Llegaban de todas partes. En subte, en colectivo, en auto, caminando. Algunos mostraban el uniforme con orgullo, otros lo reservaban para el momento de la acción y lo ocultaban detrás de alguna campera o algún buzo. El lugar de concentración era el puerto. Cuando uno desandaba el camino, podía verlos aquí y allá, solos o en pequeños grupos, todos de rojo. Así, de a poco, la masa se fue formando. Ese cuerpo plural, opresivo, hormigueaba impaciente entre vallas y edificios y guardaba sus fuerzas para cuando le dieran la señal. Entonces -todos lo sabíamos- se lanzaría por calles y avenidas como un río descontrolado, devorando su cause de asfalto con una furia inusitada, a toda velocidad.
Eran las cuatro de la tarde cuando dieron la señal. Un pájaro blanco surcó el cielo como un buen augurio y pasó frente a los miles de rostros que ya transpiraban al sol. Se escucharon bramidos, gritos de batalla y la masa, lentamente, empezó a moverse, a alargar su cuerpo rojo ganando metros sin perder su consistencia homogénea, su identidad guerrera.
Con clamores desbocados, los adelantados que también eran los más experimentados, pusieron firme dirección hacia la CGT de la calle Azopardo. La turba los siguió embravecida. Temblaron los llamados “gordos”, acostumbrados a manipular multitudes. Temían que esta vez ese ejército rojo, que corría como en tiempos de la era medieval, arrasara con ellos y con su historia de cooptación y negocios. Sin embargo, a metros del edificio sindical, la marea humana empezó a recular, viró repentinamente y ahora sin titubear enfiló hacia el casco histórico de la ciudad por Av. Belgrano. Los gremialistas y los navíos del puerto quedaron lentamente atrás. Iban por el corazón del poder.
A medida que avanzaba, la criatura monstruosa estiraba sus tentáculos y ya ocupaba todo el largo de los primeros 3 kilómetros de recorrido. Los edificios del microcentro despertaban alterados de su letargo de fin de semana: una caravana bulliciosa se diseminaba a sus pies.
Al llegar al monumento a Roca hubo otro violento cambio de rumbo. Las falanges parecían descontroladas, pero en el interior de ese magnífico cuerpo colectivo había seguridad, había adrenalina y sobre todo había una voluntad férrea. La muchedumbre volvió por Diagonal Sur hacia el Cabildo. Se escucharon alaridos de furia al pasar por el Indec y se inundó de color rojo una esquina que parecía dibujada. Metros después, la Plaza de Mayo tembló como pocas veces ante el estrépito de miles de pies y la llama eterna de la Catedral se conmovió y amagó con apagarse. Entonces, la masa puso rumbo por Diagonal Norte hacia el monumento que es símbolo de la ciudad. Poco antes de llegar a la 9 de julio, la gente que admiraba el paso furioso del misterioso ejército quiso ayudar con agua y las calles se volvieron un carnaval. Sin embargo, no había dique de contención posible para ese tropel enloquecido.
Nunca antes el Obelisco se pareció tanto a un puñal clavado en el corazón de Buenos Aires como cuando lo azotó el excitado batallón. Un torrente rojo, compuesto por miles de camisetas, manaba de él y bajaba por Corrientes hacia el emblemático edificio del Correo Central y de allí otra vez hacia el puerto.
Desde los aristocráticos edificios de Puerto Madero los observaban con temor. Recorrieron entonces últimos dos mil metros sin decaer ni un instante. Había jadeos, había gritos de aliento, había solidaridad. Finalmente, al llegar a la meta, el río rojo desembocó en un mar de aplausos.
Yo fui parte de esos legionarios que corrieron los 10 kilómetros de la carrera de Nike. Guerreros, al fin, de los tiempos modernos. Vencedores del sedentarismo.
La Maratón nació como tal en el 490 AC con una fenomenal corrida del soldado griego Filípides, que cubrió al trote los 42 kilómetros que separaban Maratón de Atenas para comunicar la victoria sobre Persia. Años después, los soldados de las falanges romanas eran capaces de correr 42 kilómetros a diario con el peso de sus escudos y sus armaduras a cuestas. Pero eso es otra historia.
El ejército rojo de hoy corrió apenas 10 kilómetros. Sin embargo, bajo el sol primaveral se podía ver el orgullo en cada uno de los rostros exhaustos y felices. Porque, en mayor o menor medida, todos nos habíamos trazado como meta vencer esta tarde. Y vencimos.
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