miércoles, 21 de octubre de 2009

CHINOS DE BARRIO

El otro día me enteré que al chino de la cuadra le robaron una horma de queso. Sí, como lo escuchan: un forajido aprovechó el descuido del esforzado oriental y salió corriendo desde el fondo del supermercado con un pedazo de reggianito como botín. Cuando me lo contaron, lo primero que me vino a la cabeza fue la cara de desesperación del famoso chino Wan al ver que le saqueaban el supermercado en 2001 y le llevaban hasta el arbolito de navidad. Comparado con aquel, este fue un saqueo a escala, un robo menor, pero conociendo al pobre chino de mi cuadra, la debe haber pasado mal.

Todos tenemos un chino. Así como hay una comisaría y un CGP, hay un chino. Y no uno por barrio, sino decenas de chinos. Como una pared que tiene una mancha de humedad y de repente se llena de pintitas, así llegaron ellos. Silenciosos, sigilosos, fueron ocupando cada hueco que se abría en la gran ciudad, y de repente vimos minadas las cuadras de pequeños mercaditos con rejas celestes, todos indefectiblemente con un chino en la puerta, como un soldado de guardia. Hay quienes ven esto como un alarmante signo de colonización, pero para mí son inofensivos. Es más, si no estuviera tan avanzada la ciencia avalaría la teoría de la generación espontánea. Algo tiene Buenos Aires que hace brotar chinos por aquí y por allá. Porque no pasa en Córdoba ni pasa en Rosario, pasa sólo en Buenos Aires.

No. Los chinos no vienen a colonizarnos, es más ni siquiera vienen a integrarse. No hablan castellano ni les interesa. Apenas balbucean un saludo con esfuerzo cuando les toca estar en la caja y después se dedican a tener largos diálogos en chino en los que uno creería que le están sacando el cuero a cuanto argentino pasa por sus góndolas. Creanmé, no hay cosa más sucia y olorosa para un chino que un occidental de clase media.

Extraña otredad la de los chinos. Austeros, silenciosos, con gesto adusto y mirada rasgada, trabajan como chinos todo el día. No saben lo que es un feriado, no saben lo que es un domingo, abren a las 8 de la mañana y cierran a las 10 de la noche, así siempre, de lunes a lunes. En mi caso, yo terminé adoptando al chino de mi cuadra como propio. El chino tiene hijos y nietos y vive arriba del supermercado, pero las horas de toda la familia transcurren entre las góndolas. Allí están todo el día, como si fuera un gran living compartido con los vecinos. Las mujeres atienden la caja, el hijo mayor hace tareas administrativas y los chicos juegan y se crían entre latas de arvejas y paquetes de fideos. La vida del chino se consume bajo esas luces que, como no podía ser de otra forma, son más bien amarillas y tristes.

El barrio pasa ante sus ojos, pero ellos, serviciales y ubicados, se limitan a su trabajo. La gente los desprecia porque no hablan, no hacen comentarios sobre el clima y desconectan las heladeras a la noche. Pero yo creo que ya no podríamos vivir sin ellos.

Hoy, como todos los días de su vida, el chino languidece en la puerta de su local. Fuma y proyecta, hace números y seguramente reza para que su imperio sobre la cuadra perdure más allá de su propia vida y su hijo, el heredero, pueda seguir con el negocio cuando él se vaya al cielo de los chinos. Claro que eso es difícil de planear en este país. Ellos lo saben, pero dan su vida por nosotros. ¿Y nosotros cómo les pagamos? Robándoles el reggianito.

2 comentarios:

  1. jajaja muy bueno... ese chino que esta en la puerta fumando de traje con solo una musculosa debajo del saco y con ojotas, es una de las marcas registradas de todo "Chino".
    Son creo indispensables ya para la vida cotidiana, es el supermecadito de subsistencia.... y por que me queda a media cuadra y no me voy a ir hasta el Coto, 10 cuadras alla a lo lejos, me voy al chino a comprar una birra.....

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  2. ¡¡Muy bueno!! Quiero conocer al chino d tu cuadra... ya casi q lo adopté para mi familia!!! El mejor episodio con protagonismo oriental q he presenciado: un chino peleando con un borracho a los gritos porque le quería pagar el fiambre menos de lo q costaba... Una increíble confrontación entre espanchino y sílabas arrastradas... Casi casi termina a las piñas... y no es cuento... Caro

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