sábado, 7 de noviembre de 2009

Contra viento y marea

Mi amigo Echenausi es un excelente médico que labura como un perro todo el día. Si se pudieran clonar personas, yo propondría que lo clonen a él, y que repartan sus copias en todos los hospitales del país. Pero además de ser un muy buen doctor, mi amigo es, por sobre todas las cosas, una gran persona. Tanto, que no dudé un instante cuando tuve que pensar en el padrino para mi hija y por supuesto lo elegí a él. Y como si fuera poco, además de ser un eximio profesional y uno de los mejores amigos que uno puede tener, mi amigo Echenausi es el tipo ideal para muchas mujeres. Su novia Dani lo sabe, y por eso lo cuida y lo mima como debe. Hace poco le regaló un viaje a Puerto Madryn para ver a las ballenas y para enamorarse todavía más, enfundados en chalecos salvavidas, acunados por un barco que se mece con el oleaje y arrullados por el viento sureño que les trae en su caricia invisible las canciones que arrastra del mar.

Allá fue mi amigo Echenausi, atravesando el cielo junto a su amor y con una esperanza prendida en el alma: ver a los gigantes de las profundidades.
Pero, como suele pasar en el mundo natural, a veces la aventura tiene su precio y ese precio es la espera. Al llegar, los guías de la excursión les informaron que el puerto estaba cerrado por el viento y les dijeron debidamente que el encuentro con las ballenas no sería el sábado sino el domingo. Para ese día, les habían programado una excursión a Punta Tombo, la mayor reserva de pingüinos magallánicos de Sudamérica.
Mi amigo Echenausi, que ante todo es un caballero, entendió que las condiciones naturales eran algo que se debía respetar y, renegando por los bajo, aceptó atravesar la estepa patagónica para ir a ver cómo los pingüinos machos cavan cuevas para atraer a las hembras y luego se dedican a nidificar y a cuidar de sus huevos mientras mandan a las mujeres a buscar comida al mar.
Sí. El tipo quería ver las ballenas y terminó viendo pingüinos… Mi amigo Echenausi escuchaba como el guía exaltaba el espíritu monógamo de los palmípedos y contemplaba absorto el pulular cadencioso de los bichos que se esparcían por toda la playa. Cientos, miles de pingüinos que cada año llegaban a la costa y buscaban a través de su graznido a su único amor. Si lo encontraban, se apareaban, criaban a sus polluelos y se separaban para volver a juntarse el año siguiente. Si no, se quedaban solos hasta la próxima temporada, donde volvían a buscar a la misma pareja. Un modo de vida loable, pero poca cosa al lado de la majestuosidad de la Ballena Franca Austral, que será un poco más lujuriosa y desordenada en su modo de vida, pero a la vista, con sus formas y su cola al viento, es mucho más atractiva para un hombre como Echenausi, harto ya del deber ser, que viajó más de mil kilómetros y ahora está viendo cómo un pingüino confundido arrastra una bufanda que alguien dejó tirada para llevársela a su nido.
Después de eso, y como para que haga algo más, los guías mandaron a mi amigo a tomar un tecito con torta a la ventosa colonia de Gaiman. Aunque sea galletitas con forma de ballena le hubieran dado, como esas que venden en el zoológico. Pero ni siquiera. Té galés, como un señorito, cuando lo que él buscaba era la aventura, los lomos irrumpiendo en el oleaje movido, las exhalaciones monstruosas que provocaban al mismísimo cielo...
Mi amigo Echenausi, que sabe esperar, se comió la torta que no tenía forma de cetáceo y se fue a dormir ilusionado esa noche. Su novia Dani lo consoló, le explicó que las ballenas seguían ahí, que no se iban, y le aseguró que el día siguiente sería "el" día.
Sin embargo, eso no ocurrió. El domingo el viento agitaba todo a su paso: cosas, personas y ánimos. Desde la agencia de turismo les informaron que, lamentablemente, el puerto seguía cerrado y que no podían embarcarse. Imponderables de la naturaleza, contra los que no hay nada que hacer. La excursión que iba a ser en barco a ver a las ballenas terminó siendo por vía terrestre a ver a los elefantes marinos, moles gigantescas que permanecen postradas en la playa y dedican su tiempo a provocarse, a bufar y a intentar aparearse con poca o ninguna fortuna, al menos a la vista de los turistas.
Mi amigo Echenausi era pura decepción. Fue en el camioncito con otros frustrados viajeros hasta una playa cerrada, desde donde se podía ver a los elefantes marinos. El viento los azotaba como una burla. Allí estaban esos cuerpos deformes tumbados, comiendo y bramando. Echenausi recordó algunos viejos que él siempre veía en el bar donde pasaban los partidos, cuya única actividad era levantar la mano cansada en forma de reproche y lanzar una puteada al aire. Estos bichos eran iguales. Echados como bolsas de papas, apenas levantaban un poco la cabeza para emitir un quejido sordo y volvían a tumbarse de fauces en la arena. Parecía que lo único que hacían era protestar resignados. Echenausi miró su propia panza, pensó en él mismo en algunos años y logró cierta empatía con los elefantes y su modo de vida, pero la tímida sonrisa que le nació no pudo borrar la sensación de frustración que se incrementaba cada vez más con el martilleo del oleaje que venía del mar.
Todo era resignación, hasta que alguien comentó que ese espectáculo no tenía comparación con el de las ballenas del día anterior. En ese momento, mi amigo volvió la cabeza indignado. Algunos de sus compañeros de excursión habían salido del puerto a ver a las ballenas el sábado y a él lo habían mandado a ver a los pingüinos diciéndole que el puerto estaba cerrado. Creo que en ese momento, hasta los inertes elefantes marinos advirtieron que una inconmensurable furia se desataba en la costa.
Como dije, Echenausi es un gran tipo, pero su ánimo experimentó una brusca mutación al estilo de Jekyll y Hide que dejó pasmados a propios y ajenos. A los gritos, le exigió explicaciones a la pobre muchacha que oficiaba de guía. Y cómo no las obtuvo, comandó una rebelión que desembocó en la oficina de la agencia de turismo.
Era un azote de cólera, un huracán de ira. En la agencia le terminaron admitiendo que, como no les alcanza la infraestructura para tantos turistas, a veces dicen que el puerto está cerrado para mandar a algunos a ver a las ballenas y a otros a ver otro tipo de atracciones naturales. La calentura le subía a Echenausi con la fuerza de toda la energía eólica contenida en la provincia de Chubut. Él había comprado la excursión el sábado, le habían mentido que por el viento el puerto estaba cerrado. El domingo efectivamente el puerto estaba cerrado por el viento. El lunes se volvía a Buenos Aires sin ver a las ballenas. Dani, que asistía a mi amigo desde la calma y la racionalidad, le propuso cambiar el pasaje para la noche del lunes, sacrificando incluso un día de trabajo en pos de la esperanza. Finalmente, la revolución de los estafados triunfó en esa oficina resguardada del viento y en la empresa –acorralados- accedieron a llevar a los que podían quedarse a ver a las ballenas el lunes. Soplaban vientos de cambio.
Mi amigo volvió feliz al hotel, pero en el camino escuchó a una pobre vieja que se lamentaba. Ya no iba a poder ver a las ballenas porque no podía extender su estadía en Madryn y tampoco la podía extender en la vida, como para volver pronto a ese paraíso natural. Todavía sorprendido por la inusitada vehemencia de su propio reclamo, mi amigo Echenausi, que tiene un corazón noble, se conmovió con la pobre jubilada y odió aún más a los que comercian con las ilusiones de la gente.
Al otro día, al parecer como todos los días, el viento sacudía hasta a las almas. Sin embargo, el puerto estaba abierto y mi amigo y su novia pudieron vestirse con los chalecos salvavidas como habían soñado, subirse al barquito y entregarse a una experiencia que no tiene sentido describir con palabras. Las ballenas brindaron su espectáculo como estaba previsto y ellos las vieron de cerca, se dieron besos con gusto a salitre marino y comieron pescado, que es como comer perdices, pero en Puerto Madryn.
Final feliz para una odisea de tres días que mi amigo Echenausi me contó con gran detalle y que consideré lo suficientemente interesante como para reproducir en estas líneas.

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