Baldosas rotas y un gran espejo de sangre en medio de la vereda. Tanta sangre que, salvo por los bordes que ya se habían secado, el charco parecía recién provocado y tenía un color rojo intenso, vivo.
Eso fue lo que contemplé con una curiosidad estremecida al llegar al edificio donde viven mis amigos Vale y el Negro. Me habían invitado a ver el partido entre River y Boca. Y mientras esperaba a que bajaran, me dejé llevar por el horror. La gente pasaba como si la sangre no existiera, pero el charco estaba ahí, con su color rubí, fresco todavía, inmenso y espantoso. Cuando el Negro me abrió la puerta, le mostré la escena consternado. Juntos seguimos con la vista el rastro de gotas y pisadas que se perdía en la esquina. No nos animamos a más. Subimos, vimos el partido y nos olvidamos del tema.
A la noche fui de visita a la casa de mi mamá. Y, por una casualidad pasmosa, mi hermano comentó antes de la cena que esa tarde había pasado junto a un gran charco de sangre y a una baldosa rota. Lo miré con incredulidad y le conté que yo había visto lo mismo. Cotejamos la ubicación y los horarios y sacamos cuentas. Los dos habíamos caminado por el mismo lugar con una diferencia de una hora. Él a las tres, yo a las cuatro. Los dos habíamos reflejado nuestro asombro en ese charco rojizo que a esa altura de la noche ya debía estar seco. Los dos nos habíamos preguntado qué pudo haber pasado. Y ninguno tenía una respuesta.
El episodio, para nada agradable pero real, me hizo acordar a “Crónica de una muerte anunciada”, la novela donde García Márquez narra el crimen de Santiago Nasar desde las diferentes ópticas de la gente del pueblo. Todos los testimonios giran en torno a un hecho, nadie sabe la verdad, pero todos contribuyen en parte a formarla.
Muy lejos de nuestras casas, mi hermano y yo habíamos visto el mismo horror en circunstancias fortuitas. A diferencia de la ficción de García Márquez, nosotros no podíamos reconstruir la historia, pero la imagen nos quedó grabada y, por la noche, el destino nos unió en un mismo relato y mil conjeturas.
Hoy busqué con ansiedad alguna noticia que me aclarara lo sucedido. ¿Quién era el herido? ¿Había sido un robo, una pelea o un accidente? ¿Estaba todavía vivo? Lamentablemente no encontré nada en los diarios y tampoco tuve suerte en Internet.
Estamos acostumbrados a este tipo de acontecimientos. Pero una cosa es verlos por la televisión y otra cosa es tener la sangre ahí, frente a la propia nariz. Ya ha pasado casi un día y todavía no me puedo sacar de la cabeza esa imagen y la increíble coincidencia de que mi hermano también la viera.
Pienso, dentro de esa intrincada red de azares que es el destino, que se trató de un episodio más de esta Buenos Aires violenta. Una ciudad que juega con nosotros mientras teje su trama. Nos abraza y nos repele. Nos muestra sus diferentes facetas y nos involucra como actores de una memoria compartida que refleja a veces su majestuosa luminosidad y otras veces sus más oscuras tinieblas.
Vale recordar que mientras yo pasaba caminando y veia la escena, la gente pasaba y tiraba muchas mas conjeturas, como ser: "...se le cayo un pedazo de balcon..." "...le pegaron con una baldoza para robarle...", etc... yo vi donde llegaba el rastro de sangre, entraba directamente a un pool ponzoñoso. Para mi de ahi salieron y ahi volvieron, o mejor dicho volvio...
ResponderEliminar