La luz del amanecer se filtra a través de las cortinas y te acaricia el pelo. En la habitación todo es quietud y el mundo gira manso al ritmo de tu respiración pausada y profunda. Yo simplemente te miro. Sé que he cometido un error. Todo podía haber terminado anoche, pero hubo algo, un destello en tu mirada, una invitación de tu sonrisa, que hizo que las cosas cambiaran bruscamente. Sabía lo que tenía que hacer, pero no lo hice. He flaqueado en pos de una promesa, de un instante de amor efímero. He desviado el rumbo, pero aún puedo corregirlo.
Te das vuelta lentamente, sin abrir los ojos, sonriendo desde un mundo inalcanzable para mí, te estirás con el placer con el que se estiran los gatos, rodeás mi cuello con tus brazos y buscás mi boca con tu boca, en un encuentro suave y seguro, como si los labios tuvieran una memoria que nosotros olvidamos.
Los besos fueron ciertos, eso está claro. El trabajo había sido limpio hasta anoche, pero mi flaqueza, tu piel, el desvío. Ahora mi plazo está por cumplirse, pero los besos fueron ciertos.
Quizás una vez que hayas ingerido el veneno, cuando las piernas y los brazos empiecen a adormecerse, la garganta se te empiece a cerrar y cada bocanada de aire se vuelva un triunfo cada vez más difícil de alcanzar, quizás en ese momento te lo explique. Que mi trabajo es cumplir las órdenes de Elías, que vos estabas en la lista y yo no tenía más remedio. Que acaso somos peones en un juego de ajedrez que nos excede, que no podemos cuestionar. Y que esta vez la jugada fatal nos puso frente a frente. Entonces vos te vas a ir a otro lado, tal vez a un lugar más justo, y yo me quedaré en este mundo de infierno, y la verdad es que no estoy seguro de quién saldrá ganando, porque así como a mi me toca ejecutar órdenes y ser un peón de un juego que juegan otros, así también hay otros peones y otros alfiles que defienden a otro rey y estarán esperando un mal movimiento, una jugada errada para sacarme del tablero como yo debo sacarte hoy a vos. Tal vez entonces te revele mi verdadero nombre. Te explique que los pasaportes eran falsos, que mi vida no es la que te conté, que Elías es mi única opción para sobrevivir, que es el único camino para dejar atrás un pasado que vuelve cada noche a torturar mi conciencia. Quizás, mientras los ojos se te nublen, te diga que la reserva del hotel está a nombre de alguien que no existe y que no quedarán rastros de mí ni de nosotros porque hasta mi rostro cambiará en algunas horas y el hombre que tenés enfrente nunca habrá existido y yo estaré ya muy lejos de aquí.
Entonces me arranco suavemente de tu abrazo y levanto despacio. Mientras me visto, te contemplo con un amor liviano, con una ligera compasión que no debo permitirme pero que no controlo. Miro el reloj: el tiempo empieza a apretar. Vos ya estás despierta, pero todavía hecha un ovillo entre las sábanas. Voy hasta la cocina y preparo café. El peón avanza en el tablero. Deslizo unas gotas del veneno en tu taza y me deshago rápidamente del frasco. En unas horas estarás muerta y Elías me dará otra misión, tal vez la última, la que me de la libertad que me ha prometido. Revuelvo lentamente con una cucharita y el tintineo se mezcla con el ruido del silenciador calzando en tu arma. Entonces siento la bala. Me disparás por la espalda, tal vez porque para vos también significó algo esa noche. Quizá porque también para vos los besos fueron ciertos. Caigo de rodillas, aún de espaldas. Paso la mano por la herida, la sangre tibia se me escurre entre los dedos y me empapa la camisa. Alcanzo a darme vuelta, a mirarte a los ojos. Entonces los dos sabemos, instrumentos de voluntades ajenas, que estábamos allí para eliminarnos el uno al otro. Durante unos segundos la verdad flota, por primera vez, entre nosotros. Uno ha de ganar y el otro perderá. Sin embargo, este caso es especial. Yo he perdido, pero siento que aún puedo ganar si te salvo. Miro la taza de café sobre la mesada y trato de hablarte en medio de un charco de sangre que cada vez es más grande. Pero ya has cargado el arma otra vez. Lo último que veo, como en una niebla, es el caño del silenciador que prolonga el revolver. El segundo tiro no falla.
Ella mira el cadáver a sus pies. Una sensación de angustia le sube desde el estómago y le oprime la garganta. Sacude la cabeza y se recompone. Guarda el arma en el bolso junto al pasaje de avión que la sacará del país en unas horas. Toma el teléfono celular e informa secamente que el trabajo está terminado. El sol de la mañana inunda la habitación. Hace frío. Antes de partir, camina al lado del cuerpo que yace con los ojos abiertos, un balazo en la espalda y otro en el pecho. Lo mira, toma la taza que ha quedado en la mesada y bebe el café que ya está un poco frío. El ajedrez prosigue, ellos han quedado afuera del tablero.
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