sábado, 10 de octubre de 2009

CHICOS, FRENTE A SU DESTINO

La toma del Colegio Nacional de Buenos Aires atrajo la atención de gran parte de los medios de comunicación esta semana. Los chicos protestaban porque 12 de ellos fueron sancionados por retirarse de clases para ir a una marcha por el 33 aniversario de la Noche de los lápices. Al principio el Centro de Estudiantes pidió la anulación del castigo y, agotadas las instancias de negociación, los alumnos resolvieron ocupar el colegio y suspender las clases.
Lógicamente el enfoque periodístico se centró en la falta de límites de los estudiantes, en la decisión de unos pocos de imponer una medida de fuerza que afecta a todos, en la falta de respeto a la autoridad y en el derecho o no de los jóvenes a desconocer las disposiciones del Colegio y retirarse a una marcha.
Sin embargo, puertas adentro, mientras la toma seguía, los chicos hablaban de decisiones democráticas, hacían asambleas e intentaban demostrar que el curso de los acontecimientos tenía que ver con la voluntad de la mayoría, por lo menos de la mayoría que estaba presente en la protesta.
Hay que decir que estaban bastante organizados. Tenían un sistema de reglas de convivencia para evitar que la protesta se salga de cause, voceros ante los medios, una comisión de limpieza, un fondo común para comprar comida y una comisión de cocina que se encargaba de alimentar a los casi 100 alumnos que pasaban las noches en los claustros.

Estos días, viendo las imágenes por televisión y leyendo algunas crónicas en los diarios, tuve varias sensaciones. La primera es una sensación de nostalgia, muy personal, que tiene que ver con que soy egresado del colegio, amo al colegio, conservo muchos amigos que hice allí y creo que fue un pilar fundamental para mi formación como persona. Esa nostalgia y este presente me llevaron a evocar mi participación en una toma como ésta. Creo que fue en 1993 o 1994, en contra de la Ley Federal de Educación que impulsaba el gobierno de Menem. Es cierto que la protesta fue mucho menos furibunda y que se enmarcaba dentro de una lucha orgánica de varios colegios y fundamentalmente de las facultades. No se peleaba por una reivindicación doméstica como puede ser el retiro de las sanciones sino por una causa que intentaba defender el futuro de la educación a nivel nacional. Sin embargo, más allá de la causa en sí, lo que recuerdo es la sensación de adrenalina, el saberse protagonista de una ruptura del orden para luchar por un derecho, la excitación juvenil de participar de una toma, de sentir el poder de la multitud, la identidad colectiva, la empatía, la solidaridad. En resumen, de sentirse parte de algo grande.
La ley salió y no conseguimos nada, pero hoy, a más de 15 años, todavía sonrío cuando evoco esas tardes de marchas, asambleas y debates en el colegio.

Ahora, volviendo al presente, trataré de poner en palabras la segunda sensación que me causó la noticia y su cobertura. Creo que hubo una lectura soberbia, sobre todo desde algunos medios, que mostró la medida como si no tuviera contenido. El diario Crítica, por ejemplo, hablaba de que afuera de las asambleas los chicos no hacían más que bostezar y sostenía, con una sorna inocultable, que los dirigentes ensayaban la retórica e intentaban hablar como estadistas, cuando en realidad son unos revolucionarios lampiños sin la posibilidad biológica de una barba.

A mi juicio, lo que hicieron los chicos del Buenos Aires es cumplir con una suerte de tradición no manifiesta. Una pulsión que late en los claustros y que no figura en ningún programa de estudios, pero está. El colegio, como lo llamamos los egresados, tiene ese tipo de condimentos. Sus pasillos alientan, de alguna manera, el compromiso, el interés político, las ganas de ser protagonistas. Y eso es indiscutible.


Yo no sé si los chicos que llevaron a cabo esta toma tienen razón, pero me parece que la discusión no pasa por allí. Ellos, como nosotros y como muchas generaciones del Nacional Buenos Aires, se animan, aún con sus caras lampiñas y su retórica impostada, a pelear por lo que quieren y consideran justo. Son jóvenes, son chicos, pero están haciendo su experiencia. Tal vez no sea la forma, tal vez no sean los medios, pero yo rescato la acción, la rebeldía con argumento, la organización, que también constituyen un aprendizaje para el futuro.
En una sociedad individualista, crispada por las protestas e inmersa en una crisis de representación, toda forma de organización y lucha colectiva se ve desprestigiada.

Se dijo que los rebeldes eran apenas 100 y que impusieron al resto una medida que la mayoría no compartía. Eso también es aprendizaje para los que no participaron de la toma. Ellos también están atravesados por el conflicto y deben pensar cómo pararse frente a él y qué posición tomar. De alguna manera, los que repudiaban la toma y querían volver a clase también forman parte del debate, no son ajenos, tienen también un compromiso como lo van a tener en el futuro en otros ámbitos de su vida. El mundo, afuera del colegio, está lleno de situaciones como las que viven ahora.

La toma duró 9 días, las clases volvieron y las negociaciones siguen. No voy a aplaudir la revuelta, pero me parece, aunque sea difícil de entender, que es algo normal y positivo en el contexto de formación del Nacional Buenos Aires. Y celebro los ensayos de retórica y las asambleas. Celebro que, a su edad, estos chicos se den cuenta de que pueden pensar, debatir y actuar. Ese es un plus, es parte de la construcción de una subjetividad especial. Por más que se equivoquen, están creciendo y tal vez sea el único momento de sus vidas donde puedan llevar adelante este tipo de ensayo y error sin correr riesgos mayores.
Conociendo la historia del colegio, probablemente alguno de los chicos que hoy hablan en la puerta termine siendo dirigente político, pero la gran mayoría serán ciudadanos de a pie. Y, si me dan a elegir, prefiero mil veces un ciudadano pensante, crítico y resuelto a uno manso, sumiso y temeroso.

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