jueves, 12 de noviembre de 2009

No resuciten al Che

La ciudad amaneció callada. El silencio se contrapone al mar de bocinas que se escuchaba ayer en todos lados. En el aire todavía flota el polvo del revuelo que vivimos todos con las nuevas 24 horas de paro de los subtes, que volvieron a poner a Buenos Aires patas para arriba.

Nadie es indiferente a esta situación. Todos opinan. El remisero, el taxista, la chica del supermercado. Todos tienen algo para decir porque la protesta, la protesta universal, el modo de protesta que se repite sistemáticamente ya sea con un fin o con otro, caló hondo en la sociedad porteña. Entonces están los que avalan el derecho a huelga, los que sólo lo defienden de la boca para afuera y cuando la calle cortada no les toca a ellos, los que ya están hartos, los que escuchan lo que Susana Giménez tiene para decir sobre los piquetes, los que se alinean al discurso del gobierno y creen que todo reclamo busca, en el fondo, desestabilizar al ejecutivo, los que se dejan llevar por una memoria sensorial e identifican –a mi juicio erróneamente- esta situación de evidente crispación social con la ocurrida 8 años atrás en este país que entonces no era el mismo, que intentó cambiar y que ahora parece tropezar y enredarse en sus propias contradicciones.

Así estamos, y en medio de todo este lío, ayer hicimos un ejercicio de imaginación con mis compañeros de redacción. La noticia era que en Chascomús habían logrado clonar una vaca campeona muerta. Ante este impresionante salto científico, nos preguntábamos a nosotros mismos a quiénes clonaríamos. Entonces empezaron a surgir decenas de nombres como John Lennon, el Che Guevara, Julio Cortázar, etc.

Pero a medida que avanzábamos en nuestro camino de delirio, nos dimos cuenta de que en realidad eso de la clonación de los seres humanos encierra un engaño terrible: la persona es la misma, pero tal vez no tenga la misma personalidad, ni las mismas cualidades. Es decir, los hombres son producto de un sutil entramado de condiciones sociales, un producto histórico-cultural. Y clonar a Juan Perón no nos garantiza que el hombre, con los mismos rasgos físicos que el viejo líder, llegue a concebir una doctrina medianamente parecida. ¿Qué pasaría, entonces, si clonamos al Che y resulta que le encantan las hamburguesas de McDonalds? ¿O si nuestro nuevo Cortázar tiende a ser matemático, realista y no puede concebir un párrafo y menos aún un cronopio?

Entonces nos dimos cuenta de que en realidad no son los hombres lo que quisiéramos clonar, sino sus ideas, su legado. Y ahí llegamos a la conclusión de que las ideas y los legados están, y que lo que falta son personas que se pongan a trabajar con ellos como bandera.

Afuera seguían sonando las bocinas. Bajo tierra, ardía la interna del subte que paralizaba a la ciudad. Había que volver al trabajo. Pero en medio del caos, de los miedos y de la sensación de ir adentrándonos en un camino sin salida, nuestro pequeño juego nos dejó pensando. Las ideas sobreviven a los hombres. La sociedad, por más anómica y atomizada que parezca, tiene reflejos.
No hace falta que vuelva San Martín para soñar con un país mejor y más justo.

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