo deseo de hibernar. Hibernar como los osos. Llenarme de pan dulce de navidad y meterme en la cama durante dos o tres meses simplemente a dormir. Me pueden decir que el biorritmo en verano se acelera, pero lo único que yo quiero es descansar, descender los niveles de actividad hasta casi cero, reponerme seriamente de este año feliz, pero agotador. Que no me mientan: el calor no alienta la energía vital, la arrasa, la asfixia lentamente, ayudado por la humedad.
La taza de café ya está vacía. A su lado, el agua transpira en un vaso. Desde el balcón se cuelan los sonidos de la ciudad, que ya retumba y se agita en su multitud de pasos y bocinas. En un par de horas ese mar anónimo también me tragará a mí, que sigo buscando sin suerte un poco de aire en esta penumbra artificial.
Noviembre. Estiro los brazos y las piernas para desentumecerlos. Cierro los ojos y me abandono en el respaldo de la silla por un instante. Pasan varios minutos sin que pase nada. La mente opera para que el cuerpo reaccione y se aliste una vez más. Los quejidos quedan sepultados por inútiles, lapidados por la razón. Pienso que en esas pequeñas y maquinales operaciones radica la fuerza indestructible de la rutina.
Afuera, Buenos Aires me espera con las fauces abiertas. Empieza la semana. El calor sigue aumentando.
No hay comentarios:
Publicar un comentario