Admitámoslo: podemos encontrar los últimos estrenos de cine en una lona a la vuelta de casa, pero es muy probable que los dvd se vayan amontonando en un cajón porque nunca tenemos tiempo para verlos. Podemos bajarnos la discografía completa del artista que más nos gusta, pero es poco factible que vayamos a escucharla toda. Ni hablar de la lectura: en mi caso, me lanzo a conquistar las mañanas, me arranco de la cama como puedo (y cuando puedo) para poder ganar dos horas de tranquilidad y de quietud antes de que empiecen a apretar las obligaciones. Y muchas veces, fracaso en el intento.
El resto del tiempo soy padre y vendo mi fuerza de trabajo. Esto le debe pasar a miles de personas, sobre todo a quienes como yo, tienen hijos chiquitos. Cuando veo venir un cochecito en la calle, enseguida busco la mirada cómplice del padre, intento establecer un puente, un “yo te entiendo, hermano”, porque quienes estamos entregados a la hermosa tarea de criar a un bebé integramos una especie de cofradía secreta que no duerme pero es feliz.
Pero no nos vayamos de tema: decía que nuestros tiempos de ocio están absolutamente fragmentados. Es muy difícil que sobren dos horas seguidas para ver una película o, por lo menos, para verla entera. El otro día un amigo mío me contó que había visto “Historias mínimas” de Sorín, en un mp5 durante sus viajes en colectivo al trabajo. Con eso basta como ejemplo.
Esto viene a cuento porque acaba de salir un libro que aborda puntualmente este tema. Se llama “Burbujas de ocio” y su autor, Roberto Igarza, sostiene que la vida laboral o extralaboral se llenó de pequeñas pausas y que, de a poco, gracias a las tecnologías que permiten el acceso e incluso la producción de contenidos desde un celular o una computadora portátil, todos nos transformamos en consumidores superficiales de... brevedades.
Así, pasamos la vida leyendo blogs como este, chequeando los mails, mirando un video de youtube que nos recomendaron, pispeando alguna nota (una sola) de una revista o echándole el ojo a los titulares del diario en internet sin ahondar demasiado. Todas tareas que no demandan más de 4 o 5 minutos porque, a lo sumo, eso es lo que nos sobra entre tarea y tarea.
Este escenario llevó, según Igarza, a que la oferta de productos culturales y de entretenimiento empezara a mutar, a adoptar estos formatos breves, amoldados al vértigo en el que estamos sumergidos. Se trata, dice el autor, de “una oferta heterogénea de brevedades, cápsulas de ocio que se consumen sin costo de desplazamiento”.
Ahora bien, ¿qué tipo de oferta cultural puede venir en un formato tan pequeño? ¿Dónde queda la complejidad, la trama, el contenido? No digo que no puedan existir excelentes cuentos breves o que dos minutos de imagen no puedan transmitir un mensaje, pero sí que esas son rarezas y que en general, productos tan efímeros no pueden darnos sino una ráfaga, un aspecto fugaz de la esencia que pretenden reflejar. Pero en este punto entra en juego la otra parte del sistema: la demanda. Los consumidores somos adiestrados, nos vamos adaptando a esa oferta pobre y cada vez demandamos menos complejidad, menos texto, menos todo. Cuantas veces leemos sólo el título y la volanta de una noticia y enseguida pasamos a la otra. No nos interesa profundizar, nos interesa conocer todas las noticias del diario. Y entonces yo me pregunto si detrás de esa ilusión de oferta múltiple no se esconde la fragmentación vacía, sin sentido.
De todas formas asumo que los tiempos que corren, y que corren cada vez más rápido, no nos dan mucha alternativa. Uno puede leerse una novela en el subte, pero probablemente tarde dos meses en hacerlo.
Sin embargo, no todo está perdido. Hoy estuve en la plaza. Una pareja de jubilados reía con todo el tiempo del mundo. Ella regaba el piso con migas de pan y un mar de palomas se arremolinaba a sus pies; él le sacaba fotos. Un poco más allá, una mujer tejía sentada en un banco. En el arenero, los chicos jugaban ajenos a todo. A esa hora de la mañana, como un bálsamo, la vida parecía discurrir a paso de hombre en la plaza Almagro. Como si estuviéramos en un oasis, a tan sólo dos cuadras de la estación del subterráneo.
Ta bueno, chango. Te mando un abrazo fuerte. Y un gracias a Chiqui por recomendarte. Cuidate Fede.
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