(Nota: este texto fue escrito hace más de un mes. El problema se solucionó y ya tengo nuevo celular, pero los sentimientos que inspiraron las siguientes líneas bien pueden ser universales)
Señoras, señores, soy un hombre sin celular. He sido víctima de un hurto simple, silencioso, preciso, en medio de la anónima multitud de un shopping cualquiera. Víctima, bien digo, de unos dedos escurridizos que aprovechando alguna distracción, se deslizaron sutiles dentro del bolsillo de mi campera y se hicieron del preciado botín en lo que dura un suspiro. Ahí tienen: un lindo teléfono con cámara de fotos, mp3 y línea fija que debe cotizar a 500 pesos y puede ser revendido por menos de la mitad en cualquier esquina de Buenos Aires.
Y bueno… ahora, por más duro que sea, tengo que asumirme así, liviano, etéreo, casi desnudo. Un hombre sin celular... Hace algunos años (no muchos) esta afirmación podía resultar irrelevante pero, si lo piensan, hoy por hoy cobra un sentido casi ontológico. Ser un hombre sin celular equivale a no estar ubicable o llanamente a no estar. En una sociedad atravesada por la comunicación, donde todos somos visibles y todos somos rápidamente localizables, no poder satisfacer el cada vez más básico requisito de la omnipresencia significa, prácticamente, no ser, no formar parte. Hoy me pienso inhallable y eso me da pánico.
Y como suele pasar en estos momentos, el duelo me lleva a recordar. Y recuerdo, por ejemplo, mi primer celular. Yo tendría 15 años. En aquel entonces, sólo los grandes tenían un "movicom". Mi papá me compró uno. Era gris, del tamaño de un ladrillo, con dos baterías que se recargaban todas las noches en un cargador con base que estaba en la mesita de luz. Al principio fue una novedad, un símbolo de status. No todo el mundo tenía un movicom. Eras importante. Pero después, justamente como nadie tenía un movicom, el teléfono pasó a ser una cadena, un lastre, una correa. Me acuerdo que cuando me lo regaló, mi papá fue claro: esto es para que lo lleves siempre con vos, para que me puedas llamar. En ese entonces sólo se podía hacer llamadas, pero como era tan caro, vos no llamabas, nadie te llamaba y todavía no existían ni en sueños los mensajes de texto. Desde entonces, estar ubicable pasó a ser una especie de “deber ser” directamente asociado al celular.
Hoy mucha gente que debe haber pasado experiencias similares considera una aberración que el otro no tenga un celular donde poder ser encontrado. Los teléfonos de línea son obsoletos, inútiles como estacas en una sociedad dinámica, donde todo se mueve constantemente y donde la mayoría de las veces lo que se quiere decir no es tan importante. En ese sentido, los mensajitos de texto han sido un gran paso para la humanidad porque permiten comunicar sin hablar y nos eximen de las ceremonias de una conversación hecha y derecha.
Para muchos, no tener celular hoy en día es una declaración de principios propia de un ermitaño, es como desconectar el timbre de tu casa. Y esa convención social presiona y se internaliza a tal punto que uno, al perder su telefonito, pasa a sentirse como se sentiría un condenado a Siberia. Algo muy alejado de la sensación de libertad que podría experimentarse cuando se deja de estar permanentemente ligado a los demás. Para redondear la idea llamemos a la metáfora: sin celular, uno pasa a ser como un náufrago que una imprevista tormenta ha dejado flotando a la deriva en algún lugar periférico del entretejido social.
Una persona inteligente, menos acomplejada y con el coraje que quizás los hábitos domesticadores de la modernidad nos han quitado, podría desdramatizar la cuestión e intentar llevar la vida del buen salvaje de Rousseau, pero en tiempos digitales. Esto es: ensayar el sano ejercicio de vivir sin estar pendiente de un ringtone. Pero es muy fácil decirlo y muy difícil hacerlo.
Yo por lo pronto, porque soy medio tanguero y muy melancólico, me quedo mirando el cargador inútil como quien mira la pilcha de la mina que se fue para no volver. Y en medio de esa cavilación, me acuerdo de un cuento que escribió Cortazar cuando el celular, como invento, todavía era una utopía. Un hombre recibe un reloj de regalo. El reloj es hermoso, pero pronto se convierte en una obsesión. El hombre lo consulta a cada rato, le da cuerda, lo cuida, no puede dejar de mirarlo. Entonces se da cuenta que las mallas del reloj en realidad son brazos y que el reloj no fue un regalo para él, sino que él es el regalo para el reloj, que ahora se niega a soltarlo. El sujeto pasa a ser objeto. Los roles se invierten dramáticamente. Y es duro darse cuenta de eso en soledad y no poder llamar a nadie para contárselo.
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