miércoles, 7 de octubre de 2009

COLONIA, ENTRE PERFUMES IMPORTADOS

El fin de semana estuvimos, finalmente, en Colonia. Esta vez llevamos la partida de nacimiento con nosotros, como se lleva el alma prendida al cuerpo, y pudimos cruzar el charco con Helena sin problemas.
El viaje fue un regalo del Canal, con estadía en un hotel cinco estrellas súper lujoso, carísimo y con spa. Un hotel por el que la gente que estaba ahí como nosotros había pagado 230 dólares la noche. Y no es un prejuicio de clase (esta vez a la inversa) pero ese punto fue, quizá, la razón para la única y mínima mueca de incomodidad que pude haber tenido durante esos dos días.

Los distinguidos huéspedes del Park Colony Plaza eran esos hombres y mujeres que, billetera en mano, pretenden llevarse el mundo por delante y muchas veces lo logran. Hombres de negocios entrenados para lidiar en varios frentes a la vez, amigos del éxito y aliados de la prepotencia. Altos ejecutivos que colgaron por una vez la corbata y ahora se paseaban por el lobby con unas zapatillas Nike blanquísimas, acompañados de mujeres color caramelo, saqueadoras de freeshop aburridas, tal vez, en el ejercicio de tener todo lo que quieren. Y con ellos, adolescentes que se van criando rodeados de ese tipo de lujo y de exigencias para con el mundo que los rodea. Eso veía y eso pensaba yo en el desayuno mientras, como una oportuna flor que crece en el pantano, leía un artículo sobre Evita y su desprecio por la oligarquía.

Más allá de esa sensación de extravío social, la pasamos muy bien. Hubo, acaso, dos momentos perfectos. El primero fue personal, ni bien llegamos, en un paseo por las calles de piedra y tierra que rodean al hotel, a una cuadra de la costanera. El río nos traía un aire limpio y frío, la noche nos envolvía en un silencio redentor. Lo único que se escuchaba era el sonido de las ruedas del cochecito de Helena avanzando sobre el sendero pedregoso. En ese momento, producto de un estado casi mágico de la mente, me sentí liviano, etéreo, liberado.

El segundo momento fue cuando nos metimos en la pileta con Helena. Nunca me voy a olvidar de esa sonrisa, de esos ojos iluminados, desbordados de felicidad, que descubrían un mundo nuevo. Estaba fascinada. La llevábamos de acá para allá y ella pataleaba, se reía, chapoteaba. Después nos abrazamos, la pusimos en el medio y empezamos a girar como una calesita. Así nos quedamos durante un largo rato, aislados de todo, en un rincón que era nuestro rincón, nuestro universo, con todo lo que necesitábamos, puro amor.

La pasamos bien en Colonia. Descansamos, disfrutamos de las bondades del confort y a mí me sirvió como estudio sociológico de campo. Ahora que lo pienso, todos nosotros estamos acostumbrados a tratar con gente con plata y poder, pero en este caso tal vez lo chocante fue compartir el tiempo de ocio, el tiempo de relax con esa gente. Es ahí, y no en una empresa, donde se ponen de manifiesto las diferentes percepciones del mundo.

Y como estábamos en Uruguay, me viene a la memoria un poema de Benedetti que es ideal para poner fin a esta pequeña reflexión sobre las clases y los estilos de vida. Se llama “Ustedes y nosotros” y refleja, de alguna manera, las distintas cosmovisiones de una pintura social que no pierde vigencia.

Dice así:

ustedes cuando aman
exigen bienestar
una cama de cedro
y un colchón especial

nosotros cuando amamos
es fácil de arreglar
con sábanas qué bueno
sin sábanas da igual.

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