Han sido días turbulentos. La casa, definitivamente, no está en orden. Hoy amanecí a las 11 y está claro que a las 11 no se amanece. En el espejo, las ojeras y la mirada desangelada daban claro testimonio de lo dura que fue la batalla. El cochecito de Helena atravesado en el living, nuestros abrigos, la manta de ella sobre las sillas y dos mamaderas vacías y sucias representaban algo así como los restos del naufragio.
Unos mocos, unos simples mocos, han puesto en jaque el orden establecido. Verdes, prosaicos, revolucionarios, se movieron con sigilo, pero con un objetivo claro. Ayudados, tal vez, por el frío polar de esta primavera inexplicable –eso todavía es materia de investigación– tomaron a mi hija por sorpresa, le ganaron las fosas nasales y aguardaron en silencio la llegada de la noche.
El primer golpe fue después de la leche de las 12. En un admirable ejercicio combinado, cerraron abruptamente la nariz de Helena justo cuando nosotros la acostábamos en la cuna. Ella, como era de esperar, pidió auxilio de la única forma que sabe hacerlo: con un llanto agudo y desesperado. Ese sonido desgarrador, que aún resuena en mi memoria, fue el inicio de un largo e impensado combate.
Todavía sorprendidos por el estado de situación, dudamos. ¿Qué fuerzas debíamos mandar a apagar la revuelta? ¿Hacía falta pedir ayuda? ¿Cuántos eran los facinerosos? En eso, debo admitirlo, me equivoqué. Subestimé a los insurrectos y pensé que se trataba apenas de un berrinche de mi hija por falta de sueño. Pero era el sueño, justamente, lo que ellos tenían en mente. Mariana, que es mucho más resuelta que yo en estos casos, apeló a su mejor arma: el amor. Con caricias y canciones de cuna, le devolvió a Helena la tranquilidad que le habían quitado. Por un momento, los doblegó. La paciencia estaba intacta: era apenas la una de la mañana.
Ya en la cama, nos miramos como preguntándonos de dónde había venido el levantamiento. Mariana repasaba en la oscuridad la lista de grupos críticos a nuestra administración. Yo la tranquilicé: “siempre hay oposición, son unos loquitos”, le dije. La acaricié y le pedí que durmiera un poco. El ejercicio del poder consume y siempre hay que estar preparados.
Pero el supuesto repliegue de las verdes fuerzas rojas fue apenas una táctica. Puro foquismo, como en Cuba. Los rebeldes volvieron a atacar, esta vez con más fuerza, ya pasada la 1:30. Helena volvió a llorar desesperada, los dos saltamos de la cama y acudimos a su ayuda. La situación estaba desbordada. No exigían nada sensato, lo único que querían era maniatar el sueño de mi hija, secuestrarlo, y de esa manera vulnerar la paz y la tranquilidad de la casa. En un gesto de debilidad que espero nunca salga a la luz, le confesé a Mariana que tenía miedo.
El enfrentamiento fue duro. Resolvimos apelar al cochecito para tratar de apagar tanto llanto. El imponente carro llegó al lugar abriéndose paso entre juguetes y sillas y empezó su tarea disuasiva. Poco a poco, recuperamos el orden. Pero la situación social estaba en llamas. La inseguridad había tomado cada una de las habitaciones de la casa. Habíamos ganado esa batalla, pero la crispación era evidente. Nos reunimos en comité de crisis. Pensamos en nebulizaciones y descartamos, por considerarlo un suicidio, al sacamocos. También evaluamos la posibilidad de pedir ayuda internacional: al otro día tal vez nos podían mandar apoyo de otras casas para poder dormir un poco. De todas formas había que estar preparado para un nuevo golpe esa misma noche. La amenaza del peligro es peor que el peligro mismo. Declaramos el estado de sitio y nos metimos en la cama que, para ese entonces, estaba tan desordenada como nuestras cabezas. Dormimos tensionados, sin poder relajar un músculo, con el oído atento al menor ruido, al mínimo cambio en la respiración de nuestra hija que en su cuarto libraba su propia batalla y resoplaba cada tanto para no ahogarse.
A las 4:30 de la mañana, tal vez por falta de previsión o ineptitud propia, nos despertamos con la casa en llamas. Los rebeldes se habían propagado y dieron un golpe perfecto. Intentamos negociar llevando a Helena a nuestra cama, pero ellos tenían el control de la situación, se sabían poderosos y su intransigencia iba en aumento. La crisis institucional se evidenció cuando se prendieron las primeras luces en las piezas. Esa fue la inequívoca señal de que nuestras fuerzas habían perdido la lucha para volver a dormirla.
No hubo mamadera ni canción de cuna que pudiera calmar a Helena. Después de más de una hora de intentos fallidos, Mariana retiró su columna y se refugió en nuestro cuarto, acaso la única fortaleza que nos quedaba, a tratar de pensar en frío la situación. Yo me quedé en el campo de batalla, confiando la última esperanza al paso del tiempo. Me sentía como un bombero que espera que llueva porque se sabe derrotado. Cuando amaneció, el quiebre psicológico fue total. Los teóricos de la guerra como Carl Von Clausewitz hablan de la reserva moral como un factor decisivo, acaso tan o más importante que la táctica o el número de soldados. Nosotros teníamos el aparato represivo y el monopolio de la violencia legítima. Ellos eran claramente menos, eran débiles, eran verdes. Pero así y todo, lograron doblegar a toda nuestra estructura institucional y pusieron de rodillas a la casa.
Finalmente, Mariana volvió a la carga. La pálida claridad de la mañana fue testigo de la última batalla. Con el paso de las horas a nuestro favor, Helena se durmió. Pero la revolución había triunfado.
Esa noche demostraron que podían y, lo peor de todo, nos dijeron que volverán.
EXCELENTE!!!!
ResponderEliminar"...Nosotros teníamos el aparato represivo y el monopolio de la violencia legítima. Ellos eran claramente menos, eran débiles, eran verdes..."
No queda mas que decir que me sumo a enfrentar las fuerzas verdes... cuando sea, como sea... no esta muerto quien pelea...VENCEREMOS!!!!
felicitaciones !! ahora entiendo fede !!! abrazos
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