Estoy solo. Mariana y Helena están en Río Cuarto. Yo, por cuestiones de trabajo, en Buenos Aires. Y la casa, a pesar mío, está vacía. Cuando llego, ya de noche, las cosas no ocultan su tristeza en medio de la penumbra. Parecen acostumbradas a otro ritmo, a las luces encendidas, a las voces, a la música, a la tele. Pero ahora todo es silencio, sombras y quietud. Los juguetes de Helena duermen amontonados sobre una mesita ratona, hace días que el cochecito no se mueve de su rincón, unas anotaciones que Mariana dejó siguen ahí sobre el escritorio. Todo está intacto, como si los muebles y los objetos estuvieran esperando que las chicas vuelvan y con ellas vuelva el torrente de vida que ahora parece seco.
Hay, sin embargo, un signo vital mínimo, imperceptible a lo lejos, que marca el pulso de la casa. Una gotera que es como un latido, constante, exacto. Tac, tac, tac. Los golpecitos son como un destello de luz en medio de la oscuridad que propone el silencio. Tac, tac, tac.
Escuché por primera vez los ruidos mientras leía un libro en el living. Al principio no me molestaron demasiado, pero después el sonido, como la gota que horada una piedra, se me reveló perpetuo. Tac, tac, tac... La lectura se volvió indecisa, mi mirada empezó a resbalar por los renglones de la novela y la atención pasó a concentrarse solamente, y cada vez más, en el ruido monótono que venía del baño. En ese momento entendí que tenía que hacer algo al respecto. A pesar del fatalismo del destino, a veces los hombres pueden torcer el curso de los acontecimientos. Éste, tal vez, era uno de esos casos. Seguí el latido con cautela y comprobé que era la ducha. Tanteé la llave de la canilla y caí en la cuenta, con una leve desesperación, de que estaba bien cerrada. No era ese el problema. Era, definitivamente, el famoso cuerito.
Quiero hacer público un grave defecto: soy absolutamente incapaz de resolver problemas como este. Tal vez sea bueno para llevar a cabo otros menesteres, pero no puedo con este tipo de tareas. Una caja de herramientas es un objeto indescifrable y misterioso. Una ferretería es un lugar extraño, casi hostil.
Solo, en medio de la noche ya avanzada, decidí ignorar la situación, escapar de ella, negarla. Terminé de comer y me acosté como si nada ocurriera. Pero el sonido me perseguía y pronto se fijó en mi mente. En medio de la oscuridad, podía imaginarme el incesante ciclo de las gotas que nacían en el borde plateado de la regadera de la ducha, crecían con rapidez, engordaban hasta el vértigo y luego, como en un suicidio inevitable, se soltaban y se estrellaban en la loza de la bañera con un estrépito de muerte.
Todos sabemos que el agua potable es uno de los recursos más escasos del planeta. La mismísima ONU reveló que en 2050 habrá 700 millones de personas sin acceso al agua potable. Tumbado en la cama, con el constante tac, tac, tac de fondo, podía imaginarme países enteros arrasados por la sequía y la desertificación, la vida marchitándose en todo el planeta, las lluvias ácidas, los ríos contaminados, los campos y los cultivos arruinados. Y luego, las guerras. Las contiendas anunciadas por emisarios apocalípticos que suenan cada vez más reales, las batallas por la posesión de ese bien cada día más escaso y más preciado que es el agua, los humedales, las reservas acuíferas que valdrán más que el oro porque preservarán la vida. Entonces cada gota que caía desde esa maldita ducha se transformaba en un martillazo en mi conciencia. Mi incapacidad para arreglar un miserable cuerito estaba contribuyendo a la condena de la humanidad.
Como una burla del destino, me dio sed. Estaba claro que estaba somatizando. Me levanté de la cama atormentado. Tomé un vaso de agua con vergüenza, como si no lo mereciera después de lo que estaba pasando. Me asomé al baño y durante un rato contemplé pasmado la incesante hemorragia. Una a una, sin apuro, incluso con un ritmo que parecía hasta buscado, las gotas se sucedían en su salto al abismo. Probé poniendo un tacho abajo, pero el ruido que denunciaba la gotera se volvía aún peor.
Estaba por rendirme. Sin embargo comprobé que siempre, aún en las circunstancias más adversas, hay una salida. Buscando algún adminículo, algo que pudiera servirme para tratar de resolver precariamente el problema, encontré la llave de paso del agua detrás del inodoro. Y fue como una revelación. Me apuré a cerrar la llave. La ducha escupió un chorro fino, como especie de queja amarga y después las gotas, mágicamente, cesaron.
Esa noche soñé con mares, con ríos y con lagos. Me desperté bañado en un sudor frío. Afuera diluviaba. Había llovido durante horas, pero en la casa reinaba un confortable silencio seco. Reabrí el agua para poder ducharme. Desayuné apurado y salí sin paraguas. Cuando llegué al subte estaba empapado. Y mientras eludía los charcos y las cataratas que se filtraban en las paredes del andén, me di cuenta de que, como una fatalidad, había olvidado volver a cerrar la llave de paso del agua en el baño.
Tac, tac, tac. La gotera me esperaba en casa como un latido o mejor: como el sonido de un reloj que está marcando nuestra hora.
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