El día en que naciste fue martes. Era un clásico día de fines de Agosto, como los que me gustan a mí. El cielo estaba limpio y había un sol hermoso que inundaba la mañana. Me acuerdo que mamá se había dormido tarde la noche anterior porque vos no parabas de moverte. La fecha estimada por el médico para que llegaras al mundo era el jueves 28, pero las contracciones preanunciaban otra cosa. El parto se podía adelantar. Eran horas decisivas.
Ese martes, mamá se despertó temprano. A las ocho de la mañana me dijo entre sonrisas que tal vez me tenía que quedar con ella y no ir a trabajar. A eso de las nueve me pidió el teléfono celular para empezar a tomar el tiempo de las contracciones. No habían desaparecido en toda la noche, pero ahora se habían vuelto más seguidas y cada vez más fuertes. Los dos en la cama, mirando un programa que se llamaba “Mañanas Informales”, tratamos de mantener la calma y esperar. Teníamos que tomar el tiempo de las contracciones durante dos horas. Si aparecían cada cinco minutos y duraban un minuto cada una, entonces teníamos que llamar a la partera. Fueron dos horas larguísimas. Por la ansiedad, por los nervios, por la felicidad. A las diez de la mañana yo llamé al trabajo para decir que no iba a ir al canal porque probablemente ese era el día que todos estábamos esperando. A las once de la mañana llamamos a la partera y quedamos en encontrarnos en la clínica.
Despacio a pesar de tanta emoción, mamá se vistió, preparamos el bolso que ya estaba casi listo para el día del parto y nos tomamos un taxi. Me acuerdo que durante el viaje íbamos tomados de la mano y en silencio. Pero era un silencio triunfal, lleno de felicidad, como un grito callado por la expectativa. Durante nueve meses habíamos estado juntos en cada análisis y cada consulta al médico y ahora estábamos por dar el último paso, el paso crucial: ayudarte a nacer, conocerte. Era, sin ninguna duda, el día más importante de nuestras vidas.
Desde el taxi le avisamos a la abuela Ilda, que se había venido especialmente de Río Cuarto para estar el día que vos llegaras y a la abuela Hebe, que estaba trabajando. Después nos encontramos con la partera, que revisó a mamá y nos dijo que todavía no era hora. Todos dudamos. Mamá tenía cada vez más contracciones, pero vos todavía no habías bajado lo suficiente como para nacer. La partera nos dijo que tal vez era cuestión de tiempo y nos pidió que fuéramos a caminar durante, al menos, dos horas, para ver si vos descendías los centímetros que faltaban para que mamá estuviera lista para ayudarte a nacer. Ya eran casi las doce del mediodía del 26 de agosto de 2008.
Lejos de sentirnos desconcertados, salimos de la clínica y empezamos a caminar. Fue la marcha más amorosa del mundo. Íbamos como dos viejitos, caminando muy despacito, algunas cuadras en silencio, otras hablando de tu llegada. Mamá estaba cansada, nerviosa y con los dolores típicos del parto, pero seguía adelante porque sabía que cada paso que daba estaba más cerca de tu nacimiento. Yo la acompañaba, la esperaba cuando la ansiedad me ganaba de mano, la ayudaba cuando venían las contracciones cada vez más fuertes y mamá se paraba en el medio de la calle con la panzota y cerraba los ojos y resistía. Era gracioso ver como la gente que pasaba nos miraba como diciendo: “esta chica va a parir en el medio de la calle”. Pero seguimos y seguimos. Me acuerdo que paramos en una panadería para comprar tres sanguches de miga y la chica que nos atendió le preguntó a mamá para cuándo esperaba y ella la miró y le dijo: “para ahora”.
Lentamente pero sin pausa, caminamos aproximadamente sesenta minutos. Y llegamos a un shopping que estaba a unas veinticinco cuadras de la clínica. Como era martes al mediodía, no había casi nadie. Estuvimos dando vueltas y mirando vidrieras para distraernos un poco e incluso te compramos un osito blanco y negro que a mamá le encantaba en una casa que se llama Grisino. En uno de los pasillos del shopping nos encontramos con María Laura Santillán, la conductora del noticiero donde trabaja papá, que estaba haciendo compras. Mamá no la conocía personalmente, así que papá las presentó y le contamos que estábamos caminando para que vos pudieras nacer. Me acuerdo que se rió y nos alentó. Ya eran como las dos de la tarde y decidimos volver.
El camino de vuelta fue un tanto más complicado porque mamá sentía cada vez más dolor por las contracciones. Caminaba tan despacio que al cruzar la última avenida antes de llegar a la clínica el semáforo se puso en verde cuando todavía estábamos a la mitad de la calle y tuvimos que hacerle señas a los autos para que nos esperaran a llegar a la vereda.
Cuando por fin volvimos a la clínica, a eso de las tres de la tarde, vos estabas lista para nacer. Nos llevaron a la sala de pre-parto, donde mamá se cambió y se puso la cofia que después iba a usar en el quirófano. Fueron momentos difíciles. El anestesista tardó como una hora en llegar y mamá literalmente se retorcía de dolor en la camilla por las contracciones. Yo trataba de calmarla, la tomaba de la mano y le decía que se distrajera. Ese es un momento donde los hombres sólo pueden acompañar a las mujeres en una tarea y una sensación que ni siquiera son capaces de imaginar: la de traer un bebé al mundo. Me acuerdo incluso de que ella tenía mucha sed, pero la enfermera nos dijo que no podía tomar nada hasta después del parto. Mamá se quejaba y yo la acompañaba, sólo había que esperar. Finalmente, el anestesista llegó y las cosas se calmaron. Sedó a mamá para que no sintiera tanto las contracciones y nos dijo que nos preparáramos. Era la última etapa, la recta final. Ya venías.
A las cinco de la tarde nos llevaron a la sala de parto. La abuela Ilda ya estaba instalada en la sala de espera de la clínica junto a su hermana Nelly, y los abuelos Hebe y Roberto estaban saliendo de sus trabajos para ir a conocerte. Los amigos y los compañeros de papá y mamá ya estaban todos avisados y a la espera del mensaje con la gran noticia.
Yo tuve que cambiarme y ponerme un mameluco amarillo, unas pantuflas descartables y una gorra para entrar esterilizado al quirófano. Ahí estaba mamá, con la partera y una asistente. Mientras esperábamos que llegara el obstetra de mamá –el médico que siguió todo el embarazo y te hizo nacer–, nos dejaron solos. Me acuerdo que miré a mamá en silencio. Los dos sonreímos y se nos llenaron los ojos de lágrimas. La acaricié despacio. Estaba tan linda… como florecida. Irradiaba luz. Fue un momento mágico, con un silencio de esos que preceden a los grandes acontecimientos.
Enseguida llegó el médico. Gustavo Arrosagaray se llamaba. Revisó a mamá y le dijo que todo estaba bien, que pujara con fuerza y que estuviera tranquila. Yo estaba al costado de la camilla, pegadito a ella. A la primera contracción, me asusté un poco. Mamá hizo fuerza y lanzó un grito seco y desgarrado. El doctor la calmó, le repitió que se serenara y le contó que había tocado tus cabellos. “En el próximo pujo sale, vos tranquilizate y mirala nacer. Disfrutalo”, le dijo. Sabias palabras. La siguiente contracción llegó rápido, la partera me avisó que venías y yo me paré para ver mejor. Fue increíble. De repente saliste, hermosa, con un llanto tierno, como un bálsamo. El médico te giró en sus manos y te vimos por primera vez. Eran las 17:46. Nunca me voy a olvidar ese momento.
Te pusieron en el pecho de mamá para que te tranquilizaras. Mamá repetía entre lágrimas: “hola mi amor” y te acariciaba con la delicadeza que sólo una madre puede tener con un hijo. Después una enfermera te llevó a bañarte y yo fui con ella. Te limpió toda, te puso dos vacunas importantes que siempre les ponen a los recién nacidos, llenó un acta con tu nombre y tu peso – 2,945 Kg. –, estampó la huella de tu piecito, me hizo firmar y me dijo que ya te podía llevar de nuevo con mamá. Ahí te alcé por primera vez. Eras tan chiquita… Te habían puesto un osito de algodón blanco y un gorrito que casi te tapaba los ojos. Te puse contra mi pecho y te abracé como nunca había abrazado a nadie en mi vida, con un amor que no se puede decir en palabras. Después te llevé a la sala de parto, donde mamá ya estaba repuesta del esfuerzo y te puse con ella en la camilla. Las enfermeras dejaron que la reconocieras. Apenas abrías los ojitos, pero el contacto con la piel de mamá, el sonido de los latidos de su corazón, te tranquilizaban.
La cama donde habías nacido tenía rueditas, así que ahí mismo nos llevaron a la habitación 307 de la maternidad. Entonces yo fui a avisarle a la abuela Ilda que ya estabas con nosotros y ella subió como loca a conocerte. Al rato también llegó la abuela Hebe y el tío Ale. Y un poco después el abuelo Roberto y la madrina Vale y el padrino Eche. Ya eras famosa: si hasta en la tele, los conductores de Telenoche –el noticiero donde trabaja papá– dijeron que habías llegado, te mandaron saludos y te dieron la bienvenida al mundo. Incluso María Laura contó que se había encontrado con nosotros esa misma tarde en un shopping. Ese saludo lo vio todo el país.
Caía la noche del martes 26 de agosto de 2008. Vos dormías tu primera siestita en una cunita junto a la cama de mamá y nosotros no lo podíamos creer. Susurrábamos, en parte para no despertarte y en parte porque ese es el leguaje de la felicidad. Había sido un largo día. El día más feliz de mi vida y de la vida de mamá. Un día que no vamos a olvidar nunca porque nos llenó la vida de sol.
De más está decirte q llore desde la primera palabra hasta la última... De q forma tan simple, tierna y natural se puede relatar el dia más hermoso d sus vidas. Estoy segurisima q el dia de mañana cdo helenita lea estas palabras no sólo estará super orgullosa de los padres q tiene, sino q también va a sentir el gran amor q sienten por ella. Los amo chicos, a los tres... si es verdad q el destino está escrito, yo estoy convencidisima q uds merecian estar juntos y ser felices como lo son...
ResponderEliminarLos quiero muchisimo!!!
Solcito.-
Te hago una pregunta a pesar de que pasaron muchos años.No sabes se Arrosagaray atiende en otro lado ademas de la Trinidad?
ResponderEliminarHermoso momento... hermosa manera de contarlo. Me emocioné muchisimo al leerte. Gracias!!
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