miércoles, 28 de octubre de 2009

Los otros hermanos

Hay también oasis en el tiempo. Momentos donde la linealidad cede, instantes en los que lo que debe acontecer no sucede. Borges dice que el porvenir es inevitable pero no preciso, porque Dios aguarda en los intervalos.

Anoche rompimos con esa linealidad que supone la rutina. Nos salimos de lo cotidiano con un movimiento imprevisto, un gesto de rebeldía mínima pero eficaz para sacudir un poco la modorra de nuestras estructuradas vidas. Algo simple que, tal vez por su sencillez, resultó perfecto: martes a la noche, después del trabajo, asado y reunión.

Surgió espontáneamente, nos organizamos rápido y antes de las 9 las brasas ya ardían en la parrilla. La noche invitaba a la liviandad. Hacía calor. Éramos solo Diego, Eche y yo, tres amigos de hace casi 20 años. Hermanos elegidos rememorando un tiempo en el que habíamos sido inseparables.

Por ese entonces, día a día y durante años, construimos un mundo de cotidianeidad donde la vida era la vida juntos: en el colegio, en las pasiones, en los intereses comunes y también en las dificultades. Habíamos transitado los últimos años de la infancia en la calidez de invernadero por la que pasa la mayoría de los chicos, y de repente nos vimos en medio del mundo adulto y nos unimos desesperadamente entre nosotros para poder dar nuestros primeros pasos en un terreno desconocido y difícil, en el que nos sentíamos demasiado frágiles.

Ahora todo eso volvía con un perfume de antes... Parecíamos viajeros cansados, compañeros de ruta que se reencuentran en un alto del camino, muy lejos de ese punto de partida conjunto tras el salto mortal que supone el abandono de la infancia.


Las palabras se doraban al fuego del vino. Hablábamos de otros temas, pero éramos los mismos chicos que se juntaban a merendar después de un partido de fútbol sin final. Habíamos cambiado, pero cada uno conocía exactamente la esencia del otro, lo había visto nacer como persona.

Un bullicio entraba por la ventana desde algún lugar lejano. Alguien dijo que hacía años que no escuchaba el disco que estaba sonando. Todos nos reímos.

La noche avanzaba, pero el tiempo flotaba entre nosotros como algo estático, suspendido en un presente teñido de ayeres.

Cuando nos despedimos, pasada la medianoche, admitimos que había sido un encuentro distinto, con una química del pasado que resultaba embriagadora. Entre abrazos, nos prometimos repetir la reunión, y poco a poco fuimos abandonando el oasis en el que habíamos caído, sin saber a ciencia cierta cómo volver a encontrarlo.

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