jueves, 19 de noviembre de 2009

En el cielo, las hormigas

Una de las noticias más impactantes de los últimos tiempos ha sido sin duda el descubrimiento de importantes cantidades de agua en la Luna. Incluso la Nasa se encargó de explicar que se trata de un hallazgo que cambia la historia y abre muchas perspectivas. Pero como siempre, entre palabra y palabra del comunicado oficial quedaron verdades ocultas que tal vez la agencia norteamericana se guarda para cuando el mundo esté más preparado. Porque no sólo hay agua en esa masa blanca que cuelga del cielo. También, señores, hay vida.

Para empezar a explicarnos, vamos a afirmar que la Luna es, en algunos aspectos, como un espejo hacia adelante. Esto quiere decir que está poblada por seres que están en una escala evolutiva superior a la de los que habitan nuestro mundo. Se trata, simplemente, de hormigas. Pero no cualquier tipo de hormigas: son hormigas lunares.

Según parece, todo comenzó hace muchos años en la tierra. Ya en aquel entonces, una reina muy poderosa empezó a percibir en su hormiguero eso que ahora se llama “sensación de inseguridad”. En los túneles se escuchaban voces de complot, había crispación, choques permanentes, riñas, robos de comida y castigos mortales a la ostentación. Incluso los rumores que corrían en hormigueros vecinos indicaban que ya había habido varios crímenes por terrones de azúcar y migajas de galletitas dulces y que la represión a los pedidos de seguridad había sido cruenta en repetidas ocasiones.

En una sociedad como esa generalmente hay suficiente para todos, pero algo había cambiado en las profundidades del hormiguero. El pacto social se había roto y era la lucha entre las propias hermanas lo que estaba socavando las bases de la colonia. “La hormiga es el lobo de la hormiga”, predicaban por lo bajo los sombríos agoreros y la reina, jaqueada por las acuciantes circunstancias y debilitada por las demostraciones de un poder estéril y errático, tomó una decisión drástica sin saber que, a la larga, ese mismo plan también la llevaría a su propio fin.

Según ella, los efluvios de maldad de este mundo eran los que corrompían el ánimo de sus millones de hijas. Entonces la solución pasaba simplemente por abandonar la tierra. Se me dirá que es una locura, pero nada es imposible para esas criaturas enérgicas, que pueden levantar varias veces su peso y son capaces de construir verdaderos imperios subterráneos.

En medio de un revuelo que hacía temblar los cimientos mismos de la comunidad, la hormiga reina instruyó a sus fieles lacayos y se conformó una comitiva especializada que durante años llevó adelante experimentos y proyectos secretos en un hormiguero base en medio del desierto, cerca de Cabo Cañaveral. El objetivo era uno solo: fomentar la carrera espacial. En ese tiempo, espiaron a los hombres, consiguieron hacer un vacío de gravedad con un frasco de mermelada, descubrieron como alimentarse en la superficie lunar y conocieron todo lo relativo a las leyes físicas lejos de la tierra.

Cuando estuvieron listas, pusieron en marcha la misión más ambiciosa de la historia de la hormiguedad: el viaje a las estrellas. Con una técnica que todavía es un misterio, lograron colarse en las diversas sondas que el hombre enviaba a la Luna y así fueron poblando el satélite natural de forma pausada, silenciosa pero efectiva. Viajaron hormigas de todas las castas. La reina, por supuesto, fue en la primera tanda junto con varios machos reproductores y miles de obreras.

A los pocos meses, ya se habían habituado a la superficie cenicienta de la Luna y entre veranos ardientes e inviernos helados fue creciendo una sociedad nueva, poblada de hormigas extraterrestres. Atrás quedaban los malos aires de los que hablaba la reina en sus delirios nocturnos y la sensación de pelea de todos contra todos que amenazaba a la comunidad. Su proyecto había sido un éxito, había salvado a la colonia.

Sin embargo, las cosas no eran en realidad como la reina pensaba. Durante los años en los que ella había estado abocada a su ambicioso plan de conquistar el cielo, algo había cambiado en el hormiguero. Y el germen de ese cambio, que se había gestado en la tierra, había viajado con ella a la Luna. Las hormigas obreras, que constituyen las grandes masas en las sociedades subterráneas, se fueron dando cuenta de que el verdadero mal de la colonia radicaba en la falta de estamentos de poder compartido. La monarquía estaba agotada desde el momento en que la reina no podía garantizarles la seguridad que ellas necesitaban. Además, durante los últimos tiempos había estado extraviada en su sueño de llegar a la Luna y había descuidado los reclamos del hormiguero, aplacando las voces contrarias al régimen con represión y destierro. En los túneles se empezó a agitar entonces la idea de una revolución.

Según se sabe, hace algún tiempo, la reina, que embelezada por su propio éxito ya no salía de sus aposentos lunares, fue rodeada por una sublevación que no tiene antecedentes en la historia de las hormigas. Miles de antenitas anónimas que se habían dado cuenta de que las formas de organización popular eran más efectivas para gobernar y que el verdadero poder lo tenían ellas y no la hormiga real, clamaban por su cabeza en medio de los despoblados cráteres de Selene. De inmediato, la reina dispuso buscar ayuda en las monarquías amigas, pero enseguida reparó en que estaba sola en esa vasta llanura blanca, a millones de kilómetros de la tierra. Su final se acercaba, el pueblo había dictado la sentencia.

Fueron los propios machos reproductores, sus custodios de antaño, los que le asestaron el golpe final. Con los despojos afilados del palito de un helado que había servido de reserva alimenticia durante uno de los viajes espaciales, la reina fue decapitada en su recámara. Ese día será recordado por todas como “la toma de la astilla”, el día en que la monarquía cedió para dar paso a una república donde todos son verdaderamente libres e iguales.

Créase o no, a partir de ese momento la nueva sociedad de las hormigas lunares prosperó a pasos agigantados en sus nuevos túneles subcraterianos. Hubo problemas y todavía los hay, pero las dificultades que padecen no se comparan con las que afrontan las atrasadas monarquías que se quedaron en la tierra. La Nasa lo sabe y por eso oculta la información. Nunca es bueno para los poderosos que se difundan los detalles de una revolución como esta. Sin embargo, las voces corren y yo ya he visto muchas hormiguitas luchadoras que no se rinden, trabajan día a día por un hormiguero mejor y cada tanto miran al cielo y sueñan.

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