Viernes. Sofocados de tanto encierro, pantalla de televisión y computadora, nos miramos con Mariana y decidimos ir a dar una vuelta por el barrio. Rozaba la medianoche. Bajamos con Helena, que al parecer se había olvidado completamente del sueño y vociferaba, con grandes ademanes, un extenso relato en su idioma mezcla de ruso y japonés. Queríamos caminar, quizás tomar un helado, cansar un poco más el cuerpo y airear la mente antes de la cama, la inevitable pastilla para los mosquitos, la respiración pausada y la inconciencia onírica.
Pero cuando empezamos a avanzar hacia la esquina, todo se apagó. Un corte de luz puso un velo negro sobre varias manzanas, entre las que estaba, por supuesto, la nuestra. La calle se transformó en el centro mismo de las tinieblas. Con los carteles y los semáforos envueltos en sombras, la cuadra adquirió un aire abandonado, casi siniestro, así que empujamos el cochecito hacia las luces del horizonte e intentamos salir de la desolación.
Recorrimos algunas calles en completa oscuridad. Es raro cuando se corta la luz. Los departamentos se transforman en antros inhabitables, la gente sale y hay como una fraternidad en ese no hacer nada en la vereda. Nos mirábamos todos, algunos le sonreían en la penumbra a Helena que seguía ensimismada en sus propios ensayos de retórica, otros explicaban que el transformador, que Edenor o el calor.
Pero no hacía calor. Corría un viento agradable. Era una noche blanda. Había una humedad palpable, soportable, un prólogo de esas lloviznas que acarician. Los pasos se volvieron un poco más lentos. Decidimos volver porque la oscuridad siempre trae incertidumbre, pero podríamos habernos quedado un rato más.
Entonces pegamos la vuelta y al cabo de dos cuadras de luz, entramos nuevamente en territorio de sombras, donde la gente seguía comentando y las llamas indecisas de algunas velas ya temblaban detrás de los vidrios de las confiterías. Al llegar a casa, tuvimos que subir los nueve pisos por la escalera con Helena y el cochecito a cuestas.
Tal vez fue el ahogo por la falta de ascensor, pero después de haber atravesado el viento silvestre que recorre las calles, nos pareció que en el departamento el aire estaba estancado desde hacía siglos. Mariana registró minuciosamente los lugares donde podía haber velas y descubrió que sólo había tres, y encima de las chinas, esas redondas que ponen de centro de mesa en los bares y duran, a lo sumo, media hora.
Las llamas titilaban en el silencio. Nos fuimos a la terraza y nos quedamos los tres ahí. Una luna incierta, oculta tras las nubes, iluminaba el cielo. Por suerte quedaba una cerveza todavía fría en la heladera apagada. Helena jugó un rato con una pelota azul. De a poco, los ojos se habían ido adaptando a la oscuridad y las palabras de alguna forma también. Uno habla con cierto sigilo en la penumbra, como si temiera chocarse con algo. Los susurros y las velas se fueron apagando en un lento hundirse en la bruma de la modorra. El tiempo parecía haber quedado atrapado en la telaraña de la noche. Calentamos la mamadera en una ollita y después del ritual de los pañales, nos acostamos todos en la cama grande.
Tal vez pasaron horas. De repente se escuchó el motor de la heladera y la casa se inundó de luces. Mariana se levantó con una exclamación y las fue apagando una a una. Después volvió feliz, tanteando la oscuridad. Allí la esperábamos con Helena para soñar de a tres. Afuera diluviaba.
Hermoso mi amor, pero no era necesario contar el detalle de las velas !!! jejeje...
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